Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 7 de 94

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Apocalipsis

Capítulo VII

8 de mayo de 2011,

Roma

El pequeño bar de la Piazza Sant’Eustachio estaba a tope, como siempre a mediodía. Hombres y mujeres de negocios con trajes de diseño, senadores, romanas elegantes, la gente guapa y joven de Gucci, sacerdotes y algunos turistas desperdigados se apiñaban después de comer en la barra para tomarse un espresso o un caffè con panna, que se servía en una taza de capuchino con una cucharada enorme de nata recién batida. Cuando estaba en Roma, Peter Adam iba todos los días al bar Sant’Eustachio. Para él, aquel local era un lugar mágico con el mejor café del mundo. Además, estaba cerca del Senado italiano y era el lugar ideal para encontrar a las personas indicadas, tantear informaciones internas reservadas o simplemente escuchar los rumores y el alegre cotilleo que tanto dominaban los romanos.

Peter Adam, un periodista de treinta y cinco años, vivía en Hamburgo, pero pasaba varias semanas al año en la Ciudad Eterna. Una serie de artículos de investigación críticos con la Iglesia le habían otorgado la fama de experto en el Vaticano y le habían proporcionado un puesto fijo en una importante revista de actualidad de Hamburgo, que lo había enviado de corresponsal a Roma al iniciarse el cónclave.

Peter Adam sabía cómo había que moverse por aquella ciudad y lo importante que allí era presentar una bella figura, buen aspecto. Llevaba vaqueros, camisa blanca entallada y una americana azul de corte moderno.

Completaban el atuendo unos zapatos Oxford punteados y los calcetines adecuados. Nada de joyas, excepto el reloj Jaeger-LeCoultre en la muñeca

izquierda. En Roma, ir mal vestido se consideraba un pecado mortal y cerraba puertas incluso antes de haber llamado a ellas. La vestimenta era en Roma un código establecido que podía determinar el éxito o el fracaso. Ese día, la imagen de Peter Adam señalaba que o bien era abogado de algún medio de comunicación o bien periodista, pero exitoso en ambos casos.

Puesto que sus cabellos rubios y sus suaves rasgos típicos de Alemania del Norte no le permitían pasar por romano, solo quedaba tomarlo por periodista extranjero. Eso, sumado a su físico y a su italiano casi sin acento, le aseguraba el interés de los senadores presentes y el beneplácito de sus esposas. Y, al fin y al cabo, de eso se trataba en Roma.

Sin embargo, el interés de Peter Adam se centraba en aquel momento en otra cosa. Estaba justo delante de la enorme cafetera, intentando averiguar cómo demonios el viejo barista, que se ocultaba de las miradas tras el traqueteo de tazas, cucharillas y cargas, conseguía preparar aquel delicioso café. En quince años, Peter solo había conseguido averiguar que el viejo tostaba el café con azúcar. También se podía pedir café que no fuera torrefacto, por supuesto, pero eso se consideraba una extravagancia. Al fin y al cabo, el café solo era una fórmula con cafeína para desleír azúcar.

—Pronto llegará el verano. —Peter intentó entablar conversación con el barista, que nunca saludaba a sus clientes.

— Eh. Era ora… Ya sería hora —se limitó a gruñir el viejo, y le sirvió un caffè con panna.

Mientras Peter removía su café con nata, observó a una mujer con un vestido de lo más excitante. La nariz clásica y su modo de levantar el dedo meñique al hablar la identificaban como romana. «Treinta y pocos, —

conjeturó Peter—. De familia rica, carrera de Derecho, tres idiomas, buena en la cama y muy, pero que muy caprichosa. Antigua nobleza patricia romana».

La mujer se había fijado en él, y sus miradas se cruzaban de vez en cuando. Mientras pensaba si la abordaba, Peter se dio cuenta de lo mucho que se parecía a Ellen. Ellen, a la que había llevado allí a menudo. Ellen, a la que Roma le gustaba tanto como a él. Ellen, que ahora estaba muerta, sí, muerta. Solo Roma seguía existiendo y seguiría existiendo siempre. Peter se volvió bruscamente y cogió el Corriere della Sera, que en las tres primeras

páginas informaba, igual que durante toda la semana anterior, de la catástrofe en la ISS. Las noticias aterradoras y las imágenes apocalípticas no tenían fin. El terrible terremoto en Nueva Zelanda, la crisis económica en Europa, las revoluciones y guerras civiles en el norte de África, el tsunami y la catástrofe nuclear en Japón y, finalmente, el siniestro sufrido por la ISS. Como si la humanidad tuviera que reconocer con urgencia que se encontraba al borde del abismo.

Y, ahora, el Papa. Todos los periódicos informaban de su renuncia, de la misteriosa desaparición del Pontífice y del trágico accidente mortal de su secretario. La prensa amarilla especulaba sin miramientos sobre la relación entre la catástrofe del ISS y las conspiraciones mortales en el Vaticano.

Peter sabía por los compañeros de la redacción de Hamburgo que los jefes de Estado de los países industriales más importantes mantenían conferencias telefónicas a diario para tratar la crisis.

Sin embargo, el Vaticano parecía sufrir una parálisis debido a la conmoción. Apenas se hacían declaraciones oficiales, incluso guardaban silencio los canales no oficiales y los que siempre se jactaban de saberlo todo. Radio Vaticano emitía su programación habitual como si no hubiera ocurrido nada, el cardenal Menéndez no concedía entrevistas. Por no hablar de Franz Laurenz, de quien nadie sabía dónde se encontraba en aquellos momentos. Ni siquiera si aún estaba vivo.

Peter pensó en el cónclave, que comenzaría en diez días. Los primeros cardenales ya estaban en camino. Nadie contaba con una elección rápida del nuevo Papa. La prensa especulaba sobre algunos posibles favoritos, y en el bar tampoco se hablaba de otra cosa, pero Peter estaba seguro de que el cónclave sería largo. Tal vez eso le daría tiempo suficiente para encontrar al desaparecido Juan Pablo III y conseguir una entrevista. Miró la hora en su Jaeger-LeCoultre, un regalo que Ellen le había hecho poco antes de morir.

Faltaba poco para las dos. Aún tenía que escribir un artículo sobre las finanzas en el Vaticano, y decidió que después iría a ver a su amigo don Luigi a la Santa Sede. A lo mejor el padre jesuita, siempre bien informado, tenía alguna novedad que contarle.

—¿Qué hay, guapetón? —dijo a su espalda una voz aflautada conocida.

Peter se volvió y vio el escote despampanante de un vestido ceñido, de color rojo escarlata.

—Hola, Loretta, qué alegría verte.

La pelirroja del vestido rojo soltó una risa gutural y lo besó en los labios.

—Eres un mentiroso horrible, cariño, y siempre lo serás.

Loretta Hooper era la corresponsal en Italia del Washington Post y también cubría la información del Vaticano. Se conocían desde hacía unos años y tuvieron incluso una breve aventura antes de que Peter conociera a Ellen. Al contrario que él, Loretta perseveraba en ignorar el código romano respecto a la indumentaria. Como siempre, su vestido era demasiado ceñido, demasiado rojo y demasiado escotado para aquellas horas del día. A Peter, eso le gustaba.

—No, de verdad, Loretta, yo siempre me alegro de verte. ¿Quieres tomar algo?

—¿Seguro que no molesto?

—En absoluto.

—Te he estado observando, Peter. Ibas a entrarle a esa zorrona romana.

Peter pidió dos cafés con nata para tranquilizar a Loretta. Por el rabillo del ojo vio que la romana lo había visto con Loretta y se retiraba frunciendo el ceño.

«Gracias, Loretta, ¡muchas gracias!».

—¿Qué te trae por aquí, Loretta?

—Pensaba que podríamos tomar unas copas.

—No tengo nada que pueda ayudarte.

—Eso, ricura, ¡es otra mentira! ¿Qué hay de tu amigo, el padre?

—Don Luigi es muy esquivo. Solo habla conmigo.

Loretta removió la nata con energía para mezclarla con el café hasta conseguir una bebida cremosa, que apuró de un trago.

— Bullshit. Pero da igual. Te diré lo que quiero. Quiero una entrevista con Juan Pablo III.

—Eso es lo que queremos todos.

—Pero nosotros somos los mejores, cariño. ¿Quién va a encontrarlo, si no somos nosotros?

—A lo mejor ni siquiera está en Roma.

Loretta lo miró con desconfianza.

—¡Tú sabes algo!

—Si lo supiera, haría tiempo que tendría la entrevista.

—¿Dónde crees que está?

—En el monasterio de Montecasino, como afirma el Vaticano, seguro que no. Pero es posible que no esté muy lejos. A Franz Laurenz le gusta mucho el Lacio y querrá quedarse en las cercanías de Roma. Apuesto por un pequeño monasterio solitario, en un radio de no más de cien kilómetros.

Me lo dice la intuición.

Loretta estaba radiante.

— Exactly, ¡ricura! Y estas dos monadas van a encontrarlo y a hacerle una entrevista. Trabajo compartido, gloria compartida.

Peter miró a Loretta y una vez más se asombró de lo deprisa que podía cambiar del papel de secretaria pueblerina de Illinois a lo que realmente era: una brillante estrella del periodismo, con instinto cazador y que nunca cejaba. Jamás.

—No pongas esa mirada seductora, cariño, solo hablamos de negocios.

—¿Tienes algo que ofrecer, Loretta?

—Tal vez.

—Déjate de jueguecitos. Dime qué tienes y puede que te presente a don Luigi.

—Entonces, ¿trato hecho?

Peter asintió.

—Trato hecho.

Loretta revolvió su bolso y puso sobre la mesa una hoja de papel doblada. Era la fotocopia de un símbolo en forma de espiral, dibujado casi como un garabato.

—¿Lo habías visto antes?

«Maldita sea, ¿dónde lo he visto?».

—Ni idea. ¿Qué se supone que es?

—Es uno de los símbolos más antiguos de la humanidad y está presente en casi todas las culturas del mundo. Se han encontrado grabados prehistóricos sobre piedra con este dibujo en Suecia, en el norte de España, en China y en el continente americano. Prácticamente en todas las partes del mundo.

«¿Dónde has visto antes este símbolo? ¿Dónde, dónde, dónde?».

—Un símbolo prehistórico. ¿A qué viene esto, Loretta?

La periodista puso sobre la mesa tres artículos de periódico de la semana anterior, uno tras otro, y miró por encima del hombro para asegurarse de que nadie los observaba. Peter siguió su mirada y vio que la preciosa romana salía en aquel momento del bar sin ni siquiera mirarlo.

«Qué lástima».

—La semana pasada murieron tres personas —explicó Loretta—. Poco antes de la renuncia del Papa: una montañera de Chicago, despeñada en el Himalaya; un astronauta polaco, sucumbió con la ISS; y un banquero experto en inversiones del Istituto per le Opere di Religione, del Banco Vaticano, se precipitó al vacío yendo en ascensor en Milán. Y también tenemos el accidente mortal del secretario del Papa.

—¿Adónde quieres ir a parar, Loretta?

—Lo he sabido por casualidad, totalmente por casualidad. Los sherpas de otra expedición hallaron el cadáver de la montañera en la grieta de un glaciar. Un buen amigo mío de Chicago se encargó de la autopsia y me

llamó para decirme que había encontrado una cosa, que si yo podía hacer algo con ella.

«El símbolo. ¿Qué significa?».

—¿Qué encontró?

—Un diario. Estaba lleno de símbolos como este, y salta a la vista que la joven montañera los había descubierto y dibujado durante la expedición.

«¿Dónde has visto este símbolo antes? ¿Dónde, maldita sea?».

—Me he deslomado buscando —prosiguió Loretta sin interrumpirse—.

He filtrado todas las noticias y he husmeado en todas las agencias de fotografía. Estuve bebiendo con un portavoz de prensa de la NASA hasta emborracharlo y conseguir que me diera lo que yo quería.

—Al grano, Loretta, por favor.

—De acuerdo, el resumen es que el astronauta polaco llevaba un libro a bordo de la ISS. Los astronautas pueden llevar a bordo un objeto personal, y la mayoría opta por una cámara fotográfica. Pero el joven polaco, no. Él optó por un libro. Por este libro.

Puso un viejo libro de bolsillo encima de la mesa. En la cubierta aparecía el símbolo de la espiral.

—Hace mucho que es imposible adquirir un ejemplar. Este lo he robado de una biblioteca.

Mystic Simbols of Man – Origins and Meanings. El libro se había publicado hacía quince años. Y su autor era Franz Laurenz.

Loretta le dedicó una mirada triunfal a Peter.

—En la cartera del banquero accidentado también encontraron un ejemplar de este libro.

Peter miró desconcertado el pequeño volumen.

—¿Cómo lo has averiguado, Loretta?

—Eso no te lo diré, es mi pequeño secreto. En el libro, Laurenz se ocupa del símbolo de la espiral con una frecuencia chocante.

Lo abrió por una página y le señaló a Peter las ilustraciones.

—Son de Inglaterra, Suecia, Utah y Nuevo México, y probablemente tienen más de cinco mil años de antigüedad. La cuestión es: ¿por qué los hombres de la Edad de Piedra se esforzaron tanto por esculpir cientos de veces el símbolo de la espiral en la roca?

—Explícamelo tú.

—Todo está aquí dentro. Un arqueólogo lo descubrió a principios de los años noventa. Interpretó las espirales como estrellas y comparó los dibujos de espirales por ordenador con el firmamento de la época aproximada en que fueron realizadas. El resultado fue sorprendente. Las espirales son planisferios celestes bastante exactos y complejos. Y siempre se refieren a un acontecimiento astronómico determinado y bastante inquietante. A un eclipse de sol. Al menos, eso es lo que Laurenz conjetura, que el símbolo de la espiral representa un eclipse de sol. Un acontecimiento que en todas las culturas del mundo se asocia al fin del mundo. ¿Y cuándo se producirá el próximo eclipse de sol?

—Ni idea.

—Dentro de siete días.

Peter resopló.

—Podría ser una casualidad.

«¡Tú sigue soñando! ¡Como si no lo supieras!».

—¿Casualidad? ¿También que los dos hombres fueran sacerdotes y que la mujer fuera monja?

Peter se había quedado impresionado con las pesquisas de Loretta. Y

ella disfrutaba viéndole la cara de perplejidad.

—¿Qué hacían una monja en el Himalaya y un sacerdote en el espacio?

—preguntó Peter.

—Tal vez lo mismo que nosotros, cariño, buscar respuestas.

Loretta toqueteó el símbolo de la espiral.

—¿Tienes algo más?

—Creo que es más que suficiente para empezar. Peter, no tengo ni idea de cómo hay que relacionar todo esto, pero estoy segura de que este símbolo es una pista. Nos conducirá hasta el Papa y a unas cuantas respuestas. Ahora te toca a ti.

A Peter siempre le habían gustado las tardes de Roma. El tiempo posterior al pranzo, la comida larga y copiosa, cuando la gente se retiraba a echar una siestecita detrás de las persianas bajadas. Entre la una y las cuatro, el ritmo de la ciudad cambiaba, muchas tiendas cerraban y los pocos romanos que a esa hora estaban en la calle parecían más tranquilos y

contentos porque habían comido bien. O más malhumorados porque tenían que renunciar a la siesta.

Sin embargo, Peter temía en aquella época la llegada de la tarde, puesto que era la hora del monstruo. El monstruo que lo acechaba oculto en algún lugar, preparado para golpear en cualquier momento y devorarlo lenta y dolorosamente. Y la tarde era su hora preferida para salir de caza.

Estaba tumbado sobre la cama de matrimonio de la habitación del hotel, vestido y en penumbra, y esperando la migraña. Al parecer, esa tarde se libraría de ella. Además del dolor y la agonía, lo peor de la migraña era el desamparo de hallarse a su merced de repente y sin previo aviso. Los ataques no solían durar más que un par de horas, pero lo dejaban como reseco, sin recuerdos. Deseó regresar a la época en que celebraba las primeras horas de la tarde con Ellen. Cuando aún podía dormir.

Llevaba días queriendo llamar a sus padres adoptivos, pero en aquel momento no podía concentrarse en eso. Había algo que no lo dejaba tranquilo. Observó la danza de los reflejos de luz que penetraban por las láminas de la persiana y bailaban en el techo, y trató de recordar dónde había visto antes el símbolo de la espiral. Hacía tiempo, mucho tiempo, de eso estaba seguro. Pero cada vez que intentaba retroceder en sus recuerdos con el símbolo, la imagen se desvanecía. Siempre se había enorgullecido de su memoria casi fotográfica, y por eso aquella laguna lo inquietaba aún más.

El ruido del tráfico en el exterior aumentó al volumen habitual. Era hora de volver al trabajo. Todavía tenía que escribir un artículo.

El hotel Le Finestre sul Vaticano era un bed and breakfast de lo más mediocre, pero como su pomposo nombre anunciaba, tenía vistas directas al Vaticano y a la basílica de San Pedro. Estaba en la Via della Conciliazione, una avenida ancha, abierta por Mussolini en el corazón de la ciudad, que conducía en línea recta hacia la basílica desde el este. A Peter le habría gustado más hospedarse en su hotel preferido, el Albergo Santa Chiara, junto al Panteón, pero el jefe de su redacción se había empeñado en que, para cubrir la información sobre el cónclave, se alojara en un hotel con vistas a San Pedro.

Peter se levantó de la cama y miró por la ventana. La basílica de San Pedro estaba a pocos centenares de metros y, detrás, la Capilla Sixtina con los célebres frescos de Miguel Ángel en el techo. La plaza de San Pedro volvía a estar abarrotada de gente que parecía esperar una señal, algún tipo de explicación sobre lo nunca visto. O, simplemente, otro acontecimiento extraordinario.

Peter volvió al escritorio y se concentró en el artículo sobre las finanzas del Vaticano. El Banco Vaticano no publicaba cifras ni balances. Solo se sabía que el presupuesto del Estado del Vaticano ascendía a doscientos cincuenta millones de euros. La mayor parte del presupuesto lo devoraban los sueldos y las pensiones de los casi tres mil empleados de la pequeña ciudad-Estado. El dinero procedía de ingresos procedentes de bienes inmuebles, de donativos y de las diócesis y monasterios de todo el mundo.

Los cincuenta millones de euros restantes los añadía el Banco Vaticano.

Sin embargo, se calculaba que la fortuna de la Iglesia católica a escala mundial ascendía a una suma de entre diez mil y cien mil millones de euros.

Las diócesis de Colonia y de Chicago, las más ricas, tenían por sí solas unos ingresos anuales de quinientos millones de euros cada una.

A finales de los años setenta, el IOR, el Istituto per le Opere di Religione, se vio envuelto en un escándalo financiero por negocios turbios y avales con el Banco Ambrosiano, la mafia y la logia secreta Propaganda Due. Se sospechaba que Juan Pablo II había apoyado al movimiento Solidarność de Polonia a través del Banco Ambrosiano. En 1982

encontraron a su director general, Roberto Calvi, colgado del puente Blackfriars en Londres. Asesinado por la mafia, como más tarde se comprobó. La quiebra del Banco Ambrosiano arrastró consigo al Banco Vaticano, que solo pudo salvarse gracias a una inyección de fondos del Opus Dei, que a cambio recibió de Juan Pablo II, el predecesor de Laurenz, una prelatura personal. Eso equivalía, ni más ni menos, a una diócesis global sin sede episcopal determinada. Con ello, Juan Pablo II convirtió de facto al Opus Dei en la diócesis más poderosa del mundo. Tampoco se sabía de dónde procedían los fondos del Opus Dei.

Por aquel entonces, el IOR operaba más bien como una especie de caja de ahorros para la Iglesia católica, en la que muchas diócesis, órdenes y

otras instituciones católicas tenían sus cuentas. No obstante, el Banco Vaticano continuaba negándose a hacer públicas las cifras relativas a su patrimonio y sus negocios, con lo cual se seguían alimentando las teorías de conspiración sobre los manejos del Vaticano.

Peter estaba convencido de que, a través del IOR, el Vaticano estaba implicado en negocios sucios por todo el mundo y que empleaba el patrimonio en la consecución de objetivos políticos. Sin embargo, era imposible demostrarlo.

Poco después de las siete y media, Peter terminó el artículo, que solo contenía datos conocidos de sobras, y lo envió por correo electrónico a la redacción. Distraído, echó un vistazo a las noticias de actualidad en las webs de la CNN, la BBC y Radio Vaticano, y luego se duchó.

El monstruo llegó justo cuando volvía a la habitación, con la toalla enrollada a la cintura y enfadado porque el parqué no estaba limpio. La migraña atacó de improviso, sin ningún síntoma, sin ni siquiera un ligero malestar previo con náuseas y pérdida de visión. Una supernova explotó ante los ojos de Peter, se infló dentro de su cabeza y lo colmó de dolor.

Peter no se dio cuenta de que caía de rodillas. Lo último que percibió fue una nube roja que se precipitaba sobre él y lo envolvía por completo.

Luego llegó la oscuridad.

Y el miedo.

El miedo era un binomio matemático, una paradoja de oscuridad y luz, dos fuerzas primigenias que acababan siempre colisionando como placas continentales y lo aplastaban en medio. El resultado de la ecuación binomial formada por oscuridad y luz solo era puro miedo, un miedo nítido y destilado al cien por cien.

Peter se abrió paso por la oscuridad más profunda a través de un pozo estrecho. Era tan estrecho que solo cabía dentro si estiraba los brazos hacia arriba, y apenas podía moverse. A cada movimiento, el pozo se estrechaba.

Como si un tubo se contrajera a su alrededor. Pero al final del pozo había luz. Desesperado, jadeando y gritando, Peter luchó por salir, pero siempre retrocedía en vez de avanzar. La luz disminuía de tamaño y acabó por desaparecer.

Peter se hundió en un océano oscuro. Cada vez se hundía más hacia el fondo. Hacia un fondo infinito. No se oía nada, solo el murmullo de su propia sangre. Intentó nadar, pero no podía mover ni las piernas ni los brazos. A su alrededor brillaban peces raros y seres luminosos, y por encima vio las luces de una ciudad. Inalcanzable. Los pulmones le oprimían debido a la presión del agua y gritaban pidiendo aire. Peter quería respirar.

Espirar. ¡Respirar, respirar, respirar! Pero si espiraba tendría que inspirar, y eso supondría una muerte segura. Las luces desaparecieron. Peter notó punzadas en los brazos y en las piernas, como fuertes agujetas, y solo deseó una cosa: espirar y volver a inspirar. Y eso fue lo que hizo.

Y todo se desvaneció. El mundo, el tiempo, el dolor, él mismo.

Entonces vio la basílica de San Pedro. Él se dirigía hacia la plaza de San Pedro por la Via della Conciliazione, arrastrado por una riada de gente. La plaza ya estaba abarrotada por cientos de miles de personas, todas mirando hacia un mismo punto. Peter se volvió y también levantó la mirada hacia la Capilla Sixtina. Una fumata blanca salía por una pequeña chimenea.

¡Habían elegido a un nuevo Papa! Habemus papam! Peter se preguntaba a quién habrían elegido tan deprisa los cardenales, cuando un rayo deslumbrante iluminó el escenario. La gente que lo rodeaba se puso a gritar y Peter vio que por encima de la basílica de San Pedro se elevaba una enorme nube de humo en forma de seta. Como a cámara lenta, una violenta explosión pulverizó la basílica, cubrió como un mar de aceite la plaza de San Pedro, despedazó a las personas allí reunidas, partió columnas como si fueran briznas de paja y lanzó por los aires los coches que estaban aparcados justo detrás de las barreras. Con una lentitud atormentadora, debajo de la seta de humo se formó una burbuja de fuego que atronó por la plaza y abrasó muros, personas y coches. Luego, Peter oyó una voz. Y la voz dijo:

— En la Via della Conciliazione reina el caos. Por todas partes se acercan ambulancias, las calles están llenas de cadáveres y escombros, parecen un campo de batalla. Hace una media hora, una violenta explosión ha sacudido el Vaticano. Según testigos oculares, un rayo de luz deslumbrante ha destruido la cúpula de la basílica de San Pedro. La onda expansiva ha matado a miles de personas y ha arrojado escombros y coches

aparcados a centenares de metros de distancia. De momento, no se conocen las causas de este horrible atentado; tampoco se sabe la suerte que han corrido los ciento diecisiete cardenales que estaban reunidos en la Capilla Sixtina con motivo del cónclave. De momento, solo se puede afirmar que el Vaticano, el centro de la Iglesia católica, ya no existe.

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