Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 71 de 94

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Apocalipsis

Capítulo LXXI

17 de mayo de 2011,

Casina del Giardiniere, Ciudad del Vaticano

Don Luigi observaba la boca del cañón de una SIG 220 con silenciador.

No parecía sorprendido.

—No lo haga, coronel Bühler —dijo sin levantar la voz.

—Lo haré, padre. No tengo elección.

Urs Bühler apuntaba al jesuita directamente a la frente. Una hora antes, había recibido un SMS con una orden clara, y no, no tenía elección si quería salvarle la vida a Leonie. Hacía tiempo que no tenía elección.

—Y continuará siempre así —dijo don Luigi, todavía sin ponerse nervioso—. Y al final usted también acabará muerto.

—No se trata de mí, padre.

Don Luigi se dio cuenta de que el coronel de la Guardia Suiza luchaba por contener las lágrimas.

—No, se trata de su hermana —dijo el padre con voz serena, a pesar del miedo. Y notó que la mano que sostenía el arma temblaba por un instante.

—¿Qué sabe usted de mi hermana? —preguntó ahogadamente Bühler.

—Vamos, coronel. Tendría que conocerme mejor. Su hermana es una persona muy especial. ¡Es el sol! ¿Nunca le ha hablado de los ángeles que la visitan?

—¡Cierre el pico, padre! —masculló Bühler, que sujetó el arma más fuerte.

Don Luigi meneó la cabeza.

—Su hermana, coronel, tiene un don. Y por eso no pueden dejarla con vida, lo mismo que harán con usted y conmigo.

—Cierre los ojos, padre, y rece una oración.

Don Luigi seguía mirándolo imperturbable.

—Usted es un hombre de Dios, Bühler, igual que yo. No quiere hacerlo, pues no lo haga. Confíe en mí. Quizá nosotros podamos salvar a su hermana.

—¿Nosotros?

—Baje el arma y se lo explicaré —dijo de repente una voz a sus espaldas.

Bühler se volvió como un torbellino y disparó. El proyectil silbó y acabó impactando en el revoque de la vieja casita del jardinero. Al mismo tiempo, cincuenta mil voltios de una pistola táser recorrieron el cuerpo de Bühler. El coronel de la Guardia Suiza se desplomó delante de don Luigi.

—Odio estos trastos —dijo el hombre que empuñaba el táser.

—Llega tarde, su santidad. —Don Luigi se arrodilló al lado de Bühler y le tomó el pulso—. Ayúdeme, no tenemos mucho tiempo.

Franz Laurenz dejó el táser y ayudó a don Luigi a maniatar al fornido suizo.

—¡Cuántas veces tendré que decirle que no vuelva a llamarme su santidad, don Luigi!

Al cabo de unos minutos, el coronel Bühler volvió en sí gimiendo. No pareció extrañarse al ver delante de él al ex Papa.

—¿Cómo ha entrado en el Vaticano? —se limitó a preguntar.

—Por el Passeto —contestó Laurenz, como si fuera obvio—. Pero no puedo quedarme mucho tiempo. Tengo que hablar con usted, coronel.

Bühler desvió la mirada.

—Máteme, Santo Padre. Tal vez así Leonie no tendrá que sufrir más.

—¡No diga tonterías, coronel! —lo increpó Laurenz—. ¡Míreme!

Quiero enseñarle algo.

Don Luigi le pasó un portátil a Laurenz, en el que se veían imágenes grabadas por un satélite de vigilancia. Bühler reconoció la isla de Poveglia.

Vio que un pequeño vaporetto atracaba en la isla. Un hombre desembarcaba y se adentraba en la isla. Ese hombre era él.

—No sabíamos dónde tenían encerrada a Leonie —le explicó Laurenz

—. Solo sabíamos que la habían secuestrado. Era lógico pensar que querían

chantajearlo a usted, y por eso lo sometimos a vigilancia, coronel.

—¿Quién es esa gente? —resolló Bühler mientras se observaba a sí mismo en la isla.

—Todo a su tiempo, coronel. Ahora voy a enseñarle otra cosa.

Laurenz cerró el vídeo y puso otra toma que volvía a mostrar la isla de la Laguna a vista de pájaro.

—Estas imágenes están tomadas en tiempo real. Obsérvelas con atención.

Bühler fijó la vista en la pantalla. No tenían sonido, todo transcurría en silencio, en un silencio fantasmagórico. Bühler vio que dos lanchas rápidas atracaban en el canaletto que dividía la isla en dos. Diez hombres armados y con equipo militar saltaban a tierra y se dirigían al edificio del templo que Bühler había descubierto. Todo en medio de un silencio oprimente. Una película de cine mudo. Pero Urs Bühler sabía que aquello no era una ilusión. Sabía que lo que estaba ocurriendo en Poveglia era un asunto de vida o muerte. De la vida de su hermana pequeña. Gimió. Poco después, comenzó a salir humo del edificio, como si se hubiera producido una fuerte explosión. Tres personas huyeron del templo ocultista y fueron abatidas a tiros por los hombres del comando que había desembarcado en la isla. Al poco, tres miembros del comando salían del edificio llevando con ellos a una persona de poca estatura.

—¡Leonie! —gimió espantado Bühler.

Laurenz hizo zoom para ampliar la imagen. Bühler vio entonces que su hermana se movía. El hombre que la llevaba en brazos la dejó con mucho cuidado en el suelo y señaló al cielo. Y entonces… Entonces Urs Bühler, el comandante de la Guardia Suiza, vio que su hermana Leonie lo miraba y lo saludaba.

Laurenz cerró la imagen y observó al coronel, que lloraba desconsoladamente.

—Esos hombres llevarán a Leonie a un lugar seguro, coronel. Pronto volverá a verla.

Bühler se derrumbó y miró a Laurenz. Repentinamente desconfiado y hostil.

—Quiere decir que ahora usted la tiene en su poder y puede exigirme lo que quiera.

—No, coronel —contestó Laurenz con voz serena—. No le estoy extorsionando. Si usted quiere, mañana mismo dispondrá de una identidad falsa, y podrá reunirse con Leonie y olvidarse de todo esto.

—Entonces, ¿qué quiere?

Laurenz suspiró.

—Siempre le he considerado un buen cristiano y un excelente soldado.

Solo le pregunto si puedo seguir contando con usted. Si está dispuesto a luchar contra las personas que le han hecho daño a Leonie. Si está dispuesto a salvar a la Iglesia católica. Ya no soy Papa, coronel Bühler. No puedo impartirle órdenes ni puedo ofrecerle nada más que la seguridad de Leonie.

Es muy probable que ni usted ni yo ni don Luigi sobrevivamos a esta lucha.

Aun así, se lo pregunto, coronel, porque ya no me queda nadie en el Vaticano en quien pueda confiar.

Bühler lo miró a los ojos y comprendió que aquel hombre que había sido Papa hasta hacía un par de semanas estaba preparado para comandar una guerra. Vio que aquel hombre no tenía miedo. Que aquel hombre era peligroso. Peligroso y convincente.

—Dígame qué espera de mí, su excelencia.

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