Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 78 de 94

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Apocalipsis

Capítulo LXXVIII

17 de mayo de 2011,

Casina del Giardiniere, Ciudad del Vaticano

Franz Laurenz le tendió la mano.

—Me alegro de que siga con vida, Peter. Sé que esto parece una encerrona, pero tenemos que hablar de cosas importantes.

Peter miró en silencio a Laurenz. Al hombre que lo había tirado a un pozo. Al antiguo Papa. Al padre de Maria.

Laurenz siguió tendiéndole aquella mano firme, pero Peter no se la estrechó. El ex Pontífice lo entendió.

—Nunca tuve la intención de hacerle daño. Reconozco que desconfiaba de usted. En Sicilia, tuve que apartarlo de la circulación porque me había descubierto.

Sophia Eichner se acercó a Peter y también le tendió la mano.

—No nos conocíamos, señor Adam. Pero Maria me ha hablado muy bien de usted. Gracias por haberla protegido.

Peter le estrechó la mano, que le recordó la de su madre. Delicada, pero llena de energía. Miró un momento a Maria, que lo observaba nerviosa, y luego se sentó en uno de los sofás, delante de Laurenz. Don Luigi apareció con un plato de panini y una botella de vino tinto. Peter notó entonces que tenía mucha hambre y cogió un panecillo con jamón. Don Luigi se sentó un poco aparte y encendió un cigarrillo.

—Imagino que tendrá muchas preguntas —dijo Laurenz.

—¿Están a salvo mis padres?

—Sí —confirmó Laurenz, que entonces también se sentó—. Ya no tiene que preocuparse por ellos. Ha salido todo bien. Sus padres están a salvo de

Seth, créame. Volverá a verlos tan pronto como sea posible.

—¿Y usted puede hacer todo eso? ¿Como ex Papa?

Laurenz asintió.

—De lo contrario, usted no estaría ahora sentado delante de mí.

—Ya, y ahora querrá que le dé las gracias, ¿no?

Laurenz suspiró.

—Aclaremos las cosas, Peter. Yo soy su amigo. Y no puede decirse que usted tenga muchos amigos.

Peter bebió un poco de vino y se volvió hacia Maria.

—¿Tu padre siempre ha sido así de repelente?

De repente descubrió cierto parecido entre ella y Laurenz. La forma de doblar el dedo meñique. Una pequeña protuberancia en el hueso de la nariz.

El color de los ojos. La expresión de tozudez y determinación en el rostro, que contrastaba con sus rasgos suaves, que había heredado claramente de su madre. Igual que las manos.

«¿Por qué no te habías dado cuenta antes?».

Maria sonrió irónicamente.

—También puede ser muy amable.

—¡Explíqueme de qué va todo esto! —exigió Peter levantando la voz

—. ¿Cómo puede un Papa ser padre?

Sophia Eichner se rio diáfanamente.

—Fue al revés: primero padre, luego Papa.

Peter se preguntó si se estaba burlando de él, pero entonces se dio cuenta de lo estúpida que había sido su pregunta.

Laurenz suspiró y se retorció las manos, inquieto.

—Ni siquiera era cardenal cuando Maria vino al mundo, y en aquella época no era un personaje público. Sé que he vivido en una mentira durante años y que no pude estar tanto por Maria como otros padres. Pero Sophia y yo encontramos en cierto modo la manera. Y la mayoría de las críticas recayó sobre ella, porque es evangelista —dijo Laurenz riendo.

—En los círculos de la curia, recurrir a los consejos de una académica protestante se considera un pecado más grave que una relación más o menos abierta.

—El problema llegó cuando me eligieron Papa.

—No haber aceptado.

—La elección a representante de Jesucristo en la Tierra es una carga inhumana, ¡pero no se rechaza! —exclamó Laurenz enfadado—. Además, tenía una misión.

—¡Franz! —lo reprendió Sophia. Hizo un gesto conciliador y luego se dirigió a Peter—: Para acallar los rumores, me nombraron mayordoma oficial del Papa. Los rumores no cesaron, pero al menos tenía un cargo oficial que justificaba mi presencia en el Palacio Apostólico. Algunos círculos de la curia no paraban de quejarse de que yo podría tener demasiada influencia sobre el Pontífice, pero a los romanos pareció impresionarles que el Papa no cediera en ese punto. En realidad, lo único malo ha sido tener que vivir siempre con una mentira.

—¿Y por eso tuvo que ingresar Maria en un convento?

—La decisión fue suya —contestó Sophia Eichner—. ¿No creerá que Maria permitiría que nadie le diera órdenes? Ni siquiera pudimos convencerla para que se pusiera a salvo con nosotros.

Peter miró a don Luigi, que fumaba sin parar, como si con ello tuviera que mantener la sala libre de demonios.

—¿Usted lo sabía, padre?

—Por supuesto. No conocía el alcance de la amenaza, pero sabía quién es Maria.

—¿Fue ese el motivo de su renuncia? —le preguntó Peter al antiguo Papa.

—Sí y no. Seth intentó chantajearme con mi paternidad. Pero la renuncia fue sobre todo una huida y una jugada táctica para desbaratar los planes de Seth, que ya habían avanzado mucho.

—¿Quién es Seth?

—No lo sé —se lamentó Laurenz—. Y por Dios que me gustaría saberlo. No lo he visto nunca.

—Miente.

—Es la verdad, Peter. Lo único que sabíamos es que Seth preside una Orden de setianos que se llaman «portadores de luz». Una comunidad gnóstica precristiana que cree en el Apocalipsis de Adán y en el Evangelio de los Egipcios. Ese grupo no ha tenido la más mínima importancia durante

mucho tiempo. Gracias a usted, ahora sabemos mucho más. Y hemos podido localizar una isla en la laguna de Venecia, donde el grupo tenía un centro de operaciones. Con la ayuda del señor Nakashima, hemos podido rescatar allí a un rehén y nos hemos incautado de un disco duro. La mayoría de los archivos están codificados y aún tenemos que descodificarlos, pero ahora sabemos un poco más sobre los portadores de luz. Sabemos que se consideran los sucesores de la Orden del Temple. Sabemos que en el siglo XVI se convirtieron en una secta ocultista. El primer guía de la Orden fue John Dee.

—¿El hombre que contactó con los ángeles mediante el Sigillum Dei?

Laurenz asintió.

—Con ayuda de su asistente, Edward Kelly, logró convertir a un grupúsculo de gnósticos inofensivos en una peligrosa red ocultista. Don Luigi y yo damos por sentado que John Dee consiguió hacerse con un manuscrito de Nicolas Flamel. En el año 1357, Flamel compró supuestamente un libro enigmático con fórmulas alquimistas cifradas. Tardó veintiún años en descifrarlo. La pista decisiva se la dio un sabio judío en Santiago de Compostela, que identificó la obra como el Libro de Abraham, el Judío, príncipe, sacerdote levita y astrólogo. Al parecer, en el año 1382

Flamel consiguió la primera transmutación de metales. Cierto o no, el caso es que cuando murió, cuatro años más tarde, era un hombre rico.

—Pero ¿de dónde procedía el libro? —intervino don Luigi, y él mismo se respondió—: Suponemos que hay que retroceder hasta Hermes Trismegisto, también llamado Manetho o Thot. Esa suposición se sustenta también en el jeroglífico que aparece en el reverso del amuleto, aunque esos conocimientos son probablemente mucho más antiguos. Y, por lo visto, sumamente peligrosos, puesto que todos los que han estado en contacto con ellos se han esforzado muchísimo por cifrarlos. Solo los adeptos iniciados debían comprender toda la verdad.

Don Luigi tosió y apagó el MS en un cenicero lleno a rebosar.

—Creemos que Hugo de Payns descubrió una parte en el Sinaí.

—Y Hugo de Payns se lo contó con todo lujo de detalles a Bernardo de Claraval —concluyó Peter—. Este fundó de inmediato la Orden del Temple y luego impulsó la Segunda Cruzada, única y exclusivamente para hacerse

con ese secreto. Y Malaquías tuvo que morir porque había visto el secreto en sus visiones y quería explicárselo al Papa.

—La cuestión es si los templarios realmente encontraron el secreto —

dijo don Luigi.

—Diría que no —replicó Peter—. Por lo que vi en la Île de Cuivre, los portadores de luz buscan febrilmente algo que se perdió con la desarticulación de los templarios. John Dee y Edward Kelly tampoco tuvieron éxito con sus experimentos mágicos en el siglo XVI. Pero en 1852, Helena Blavatsky, también portadora de luz, descubrió en el Himalaya un libro antiquísimo escrito en una lengua desconocida.

—¿Cómo sabe todo eso, Peter?

—Kelly me lo contó en Turkmenistán. No lo recordaba. Últimamente recuerdo muchas cosas. Por ejemplo, una lengua extraña que entiendo.

Kelly la llamaba enoquiano. La lengua de los ángeles y los demonios.

—¿Ha dicho «Kelly»? ¿Edward Kelly?

—No sé si ese era realmente su nombre. Está muerto. Pero me habló mucho de la «Madame». Según él, Madame Blavatsky redescubrió el saber oculto de los templarios, pero tampoco consiguió descifrarlo enteramente.

—Cuando ella murió, Aleister Crowley siguió con las investigaciones

—completó don Luigi—, y fundó su propia Orden, el Temple of Equinox.

Una nueva etiqueta, nada más.

« ¡Aleister Crowley! ¿Wearily Electors Hoathahe Saitan? ».

—¿Cómo lo sabe? —preguntó desconcertado Peter.

—Por el coronel Bühler, el comandante de la Guardia Suiza —explicó Laurenz—. Cuando murió su colega, la periodista estadounidense, Bühler llevó a cabo unas pesquisas que lo condujeron a un entramado de empresas internacional. Eso estuvo a punto de costarles la vida a él y a su hermana Leonie.

—Entonces, ¿Bühler está al tanto de todo?

—Está de nuestra parte. En estos momentos dirige una operación con la mayor Zeevi contra la supuesta base de los portadores de luz en Roma.

Peter se reclinó pensativo en el sofá. Aunque muchas piezas enigmáticas de las últimas semanas comenzaban a encajar, todo aquello

seguía sin tener sentido para él. Se sentía muy cansado. Pero sabía que no había tiempo para dormir. Y se levantó bruscamente del mullido sofá.

—Disculpen, necesito un poco de aire fresco.

Sin esperar respuesta, Peter salió al pequeño jardín que había en la parte de atrás de la casa, donde don Luigi cuidaba sus orquídeas. Respiró el suave aire nocturno, escuchó los sonidos lejanos y familiares del tráfico de Roma y aspiró el aroma del jazmín que trepaba por la fachada posterior de la casita.

«Roma. Tu ciudad».

—¿Cansado?

Maria estaba detrás de él. Tan solo una sombra. Inasible.

—Quería estar solo un momento.

—Oh, perdón.

—No, está bien. Yo…

Maria se le acercó.

—¿Qué? —le susurró en voz baja.

Volvía a tener su rostro cerca. Muy cerca. Un soplo de lavanda colmó de repente el aire.

—Estás muy lejos —dijo Peter.

—¿Seguro?

—Infinitamente lejos.

Maria lo besó. Le rozó los labios como una sombra extenuada que se posaba un momento sobre su boca.

—¿Y ahora?

Peter tragó saliva.

—Mejor.

Maria se le colgó del brazo, temblando ligeramente como si sintiera un soplo de aire frío, y se quedó a su lado.

—Tendría que habértelo contado antes.

—No importa.

—¿Qué te parecen?

—¿Tus padres? —Peter se echó a reír—. Pregúntamelo otro día.

—¿Cuándo? —preguntó Maria, y Peter percibió un tono de coquetería en su voz.

—El día que nos casemos.

«¡¡¡Idiota!!!».

Maria exhaló un profundo suspiro y le dio un pescozón.

—¡Idiota! —musitó, y desapareció en el interior de la casa.

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