Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 47 de 94

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Apocalipsis

Capítulo XLVII

28 de mayo de 2010,

Palacio Apostólico, Ciudad del Vaticano

Sin haber cumplido aún los cincuenta, Alexander Duncker ya había llegado muy lejos. Como secretario personal del Papa desempeñaba una función con la máxima plenitud de poderes en la curia y había aprendido que su cargo atraía a ciertos especímenes particularmente desagradables del Vaticano: lameculos y envidiosos. Los funcionarios de la curia se deshacían en deferencias y cumplidos ante él o lo acusaban pública y descaradamente de ser vanidoso y un aprovechado, y de frecuentar los burdeles. A la gente guapa de Roma le gustaba el monseñor bien vestido y lo bombardeaban con invitaciones a bailes organizados por la industria del cine, recepciones y veladas elegantes. La revista Gente lo había elegido como hombre más sexy de Italia. Algunos lobbies y asociaciones comerciales lo invitaban a dictar conferencias; las universidades le ofrecían ser profesor invitado. Revistas internacionales y cadenas de televisión aspiraban a entrevistar al «hombre en segundo plano», incluso le llegaban con regularidad ofertas para rodar anuncios publicitarios: crema de leche, automóviles, chocolate, marcas de moda, café, yogur bio… Daba la impresión de que con don Alessandro se pudiera vender cualquier cosa.

Duncker había tenido que reconocer que ese aspecto de su cargo lo halagaba más de lo que había querido admitir al principio. Por eso se había autoimpuesto una severa disciplina. De cara al exterior, siguió mostrándose como una estrella de los medios y representando una imagen segura y moderna de la Iglesia. Íntimamente, se fue aislando cada vez más y se

concentró por entero en el cargo y el hombre a quien debía agradecérselo y que le brindaba toda su confianza.

Duncker sabía moverse en la burocracia más antigua del mundo. Sabía qué había que hacer y, sobre todo, qué no había que hacer para salir adelante. Conocía las reglas escritas y no escritas de la curia, la última corte centralizada del mundo, con todo lo que implicaba: intrigas, celos, aduladores, bufones, generales, favoritos y queridas. La curia, un aparato administrativo monstruoso, formado por dicasterios y congregaciones, consejos, comités, oficinas, academias, tribunales y departamentos. Una jerarquía palaciega regulaba meticulosamente hasta la menor insignificancia, desde el color de los tocados hasta el número de botones en las sotanas. El código de indumentaria para los cardenales se establecía en treinta y una páginas impresas. Como en todas las cortes, el protocolo y la etiqueta debían observarse escrupulosamente para evitar un escándalo.

Duncker sabía dónde estaban las trincheras y los frentes en aquel nido de serpientes, quién intrigaba contra quién y quién le debía un favor a quién.

Conocía la moneda con que se pagaba en aquella corte: la indiscreción calculada. Sabía qué salones, círculos de caballeros y reuniones fijas había que frecuentar y cuáles evitar. Sabía qué deportes estaban aceptados (senderismo) y cuáles no (boxeo, lucha, golf). Nadie comía nunca en exceso, pero tampoco se hacía pasar por asceta. La piedra angular era la discreción. No hacerse ver ni llamar la atención con excentricidades. Con osadía y ganas de destacar no se llegaba lejos. La arrogancia, la prepotencia y la elegancia exagerada se consideraban pecados mortales. Nadie discutía abiertamente y nadie ofendía a nadie. La imagen ideal del funcionario de la curia era la de una mosquita muerta proverbial. Al principio había que buscar un padrone, un mentor y mecenas dentro de la curia, a quien había que someterse con lealtad. Las tareas se desempeñaban discretamente, con diligencia y sin rechistar, a menudo durante décadas. Las carreras en el Vaticano eran largas y exigían mucha astucia y la máxima flexibilidad.

No era esa precisamente la vida que el ambicioso sacerdote había soñado de joven. Siempre había admirado a Franz Laurenz, el modelo radicalmente opuesto al arquetipo de funcionario curial. Un líder carismático al que le daban igual las convenciones. Un demagogo jovial, un

rabioso manipulador con voluntad de hierro, cercano y liberal de cara al exterior, pero inquebrantable como el acero que se producía en su región natal. Un hombre que no actuaba siguiendo las reglas, sino que definía las reglas. En su primer encuentro, hacía más de veinte años, Duncker había comprendido de inmediato que tenía que mantenerse al lado de Laurenz.

Que aquel hombre llegaría a ser Papa algún día.

No obstante, Duncker también había comprendido que aquel Papa tenía algo destructivo. Sabía que estaba dispuesto a sacrificarse y a sacrificar a otros con tal de alcanzar su objetivo, que renunciaría a todo lo que alguna vez le había importado si ello era útil para llegar al objetivo.

Duncker no tenía ni idea de qué objetivo perseguía el Papa. Pero había comprendido qué sacrificaría a cambio: a él, la curia, el Vaticano, a toda la Iglesia católica. Y por eso el secretario estaba dispuesto a engañar al hombre al que se lo debía todo.

—Me alegra que haya solicitado esta entrevista —lo saludó el cardenal Menéndez en su salón privado del Palacio Apostólico, y le señaló una butaca—. ¿Té?

—Sí, gracias.

Duncker, que no se sentía muy a gusto, se sentó delante de Menéndez y aguantó con firmeza la mirada escrutadora del cardenal.

—No obstante, su visita me sorprende, claro. ¿Viene por encargo de su santidad?

—No, excelencia, se trata de una visita privada. El Santo Padre no sabe nada de esta entrevista.

Menéndez se reclinó en su asiento y siguió examinando a Duncker con la mirada.

El secretario carraspeó.

—Soy consciente de que mantener esta conversación sin conocimiento del Pontífice supone una terrible indiscreción. Pero los acontecimientos de las últimas semanas no me ofrecen otra alternativa.

Duncker se interrumpió.

—¡Continúe! —lo exhortó Menéndez, cuyo cuerpo ascético parecía tensado hasta la última de sus fibras.

—Lo hago para proteger a nuestra Santa Madre Iglesia —explicó Duncker.

—Por supuesto. Le conozco, monseñor Duncker. Siempre he valorado su sensatez y su fe inalterable.

—Me temo que hay razones para dudar de la salud mental del Santo Padre.

El rostro de Menéndez no expresó el triunfo que sentía en aquel momento. Permaneció imperturbable y estoico en su butaca.

—Un diagnóstico atrevido. ¿En qué se basa?

—Por un lado, en su creciente dedicación a los temas esotéricos en los últimos tiempos. Estudia libros de alquimia y ocultismo. Por otro, a menudo parece ausente. Raramente acuerda decisiones conmigo. Se aísla. Y recibe a la señora Eichner con más frecuencia que nunca.

La mirada de Menéndez cambió de expresión. El cardenal se inclinó ligeramente hacia delante y susurró con desconfianza:

—¿A qué viene esto, monseñor? Todo eso ya lo sabía. Y eso no puede haberlo movido a buscar mi confianza. Para que le quede claro: el precio de mi confianza es elevado.

Duncker tragó saliva.

—Por supuesto, excelencia.

Sacó de su cartera una carpeta llena de papeles y se la entregó a Menéndez.

—Son copias de documentos confidenciales. Cuando los haya leído, comprenderá de qué le hablo.

Menéndez ojeó los papeles. El rostro del español cambió de expresión, adquirió un color ceniciento.

—Comprendo —murmuró, y volvió a mirar a Duncker—. Ha hecho lo correcto dirigiéndose a mí, monseñor. Enviaré estos documentos y se discutirá qué pasos hay que dar. Solo me queda una pregunta: ¿está usted dispuesto a seguir este camino conmigo y con el Opus Dei hasta el final?

Duncker esperaba la pregunta.

Casi al mismo tiempo, Juan Pablo III avanzaba agachado por la Necrópolis, debajo del Vaticano. Con una linterna frontal, seguía a un arqueólogo a través de las catacumbas, llenas de recovecos y que despedían

el olor a moho de la decrepitud. Porque aquel era el reino de la muerte, y a la vida no se le había perdido nada en la ciudad de los muertos. Con todo, las primeras comunidades cristianas se habían reunido en aquellas catacumbas para celebrar misa y dar sepultura a sus muertos, con cierta tolerancia por parte de la Administración romana. Aquellos primeros cristianos habían compartido las catacumbas con comunidades judías y habían excavado galerías y pasadizos en la toba blanda por debajo de la ciudad. De ese modo se creo un laberinto subterráneo inabarcable de pasadizos, galerías, capillas y criptas.

A la luz de su frontal, Juan Pablo III vio centenares de nichos en los que antiguamente hubo sarcófagos. Los cráneos apilados y etiquetados como es debido junto a la osamenta correspondiente lo miraban fijamente. De tanto en tanto, una estructura de madera que bloqueaba el acceso a otra ramificación de aquel laberinto del reposo eterno. Si alguien se atrevía a adentrarse en él sin conocerlo bien, no tardaría mucho en perderse. La poca luz que emitía la linterna era devorada por las paredes y el aire denso. Una corriente de aire putrefacto azotó al Papa como el aliento de una gigantesca criatura abominable. Los pasadizos estrechos parecían todos iguales. Unas escaleras excavadas en la roca, empinadas y peligrosas, descendían hacia el fondo, hacia las entrañas del Vaticano. El mundo de arriba ya no existía.

Tampoco se oía nada, excepto los pasos y el jadeo de los dos hombres que se adentraban a toda prisa en las profundidades de la Necrópolis. El Papa estaba aterido de frío. Alto como era, tenía que agachar constantemente la cabeza, y la sotana blanca rozó varias veces la roca polvorienta.

—¿Está bien, Santo Padre? —le preguntó el arqueólogo que una hora antes había telefoneado alarmado al Palacio Apostólico para comunicarle al Papa un descubrimiento sumamente extraño.

—No se preocupe por mí —dijo resollando Juan Pablo III—. ¿Cuánto falta?

—Llegaremos enseguida. Ya se oye el generador.

El trayecto acabó finalmente en una especie de cripta, una sala semicircular abierta en el nivel inferior, que estaba iluminada con reflectores colocados sobre trípodes. La luz brillante provocaba una sensación de irrealidad, extraña e inoportuna allá abajo, pero Juan Pablo III

elevó una jaculatoria de alivio a la Madre de Dios. En el centro de la cámara funcionaba un generador diésel. Los tres colaboradores del arqueólogo, que estaban bebiendo café de sus termos, se levantaron de inmediato al reconocer al Papa.

—¡Nada de formalidades aquí abajo! —rechazó el Pontífice—. ¿Dónde está?

El profesor Sederino, de la Universidad de Roma, señaló un punto en una pared lateral.

—Lo hemos descubierto esta mañana. De hecho, no esperábamos descubrir nada importante en esta zona. Estábamos aquí para completar la cartografía. Y ahora, eso.

El Papa se acercó y vio a qué se refería el profesor.

El símbolo.

En la pared de la cripta, Juan Pablo III distinguió varios relieves, grabados en la roca con herramientas toscas. El primero mostraba un círculo doble, el símbolo de la luz o del sol. Al lado, varios símbolos en espiral. Y en el centro de las espirales, que a la luz de los reflectores parecían estrellas de Van Gogh, relucía con malicia y obstinación el símbolo de líneas entrecruzadas que perseguía al Papa en sus peores sueños.

Juan Pablo III conocía el supuesto significado: cobre, Venus, luz. El símbolo del que tiene mil nombres: Satán, Behemot, Seth, Pazuzu…

—Lo único que puedo decir de momento —prosiguió el profesor Sederino— es que el relieve debe de ser muy antiguo, mucho más antiguo que las catacumbas.

Juan Pablo III apenas escuchó lo que decía el arqueólogo. Examinaba muy tenso la pared, y descubrió otros símbolos, mucho más pequeños y menos evidentes. Caracteres grabados y dibujos terribles, y ojos con pupilas cuadradas entre ellos.

—¿Parece una escritura?

—Sí, ¿verdad? —exclamó entusiasmado Sederino—. Pero nunca he visto una escritura parecida. ¿Usted sí?

—No —mintió Juan Pablo III.

—Estos dibujos… podrían ser una especie de mapa, ¿usted qué cree, Santo Padre?

El Papa señaló una grieta en la pared.

—Esta grieta da la impresión de que detrás de la pared se oculte algo.

—Sí, yo también lo creo —replicó el arqueólogo—. Estoy intrigadísimo por saber qué encontraremos ahí detrás.

Juan Pablo III se volvió y miró al profesor.

—No. No continuará excavando aquí.

—¿Santo Padre?

—Ya me ha oído. Prohíbo todo tipo de excavaciones en este lugar.

Quiero que sellen esta zona y que, de momento, se guarden para ustedes lo que han visto aquí.

Al ver la cara del Papa, Sederino se tragó las objeciones que tenía en la punta de la lengua.

—Por supuesto, Santo Padre, como usted mande.

Los otros tres arqueólogos asintieron consternados. Juan Pablo III supo juzgar aquellas afirmaciones. La desilusión de aquellos hombres era notoria.

—De momento, la existencia de esta sala debe permanecer en secreto a toda costa —repitió—. Les pido que no hablen con nadie de ella, ni siquiera con sus familias. Olvídense de este sitio. Sé que les estoy exigiendo mucho.

Si no me defraudan, les doy mi palabra de que, a su debido tiempo, solo ustedes podrán explorar la cripta. Mientras tanto, la Iglesia financiará generosamente el proyecto de investigación que ustedes elijan. Ahora bien, si se filtra el más mínimo detalle sobre la existencia de la cripta, prohibiré internacionalmente cualquier investigación arqueológica en territorio de la

Iglesia católica, y los haré a ustedes personalmente responsables de ello.

Acabaré con sus carreras. ¿Me he expresado con claridad, señores?

Esa misma noche, Alexander Duncker no cenó como era habitual con el Papa. En vez de eso, se dirigió a un edificio de cinco plantas, discreto pero harto conocido en los círculos eclesiásticos, que hacía chaflán en la Viale Bruno Buozzi. Allí participó con sentimientos encontrados en una velada extraordinaria. El prelado del Opus, el cardenal Santillana, lo recibió personalmente como a un viejo amigo y lo condujo a un salón a prueba de escuchas donde, además del cardenal Menéndez, lo esperaban cuatro numerarios con sotana, todos ellos de alto rango y españoles. Naturalmente, Duncker los conocía. Con la sensación de estar traicionando a su mentor, pero con la convicción de estar haciendo lo correcto, explicó brevemente el contenido de los documentos secretos, de los que había entregado una copia a Menéndez.

—Su santidad planea instituir un órgano superior de control que revisará todos los negocios financieros del Istituto per le Opere di Religione.

Además, el nuevo órgano deberá centrarse explícitamente en las finanzas del Opus Dei.

—¿Con qué objetivo? —preguntó uno de los numerarios.

—Con el objetivo de fracturar el poder económico del Opus Dei y su influencia en la Iglesia católica y romana.

—Quiere destruir al Opus —comentó Menéndez—. Siempre lo ha querido.

—Lo que el Papa pretende ante todo es que haya más transparencia y proteger al Banco Vaticano del blanqueo de dinero —añadió Duncker—. Se trata de cumplir las pautas internacionales de la banca. Pero también de algo más. Su santidad planea vender las participaciones del Istituto per le Opere di Religione a actividades económicas que no están directamente al servicio de los presupuestos de las diócesis. También proyecta la venta de propiedades inmobiliarias y participaciones en empresas, así como de objetos de arte y valiosos que ahora son propiedad de la Iglesia.

—¡Eso son miles de millones! —gimió Menéndez—. ¡Quiere saquear la Iglesia!

—¿Qué ocurrirá con los beneficios? —preguntó el cardenal Santillana.

—En resumidas cuentas, los beneficios irán a parar directamente a una organización humanitaria internacional, todavía por fundar, centrada en la lucha contra el hambre y la pobreza en el Tercer Mundo. Su santidad es consciente de que solo será una gota en el océano, pero con ello espera marcar una pauta a las demás religiones del mundo y a los gobiernos de los países industriales más importantes.

—Regalará la Iglesia —observó Santillana—. La regalará sin más.

Quiere hacer realidad su ideal de una Iglesia pobre y está decidido a sacrificar también al Opus Dei en el altar de sus burdos ideales.

—Se ha vuelto loco —comentó Menéndez—. Es evidente. Esos miles de millones se perderán inútilmente en el limbo de los mercados financieros internacionales, y la Iglesia tendrá que enfrentarse, impotente y sin fuerzas, al caos y a su propia decadencia.

—El plan es más complejo de lo que puedo explicarles ahora —confesó Duncker—. También prevé la manera de proteger los recursos. No obstante, persigue la destrucción del Opus Dei y la venta de capital de la Iglesia.

—¿Hasta qué punto hay que tomarse en serio esas intenciones? —

preguntó otro numerario.

Duncker se encogió de hombros.

—De momento, solo son proyectos.

—¿Podría tratarse de una de sus típicas provocaciones? ¿Y si difundimos el proyecto a través de la prensa internacional y lo desenmascaramos?

Durante unos instantes, se hizo el silencio entre el grupo. Luego, el prelado Santillana retomó la palabra.

—No se trata de si Laurenz tiene realmente la intención de malvender la Iglesia católica. De momento, lo único que cuenta es que está atacando al Opus Dei. Por eso les pido propuestas sobre cómo debemos reaccionar.

Estamos en familia, señores. Así pues, con franqueza y sin cortapisas.

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