Apocalipsis
Capítulo XLIX
30 de mayo de 2010,
región del Annapurna, Himalaya
El helicóptero MIL 17 con matrícula nepalí cortaba el aire poco denso de las alturas, y el ruido atronador de las hélices resonaba por todo el valle.
El robusto helicóptero multiusos era una imagen habitual en aquella región y apenas despertaba interés. El valle de Kali Gandiki limitaba con el macizo del Annapurna Himal por el oeste. Los habitantes del valle más profundo del planeta se habían acostumbrado al intenso tráfico aéreo que dos veces al año les llevaba de regalo bandadas enteras de turistas que querían hacer trekking. Por eso casi nadie prestó atención al MIL 17. De haberlo hecho, habrían visto que, a pesar de la identificación civil, disponía de dos cañones ligeros.
El helicóptero continuó moviéndose en las alturas y puso rumbo hacia una pequeña altiplanicie en la cara oeste del Annapurna, donde a simple vista se divisaba un monasterio budista en ruinas. A casi cinco mil metros de altura, acceder a él no era fácil. Ningún guía local de la etnia newar, sherpa o tamang, llevaba nunca a los grupos de trekking allá arriba, en primer lugar porque aquellas ruinas se consideraban un refugio de espíritus malignos, y en segundo lugar porque la zona pertenecía a una compañía minera estadounidense. Diez años antes, la empresa había comprado una gran extensión de terreno alrededor del antiguo monasterio y últimamente desplegaba una enorme actividad allá arriba. Sin embargo, ningún habitante de los pueblos circundantes habría sabido decir qué extraía aquella compañía minera. Al principio se había hablado de oro, pero nadie había visto salir nunca de allí un camión cargado de escombros. Dos semanas
atrás se había oído un gran estruendo, como una explosión. Pero no se vio ninguna nube de humo.
Desde entonces, al monasterio maldito se acercaba algún que otro helicóptero, y corría el rumor de que los espíritus malignos habían llevado tanta desgracia y mala suerte a la compañía minera que pronto suspenderían la explotación. Según otro rumor, un multimillonario estadounidense proyectaba construir allí un complejo turístico de lujo supermoderno. Una idea que provocaba escalofríos a los habitantes del valle de Kali Gandiki, preocupados por los turistas.
Otro rumor afirmaba que el ejército indio mantenía allí una base para espiar a China, con la connivencia del gobierno nepalí.
Los pocos sherpas o newares que se habían atrevido a subir en los últimos años habían pagado su curiosidad con la vida: se habían despeñado o habían sido sepultados por aludes, y sus cuerpos jamás fueron hallados.
Motivos de mucho peso para mantenerse alejado del monasterio y, mejor aún, olvidarlo.
El eco del rotor del MIL 17 se perdió en el azul intenso del cielo y desapareció de la memoria de las gentes del valle de Kali Gandiki, igual que el recuerdo de la estrambótica rusa que ciento cincuenta años atrás había viajado por aquellas tierras y había descubierto algo que podía determinar el destino de toda la humanidad.
El MIL 17 olvidado, que transportaba a un único pasajero, aterrizó con un ruido áspero en la pista de aterrizaje situada delante del monasterio en ruinas. Un hombre con indumentaria polar blanca bajó del aparato y fue saludado con reverencia por dos hombres vestidos con hábitos de monje capuchino. Sin apenas detenerse, el hombre entró rápidamente en el edificio en ruinas, donde una exclusa ultramoderna se abrió rechinando y franqueó el paso a un laberinto de cuevas excavadas.
Helena Blavatsky lo había descubierto en el año 1852, y aquel hombre, al que sus adeptos llamaban simplemente «maestro», se consideraba heredero de su legado. Había redescubierto el antiquísimo sistema de cuevas del macizo del Annapurna. Había descifrado los textos antiguos y los dibujos grabados en la roca, y había comprendido el significado de las nueve llaves. Una la había encontrado Madame Blavatsky, otra se la había
arrebatado Seth personalmente a sus guardianes. Siete llaves continuaban esparcidas por el mundo, y había que hallarlas. Y la más importante, la llave central, la custodiaba desde hacía siglos la Iglesia católica.
El hombre, que cambió su ropa de abrigo por una sencilla bata de laboratorio, había dedicado toda su vida a una sola cosa: a arrebatarle esa llave a la Iglesia. Se había hecho rico solo para cumplir esa misión. Muy rico. Había asesinado y había ordenado asesinar. Había sembrado el dolor, y lo había experimentado. Había ascendido, había caído y había vuelto a ascender. Había muerto y había resucitado. Era un ave fénix y había adoptado el nombre de un dios egipcio: Seth, el dios de la destrucción.
Porque sentía que era un elegido. Un elegido para liderar una lucha titánica… contra la Iglesia.
Seht contra Horus.
Pero la lucha acabaría de otra manera esta vez.
El ascensor se detuvo en la planta inferior. El extenso y ramificado sistema de cuevas era tan antiguo como el propio macizo de roca, y en gran parte de origen natural. En las profundidades de la montaña se hallaba la cueva que Helena Blavatsky había descubierto. Las paredes estaban decoradas con dibujos y símbolos desconocidos. Por eso Seth había ordenado ampliar la cueva y la había convertido en la sede principal de su movimiento para poder investigar allí mismo el mayor secreto de la humanidad y preparar el golpe contra su peor enemigo.
El zumbido del sistema de ventilación saturaba los pasillos. Dos hombres con bata blanca y el símbolo de la luz en el bolsillo de pecho esperaban a Seth. Se postraron en el suelo ante él y luego lo acompañaron a un laboratorio, al que se accedía a través de una esclusa de aire. En el interior, muy iluminado, señoreaba un cilindro de acero aislado con placas de cerámica, que desprendía muchísimo calor a pesar del aislamiento. A través de un pequeño cristal en la parte frontal podía verse que en el interior burbujeaba una masa viscosa al rojo vivo. Del cilindro de acero salían varios tubos en forma de tentáculos, que se enredaban por el techo y desembocaban en un gran número de pequeños generadores con una función indeterminada. Aquel laboratorio parecía tan aséptico como un hospital. En él solo trabajaban unas cuantas personas, que se inclinaron
reverencialmente al reconocer a Seth. Por lo demás, el laboratorio parecía funcionar en gran parte automáticamente. Nadie que no conociera los textos antiguos habría comprendido al ver aquellos generadores que se encontraba ante la versión más moderna de un laboratorio alquimista.
—¿Situación? —preguntó conciso Seth.
—La sección IV ha concluido con éxito la fase amarilla y blanca, maestro —contestó de inmediato uno de sus acompañantes—. El sustrato se comporta de manera estable y según los datos que constan en los escritos.
Ahora comenzaremos con la transformación al rojo.
—¿Y el accidente en la sección V?
—Lo tenemos todo controlado, maestro —se apresuró a asegurar el otro acompañante—. En la sección V se produjo una deflagración del sustrato durante la transformación al rojo. Seguramente por una diferencia de menos de un miligramo. Las esclusas de seguridad resistieron.
—¿Y la sección V?
—Por desgracia, totalmente destruida.
—¿Otros daños?
—Negativo. La sacudida se notó en el nivel II, pero no se registraron daños.
Seth asintió satisfecho.
—Bueno, al fin y al cabo es la prueba de que estamos muy cerca del éxito.
Después de una ronda de inspección, volvió a subir en ascensor y luego entró en una elegante sala de conferencias donde lo esperaban siete monjes vestidos con hábitos blancos. Todos pertenecían al círculo interno del movimiento de Seth y lucían el símbolo de la luz en su indumentaria: el círculo doble.
Cuando Seth entró, todos se postraron boca abajo en el suelo y no se movieron hasta que el maestro les dirigió la palabra.
—¡Que la luz esté con vosotros!
Seth les tocó la cabeza uno a uno. Los siete hombres volvieron a tomar asiento alrededor de la mesa de conferencias y Seth escuchó en silencio sus informes.
Exceptuando la destrucción de la sección V, no había ningún problema.
De hecho, la devastadora explosión había puesto a los investigadores sobre la pista de cómo se podía conseguir la valiosa y poderosa sustancia que Seth buscaba y que necesitaba urgentemente para llevar a cabo sus planes.
—Creemos saber cómo se puede efectuar con éxito la transformación al rojo —explicó uno de los siete—. Pero no deja de ser una suposición. Un ensayo podría provocar la pérdida de otra sección. Todo depende de la temperatura exacta y constante de los hornos, pero existen muchas otras variables que no conocemos. Los textos descifrados solo son fragmentos y proporcionan instrucciones contradictorias. Necesitamos urgentemente un texto completo.
Seth meditó un momento y acarició el Sigillum Dei de marquetería incrustado en el tablero de la mesa.
—¿Qué sabemos de Kelly? —preguntó finalmente—. ¿Hasta dónde ha llegado?
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