Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 94 de 94

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Apocalipsis

Ep�logo

EPÍLOGO

20 de mayo de 2011,

isla de Sylt, Alemania

La niebla que se deslizaba hacia tierra desde el mar del Norte oprimía las dunas como una gran desdicha y sofocaba cualquier sonido, cualquier movimiento. La marea baja iba dejando atrás centenares de ciempiés muertos en la playa, y el aroma de los carrizos y los escaramujos, el lamento de una gaviota extraviada parecieron ser las últimas señales de vida.

Ni un soplo de aire que desvaneciera la bruma húmeda y fría, que se enmarañaba apáticamente en la hierba de las dunas y era cada vez más densa. Dentro de unas horas, el sol disiparía la niebla y dejaría sitio libre a los veraneantes y a los turistas de fin de semana, que podrían pasear por los senderos hechos con tablas entre las dunas de arena clara. Pero ahora, al amanecer, el sol no era más que una mancha fría y pálida sobre las marismas del extremo norte de Alemania.

Desde la Primera Guerra Mundial hasta los años cincuenta, la pequeña península de Ellenbogen, en la isla de Sylt, había sido zona militar. Hasta bien entrados los años ochenta, la OTAN había utilizado la lengua de tierra del extremo norte de la isla como campo de tiro aire-tierra durante los meses de octubre y noviembre, y todavía se encontraban casquillos de munición por doquier en la arena de las dunas.

Sin embargo, las instalaciones militares ya había desaparecido casi por completo y la zona había sido declarada reserva ornitológica. Apenas había casas, el tráfico de vehículos estaba restringido y estaba prohibido pisar las dunas movedizas. Oficialmente, la península de quinientos metros de

longitud y pintorescas dunas era una propiedad heredada en régimen de condominio. No obstante, casi nadie sabía a quién pertenecía realmente aquella lengua de tierra.

El silencio matutino y la pertinaz niebla fueron desgarrados súbitamente por el ruido atronador de las palas de un rotor. A pesar de la mala visibilidad, el helicóptero descendió, provocando remolinos de arena y humedad, y aterrizó en una plataforma de hormigón cubierta de musgo entre las dunas. Como todo lo que había alrededor, la niebla también se lo tragó instantáneamente. Dos hombres armados y con uniforme negro de campaña saltaron a toda prisa del helicóptero y aseguraron la posición, mientras la turbina del aparato seguía funcionando en punto muerto.

— Go, go, go! —gritó uno de los hombres haciendo señales.

Por un momento, se le vio un pequeño tatuaje, apenas visible, en la muñeca. Un símbolo formado por tres espirales enlazadas. Un trisquel.

Obedeciendo la orden, otros cuatro hombres saltaron a tierra y ayudaron a bajar a una mujer con la cabeza vendada y el brazo izquierdo en cabestrillo. Luego, sacaron del helicóptero una camilla, en la que yacía un hombre gravemente herido y con un muñón en el brazo, conectado a una sonda y a un respirador. Entre los cuatro, y sin intercambiar palabra, transportaron al amputado a unos diez metros, hasta donde uno de los soldados vestidos de negro quitaba con una pala la arena de las dunas junto a la plataforma de hormigón. Quedó al descubierto una plancha de acero muy bien camuflada, sobre la que destacaba un símbolo formado por tres espirales enlazadas. Cuando los hombres levantaron la plancha, debajo se vio una escalera empinada que conducía a un antiguo búnker.

Con el máximo cuidado que les permitían las prisas obligadas, los hombres entraron al paciente, a quien los médicos de Roma habían provocado un coma inducido por la gravedad de su estado. La mujer herida los siguió, mientras los dos hombres armados continuaban asegurando la posición. No abandonaron sus puestos hasta que tres de los cuatro hombres volvieron a salir del búnker, y cerraron y camuflaron la plancha de acero.

Los cinco volvieron a subir al helicóptero, que despegó de inmediato pesadamente entre la niebla, y atrás solo dejó silencio.

Todo había transcurrido en menos de diez minutos.

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