Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 75 de 94

Páginas del PDF

Apocalipsis

Capítulo LXXV

17 de mayo de 2011,

Necrópolis, Ciudad del Vaticano

El cardenal Menéndez había perdido a Dios. No en las profundidades asfixiantes de la Necrópolis, por donde hacía horas que vagaba maldiciéndose a sí mismo. Tampoco desde que había vendido a su Iglesia y a sí mismo a un hombre llamado Creutzfeldt y a una organización demoniaca sin nombre. No, había perdido a Dios hacía mucho tiempo, como un talismán que se ha llevado durante tantos años que ha llegado a formar parte de uno, y luego se olvida en algún sitio y no se nota la pérdida hasta mucho después. El cardenal Menéndez había perdido a Dios en alguna parte del entramado de poder que se extendía como un laberinto invisible por el Vaticano. En aquella malla de intrigas, favores y guerras soterradas, en la que él se había movido tan hábilmente durante mucho tiempo que había creído que jamás se extraviaría en ella. Que tenía los hilos en sus manos. Que era un elegido.

Sin embargo, el cardenal había pasado por alto que los hilos de aquel entramado de poder chorreaban un veneno que minaba el alma al menor contacto. Como una araña que digería a un pobre insecto y solo dejaba una sotana vacía de color negro o púrpura como cebo alevoso para su próxima víctima.

El cardenal no habría podido decir exactamente cuándo y dónde había perdido a Dios en la estructura de poder de la curia, porque, en el mundo de la nunciatura, Dios era una etiqueta tan cotidiana y omnipresente en palabras e imágenes, una patente protegida, una marca tan establecida y multimillonariamente exitosa, que Menéndez, igual que otros muchos antes

que él, había cometido el error de confundir el continente con el contenido.

Cuando finalmente se dio cuenta de la pérdida de Dios, al principio solo sintió ira porque, en aquel momento, aún creía tener cierto derecho sobre Dios. Como cardenal. Como candidato a máxima autoridad de la Iglesia.

Pero Dios, estuviera donde estuviese, ignoró la furia del cardenal y continuó perdido.

No obstante, el cardenal tampoco se entretuvo mucho buscándolo. Al principio, la pérdida de Dios le produjo la misma pena que la pérdida de un mechero. Y siguió actuando como hasta entonces. Todo iba de maravilla.

Hasta el día en que Franz Laurenz fue elegido Papa y el cardenal no tuvo a nadie a quien gritar su rabia, su desesperación y el odio que sentía por sí mismo. Nadie a quien pudiera hacer responsable. Nadie que pudiera salvarlo.

Recordando la vergüenza de esa pérdida, Menéndez vagaba por las galerías estrechas de las catacumbas vaticanas, jadeando y sudando a pesar del frío, pasando entre nichos situados a derecha y a izquierda, entre osamentas cuidadosamente apiladas y entre inscripciones en latín. El aire era húmedo y estaba muy cargado, apenas permitía respirar. La luz de las pocas lámparas que había en el techo solo alumbraba unos centímetros en la oscuridad y reforzaba la sensación de terrible abandono. Mientras se apuraba por las galerías llenas de rincones, maldiciendo su ambición y su vanidad, sintió que Dios también hacía mucho que lo había abandonado y había renunciado con la misma despreocupación a él. Y eso lo enfureció.

—¡Yo te quería! —gritó en la oscuridad de las catacumbas—. Te he sacrificado mi vida. ¡Tú me elegiste! ¡Ahora tienes que ayudarme!

Pero Dios guardó silencio. Resollando, el cardenal Menéndez se derrumbó en un escalón y, por primera vez en años, reflexionó sobre si todavía había algo con lo que pudiera templar la misericordia de Dios y pedirle humildemente que regresara con él.

Le echó un vistazo al plano que Crowley le había entregado por la tarde, junto con un maletín cuyo contenido tenía que colocar en los puntos señalados. Ya se había ocupado de tres puntos. A la luz de la lámpara portátil, Menéndez intentó leer el mapa para orientarse. Cuando se dispuso a levantarse, ya había tomado una decisión. Quería volver a encontrar a

Dios. Allí y ahora, en aquel mundo subterráneo en el que dos mil años atrás habían enterrado a Simón Pedro, la piedra angular sobre la que se cimentaba la Iglesia. La Iglesia a la que él, Antonio Menéndez, había traicionado. Quería volver a encontrar a Dios. Pero Dios le tenía preparada una prueba.

Menéndez se levantó, reanimado y fortalecido por la decisión que acababa de tomar, y se apresuró en retroceder hacia el primer punto a la luz de la pesada linterna que llevaba. Avanzó despacio, se extravió un par de veces y tuvo que volver a orientarse. Estaba solo en aquel mundo subterráneo, ya que la Necrópolis estaba cerrada a los turistas por motivos de seguridad relacionados con el cónclave. Solo consigo mismo y el horror que transportaba en el maletín.

Cuando por fin llegó al primer punto, le salió al encuentro la luz de una linterna salida de la nada.

—¿Quién es usted? —dijo la voz de un desconocido, que parecía tan espantado como el cardenal.

Menéndez enfocó al hombre con la lámpara portátil, pero no lo reconoció.

—Soy el cardenal Menéndez —contestó con toda la firmeza y contundencia de que fue capaz—. ¿Quién es usted?

El hombre bajó su linterna.

—Oh, eminencia, ¡no le había reconocido! ¿Qué hace usted aquí abajo?

Menéndez calculó que el hombre que lo había sorprendido en el submundo del Vaticano tendría unos cuarenta años. Un rostro afable de rasgos italianos, con barba y gafas anticuadas. El típico erudito italiano.

Llevaba vaqueros y un forro polar para protegerse del frío. Menéndez vio que tenía en el suelo una bolsa de herramientas. El hombre le tendió la mano.

—Soy el profesor Sederino, del Instituto Arqueológico de la Universidad de Roma. Ya nos hemos visto alguna vez, eminencia.

El cardenal no le estrechó la mano y lo escrutó con la mirada. La cara del arqueólogo le sonaba.

—¿Y qué hace usted aquí, profesor?

Sederino carraspeó, avergonzado.

—Bueno, yo… Se trata de una investigación que comencé hace medio año y que, por desgracia, no pude continuar. Pero… Y usted, cardenal, ¿qué hace aquí abajo?

El profesor miraba desconcertado el maletín que llevaba Menéndez.

—Vengo a menudo a meditar aquí.

Con tanta premura, no se le ocurrió nada mejor. Por la cara que puso, el arqueólogo no se lo creyó.

—Ajá.

—¿Está solo?

—Eh…, sí, claro. Verá, cardenal, ya sé que no debería estar aquí durante el cónclave, pero el papa Juan Pablo III me…, bueno, me retiró el permiso para seguir explorando esta parte de la Necrópolis. Y después de su renuncia…, pues…

—¡… ha creído que la prohibición del Papa ya no estaba en vigor!

Sederino torció el gesto, apesadumbrado.

—Soy investigador, cardenal. Espero que lo comprenda. Además, acabo de descubrir una cosa. Una cosa rarísima. Ahora mismo iba a subir para dar parte del hallazgo.

Alarmado, Menéndez se tensó.

—¿Qué es?

—Mire —Sederino le alcanzó una pequeña ampolla transparente, que contenía una sustancia roja viscosa—. Estaba ahí dentro.

El profesor señaló una cajita que cabía en una mano. La cajita tenía un hueco donde encajaba la ampolla, y un pequeño diodo encima. En la cara superior de la cajita resaltaba un símbolo circular dorado. Un círculo con un círculo más pequeño dentro. El eterno símbolo de la luz.

—¿Qué es?

—No tengo ni idea, eminencia. Estaba aquí. ¿Lo ve? En este nicho.

—Se lo habrá olvidado un turista.

Sederino miró con asombro al cardenal.

—¿Esto? ¿Desde cuándo llevan los turistas ampollas con un líquido rojo en una cajita extraña con diodos? Además, ayer estuve aquí y ahí no había nada. No, este trasto me inquieta mucho. Habría que informar de inmediato a la Guardia Suiza.

—Démelo —dijo el cardenal, lo más tranquilo que pudo—. Ya me ocupo yo.

Sederino volvió a mirar el maletín del cardenal, y Menéndez supo que se estaba haciendo un montón de preguntas. Al menos, no soltó la ampolla.

—Quizá será mejor que me lo quede yo de momento. No querría que sufriera usted ningún daño, eminencia.

Menéndez lo pensó y asintió.

—De acuerdo, profesor. Entonces, le acompañaré hasta la puerta de la comandancia. Recoja sus cosas y nos iremos.

—Claro, cardenal.

Sederino se dio la vuelta y se agachó hacia sus cosas. En ese instante, el cardenal Menéndez expulsó definitivamente a Dios de su vida. No fue una decisión consciente, sino más bien un reflejo provocado por la desesperación, alimentada por el veneno del mal que hacía tiempo que le devoraba el alma. Cuando el joven profesor se apartó de él, el cardenal agarró con fuerza su pesada lámpara portátil, la levantó y golpeó con la máxima violencia.

El arqueólogo se desplomó con un grito ahogado. Las piernas se le contrajeron. Menéndez se le acercó y volvió a golpearlo. Con fuerza, con precisión, imperturbable. Y otra vez. Y otra. Y otra. Lo golpeó en la cara hasta que se la dejó hecha un puré ensangrentado. Con cada golpe maldecía a su Padre y a su Dios, porque nunca le había dejado elección. Siguió golpeando la cabeza del hombre hasta que le reventó el cráneo y el cerebro mezclado con sangre comenzó a salpicarle la sotana a cada embate. Cuando por fin paró, jadeando, y contempló el baño de sangre que tenía a sus pies, el cardenal Menéndez no sintió remordimientos ni temor. Solo un vacío

terrible y la certeza de que la puerta a la salvación se le había cerrado para siempre. Que Dios se había apartado definitivamente de él. Y por primera vez en la vida, solo por un breve instante, el cardenal Menéndez se sintió realmente libre.

OceanofPDF.com