Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 82 de 94

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Apocalipsis

Capítulo LXXXII

17 de mayo de 2011,

Casina del Giardiniere, Ciudad del Vaticano

El silencio se adueñó de la salita del exorcista después de que Laurenz hubiera explicado la historia de lo ocurrido el año anterior, completada por los comentarios de Maria y don Luigi. El gato pelirrojo saltó maullando sobre el regazo de Maria y se dejó acariciar con placer. Don Luigi abrió una ventana y echó el humo frío del cigarrillo hacia la noche como si fueran demonios consumidos y vencidos. Pero los demonios no habían sido ni con mucho vencidos, reptaban produciendo picor por la piel de Peter y le recordaban que le quedaba muy poco tiempo.

—Envié al hermano Pawel y a sor Anna directamente a la muerte —

confesó Laurenz con voz queda—. Su muerte fue decisiva para que yo presentara la renuncia. Lo único que podía hacer era enviarle la lista con todos esos nombres al cardenal Torres y dejar suelto al gato con una pista que señalara el escondite en la pared. Sabía que, tarde o temprano, rondaría por donde estuvieran don Luigi y Maria.

Laurenz se interrumpió unos instantes y luego prosiguió.

—Fui un ingenuo, y eso es imperdonable. Durante mucho tiempo creí que el cardenal Menéndez y el Opus Dei estaban detrás de las actividades de los portadores de luz. Tenían motivos para provocar mi caída y mi muerte. Al volver de África, organicé de inmediato las indagaciones.

Menéndez se enfureció. Con razón. No se pudo probar la implicación del Opus Dei ni del cardenal Menéndez en el atentado, en el que perdieron la vida doscientas treinta personas. Me negué a aceptar que existiera un

peligro aún más poderoso. Reconocí demasiado tarde la verdadera dimensión de la amenaza.

Laurenz parecía de repente agotado. Incluso sus manos inquietas descansaban sobre sus piernas como aves migratorias dispersas que se tomaban un descanso después de un largo vuelo sobre un océano infinito.

«Un hombre viejo».

—Satanás está en el mundo —prosiguió Laurenz con voz queda—.

Interpreté la aparición del amuleto y los pergaminos en el apartamento papal como un grito de alarma. Desde entonces, me dediqué a recopilar pruebas con la ayuda de don Luigi. Pieza a pieza y en secreto. Profecías, los evangelios de Nag Hammadi, notas marginales históricas, actas de procesos de brujería… Había indicios por todas partes. Una tarea nada fácil para un Papa, que siempre está siendo observado. Tuve que aprender a no confiar en casi nadie, ni siquiera en mi secretario personal. Cuando ya no pude seguir cerrando los ojos ante la verdad, pedí ayuda para combatir al mal a los líderes religiosos más importantes del judaísmo y del islam. Por desgracia, con poco éxito al principio. Finalmente, gracias a lo que usted ha descubierto, Peter, pude convencer al rabino Kaplan y al jeque al Husseini.

Sin la ayuda del rabino Kaplan, hoy no habríamos podido salvarlo a usted.

—¿Insinúa que todo este tiempo he formado parte de su plan? —

preguntó Peter—. Entonces, ¿usted conocía mi origen?

Laurenz negó meneando la cabeza.

—No tenía ni idea, créame. Poco a poco, comienzo a comprender los entresijos, pero muchas cosas siguen siendo un enigma absoluto. Dios le ha puesto límites al mal. Usted, Peter, todas las personas de la lista y todas las que aún no hemos encontrado parecen ser las elegidas para oponer resistencia a Satanás. Dios le necesita.

Peter suspiró.

—Según usted, el mal es algo material. Algo que desde tiempos inmemoriales ha construido nidos en este mundo, en los que duerme durante mil años y luego despierta.

Laurenz asintió.

Peter meneó malhumorado la cabeza.

—No me lo creo. ¡Es absurdo!

—¡No se imagina cuánto me costó a mí aceptarlo! —exclamó Laurenz

—. Yo creo firmemente en la resurrección de Jesucristo y de la Virgen, igual que creo en la existencia del demonio. Pero, para mí, el mal siempre había tenido un aspecto profundamente humano. Era algo que infectaba a los seres humanos desde el origen de los tiempos. Algo a lo que el ser humano puede adherirse o volverle la espalda libremente. Algo que solo la misericordia de Dios puede mantener a raya. Pero aceptar que el mal es una sustancia que se oculta en distintos lugares del mundo, que se filtra desde la tierra como los miasmas tóxicos de un volcán en extinción, un ser al que se impide surgir y devorar sin obstáculos el mundo no por obra de Dios, sino mediante unos símbolos y sellos mágicos… La idea era insoportable.

—¡Pues yo sigo sin creérmelo! —exclamó Peter.

—¿Y qué cree usted?

«Sí, ¿qué crees tú? ¿En qué crees todavía?».

Peter dudó.

—Yo creo que ese mal no es más que una etiqueta. Fuera lo que fuese lo que usted encontró en la Necrópolis, lo que se ocultara debajo de una piedra en Uganda o en cualquier otro sitio, tiene que ser algo muy real. Tal vez inexplicable, pero real. Tan real y hecho por la mano del hombre como ese amuleto. Tan real como Seth y los portadores de luz. Real, enigmático, poderoso, peligroso y… efímero.

—¿Crees que se puede destruir?

—Exacto. Destruir, neutralizar, explicar, analizar, clasificar, encerrar, incluso enviarlo a la Luna, transformarlo. Tal vez en eso reside el secreto de los alquimistas. Ellos creían que todo se podía transformar. Por lo tanto,

¿por qué un ex Pontífice no podría creer que el mal se puede transformar en bien?

—Ojalá tuviera usted razón —suspiró Laurenz—. Pero mucho me temo que se equivoca.

Peter se tensó.

—Como quiera. En cualquier caso, el peligro es muy concreto. Los portadores de luz seguramente tienen en su poder un arma alquimista devastadora.

Peter explicó en pocas palabras lo que había descubierto sobre las fórmulas alquimistas y el mercurio rojo.

—Sumado a lo que usted ha averiguado, Laurenz —finalizó—, la conclusión es para mí muy simple: los portadores de luz buscan algo que está oculto en el Vaticano. Probablemente el tesoro de los templarios, no lo sé. En cualquier caso, el amuleto solo constituye una parte. Por eso atacan a la Iglesia. De manera concreta y directa. Planean un atentado contra el cónclave. Y con una bomba alquimista que destruirá el Vaticano y matará a todos los cardenales. Y será mañana. Y esa bomba, minúscula y seguramente con la fuerza explosiva de una pequeña bomba atómica, ya está en Roma. Puede que incluso en el Vaticano. Si queremos evitarlo, tendríamos que comenzar a buscarla.

—En los últimos días, el Vaticano ha sido registrado por unidades especiales —objetó don Luigi—. Sobre todo la zona de la Capilla Sixtina.

No han encontrado ni rastro de una bomba.

—Son siete —puntualizó Maria—. Y muy pequeñas.

—¡Es un disparate! —exclamó Laurenz—. No tiene sentido. Si Seth es capaz de fabricar mercurio rojo y oro, ¿por qué se complica tanto la vida?

No, yo creo que se trata de otra cosa.

—¿Y en qué está pensando? —preguntó don Luigi.

Laurenz no contestó. O bien porque no lo sabía o bien porque sus suposiciones le parecían demasiado atroces.

—Tal vez tenga razón —dijo Peter pausadamente—. Esas bombas podrían ser también una pista falsa. En estos últimos días, he pensado a menudo en lo fácil que me resultó quitarle a Seth el medallón con el chip donde guardaba archivos importantes sin codificar. Demasiado fácil. Y huir de la Île de Cuivre también fue demasiado sencillo.

—¡Pero ahí está su visión, Peter! —objetó el exorcista.

—¿Y qué querrían si no los portadores de luz? —intervino Maria.

Cuando Laurenz se disponía a contestar, le sonó el móvil.

—Es Bühler —dijo después de echar un vistazo a la pantalla del aparato, y contestó—. Coronel Bühler. ¿Cuál es la situación?

Peter vio que unas nubes de espanto se cernían sobre el rostro de Laurenz durante la breve conversación. El ex Papa apenas habló, solo

escuchaba el informe apresurado de Bühler.

—Sí, envíeme la foto —dijo al final.

Cuando colgó, su rostro había perdido por completo el color.

—Han asaltado el templo, pero la acción ha acabado siendo una catástrofe. Rahel Zeevi y sus hombres están muertos. El templo ha quedado totalmente devastado por dentro. Con todo, el coronel Bühler ha encontrado algo en el sótano. Ahora me enviará la foto.

Laurenz esperó hasta que el móvil sonó con un breve pitido que le anunciaba que había recibido un mensaje. Lo abrió, observó la imagen sin decir nada y luego le pasó el teléfono a don Luigi.

—¿Le sirve de algo, padre?

Don Luigi examinó la foto meneando la cabeza, y luego le pasó el móvil a Peter. En la imagen, Peter reconoció un altar de sacrificios muy similar al de la Île de Cuivre. Sin embargo, en vez de un Sigillum Dei, en la superficie habían grabado otra cosa. El conocido símbolo de la espiral, el símbolo circular y el símbolo del cobre en el centro. El orden de los símbolos desconcertó a Peter y, a la vez, le pareció familiar. Debajo del dibujo habían escrito algo. Con caracteres enoquianos, que parecían una mezcla de letra rúnica celta y minúsculas medievales.

Hoathahe Saitan. Hoathahe Seth. Hoathahe Peter Adam.

—¿Qué opina usted, Peter?

Peter gimió.

—Ni idea.

«Te está llamando. ¿Cuánto vas a esperar todavía?».

—Está pálido, Peter. ¿Se encuentra bien?

Peter luchó contra las náuseas.

—Sí, gracias. Es el cansancio. Yo… saldré a tomar el aire.

—¡Te acompaño! —dijo Maria, y se levantó.

—¡No! —rehusó Peter—. Me gustaría estar solo un momento. Por favor.

Solo en el jardín de hierbas aromáticas de don Luigi, se acuclilló a la sombra de un olivo centenario. Debilitado, se dejó caer de rodillas y volvió a vomitar sangre. Se quedó así, encorvado y con temblor de piernas, y lloró.

Desesperado y abrumado por la pena de que un destino sin piedad lo persiguiera a él, a sus padres y a todas las personas que le importaban.

Lloró por él mismo, porque no le quedaba mucho tiempo. Lloró con la certeza de que hacía mucho que ya era demasiado tarde. Para la Iglesia, para el mundo, para él y para Maria. Y mientras se convulsionaba debajo del olivo, su memoria atormentada arrastró hacia la superficie de sus recuerdos una imagen olvidada. Peter vio una torre. Un faro en una suave colina verde. Delante de la torre aparcaba un coche. Y dentro del coche estaban su madre y Nikolas. Se reían y cantaban canciones para contar jugando con las manos. Peter supo enseguida que era su madre. Siempre lo había sabido. Se acercó al coche y ella lo miró y le dijo algo.

«Habla más fuerte, mamá. ¿Qué quieres decirme? No te oigo. Por favor,

¡habla más fuerte!».

Su madre lo repitió. Y volvió a repetirlo. Una vez y otra. El secreto de la existencia de Peter.

Cuando la imagen se disipó, Peter sacó temblando la pequeña SIM del bolsillo y la introdujo en su teléfono móvil. No tuvo que esperar mucho. Al cabo de unos segundos, el móvil vibró.

—Ya era hora, hermano. Me preguntaba cuánto esperarías todavía.

—Quiero hablar con Seth.

—Imposible. Tan cerca del gran día, el maestro está ocupado.

Hoathahe Saitan.

—¿Dónde está?

—¿Por qué no vienes a verme y te lo explico todo? Te están utilizando, Peter.

—¿Dónde están las bombas, Nikolas?

—Olvídalo, Peter. Se trata de cosas mucho más importantes, ya lo sabes.

—He vuelto a recordar la torre, Nikolas. ¿Sabes a qué me refiero? La torre. Ahora ya sé quiénes somos.

Oyó que Nikolas exhalaba un profundo suspiro al otro extremo de la conexión.

—Sé perfectamente quién soy.

—Tonterías, Nikolas. Tú sueñas cada noche con esa torre. Tú no sabes nada. Pero ahora yo sí lo sé.

—¿Qué quieres, Peter? Morirás si no vienes a verme pronto. Yo puedo ayudarte.

—Quiero una respuesta. ¿Dónde está Seth?

—¿Y cómo sabrás que te digo la verdad?

«¡Dilo!».

—Porque te conozco, Nikolas. Tú eres yo. Si mientes, me daré cuenta.

Nikolas dudó. Peter casi notó cómo brotaba la semilla que acababa de plantar.

—¿Vendrás a verme? ¿Solo?

«¡No lo hagas! ¡No lo hagas!».

Peter respiró hondo.

—Sí.

Al cabo de media hora, puesto que Peter no había vuelto a entrar, Maria salió preocupada al jardín para echar un vistazo. Volvió enseguida, descompuesta.

—Peter ha desaparecido.

—¿Qué? —Don Luigi se levantó de la silla pegando un bote—.

¿Adónde ha ido?

Luchando contra las lágrimas, Maria le entregó a su padre una nota que Peter había garabateado apresuradamente.

—Estaba debajo del olivo.

Querida Maria,

Querido Franz Laurenz, querida Sophia Eichner,

Querido don Luigi, amigo mío:

No tengo elección. Si queremos impedir el Apocalipsis, no hay otro camino. Voy a encontrarme con Nikolas y haré lo que tengo que hacer.

Mataré a mi hermano si aún estoy a tiempo.

Usted, Laurenz, tiene que matar a Seth. Sé que es usted un hombre de fe. Pero, créame, no tiene elección. Encuéntrelo. Seth está aquí. En algún lugar del Vaticano. Mátelo. Tenía razón, Laurenz. Seth no quiere destruir totalmente la Iglesia. Al contrario, quiere mucho más. Quiere ser Papa.

Peter

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