Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 44 de 94

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Apocalipsis

Capítulo XLIV

14 de mayo de 2011,

Montpellier

No existía ninguna «isla de la luz». Al menos a una distancia que estuviera al alcance de un helicóptero. Peter y Maria exploraron en Internet todas las formas posibles de escritura, en francés, en inglés, en latín, pero solo encontraron una isla turística en el Caribe y otra que pertenecía a las Antillas francesas.

—Quizá Malaquías la llamaba así, pero en realidad se llama de otra manera —conjeturó Maria.

—Eso mismo pensaba yo —murmuró Peter por encima de un vaso de plástico de café, mientras observaba al encargado del pequeño cibercafé, que los miraba con recelo todo el rato.

Por lo visto, no estaba acostumbrado a que los primeros clientes del día fueran una monja y un alemán. Peter y Maria habían pasado la noche en el Peugeot, en el aparcamiento de un supermercado. Al amanecer, salieron del coche y deambularon por la ciudad hasta que abrieron las primeras tiendas.

Peter consideró más seguro no volver al Peugeot.

—Vámonos de aquí —decidió Peter cuando el hombre descolgó el teléfono y llamó a alguien—. A lo mejor nos ha reconocido.

—¿Tú crees?

—En cualquier caso, llamamos demasiado la atención.

Sacó a Maria del café. Fuera, las calles de Montpellier se llenaban de comerciantes, turistas y proveedores. Peter quería mantenerse en movimiento, mezclarse con la gente, para no ser reconocido, pero le dio la impresión de que todo el mundo los miraba por el hábito de monja.

Maria comprendió el problema.

—¿Cuánto dinero nos queda?

—Muy poco.

—¿Tienes tarjeta de crédito?

—Sí, pero es muy arriesgado usarla.

Peter se dispuso a continuar caminando, pero ella lo retuvo.

—Sinceramente, Peter, ¿qué diferencia hay entre que averigüen dónde estamos por usar tu tarjeta de crédito o que nos reconozcan enseguida y nos detengan?

Cuando tenía razón, tenía razón.

—¿De verdad te parece bien? Quiero decir que no me gustaría herir tu fe ni nada parecido, es solo que…

—No te rompas la cabeza con mi fe, Peter.

En unos grandes almacenes, Maria escogió prendas de lencería sencillas con una seguridad sorprendente, luego unos vaqueros no muy de moda, una camiseta y un jersey de color azul oscuro. También zapatillas de deporte resistentes y un impermeable azul. Para acabar, eligió un pañuelo de cabeza sencillo y se cambió de ropa en los servicios para los clientes después de que Peter lo hubiera pagado todo.

—¡Y ahora no me vengas con que parezco una verdadera mujer! —dijo Maria al salir del servicio, y ocultó un último mechón de pelo debajo del pañuelo.

Peter se tragó el comentario que tenía en la punta de la lengua y meneó la cabeza con vehemencia.

—Tonterías —mintió—. Eso lo he sabido todo el tiempo.

—Vaya, vaya.

—¿Dónde está el amuleto?

Maria dio unos golpecitos en el impermeable.

—En un bolsillo interior con cierre de cremallera. ¿Algo más?

—El pañuelo, ¿es imprescindible?

—Sí. ¿Has acabado ya o todavía tienes que soltarme más comentarios antes de que continuemos?

—Sí, bueno…

—¿Qué?

—Una ropa un poco pueblerina, pero al menos no llama la atención.

Dejaron las bolsas de la compra con el hábito de Maria en una consigna automática y prosiguieron la búsqueda de la isla de la luz en la gran biblioteca municipal de Montpellier. En la plaza donde se encontraba la entrada había una gran escultura de bronce sobre un pedestal: un fauno tocando la flauta. Pan, la deidad que dio nombre al pánico.

«Muy acertado».

Peter tuvo la sensación de que Pan se burlaba de él. La sensación se fue agudizando a medida que proseguían sus pesquisas en la extensa y moderna biblioteca. En ningún mapa, en ningún atlas aparecía registrada una isla cercana con ese nombre. Peter comenzaba a dudar de que realmente existiera la isla cuando Maria soltó un pequeño grito triunfal.

—¡Mira que somos tontos! —exclamó—. ¡Ya podríamos haberlo descubierto antes!

Le enseñó un atlas con mapas históricos y señaló un punto frente a la cosa del sur de Francia.

—El símbolo del amuleto significa tanto luz como cobre. Y aquí la tenemos, la Île de Cuivre, ¡la isla de Cobre! A unas ocho millas marinas de la costa.

Peter observó electrizado el mapa del siglo XVII, en el que aparecía marcada una isla minúscula con el nombre de Île de Cuivre.

—Cierto, podría ser. También encaja por la distancia. Pero tal como está señalada debe de ser minúscula. Poco más que una roca en el mar.

Se sentó de inmediato delante de un ordenador libre y buscó «Île de Cuivre». Sin embargo, para su asombro, no encontró ninguna descripción de la isla, que tampoco aparecía en mapas náuticos actuales. Ni siquiera constaba en las imágenes por satélite de Google Earth. Era como si no existiera.

—O el cartógrafo se inventó la maldita isla o a estas alturas ya se ha hundido en el mar.

—O alguien se ha preocupado de que no volviera a aparecer en los mapas.

Peter miró dubitativo a Maria.

—¿Quién tendría tanto poder?

Maria se encogió de hombros.

—¿El mismo que lo tendría para hacer saltar por los aires el Vaticano?

Peter se levantó de delante del ordenador y fue a preguntar por la isla de Cobre a las dos bibliotecarias.

La más joven se limitó a encogerse de hombros y continuó masticando su chicle con apatía. Sin embargo, la bibliotecaria de más edad miró a Peter con una curiosa expresión en la cara.

«¿De qué tiene miedo?».

—Oh, sí, monsieur, la Île de Cuivre existe. Mi marido y yo somos aficionados a la vela, por eso lo sé. Pero a nadie le gusta hablar de esa isla.

Dicen que está maldita.

—¿Maldita? ¿Se refiere a que hay fantasmas o algo así?

La bibliotecaria torció el gesto.

—No me tome por supersticiosa, yo solo le digo lo que se comenta entre los que practicamos la vela. De hecho, no es una isla, solo un islote grande delante de la costa. Con buen tiempo, se la ve desde Fortignan.

—¿Sabe si la isla está habitada?

La bibliotecaria meneó la cabeza.

—Solo sé que allí hay una fortaleza. Antiguamente servía para defender la costa de los piratas. Dicen que ahora vive allí una Orden de ermitaños.

—¿Y por qué está maldita?

—En esa zona, las corrientes marinas son muy peligrosas. Allí han naufragado muchos barcos.

—¿Y por qué no aparece en los mapas náuticos?

—¡Y a mí qué me pregunta, monsieur!

La mujer se dispuso a volver a su trabajo.

—¿Cómo puedo llegar a la isla, madame? —insistió Peter.

La bibliotecaria reaccionó con enojo. Pero su joven compañera, que había estado escuchando con los oídos bien abiertos, aprovechó la ocasión para presumir con sus historias de aventuras.

—De ninguna manera. No hay ninguna posibilidad de desembarcar allí.

Cuentan que los templarios construyeron la fortaleza en el islote para poner a salvo el legendario tesoro de los templarios. Pero eso no son más que leyendas, claro.

—Por supuesto, madame. Gracias por todo. Si pudiera hacerme otro pequeño favor…

Poco después, Peter volvió con Maria, llevando consigo tres libros antiguos sobre la historia de la Orden del Temple en el sur de Francia, y le explicó lo que había averiguado sobre la isla. Husmearon juntos el contenido de las obras en busca de algún indicio.

—La bibliotecaria tenía razón —susurró Maria—. Por lo visto, la fortaleza fue construida por los templarios en el siglo XIV, y la ampliaron durante los siglos siguientes. Mira, aquí he encontrado grabados antiguos de la fortaleza.

Incluso había un antiguo plano de la edificación. Las ilustraciones históricas mostraban una fortaleza sólida y defensiva sobre una roca en medio del mar. Una construcción en forma de óvalo cerrado. Unos muros exteriores que se alzaban en el mar, sin ventanas y amenazadores como los muros de un baluarte.

Al observar un grabado antiguo, Peter sintió náuseas.

—Parece una especie de búnker —dijo Maria.

Peter apenas la oyó.

«¡No puede ser!».

Unas imágenes, antiquísimas y terribles, surgieron de repente de lo más hondo de su memoria como una monstruosa burbuja de magma del interior de la Tierra, quebraron la fina costra de su yo y sacudieron su propia seguridad con una violenta explosión. Imágenes de un fuego que se le acercaba enfurecido. Pasadizos estrechos de piedra. El rostro de una mujer que se desplomaba ante él.

Peter notó que lo atacaba la migraña y luchó contra las náuseas.

—Peter, ¿qué te pasa? —preguntó Maria, consternada al ver que se había puesto blanco como la cera.

—Ya había visto esta fortaleza —gimió.

—¿Qué? ¿Cuándo?

—Yo… No lo sé. Pero creo…

—¿Qué?

—Que ya he estado allí.

Peter se retorció y vio una neblina roja ante sus ojos.

«¡No puede ser, de ninguna manera!».

Maria se levantó rápidamente y les pidió un vaso de agua a las bibliotecarias, que también se habían dado cuenta del estado en que se encontraba Peter y los miraban con una mezcla de recelo y preocupación.

—¡Bébetela!

Le acercó el vaso a los labios. Luchando contra las náuseas incontenibles, Peter se bebió el agua a sorbos cortos, y la neblina roja fue escampando poco a poco. El monstruo se apartó de él. Por el momento.

—¿Te encuentras mejor?

Peter asintió.

—Gracias, ya estoy bien.

—¿Te pasa muy a menudo?

—He dicho que ya estoy bien.

—Si ya estuviste allí, ¿por qué no lo has recordado antes?

—¡No lo sé! —masculló Peter disgustado—. Solo ha sido un déjà-vu.

Maria calló, pero no apartó la vista de él.

—Deberíamos irnos. Necesitas descansar.

Peter se controló y volvió a examinar las ilustraciones históricas de la isla de Cobre.

—¿Qué querrían esconder ahí los templarios?

Maria comprendió que su compañero no quería hablar del ataque que había sufrido, y suspiró.

—Mejor dicho: ¿qué buscaban allí? —Maria señaló el libro que estaba consultando—. Aquí se dice que los templarios trabajaban en un proyecto secreto en la isla de Cobre. Y que luego allí se creo un centro alquimista.

—Y ahora me contarás que los templarios encontraron allí la piedra filosofal, ¿a que sí?

—No pidas tanto, Peter Adam.

Peter continuó examinando los dibujos de la fortaleza en los libros antiguos. Su memoria entrenada grabó casi fotográficamente todos los detalles: accesos, pasadizos, puertas, escaleras, corredores, situación de las estancias.

«¡Ya has estado allí! Y sucedió algo terrible. Has reprimido el recuerdo.

Y va siendo hora de que recuerdes».

Finalmente, apartó el libro y volvió a mirar a Maria.

—Tengo que ir a esa isla. Hoy mismo.

—¿Y cómo piensas hacerlo, si no es mucho preguntar? En barca es prácticamente imposible, por las corrientes. Y aunque lo consiguieras, seguro que está vigilada.

—Lo intentaré desde el aire.

—¡Ah, claro! ¡Eso es mucho más sencillo! ¡Genial! —se mofó Maria—.

Maldita sea, Peter, ¿cómo pretendes llegar desde el aire a esa fortaleza pasando inadvertido?

—Has vuelto a maldecir, Maria —dijo Peter sonriendo burlón—. No soy una buena compañía para ti.

—¿Cómo piensas llegar desde el aire a esa fortaleza, Peter Adam?

—Solo, seguro que no —dijo, y se levantó—. Anda, vámonos.

En un viejo estanco de la Avenue du Pont Juvénal, no muy lejos de la biblioteca, encontraron la manera de llamar por teléfono. Peter habló en italiano con don Luigi, en voz baja y con énfasis, y le explicó la situación.

Cinco minutos más tarde, Peter le preguntaba al árabe propietario del comercio el número de teléfono del local y se lo daba a don Luigi.

—¿Qué ha dicho? —preguntó Maria cuando Peter colgó.

—Nos llamará él. Tenemos que esperar.

En un bistró contiguo, Peter pidió dos cafés para llevar y esperó con Maria en el estanco la llamada de don Luigi. Compró de manera arbitraria un par de revistas y unas cuantas golosinas, y el comerciante no hizo preguntas. Como si estuviera acostumbrado a tener parejas de lo más sospechoso en su tienda.

Al cabo de media hora larga, don Luigi llamó y le indicó un nombre y un punto de encuentro.

—No hace falta que le diga que lo que se propone hacer es una locura,

¿verdad, Peter?

—Ya lo sé. Pero puedo conseguirlo. De todos modos, no tenemos otra opción.

—Que Dios le acompañe, Peter.

Peter colgó.

—¿Vas a explicarme ahora qué te propones? —preguntó Maria—. Me gustaría saber cuándo tendré que volver a arriesgar la vida.

—Tú te quedarás aquí y me esperarás —respondió Peter, que interrumpió las objeciones de Maria haciendo un gesto con la mano—.

Escúchame. Esto tengo que hacerlo solo.

—¿Qué? ¿Qué es lo que tienes que hacer tú solo?

—Saltaré en paracaídas sobre la isla. Tan pronto como anochezca.

Maria lo miró fijamente un instante.

—¿Estás cansado de vivir?

—Ya lo he hecho alguna vez. Años atrás.

—¡Pero no de noche!

—En la fortaleza hay un pequeño faro. Me servirá para orientarme.

Hace buen tiempo y el viento es muy flojo. Eso está bien. Puedo conseguirlo.

—¿Y si no lo consigues?

Peter se limitó a mirarla.

«Se preocupa por mí. Está preocupada en serio. Por mí».

—¡Contéstame, Peter Adam! ¿Y si no lo consigues?

En vez de contestar, Peter siguió el impulso al que en los últimos días le habría gustado dar rienda suelta cuando ella se le colgaba del brazo. Se inclinó hacia delante y la besó. Maria no reaccionó sorprendida ni espantada, y tampoco se apartó sobresaltada. Sus labios eran cálidos y carnosos, y se abrieron ligeramente cuando él la atrajo hacia sí. Peter notó sus pechos en su pecho, sus caderas y sus mejillas en los suyos. Y ninguna resistencia, ella seguía respondiendo con naturalidad al beso.

Hasta que entró en juego la lengua.

Entonces lo apartó con suavidad, pero enérgicamente. El árabe de la tienda esbozó una amplia sonrisa.

—Ya basta —susurró Maria un poco consternada, y salió bruscamente del comercio.

Ninguno de los dos mencionó el beso en toda la tarde. Pero Peter notaba claramente que había cruzado una frontera peligrosa. Que probablemente había hecho algo que lo había alejado de Maria.

«¡Idiota! ¿Tenías que hacerlo?».

Sí, tenía que hacerlo. Peter no se arrepentía lo más mínimo del beso.

Solo esperaba no haber roto nada entre ellos.

Pasaron la tarde en un pequeño parque donde pudieron estar solos.

—Háblame de Ellen —dijo Maria de repente.

—¿Cómo sabes lo de Ellen?

—Le pregunté un poco a don Luigi por ti. Pero no quiso explicarme mucho.

Peter suspiró.

—Entonces, ya sabes que Ellen está muerta. No quiero hablar de eso.

—La querías mucho, ¿verdad?

—Sí.

—¿Cómo murió?

—¡He dicho que no quiero hablar de eso!

Maria guardó silencio, parecía un poco herida por las respuestas inesperadamente rudas de Peter. Para impedir que el silencio llegara a ser aún más oprimente, Peter habló de sí mismo. De que toda la vida se había sentido incompleto. De que había matado a un hombre en Afganistán y había pasado dos días enterrado en un agujero en la tierra. Le habló del miedo que había pasado en el agujero, del anhelo desesperado de no tener que volver a matar a nadie nunca más, de los ataques de migraña que sufría desde entonces, y también le habló de Elke y de Lutz. Sus padres adoptivos de Colonia.

—Los dos son maestros. Ahora ya están jubilados, pero ya puedes imaginarte que lo siguen sabiendo todo mejor que nadie.

—¿Qué les pasó a tus padres de verdad?

—Ellos son mis padres de verdad.

—Perdona. Me refería a tus padres biológicos.

—Por lo que sé, murieron en un accidente de coche cuando yo tenía cuatro años. Sé cómo se llamaban y hasta tengo una foto suya, pero no me acuerdo de ellos.

—¿De nada?

Peter meneó la cabeza.

—Una consecuencia del accidente, seguramente. Después estuve en un orfelinato, poco tiempo. Cuando cumplí cinco años, mis padres me

adoptaron.

—¿Y la familia de tus padres biológicos? ¿No mantienes contacto con nadie?

—No hay más familia.

Maria frunció el ceño.

—Eres periodista. ¿No lo has investigado?

—Sí, claro. Había abuelos. Pero ya habían muerto cuando empecé a interesarme por ellos.

«¿Por qué le cuentas mentiras? La has besado, ¡y ahora le cuentas mentiras!».

Ella hizo ver que se lo creía y dio el tema por zanjado.

—¿Dónde está el punto de encuentro? —preguntó.

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