Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 73 de 94

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Apocalipsis

Capítulo LXXIII

17 de mayo de 2011,

Temple of Equinox, Roma

La vida es dolor. El dolor surge del odio. Sin odio no hay vida. El odio y el dolor son los elixires de la vida, fuente y alimento eterno de la luz. La luz es el camino y la meta. El alfa y el omega de la vida. Todo nace de la luz, todo muere en la luz. El odio entona incansablemente y sin fin los himnos de la luz, y el dolor es su voz. La luz ha hablado: tú eres mi odio, y tú eres mi dolor. Tenéis que ser hermanos, hermanos eternos en la luz.

Nikolas se puso la hoja del machete sobre el brazo izquierdo, de manera que lo rozara suavemente como la pata de un escarabajo. La hoja solo le tocaba el brazo. Como el aleteo de una mariposa debilitada. Observó con interés cómo, a pesar de todo, se formaba una delgada línea roja sobre su piel. Nikolas movió un poco la hoja, sin presionarla. La línea roja se agrandó y la piel se rasgó a ambos lados como una flor que se abre prematuramente. Nikolas sintió el dolor como si le cayera encima una arena fina, y entonces deslizó la hoja suavemente alrededor del brazo hasta que la sangre comenzó a gotear desde la herida abierta y recibió el alegre saludo de un anillo hecho con una cicatriz reciente.

El dolor es la sustancia de la luz. El dolor es el alimento del odio. Solo quien conoce el dolor es digno de servir a la luz.

Mientras observaba cómo la vida salía goteando, viscosa y de mala gana, para ceder más sitio al odio y al dolor, Nikolas imaginó que el destino era una especie de témpano, similar a placas continentales que se arrastraban sobre un magma de luz y dolor. Dos de esas placas del destino

ya habían chocado, habían provocado un temblor y habían destruido de un plumazo todas las certezas de su vida.

Perdonarle la vida a Peter en Montpellier había sido una traición. Seth lo había emplazado a regresar de inmediato a Roma y le había ordenado que no saliera del templo hasta nueva orden. Nikolas había pasado los últimos días ayunando y haciéndose cortes en el brazo. No, no quería morir. Fuera cual fuese su misión en el Gran Plan, todavía no la había cumplido.

¿Por qué no había podido matar a Peter Adam? Una voz lo había llamado cuando estuvo frente a su hermano gemelo. La voz de su madre.

Purifícate de toda pasión, baña tu carne en luz y dolor, y suprime la nostalgia. Suprime la voz de tu madre. Suprime la imagen de tu hermano.

El Temple of Equinox, oficialmente una logia hermética adscrita a la tradición del Golden Down, con una página web chapucera al estilo de los años noventa y hasta con días fijos de puertas abiertas, era la central de la Orden en Roma. La villa romana de la Via Vincenzo Monti, situada detrás de una verja alta y un jardín subtropical, y enfrente de un convento de carmelitas, apenas se veía desde la calle. Igual que en la Île de Cuivre y en Poveglia, allí también había un sótano antiescuchas, construido a modo de búnker, una sala octogonal con un Sigillum Dei y celdas para los hermanos permanentes de la Orden. Nikolas había pasado los últimos cinco años en Roma y en Poveglia, viviendo en esas pequeñas celdas monacales sin ninguna comodidad.

Nikolas apartó el machete y se vendó con cuidado la herida que se había abierto en el brazo. Ya había acabado cuando llamaron a la puerta y Seth entró sin esperar respuesta. Nikolas se postró de inmediato en el suelo.

—Levántate —dijo Seth parcamente—. Siéntate, tenemos que hablar.

Obediente, Nikolas se sentó en el catre y esperó sumisamente a que Seth le hablara. Seth cogió la única silla que había en la celda y la colocó delante de Nikolas para que pudiera mirarlo a los ojos. O tuviera que mirarlo.

—Veo que no descuidas tus ejercicios —le dijo, señalando el vendaje.

Nikolas asintió con sumisión.

—Tu traición merece un castigo —prosiguió Seth—. Tendría que matarte.

—Haced conmigo lo que queráis, maestro.

—Pero sabía que no matarías a Peter Adam.

Eso desconcertó a Nikolas.

—Entonces, maestro, ¿por qué me enviasteis?

—En la última sesión de Kelly, la luz me reveló que tu hermano es la parte del Gran Plan que debe cumplir la profecía de Malaquías. Peter tenía que notar que de verdad titubeabas. Y yo quería que conocieses el desaliento y la duda, y que aprendieras a superarlos. De todos modos, tengo malas noticias. Peter Adam no se presentó a la cita con Creutzfeldt en Colonia. Pero lo peor de todo es que hemos perdido Poveglia. Y, con ello, también al suizo.

—¡Eso es un desastre, maestro! ¿Qué ha sucedido?

—Laurenz. Está organizando la resistencia.

—Lo mataré, maestro.

—No, ya me encargaré yo de él cuando me encuentre. Laurenz no tendría que haber ignorado la advertencia de Kampala. En estos momentos, lo más importante es descubrir quién lo apoya. No creo que sean los servicios secretos.

—Un día me hablasteis de una segunda Orden, maestro.

—Eso no son más que leyendas de templarios. La luz nunca ha mencionado una segunda Orden.

—¿Y Menéndez?

—Ha cumplido su tarea y lo seguirá haciendo. Pero no podemos permitirnos más debilidades.

—Maestro, creedme, yo…

—No, escúchame tú, Nikolas. Mañana estaré ocupado. Durante el cónclave, tú serás mi sustituto.

—¿Qué…? ¿Por qué yo, maestro?

—Porque te he estado preparando toda la vida para esa misión. Dentro de tres días, como muy tarde, alcanzaremos nuestro objetivo. Si yo muero, tú seguirás con el Gran Plan.

La angustia le hizo un nudo en la garganta a Nikolas. Angustia y un dolor desconocido. La idea de que el maestro también tendría que regresar algún día a la luz. Pero también orgullo porque el maestro lo había perdonado y lo había elegido a él.

—¿Y Creutzfeldt? Él es más digno que yo.

—Creutzfeldt tiene otra misión. El cardenal Bahadur aterrizará en Frankfurt dentro de cinco minutos. Creutzfeldt recogerá allí el paquete como estaba planeado. El paquete y a Peter Adam. Tan pronto como traiga a Peter al templo, tú hablarás con él. Confiará en ti, Nikolas.

—¿En mí? ¡Si intenté matarlo!

—No, le perdonaste la vida de una manera muy creíble. Eres su hermano. Le explicarás que él es una parte de ti, una parte de nosotros.

Cuando reconozca la luz, trátalo.

—¿Y si se niega?

—Entonces verás cómo el virus devora a tu hermano, Nikolas. Cómo tu hermano se pudre en vida. Ese sufrimiento te purificará y te fortalecerá para la misión que te espera.

Nikolas asintió.

—Comprendo, maestro. Estoy preparado. Pero, si tengo que ser vuestro sustituto, ¿no debería…?

Seth interrumpió la pregunta con un gesto autoritario.

—No, Nikolas. La luz solo me ha revelado el Gran Plan a mí. Si caigo, tendrás que reestablecer el contacto. La luz te pondrá a prueba y solo te revelará el plan si te considera digno.

—Así sea —dijo Nikolas.

Seth se levantó de la silla y dio media vuelta para irse.

—¿Maestro? —lo llamó Nikolas.

Seth se volvió.

—He reflexionado mucho durante los últimos días.

—¿Sobre qué, por ejemplo?

—Sobre ese virus. Nunca me habíais hablado de él. ¿Cuándo se lo inoculasteis a Peter?

Seth sonrió.

—Piensas por ti mismo, Nikolas, y eso me alegra. No fue necesario inocularle el virus a Peter. Es uno de los componentes más antiguos de la herencia genética de los seres humanos. Un gen dormido. Nadie sabe de dónde procede ni qué lo provoca. No todo el mundo lo tiene. Pero es fantástico. Si se lo activa mediante una luz azul pertinente a una frecuencia

determinada, provoca una muerte dolorosa en muy poco tiempo. La vida y la muerte, Nikolas, solo son funciones de la luz, ya lo sabes. Peter nació con ese virus, igual que tú.

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