Apocalipsis

Mario Giordano · Capítulo 63 de 94

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Apocalipsis

9. Wearily electors

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WEARILY ELECTORS

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LXIII

16 de mayo de 2011,

Castillo de Sant’Angelo, Roma

A diferencia de Franz Laurenz, Antonio Menéndez era de clase alta. Su familia era una de las más ricas y antiguas de España, y en el siglo XV ya había financiado las correrías de la corona española en el Nuevo Mundo.

Para Menéndez, la pobreza era despreciable. La pobreza y la insignificancia. Aunque se imponía un estricto ascetismo —solo comía dos veces al día, platos vegetarianos, y no se permitía dormir más de cuatro horas—, el cardenal estaba orgulloso de su noble origen. Con todo, no consideraba la riqueza de su familia como un regalo que pudiera malgastarse a voluntad, sino como la obligación de demostrar que se era respetable. Como expresión visible de un derecho, heredado y merecido, a ocupar altos cargos. Los más altos cargos.

Desde que fue nombrado cardenal, hacía de ello veinte años, Menéndez residía, conforme a su estatus, en una lujosa vivienda de quinientos metros cuadrados en la Via Giulia, la calle más elegante de Roma, justo al lado de la casa donde había vivido Rafael. Daba trabajo a una mayordoma, dos mujeres de la limpieza, un portero, dos guardaespaldas y un ayuda de cámara. Evidentemente, con el sueldo de apenas tres mil euros que le correspondía como cardenal, eso habría sido imposible, pero Menéndez no estaba dispuesto a supeditar a las tablas salariales de la curia su derecho a un estilo de vida representativo. Su herencia y ciertos negocios financieros le aseguraban una fortuna millonaria de dos cifras que no cesaba de aumentar. No obstante, en la residencia del cardenal se respiraba la severidad de un gran inquisidor español: muebles del siglo XVI, de roble

macizo y oscuros, debajo de pinturas sombrías de Goya, Tintoretto y M. C.

Escher, propiedad de la familia. Suelos antiguos de terrazo gris con vetas que semejaban heridas mal cicatrizadas. Pesadas cortinas de brocado en las ventanas, que trituraban los rayos de sol y los regurgitaban en forma de neblina crepuscular en el interior de las estancias. Menéndez no permitía caldear la vivienda ni siquiera en invierno. Un palacio sin luz ni alegría, que cumplía ante todo una función: intimidar.

El cardenal Menéndez había leído a Maquiavelo, a Sun Tzu y a Clausewitz, y creía firmemente que los poderosos estaban obligados a una moral distinta, que podía entrar en contradicción con algunos preceptos de la Iglesia. Para él, la magnitud del poder dependía principalmente del grado de la intimidación. Eso le habían enseñado de niño. También que solo llegaba lejos quien estaba dispuesto a atreverse a ir lejos. Y que solo podía exigir sacrificios quien estaba dispuesto a sacrificarse.

Desde que había cumplido los cuarenta, Antonio Menéndez había tenido un único objetivo: ser Papa. Un cargo que le aseguraría un lugar de honor destacado e inalcanzable entre las filas de sus antepasados comerciantes, generales y ministros. Hacía mucho que sabía el nombre que elegiría: Pedro II. Porque él no tenía miedo ni de la profecía de un obispo irlandés chiflado ni de las supersticiones de la curia. Con tal de conseguir su objetivo, Menéndez estaba dispuesto a emplear todos los recursos a su alcance, y a sacrificar y exigir todo lo que hiciese falta. Y ya iba siendo hora, porque a su edad, rondaba los setenta, las posibilidades de llegar al siguiente cónclave sin haber alcanzado la edad máxima de ochenta años disminuían rápidamente. Para él, la elección de Franz Laurenz hacía cinco años seguía siendo el momento más sombrío y la mayor derrota de su vida.

Entonces, igual que ahora, lo había organizado todo con la precisión de un general. Había invitado a su casa a todos los cardenales electores y los había hecho entrar en vereda mediante promesas y amenazas. Con la ayuda del Opus Dei, había elaborado un dosier exhaustivo sobre cada uno de los cardenales que participaba en el cónclave, donde se especificaban sus vicios, sus aficiones, intereses, deslices y la situación económica de su diócesis. No había servido de nada. Aquel proletario alemán, con manos callosas de obrero, había aparecido de la nada, había pronunciado un

ardiente discurso sobre la renovación de la Iglesia y el poder de la fe, y en la tercera ronda de votaciones había conseguido por sorpresa la necesaria mayoría de dos tercios.

Menéndez no pensaba permitir una segunda debacle. Estaba decidido a aprovechar la oportunidad, y estaba decidido a pagar cualquier precio por ello.

Casi cualquier precio.

Y ese era precisamente el problema, porque Menéndez seguía siendo un hombre de Iglesia, un hombre de Dios. Estaba dispuesto a amenazar, a urdir intrigas, a engañar, a mentir, incluso a matar si hacía falta. Pero ¿estaba también dispuesto a traicionar a su Iglesia y su fe?

El cardenal se planteó la pregunta mientras se deslizaba como un ladrón por el Passeto di Borgo hacia el castillo de Sant’Angelo, donde debía encontrarse con un hombre que medio año antes le había hecho una propuesta. El hombre, que se llamaba Crowley, lo había llamado a su móvil privado hacía una hora y le había exigido una entrevista. Menéndez se había negado a ir a verlo, pero el hombre le había dejado muy claro que no tenía elección. Y, a Menéndez, no tener elección casi le repugnaba más que la pobreza o la insignificancia.

El cardenal, vestido con una sencilla sotana de sacerdote, se deslizó entre riadas de turistas hacia la cuarta planta del castillo de Sant’Angelo, donde se encontraban los magníficos salones de los papas Médicis y Borgia.

Después de recorrer un pasillo lateral, que estaba cerrado, pero del que había conseguido la llave, llegó a un ala reservada a historiadores del arte y restauradores. Menéndez estaba seguro de que el hombre con quien tenía una cita se habría ocupado de que pudieran entrevistarse a solas.

La estancia donde se encontraba solo estaba iluminada por una ventana estrecha. En la penumbra se distinguían los formidables frescos de las paredes y el techo, tapados parcialmente con andamios y lonas de plástico.

El suelo de terracota estaba agrietado en muchos puntos. Había cubos de plástico y herramientas por todas partes. El polvo cubría el suelo y cargaba el aire. Menéndez sabía que aquel salón nunca había sido ostentoso.

Aquella estancia, situada en la muralla exterior del castillo, era muy sobria

a pesar de los frescos. Probablemente había sido un refugio discreto para mantener conversaciones políticas secretas.

«Muy adecuado», pensó Menéndez.

—Qué puntualidad, cardenal. Eso está bien.

La voz provenía de la oscuridad, de detrás de un andamio. Una voz fría, cortante. Hablaba en español arrastrando las palabras, con un extraño acento que Menéndez no lograba situar. Se oyó crujir una lona de plástico, y un hombre calvo vestido con traje blanco salió de la oscuridad, de detrás de un andamio. Menéndez calculaba que tendría unos setenta y pocos años, aunque también podía ser más viejo, mucho más viejo. Menéndez se fijó en que tenía un hematoma reciente en la cara.

—Me alegro de que haya seguido la voz de la razón y de la luz, cardenal.

—Si pretende insinuar que he abjurado de mi Dios y de mi fe, se equivoca —dijo Menéndez con firmeza.

—Por supuesto, cardenal —transigió Crowley—. Usted actúa por el bien de la Iglesia y la salvación de la fe. No querría seguir apartándolo de sus múltiples tareas. Nos queda mucho por hacer. —Le dio un sobre cerrado

—. Sus instrucciones.

Menéndez abrió el sobre y ojeó los papeles. De repente palideció y se volvió hacia Crowley.

—¡No irá en serio!

—Al contrario —dijo Crowley—. Espero que cumpla todos y cada uno de los puntos de las instrucciones. Todos los puntos, ¿entendido?

—No puedo hacerlo. Sería… un escándalo. Arrogante. Insidioso.

Embarazoso. No pienso hablar de la profecía de Malaquías.

—¡Cardenal! —La voz de Crowley adquirió un tono suave y, con ello, un matiz de amenaza indescriptible—. No creo que haya nada que discutir.

Y cuando sea elegido Papa y le pregunten cómo desea llamarse, usted contestará: ¡Pedro!

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