Apocalipsis
Capítulo XXXIV
13 de mayo de 2011,
Roma
El dolor es debilidad que abandona el cuerpo. El odio es el líquido de condensación de la luz. El aliento divino que colma tu cuerpo. La luz es la fuerza que purifica el universo. Tú eres el odio, y caminas por la senda del dolor. Eres una criatura de la luz, naciste para traer sufrimiento. Fuiste elegido para purificar el mundo.
—He fracasado, maestro.
—Sí, ¡así es! ¡Me has decepcionado, Nikolas!
Nikolas estaba estirado boca abajo en el suelo y no se atrevía a alzar la mirada. Seth estaba de pie junto a la ventana del elegante salón, contemplando la Ciudad Eterna. No muy lejos de allí se alzaba la cúpula de la basílica de San Pedro en la colina del Vaticano. A Nikolas no le hacía falta mirar. Notaba el desprecio del maestro. Un desprecio que le dolía más que la herida de bala en el hombro. Nikolas había aprendido a respetar el dolor como señal de la luz. Como señal de que seguía la senda correcta.
Nikolas pensó, no sin orgullo, que él era capaz de soportar más dolor que la mayoría de la gente. No es que no sintiera el dolor, pero él lo consideraba un amigo, una energía purificadora que le aclaraba la mente y lo ayudaba a aquietar sus sentimientos. Atrás solo quedaba el odio, un odio diáfano y puro, no contaminado por la ira o el ansia de venganza.
Sin embargo, el dolor del desprecio lo devoraba más profundamente que cualquier otro. Porque Nikolas amaba al maestro. El maestro era la parte visible de la luz divina. El maestro era la personificación de la pureza del odio. El maestro era el Sol y él, Nikolas, tan solo un sucio cometa, que
giraba a su alrededor eternamente y se evaporaba feliz convertido en hielo y polvo.
Pero había fracasado. Había huido cuando el hombre le había disparado en la iglesia. No por miedo, sino porque una sensación desconocida de terrible abandono se había apoderado súbitamente de él. Había soltado sin más a la monja y había huido sangrando de la iglesia. Nikolas, el recipiente del odio, había sucumbido a la peor de las debilidades: la cobardía.
La pregunta era: ¿por qué?
Nikolas esperó humillado hasta que el maestro volvió a dirigirle la palabra. Seth regresó desde la ventana y lo miró sin disimular su repugnancia.
—¿Por qué, Nikolas? ¿Por qué?
—Yo… No lo sé, maestro.
—Yo sí.
Seth se sentó en una butaca de cuero y, disgustado, cogió una pequeña carpeta de la mesa.
—Siéntate.
Nikolas se levantó aliviado y obedeció.
—¿Cómo tienes el hombro?
—No es nada, maestro.
—¿Reconociste al hombre?
—No, maestro.
—Es un periodista. Se llama Peter Adam. Naturalmente, el jesuita está detrás.
—Puedo matar al jesuita, maestro.
Seth negó con un gesto.
—Del jesuita, me ocuparé yo personalmente cuando llegue el momento.
Antes tiene que conducirme a Laurenz.
Seth le entregó la carpeta a Nikolas.
—Este es el hombre del que has huido.
Nikolas abrió la carpeta. La expresión de su rostro, controlada e indiferente, cambió de golpe cuando vio la foto de Peter Adam.
—¿Este es el hombre?
—Ha sido un error por mi parte que las cosas hayan llegado tan lejos.
Tú corregirás ese error y demostrarás que todavía caminas por la senda de la luz. Peter Adam está en posesión de la reliquia. Ha huido de los servicios secretos y, según mis informaciones, con la ayuda del jesuita se ha puesto en camino hacia Aviñón. Acompañado por esa monja.
—¿Qué buscan allí? —preguntó Nikolas, que seguía mirando fijamente la foto del hombre que le había disparado y del que él había huido.
—Tendrás que averiguarlo… ¿Nikolas?
—¿Debo matarlos, maestro?
—No. De momento, llévame a la isla la reliquia y todo lo que encuentren en Aviñón.
Nikolas se quedó confuso un momento.
—¿Y qué hay de la lista? Todavía quedan diecinueve nombres.
—La reliquia tiene prioridad.
Nikolas volvió a mirar la foto de Peter Adam un momento, y luego cerró el dosier con decisión. Su semblante había perdido cualquier tipo de emoción.
Ahora que tu odio es puro y como un arroyo de montaña, ahora que te has liberado de todas las pasiones, que no conoces la venganza ni la furia ni la pena ni la compasión ni el amor, caminas por la senda de la luz.
Había tomado una decisión. Por primera vez en su vida, se opondría a las órdenes del maestro. Mataría a Peter Adam.
—Como ordenéis, maestro.
—No vuelvas a decepcionarme, Nikolas.
—Conseguiré la reliquia y todo lo que esos dos encuentren.
—Bien, Nikolas. Que la luz te acompañe.
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