Fierro
Capítulo 8
— asta! —insistió. ¡B
Alvar dudó.
—Basta, hay modos mejores de hacerlo.
El castellano trabó sus ojos en los del cojo. Vio calma que amenazaba tormenta, pero no bajó el puño.
Fierro no flaqueó.
—¡Está mintiendo!
—No lo sabremos si sigues golpeándolo —dijo entonces, señalando con un ademán al asustado hombrecillo—. ¡Cagüen las monedas de Judas! Así solo te dirá lo que quieras escuchar, no la verdad.
—¡Está mintiendo! —insistió Alvar, pero dejando que su voz se venciese.
Aguantaron así, el uno frente al otro. Fierro asió la vara, presto. Alvar bajó la mano y la apoyó en el pomo de la espada.
Aquel desdichado, tembloroso, tinto de sangre y con el rostro maltratado, estaba tan asustado por la arremetida que apenas advirtió que los dos hermanos lo arrastraban fuera del alcance de aquella furia.
Fierro sí se percató, pero no echó siquiera un vistazo de soslayo, preocupado por concederle oportunidad a Alvar de desatar toda aquella violencia contenida.
Finalmente, sin querer dar su brazo a torcer, fingiéndose vencedor, volvió a rugir.
—¡Miente!
Gracias a los hermanos, el hombrecillo ya estaba lejos de sus puños. Si quería seguir desahogando aquella furia, solo podía hacerlo con Fierro.
Presintió que era mejor no hacerlo. Y todos advirtieron que se contuvo a duras penas. Se limitó a descargar aquella rabia con aspavientos, gruñidos y maldiciones.
—Está mintiendo —insistió dando unos pasos hacia atrás.
En toda su enormidad, el castellano se apartó, refunfuñando y poco convencido. Y cuando estuvo a una distancia prudente, el melero se encaró con el hombrecillo.
—¿Cómo te llamas?
Temeroso de que aquel nuevo desconocido viniese a finiquitar la tarea, no hizo otra cosa que mirar a Fierro a través del antifaz que se había hecho con los brazos cruzados.
—¿Cómo te llamas? —repitió Fierro, ensayando una amabilidad que resultó rasposa.
Desconfiado aún, solo se atrevió a apartar las manos. Su rostro empezaba a hincharse, también a vestirse de un variado surtido carmesí. Fierro advirtió un par de cuentas blancas caídas entre la hierba; al segundo vistazo comprendió que eran dientes de aquel pobre infeliz.
—No voy a zurrarte —declaró en tono apaciguador—. ¿Cómo te llamas?
—¡Es un embustero!
Oyó a sus espaldas el grito de Alvar y se preguntó el motivo de tal inquina, pero abandonó pronto aquellas cuitas, porque, si aquel desecho era apañuscador, entonces habría estado atento al sitio de Salvatierra. Y ese era un asunto más urgente.
El hombrecillo, al que ya se le cerraba uno de los ojos, dudó. Miró a todos lados, observó a los hermanos, evitó a Alvar y, finalmente, clavó su mirada en Fierro.
—Solo queremos saber cómo fue el asedio, de primera mano —insistió conciliador, tirándose de las calzas para armarse de paciencia.
Sin previo aviso, el hombrecillo se revolvió e intentó echar a correr.
Con un suspiro de resignación, Fierro adelantó la vara y lo hizo trastabillar. Cayó aparatosamente, en un revoltijo de brazos y piernas.
—Escucha, cagajón de caballo, mentecato, hijo de perra sarnosa… Vas a decirnos lo que sabes, por las buenas o por las malas —le espetó, cansado ya de aquel juego—. O cantas como un jilguero o te hago una madeja con las tripas y te la pongo por turbante para que te vayas hasta los moros y te presentes de nuevo califa… ¿Está claro?
Dejó que calara la amenaza.
—Me llamo Julián —acabó por soltar, al comprender que más le valía rendirse.
—¿A que no era tan difícil? A mí me dicen Fierro, esa mala bestia es Alvar y los otros dos son los hermanos Halaja. Ahora, vayamos al grano, ¿es cierto que estuviste en Salvatierra durante el asedio?
Se limitó a asentir con pesadumbre.
—Bien, ¿y es cierto que te dedicas a la rapiña?
Dudó un instante. Sin embargo, comprendió que de nada serviría mentir.
—De algo hay que vivir…
Fierro lo miró severo. Como cualquier otro que se hubiera jugado el pescuezo bajo los estandartes del rey, no había conmiseración que albergar por gentuza así, capaz de robar a los moribundos.
—Si fuera por mí, dejaría que Alvar te colgase —aclaró, señalándolo con la vara—. Pocas cosas hay más despreciables que aprovecharse de los muertos, ¡cagüen los truenos de santa Bárbara!, pero nos urge saber cómo fue el asedio…, así que haremos un trato. Nos cuentas lo que pasó y no pierdes más dientes. Y habla antes de que me arrepienta, ¡carajo!
—Vinieron los moros, sitiaron el castillo, los cristianos se rindieron…
Con la rapidez de una centella, Fierro sacudió el bordón y lo golpeó en el costillar con un trallazo seco.
—Estoy seguro de que puedes hacerlo mejor —dijo con un tono zalamero que a nadie engañaba.
Agarrándose el costado, el tal Julián se rindió a las evidencias. Chistó, resignado, y se decidió a arrancar:
—Eran muchos. No se trataba de una cabalgada sin más, llegaron miles —explicó, abriendo los brazos para abarcar un imposible—. Los primeros al mediodía y, para cuando cayó la noche, la zaga seguía avanzando hasta la llanura que está frente al cerro del castillo. Caballería, peones, voluntarios, arqueros turcos, númidas grandes como montañas, moros de todas las cabilas imaginables. Camellos, caballos, mulos… ¡Nunca vi nada semejante! ¡Nunca oí sobre nada semejante!
—¿Cuántos hombres? —preguntó Fierro.
El otro se lo quedó mirando con sorpresa, y el atajador comprendió que no sabía contar.
—No lo sé, muchos… Cientos, miles…
—Está bien, olvídalo, continúa.
Escupió sangre y otro trozo de dentadura. Lo miró con disgusto y continuó con su relato sin apartar los ojos aquel diente perdido:
—Pronto corrió la voz y el miedo…
Fierro asintió. Se hacía cargo de la situación. Salvatierra había sido el baluarte más adelantado de la cristiandad. La fortaleza se había convertido en la posta gracias a la que se controlaban las dos principales rutas entre Córdoba y Toledo, tanto la que preferían los moros por el valle del Alcudia como la que favorecían los cristianos cruzando el Jabalón. Eran muchos los comedores de puercos que habían rezado para que Salvatierra aguantase. Y tantos o más los seguidores del profeta que habían puesto sus esperanzas en la caída del fortín.
No le costó hacerse una idea de cómo se había desarrollado el asunto.
Las eficientes tropas del califato se habrían aprestado enseguida, listas para defenderse pese a no contar con un castillo.
Los zapadores habrían inspeccionado el terreno, hecho sus mediciones, tomado decisiones. Entonces habrían convertido el lugar en un bosque de postes y vientos en los que asegurar las telas de las tiendas. La más grande e imponente sería la bermeja del mismo califa, en la que tendría sitio para todos sus lujos: sus alfombras parsíes, sus almohadones de plumón de oca, su libro sagrado y sus reliquias; concubinas, joyas, tesoros… y también consejeros y aduladores. Además, habrían excavado fosos y tendido palenques plagados de estacas afiladas. Los látigos habrían restallado en las espaldas de los esclavos y las órdenes habrían sonado broncas, con apremio.
Antes del amanecer siguiente, aquella modesta llanura se convirtió en un barrio de la Ciudad Roja de Marruecos.
Claras las intenciones, habrían amenazado Salvatierra, el faro de esperanza para los hombres de la cruz, el único lugar donde podía oírse misa en toda aquella frontera maldita e infestada de mosquitos. Gracias a los calatravos, que habían aceptado porfiar donde los templarios se habían rendido, se decía que las campanas de la iglesia de Salvatierra tañían siempre que los almuédanos llamaban a la oración, para que los moros recordasen que la cristiandad todavía tenía donde agarrarse. Que aún había esperanza.
No, no le costaba hacerse una idea de cómo había sido. Casi podía palpar el ansia de los moros y el miedo de los cristianos.
Lo había vivido en Alarcos.
—Los monjes no se arredraron —continuó Julián, pasándose la lengua por los labios sanguinolentos—. Al contrario. Se empecinaron en que no podía perderse la plaza. —Silbaba las palabras por culpa de los dientes perdidos y la voz se volvía gangosa por la hinchazón—. Se dijo que los calatravos contaban con buen armamento, con trigo y cebada, con legumbres, carnes, salazones… Tenían bastimentos. Y arrestos.
Fierro se hizo cargo. Se abrirían las puertas, bajarían el puente. Las gentes del arrabal, asustadas por el moro, se apresurarían por salvar la vida. Dejarían cuanto tenían atrás, se agolparían rogando la merced de los calatravos, rezando para que les donasen un trozo de suelo, un atado de paja y la ilusión de que los defenderían. Tras los portones de la fortaleza quedaría su única oportunidad de seguir con vida.
—Se dijo que frey Yanguas arengó a los suyos…
Fierro conocía las palabras, había oído discursos semejantes demasiadas veces.
El monje, en pie, con el rostro severo, se habría encaramado al adarve del murallón y habría hablado con convencimiento.
A él mismo le pareció que podía escucharlo. Como en Alarcos.
—El valor se tasa, el coraje se enseña —habría dicho el calatravo—. Con la gracia de Dios, nuestro señor, debemos prepararnos para un largo asedio, dispuestos a aguantar las pruebas que la Providencia nos envíe. ¡Con fe! — rugiría—. En tanto, se hará una carga, ¡una en la que el mismo apóstol Santiago nos guiará! Les enseñaremos a esas ratas del desierto que les saldrá caro tomar la plaza.
Debió de hacer una pausa para infundir ánimos con apostura, el hábito flameando al viento, la cruz roja bien visible. El ímpetu todavía entero.
—¡Una carga! —gritaría de nuevo—. Les haremos tanto daño como sea posible. Y regresaremos. Sabrán que no somos presa fácil. Cargaremos, prietos, sin huecos entre las lanzas, ni un guante cabrá entre las hojas recién afiladas. ¡Una carga! Y regresaremos.
Otra pausa, tiempo para que la orden calase, se oirían las oraciones y los ruegos y, solo después, el calatravo habría continuado:
—¡Que nadie se desmande! ¡Que no se rompa la formación! Recordad: el apóstol Santiago vela por nosotros. Les meteremos el miedo en el cuerpo — aullaría con los puños en alto, subiendo el tono de la arenga—. Olvidaos de los peones y los voluntarios, esos son los más dispuestos a morir y los que más fácilmente encaran la muerte. No, ¡atacad a la caballería!, no dejéis un jinete con vida. Guiaos por las enseñas verdes, ¡que no quede una en pie!
Entonces habría ocasión para dar ánimos a los más jóvenes:
—Muchos apenas lleváis meses en la orden, aún no habéis catado combate. Pero no os preocupéis. Dios está de nuestro lado. Habéis sido probados por el ayuno y la obediencia, endurecidos por la vigilia y humillados por la genuflexión. Que cada hermano sea fortaleza para el otro, porque el hermano ayudado por el hermano es como una ciudad amurallada. Alabemos al Señor de los ejércitos que nos ha concedido el honor de cabalgar en su milicia y nos premia con este día de júbilo, dispuestos como estamos a ver su rostro, ¡dispuestos a morir, si es necesario! San Pedro nos abrirá las cancelas del Cielo si esa es la voluntad de Dios.
Casi pudo sentir el reverberar de la ovación, los pies golpeando el suelo, los silbidos.
Como calatravos devotos, Fierro supo que habrían invocado a la Santa Madre de Dios. Habrían celebrado una misa a la Santísima Trinidad. Habrían recibido absolución para sus pecados y, con la única salvaguarda de la cruz, se habrían preparado para el combate. Ajustados los perpuntes, revisadas las lorigas, afilados los hierros.
Todo por la fe, todo por la cristiandad. Muerte y gloria en nombre de Dios. Y habrían salido dispuestos a enfrentarse a un inmenso ejército. Sonarían los clarines llamando a la guerra y los hombres mirarían a la puta de la guadaña. A la cara. Con el miedo tintineando en los huevos apretados.
—Más de tres fueron los cientos —seguía relatando Julián entre silbidos —, todos los freires que se tenían en pie… E incluso los que había bajo los cuidados del boticario. Salieron por las puertas al galope, las filas prietas, las lanzas enhiestas.
Fierro no necesitaba que se lo contasen. Lo había visto, había estado allí, codo con codo. Sabía lo que sucedería: una masacre inútil.
Se habrían dividido en tres haces, con la formación cerrada. Embrazadas las lanzas, echados al galope tendido, los escudos bien amarrados, pendiente abajo levantando polvo en el cerro de Salvatierra. Dispuestos a morir.
—Yo lo vi —dijo Julián tras escupir un gargajo—. Yanguas hizo girar su montura a diestras. Buscaba las banderas del califa, quería la gloria. Y todos lo siguieron sin que la formación se moviese una pulgada —añadió con un pellizco de aire entre los dedos para demostrar a qué se refería.
Fierro volvió a asentir. Oía el retumbar de los cascos y el cascabeleo de las lorigas, olía el sudor de los caballos, sentía el tañer de las espadas, el tronar de los cascos e incluso el paternóster susurrado entre los labios apretados de quienes intentaban reunir coraje. Trescientos monjes contra miles de hombres, sin una sola posibilidad de salir con vida. Solo porque aquello era lo que indicaba el deber, solo porque esas habrían sido las órdenes del rey: aguantar o morir.
—Como un cuchillo —describió Julián—, entraron como un cuchillo en manteca caliente. Tal era su ímpetu que enseguida estragaron a los moros. — Pese a ser apañuscador, se percibía que en algo le movía el sentimiento patrio, o al menos su odio contra el moro.
Lo vio como lo había visto tantas veces antes. Una riada blanca habría inundado una marea de sangre. Los hierros brillarían al sol. El acero sería la balanza que pesaría a los hombres. Tajos a diestro y siniestro. El orden se desharía en la refriega. En algún momento, el maestre, seguido siempre por el confalón, se zafaría del combate y la férrea disciplina, mil veces ensayada, los ayudaría a formar de nuevo para cargar con ímpetus renovados.
Una y otra vez, con los codos tintos de sangre.
Hasta que la caballería pesada andalusí, más numerosa, más confiada, los rodease.
—Se dice que Yanguas perdió el brazo —dijo el apañuscador con admiración—, y que aun así no cejó en su empeño.
Desbandados, heridos, los pocos que aún respirasen volverían grupas e intentarían refugiarse en el castillo, perseguidos por sarracenos sedientos de venganza.
A la desesperada, un grupo elegido, dispuesto al martirio, cubriría la retirada. Se volverían y presentarían batalla, lanzándose ladera abajo con las capas blancas aleteando al viento de su galope.
Se sacrificarían para dar tiempo a los pocos con vida a ponerse a salvo tras el crujido del puente levadizo.
—Causaron muchos muertos, muchos —explicó Julián tanteándose los labios hinchados.
En sus palabras, con disgusto, Fierro percibió la vileza de aquel despojo. Pese a todo, le brillaban los ojos al hablar de los caídos, incapaz de ocultar que allí estaba su negocio.
Prefirió no interrumpirlo.
—Pero el Miramamolín no estaba dispuesto a dejarse avasallar — continuó el apañuscador—. Mandó preparar los almajaneques. Y bien se vio que son mañas que conocen. Apenas tardaron en tenerlos listos. Poco después del mediodía ya lanzaron la primera piedra. ¡Nunca vi algo así antes! Esas condenadas máquinas eran capaces de escupir pedruscos como montañas.