Fierro
Capítulo 29
N o era el más valiente. Tampoco el más espabilado. Todos esos ya estaban muertos. Él los había conocido. A los que se lanzaban al galope ciego contra un muro de arqueros agasíes, sin flaquear, inflamados por el honor, gritando a voz en cuello vivas al rey. También a los que siempre explicaban las triquiñuelas de las batallas, capaces de caer en la cuenta de lo que a otros ni tan siquiera se les ocurría.
O se los había comido el desierto o estaban lapidados en las murallas de Alarcos.
Todos muertos.
Pero él seguía vivo.
No era el más valiente. Tampoco el más espabilado. Solo un tipo que jamás se rendía.
—¡Cagüen el trébol de san Patricio!
Así brindó por un nuevo trago de la jarra y, como siempre, se puso de inmediato manos a la obra.
Se sentó contra una de las contrahechas paredes y observó a fondo la mazmorra, tal que un sacamuelas ante la boca abierta del dolorido paciente.
Como no tenía idea de si volvería a comer, no desaprovechó la ocasión y probó el guisado. No lo encontró tan malo como aparentaba y, pese al tufo rancio, lo fue despachando mientras cavilaba.
El grosor que apuntaban los muros y no saber cuántos pies bajo tierra estaba desaconsejaban ponerse a cavar.
Se echó otro bocado de aquel engrudo y puso la oreja en el suelo, por si se advertía el rumor de algún desaguadero que pasase cerca, pero no escuchó nada.
Volvió a recostarse contra la pared y echó otra larga mirada a la puerta.
Tenía sus buenas guarniciones de hierro y, en tiempos, debieron haber resultado formidables. Ahora, sin embargo, se veían cubiertas de cardenillo, como la celosía, tan escasa que, incluso arrancándola, no dejaba hueco para que pasase un puño cerrado. Además, las junturas de la tablazón ya estaban flojas, pues algo se veía de la luz anaranjada de las antorchas a su través.
Terminó la ración dejando unas sobras, como si el chucho se las fuera a comer.
—Veamos qué podría hacerse… —gruñó en voz alta. Y se acercó al portón.
En la parte de abajo había un pequeño postigo que, en algún momento, debió haberse usado para alimentar a los presos, pero alguien lo había claveteado a conciencia. Tiró de las cabezas de los clavos para ver si la humedad que hinchaba la madera los había soltado, y encontró un par de ellas algo flojas, pero no siguió porfiando.
—¿Para qué esforzarse?, aunque lo desclave ni siquiera tú pasarías por ahí —afirmó señalando el postigo, bueno solo para hacer pasar una escudilla y poco más.
Repitió aquellos tientos con los herrajes de la puerta, tratando de averiguar el modo de desarmar la tablazón, pero, para su disgusto, eran el trabajo a conciencia de un buen artesano. El robín los había mermado en algunos lugares y, sin embargo, aguantaban firmes.
Ya solo le quedaban por inspeccionar los dos pesados goznes y, tras beber un nuevo sorbo de agua, se puso a ello.
Ahí había negocio, y una de sus sonrisas con requiebro le cruzó el rostro.
El inferior sería más fácil. El de arriba daría más trabajo. Pero podía hacerse. Nada imposible para quien se había pasado días y días, noches y noches, labrando su salida de aquel condenado silo de Alarcos.
Sin embargo, al constatar que podía escapar sin más herramientas que la paciencia y algunos clavos del postigo, en lugar de ponerse a la tarea de inmediato volvió a su pobre asiento y rechistó.
—¡Cagüen la columna de san Simeón! No hay tiempo…
Sin dejar de mirar hacia el portón, a tientas, buscó la cabeza del chucho para rascarle las orejas. Cuando se dio cuenta de que a su lado no había otra cosa que aire, renegó de nuevo.
Podía salir del calabozo, de aquello no le cabía duda. Le costaría interminables horas de despellejarse los dedos, de frotar y frotar los viejos maderos hasta desencajar los goznes. Ya lo había hecho antes y no desesperaba ante la idea. Sin embargo, sabía que sería una tarea para la que necesitaría días, semanas incluso.
Y esa no era una opción.
Dejó escapar un regüeldo entre labios fruncidos y sopesó la situación.
—Con algo de suerte —siguió hablando, como si el chucho estuviera a su lado—, a lo mejor ese cabrón de Ruy viene a hacernos una visita… Si se atreve, le abro el gaznate con uno de esos —dijo señalando el postigo y los clavos sueltos.
No bien acabó de hablar, sacudió el mentón para negar.
—Flojo, muy flojo suena eso —se reconoció.
Echó otro trago, examinó la jarra y, decidiendo racionar lo que quedaba, se conminó a no volver a beber durante unas horas.
—Flojo, muy flojo, como verga de viejo chocho… No podemos esperar que caiga esa breva, que más fácil se me antoja encontrarle muelas a una gallina. No vendrá a verme —admitió de mala gana—. Y no tenemos tiempo de hacer aguardos —insistió—. Las tropas están preparadas, la batalla está por venir. Incluso puede que ya se haya marchado con viento fresco y la bolsa llena… Malparido pedazo de bosta reseca…
Por un buen rato se quedó en silencio, cavilando.
Al cabo, fue capaz de reconvenirse y dedicar su atención a la tarea pendiente.
El asunto no era salir de allí, sino fugarse a tiempo para encontrar al de Carrión.
No tenía idea de qué hora era, en las mazmorras no entraba ni un resquicio de sol, pero calculó que, habiendo entrado en la villa cuando anochecía, debían rondar completas. Probablemente, varas por encima de él, Baeza dormía ya, recogida a no ser por los centinelas ahogando los bostezos, algún contrabandista haciendo de las suyas y los albardanes, crápulas y demás impenitentes que buscasen juerga.
Decidió entonces esperar y, antes de que se concediera el capricho de otro buche de agua, su paciencia se vio recompensada.
Los ronquidos de aquel capón inflado eran igual de portentosos que su barriga. Y, antes de que retumbase el segundo, el renco ya estaba junto al postigo tirando de los clavos.