Fierro

Francisco Narla · Capítulo 41 de 56

Páginas del PDF

Fierro

Capítulo 41

E n cuanto los vio, desenfundó. Quería volver a Aragón para conocer a su nieto y no estaba dispuesto a dejarse matar por una patrulla mora que anduviese rastreando.

 

Recio como esparto mojado, la guerra le había criado los callos.

A Nuño le faltaban tres dedos del pie izquierdo y uno de la mano derecha, que era incapaz de levantar más allá de la oreja por un mal tajo que le había desbaratado el hombro. En plena galopada, se había caído del caballo por tres veces, las tres por mor de que a los pobres animales que montaba los habían ensartado los agarenos con sus lanzas, y a causa de una de aquellas costaladas tenía una de las piernas contrahecha, a cuenta de que el maestro de llagas de turno no le había recompuesto bien el hueso. Los días de lluvia le dolía como si le clavaran hierros al rojo. También podía presumir de haberse tragado dos dientes después de que un infiel le arrease un brutal golpe de maza y, desde aquel día, cada vez que abría la boca le silbaban las palabras.

Allí seguía, sin embargo, como muchos otros. Más por la paga que por la fe, pero allí, al fin y al cabo.

Natural de Atienza, no formaba con la milicia del concejo, como muchos de sus paisanos, que habían acudido a la llamada del Papa en aquella santa cruzada contra los mahometanos. Él estaba al servicio del caballero aragonés García Romero, al que llevaba obedeciendo sus buenos años. Y, como atestiguaba su cuerpo maltrecho, con los mahometanos de por medio se las había visto ya de todos los colores.

Tras la agotadora marcha y más de una escaramuza con los infieles, aquella sexta feria, día de san Enrique y san Silas, bajo el infernal calor de julio, patrullaba de adelantada. Junto con otros cuatro maños buscaba celadas de los moros en los alrededores del campamento cristiano, instalado en los límites de la frontera, donde la sierra empezaba a señorear y los paganos mandaban, porque, como solía decirse: «Del Guadiana abajo, los mosquitos cagan flechazos y las moscas pedradas».

En sus lujosas tiendas, obispos, reyes y señores discutían por dónde iban a meterse en la boca del lobo, arriesgándose a recibir aquellas flechas y aquellas piedras. Y, en tanto, los atajadores tanteaban los pasos, los zapadores se dejaban los riñones preparando fosos, los herreros afinaban lorigas, los cocineros agenciaban el rancho, las putas buscaban a los que no estaban de guardia y los centinelas, como él, se mantenían ojo avizor.

Intentando no derretirse bajo aquel sol de justicia mientras patrullaba, Nuño se preguntaba si viviría para conocer a su nieto, porque allá, en el pueblo, había quedado encinta su hija, a la que había casado no hacía mucho. Ella era su única debilidad.

Pero no por ello prestaba menos atención a sus obligaciones.

Nuño sabía que aquella condenada guerra que nunca terminaba se preparaba para un nuevo vendaval.

Los lenguaraces decían que la culpa había sido del rey Alfonso de Castilla porque el año anterior, con ansias de joderle los tientos al moro, había ordenado algaras por las tierras de Jaén. El asunto se había desmandado y, además de robar unos miles de ovejas, matar a sus pastores y usar brea para prenderle lumbre a un ulema que había muerto entre aullidos de dolor, también se había forzado a un puñado de mujeres, y el Miramamolín había montado en cólera. El califa, rabioso como un perro, había embarcado con sus tropas y arrasado Salvatierra, mandando a los calatravos al cuerno. Y ahora clamaba venganza aguardando por los cristianos en algún lugar de aquella enrevesada serranía, dispuesto a despellejarlos a todos y amontonar sus cabezas como hiciera en tiempos el malparido de Almanzor.

Eso se decía, pero aquellos callos curtidos le contaban a Nuño que la misa la cantaban otros curas. Al castellano le escocía lo que había pasado en Alarcos; todo el asunto de las cabalgadas había sido una excusa para reventar las ampollas al moro y tener excusa para cobrarse lo sucedido. Y, a fuer de ser sincero, a Nuño no le iba en ello una mísera higa. Porque sabía que, unos y otros, cristianos y moros, no eran más que títeres en manos de reyes y califas.

No había otra cosa que supiera hacer que no fuera guerrear, así que tocaba apretar los dientes, aguantar e intentar salir entero de la que se venía encima, si es que quería conocer a su nieto.

De ahí que, su primera reacción, fuese desenfundar. No por el estandarte de García Romero, no por salvaguardar la fe del crucificado, sino por mantener el pescuezo entero, cobrar la soldada y ponerle cara al pequeño.

Aunque se dio cuenta enseguida de que la mayor amenaza era el chucho, si es que acaso tenía rabia.

Como ánimas en pena, aparecieron sobre un otero. Y bien se veía que llegaban rotos por el camino.

Un cojo que tiraba de unas pihuelas cargadas con un moribundo, un tipo flaco como un silbido y un perro sarnoso.

Jamás había visto Nuño algo así.

Y cuando aún se preguntaba quién diantres eran aquellos locos que salían de pagos moros, aumentó su sorpresa al descubrir que el medio muerto llevaba el manto de los calatravos.

Titubeó Nuño, todavía con la espada en la mano.

Pero en cuanto el flacucho levantó las manos para indicar que buenas eran sus intenciones, se dejó llevar por su instinto y perdió toda desconfianza.

Aquellos tenían que ser de los suyos y, Dios sabría cómo y por qué, salían del infierno.

—¡Ayudad a esos locos! —ordenó a sus hombres con un grito.

Y, tras espantar el pasmo de la sorpresa, los suyos obedecieron.