Fierro
Capítulo 24
S i salía de aquel collado, sería con los pies por delante. Eso era lo más fácil. Aun así, Fierro mantenía la calma, seguro de cuanto había ingeniado. Se le echaban encima como una jauría. Y ya había oído gritos en cristiano, lo que venía a confirmarle que uno de los hermanos, sino los dos, venían con ganas de cobrársela.
Descendían hacia él para acorralarlo en una olla entre aquellos fieros montes de la sierra.
La única salida era un aliviadero de escorrentía. Un estrecho paso cubierto de peñascos que se abría a la honda poza de un arroyo.
Un buen lugar para perderlos la pista, de no ser porque estaba a reventar de tallos de lino a remojo.
Lo había descubierto en una de sus rondas para ganar confianza en la pierna herida y se le había antojado pronto para aquello. Quizá las abundantes lluvias y aquel asfixiante calor habían apurado la siega. Aunque poco le importaba cómo le iba la estación a los lineros, lo crucial para Fierro era que, una vez cortados los tallos, habían de enriarse durante varias jornadas. Tarea para la que se aprovechaban las hoyas que dejaba la sequía en los ríos.
En aquellas Españas que peleaban con el moro, la buena lana era un lujo que pocos podían pagar y lo esquilado se iba más allá de los condados francos, así que el lino abundaba, como abundaban los pobres que podían costeárselo.
Igual que de mijo, también barato, campos de lino los había desde el Duero hasta el Guadalquivir, y el último, además de buenas telas, también daba semillas de las que podía prensarse aceite.
Pero el lino era afanoso. Sus tallos resultaban duros como demonios y, de no ser porque se dejaban pudrir en el agua, no daban de sí por mucho que se golpeasen. Se hacía menester remojarlos a conciencia para luego agramarlos y, después, espadarlos con paciencia. Era el único modo de obtener, tras tan laborioso trasiego, la estopa y las hebras con las que hilar.
A la ligera, hasta ahí llegaban los conocimientos de Fierro sobre aquellas mañas, pero también sabía una cosa más: cualquier bicho que cayese en aquella poza, llena a reventar de tallos empapuzados, quedaba condenado sin remisión.
Y esa era su única salida de aquel collado.
Por eso, en cuanto comprobó que seguían allí, ondulando en el agua del regato, sonrió con aquel gesto de requiebro que le hacía clarear la cicatriz que tenía junto a la oreja.
El sol apretaba tanto que ni los lagartos se arrimaban a las piedras. No corría ni un soplo de brisa y el aire estaba lleno de semillas y polvo. Tan seca estaba ya la sierra que los dos grupos que se le echaban encima levantaban polvaredas entre las ramas. Descendían desde lados opuestos, achicándole la escapatoria en aquel lugar que, de tan caldeado, era como un pote al fuego.
De no ser por las hebras de lino, le hubiera bastado meterse en el agua y aguantar hasta que pasasen de largo. Lo había hecho otras veces, bastaba cuidarse de no armar barullo y tener la precaución de llevarse una caña de junco con la que respirar alguna bocanada si la espera corría.
Pero allí estaban, a remojo. Y hasta allí había atraído él a sus perseguidores.
Sabiendo que su tiempo era escaso, se agachó junto al chucho.
—Escucha, ahora vas a hacer lo que hablamos. —A sus espaldas ya se oía el rumor de la persecución.
El perro gañó.
—No me vengas con esas, carajo. Ya hace tiempo que te destetaste, te las apañarás solo.
El animal dudó. Miró hacia el alboroto de quienes se aproximaban y dejó escapar un gemido.
—Ya no eres un cachorro…
Ladeó la cabeza unas cuantas veces, indeciso, y, finalmente, tras soltar un resoplido, se tumbó con las patas al aire. Cándido, le ofreció el pescuezo y la barriga, sumiso, entregado a su amo.
No quería obedecer, pero tampoco quería mostrarse rebelde.
—¡Cagüen la capa de san Martín! No te arrugues como una matrona —lo amonestó—. Ya lo hemos hablado, no puedes acompañarme.
Torciendo la cabeza, el perro lo miró y, fingiendo que lo hacía a regañadientes, Fierro lo acarició.
Se oyeron las voces de sus perseguidores. Les había cobrado ventaja con el engaño, pero ahora se le echaban encima. Se le acababa el tiempo.
—No me hagas recoger unos guijos para apedrearte, ¡dita sea! Márchate, tienes que irte.
Y como el chucho seguía pegado a sus pies igual que una lapa, Fierro recompuso el tono.
—Sabes que ella hubiera dicho lo mismo, no puedes venir conmigo — tascó seco.
Como tampoco funcionó, el semblante del atajador se endureció.
El animal, atento, se incorporó. Fierro levantó la mano y el chucho agachó la cabeza para mirarle con expresión temerosa.
—¡Cagüen la…!
No se le ocurrió nada que añadir.
—¡Cagüen todo!
Y, tras vacilar un instante, le soltó un sopapo en los morros al pobre animal.
—Largo, fuera —le gritó—. Márchate. Por todos los demonios, márchate.
Dudoso al principio; más seguro cuando Fierro volvió a amenazarlo de nuevo con la mano levantada, el perro empezó a alejarse siguiendo la dirección que marcaba el bastón.
—¡Fuera! ¡Largo!
Se detuvo un poco más allá, haciendo ademán de volverse junto al hombre.
—¡Largo! —volvió a gritar con la mano en alto.
Se alejó entonces, al fin, con desgana. Avanzaba mirando de tanto en tanto a sus espaldas, regalándole a su amo aquella lealtad que le pintaba el ámbar de los ojos.
—Largo…
Bajo el flequillo greñudo el semblante del animal estaba lleno de pena.
—Largo —terminó, con apenas un susurro.
Lo vio desaparecer entre unos quejigos y matas de hierba reseca.
—¡Cagüen lo que escribió san Isidoro!
Aún volvió a asomar el hocico entre las hojas y Fierro exageró la intención sacudiendo el brazo.
Lo oyó gañir una vez más cuando el animal se dio la vuelta por última vez.
—¡Cagüen todo lo que escribió el cabrón con pintas de san Isidoro! ¡Dita sea!
Se había quedado solo y, por el barullo a su alrededor, supo que no duraría mucho.
Venían a por él desde las dos laderas que encerraban la hoz de aquel regato y, en breve, saldrían de la maleza para encararlo.
Echó un último vistazo al hueco por el que se había ido el chucho, chistó entre dientes apretados y se preparó.
Ya estaba, ya habían salido los dados de la mano y estaba por verse cómo caían.
No había vuelta atrás.
Era una locura.
Sin embargo, pedirle al diablo que se pintara los cuescos hubiera sido más fácil que acertar con Ruy en medio de los preparativos de la batalla que se avecinaba.
Aunque, tal y como se le había ocurrido mientras masticaba los alcaparrones, en tanto rumiaba la idea, no le hacía falta encontrarlo.
Le bastaba con dejarse encontrar.