Fierro

Francisco Narla · Capítulo 53 de 56

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Fierro

Capítulo 53

T odo era polvo. Sudor. Lágrimas. Lamentos. Desde el amanecer, aquellas navas habían sido un purgatorio terrenal. Y la única que no se había cansado era la puta de la guadaña, que seguía sonriendo con su calaverna monda escondida bajo el vuelo de la capucha prieta.

El calor empezaba a remitir, se apagaba con el día. Rescoldos de la hoguera del mediodía concedían al fin tregua. Una tregua que los hombres no querían mentar. Los que se sabían al alcance de la victoria apretaron un poco más; los que veían la sombra de la derrota se defendieron con ahínco.

La caballería cristiana, cargada de hierro y muerte, blindada desde las pezuñas hasta el yelmo, arremetía contra el palenque. Se oía el inconfundible tintineo de las corazas, como capilla tocando a rebato. O a misa de difuntos. Las estacas se tronzaban con temibles chasquidos. Los relinchos espantados de los caballos helaban la sangre. Los pobres animales, en estampida, con los ojos pasmados, se empalaban con el ímpetu de su carrera. Los jinetes caían, algunos se salvaban sin otro lamento que un hueso roto, otros perdían la vida atravesados los higadillos por los maderos afilados. Se quebraban las estacas, se rompían las cadenas. Los númidas aguantaban. Morían como esclavos cuanto no habían vivido como hombres libres.

Algunas partidas de Aragón y Castilla se destacaban hacia el mediodía para dar caza a los agarenos huidos. Sin misericordia. Habría degollinas, blasfemias, juramentos, venganza, miedo, sangre… Y más muerte. De aquellas vilezas no cantarían los juglares, pues matar por la espalda con cuchilladas traicioneras estropeaba las trovas y tenía mala coda. Y, como siempre, habría traiciones, súplicas, lamentos.

Desde fuera llegaban gritos cada vez más cercanos. La batalla se decidía. Terminaba.

En la tienda, Fierro tosió.

Se revolvió por culpa del dolor. Y los recuerdos no ayudaron. Tantos años después, incluso después de muerto, allí volvía aquel condenado traidor. Pedro Fernández de Castro, a quien el mismo diablo estuviera torturando en la sima más profunda de los infiernos.

Incluso muerto, su sombra se cernía sobre el renco. Sus hijos, sus nietos, cualquier baldragas con su sangre corriendo por las venas seguía el ejemplo de su linaje. Allí estaban de nuevo para amargarle la vida.

—¿Las tierras de los Castro?

El de Carrión, comprendiendo de pronto que Fierro no sabía la verdad, inclinó el mentón.

El atajador suspiró.

—¿Alarcos? —preguntó temiendo la respuesta.

—Sí —contestó Ruy sin pudor, apartando levemente la espada para abrir los brazos con condescendencia—. Desde Alarcos. Él pagó, fue él quien puso el precio para que dejásemos entrar a los moros.

Fierro volvió a toser. Y escupió un gargajo manchado de sangre.

—Nos atrapó cuando huíamos y no nos dio otra opción. Él daba las órdenes. Los moros lo dejaron hacer. Él paga desde entonces, y a mí ya me va bien… Como te he dicho, es generoso si uno cumple —insistió, zalamero, intentando convencerlo—. En ocasiones incluso se puede uno apañar para cobrar dos veces. Cuando trabajé para el de Haro, cobré del de Vizcaya y cobré del de Castro…

Fierro no lo escuchaba. Alarcos retumbaba en sus oídos como los tambores moros. En algún rincón de sus tripas se despertaron martirios que le hicieron olvidar sus heridas.

—¿Los prisioneros? —logró preguntar deshaciendo el nudo de su garganta.

Se calló el de Carrión y su mirada se terció. Antes de contestar, su semblante se ensombreció.

—Sí, él lo organizó todo —concedió—. Ya te lo he dicho, los moros le dejaron hacer, estaban exultantes. Todo eran vivas y algarabía. Pensaban que quemarían Toledo. Se les metió entre ceja y ceja que arramblarían con el sepulcro de Santiago.

A duras penas, Fierro logró tragar. No solo la caída de la fortaleza. También lo acaecido después. También lo del silo. Todo había sido culpa del de Castro.

Y los dos sabían lo que aquella respuesta significaba. Al fin y al cabo, habían compartido juntos la sed de los desiertos. Habían sido amigos.

—¿Las gentes del lugar?

En esa ocasión, Ruy solo asintió con una sacudida el mentón. Y, tras un silencio que pesó como una plomada, añadió algo más:

—Los moros le dejaron hacer…

Los abusos, el pillaje, la masacre.

Las violaciones.

Fierro miró al de Carrión. Clavó en él sus ojos cargados de intención. Preguntaba sin hablar. Quería saber la verdad que en aquellos días se le escapó. La ira sorda le había nublado el juicio. No había comprendido, y ahora quería hacerlo.

Ruy entendió. Y admitió aquella verdad con una excusa.

—Yo no abusé de ninguna de las mujeres —dijo el leonés.

Podía ser cierto. Pero no importaba. No solo peca la mano, también el alma. Era culpable. Tanto como si él mismo hubiera hecho aquellas barbaridades, porque tampoco las evitó.

—Hijo de perra…

Ruy no se arredró. Volvió a acercar la punta de su espada al cuello del melero.

—Créeme, yo no tuve nada que ver, solo me cuidé de salvar el pellejo… Además, agua pasada no mueve molino.

Fierro consiguió no toser, pero escupió un gargajo lleno de sangre que no cayó a los pies del leonés. Le fallaban las fuerzas.

—Escucha, el tiempo se agota —afirmó, moviendo la mano libre hacia la marabunta que se oía más allá de las lonas—. Hazme caso, únete a mí —urgió cargando la voz—. Te lo he dicho. La paga es buena. No tiene por qué acabar así. Ven conmigo, trabaja conmigo para los Castro. Da igual si ganan moros o cristianos, el oro brilla lo mismo sin importar las manos que lo pagan. Y hay labor para años. Esto no termina aquí —insistió, apretando los dientes por la emoción de la avaricia—. Podemos hacernos ricos. Mientras se sigan moviendo las soldadas, harán falta hombres como nosotros, que les digan a los señores adónde va cada cual o de dónde sacan sus bastimentos. La información se paga, y los Castro pagan bien.

No le hizo falta mirar al chucho para recordar lo que ella hubiera dicho.

—Vete al infierno…

Ruy agachó el mentón, lo caló con ojos torvos y suspiró. De fuera llegaba incansable el eco de la batalla. Se les echaban encima. Como una riada imparable.

—¡Vamos! No seas testarudo, no tienes nada que perder y sí mucho que ganar.

La codicia refulgía en su voz. Había matado a sus compinches para llevarse su parte del pago. Y ahora insistía, no lo dudó Fierro, porque alguna treta tendría pendiente. Alguna promesa de nuevo cobro se guardaba. Y aquel ofrecimiento era un cepo tendido por aquella sabandija malparida. Al cobro, le rebanaría el pescuezo, como a los hermanos.

—Me pagarán por saber cómo se organizarán las fortalezas ahora. Eso me ordenó don Pedro en persona: que, ganase quien ganase, me asegurara de volver con todo lo que pudiera averiguar de las guarniciones de la frontera. No lo entiendes, nos va un bledo en quién venza, recibiremos oro por contarlo. Nada tenemos que arriesgar —afirmó como un embaucador de feria —, y sí mucho que ganar…

Solo lo lamentaba por el chucho y por las abejas. El resto no le importaba, demasiados años cargando con un pasado que pesaba mil demonios. Cerró los ojos y suspiró. Amagó la tos. Le dolió el costillar. Solo quería que terminase de una vez.

Iba a decirle al de Carrión que tuviera el cuajo de callarse y que pusiera fin a tanta palabrería. Ya no merecía la pena.

Solo quería dejarse ir. Que lo arrastrase aquella corriente.

Y se equivocó.

—Haces mal —dijo Ruy con resignación, comenzando a aceptar que sus planes no saldrían bien—, haces mal. Don Pedro es generoso con los suyos. Muy generoso. Y estoy seguro de que sabría apreciar lo que vales.

Le volvieron las fuerzas de pronto.

—¿Don Pedro en persona?, ¿generoso? ¿Qué…? ¿Qué demonios…?