Fierro
Capítulo 26
U no de ellos, que vestía un pesado lorigón largo, muy al gusto de los paganos, se fue al fondo sin oportunidad, arrastrado por el peso de tanto hierro. El otro, más joven, apenas un muchacho, solo llevaba una coraza hecha con escamones de cuero y, al ir más ligero, se condenó a la agonía.
Gritaba desesperado.
Aullaba, consciente de que estaba a punto de morir ahogado.
Braceaba con todas sus fuerzas. Intentaba mantenerse a flote, pero no había remedio. Madejas de aquellos tallos empapados lo acorralaban y tiraban de él. Cuanto más se agitaba, más se embrollaba en aquella red hecha con miles de cabos sueltos imposibles de romper.
Sus compañeros, paralizados por el prodigio, lo contemplaban con horror.
Habían visto la finta del cristiano y la habilidad con la que había usado la vara para hacer trastabillar a sus dos compañeros, pero cuando habían caído al arroyo habían barruntado que se llevarían solo un remojón. Ni por asomo que se dejarían la vida en el intento.
Habían escuchado el chapoteo, los reniegos, las salpicaduras. Y luego los chillidos.
Y ahora, en tanto Fierro se alzaba para ponerse en guardia, ninguno de ellos se atrevía a intentarlo de nuevo, por miedo a acabar igual.
Preso del pánico, viendo la orilla a apenas unos palmos, pero incapaz de acercarse para ponerse a salvo, el pobre infeliz se desgañitaba.
Así siguió.
Alguno de los moros bisbiseó una plegaria.
Nadie se movió hasta que llegó el silencio.
Y aún hubo de pasar un instante de indecisión.
El cristiano no tenía salida, estaba arrinconado, pero acababan de aprender que aquel rincón era condenadamente peligroso. De pronto, y Fierro lo supo, perdieron la confianza que traían y más de uno hubiera emprestado la soldada a cambio de un arco, una ballesta o una simple honda.
El atajador, sabedor de que había llegado el momento, jugó su baza.
—Hay algo que puede interesar a Ruy —dijo como si se le acabase de ocurrir—. Creo que merece la pena que me llevéis junto a él.
Durante toda su vida, los planes del renco habían sido para el día, nunca para el mañana. No tenía ni idea de cómo diantres se manejaría cuando tuviera enfrente al de Carrión. Cuanto había cavilado no pretendía otra cosa que dejarse apresar para que lo llevasen hasta él.
Para todo lo demás, ya se vería, con cuajo y decisión. A dentelladas, si no quedaba otra. Se las arreglaría según saltase la liebre, como siempre había hecho.
Y, si salía mal, moriría intentándolo. Con el hierro en la mano y la voluntad empujando.
—Hay ocasión de que se le chafe la engañifa que trajina.
Los dos hermanos se echaron un vistazo cómplice, pero callaron. Y, ante el silencio, Fierro siguió con lo que había pergeñado:
—¿Quién iba a decirlo? ¡Cagüen los truenos de santa Bárbara! Al final me topé con ese calatravo medio loco que rondaba Salvatierra —anunció, dejando caer intenciones.
Se le había ocurrido que podía usar al freire como cebo. Junto a aquellas alcaparreras había considerado venderlo sin más, pero algo en su interior se lo había impedido.
—Lo recordáis, ¿verdad? Pues le conté lo que averiguamos en el Muradal —dijo entonces—, y ya hace unos días que partió al encuentro de las mesnadas castellanas…
Advirtió que los hermanos volvían a mirarse entre ellos con semblantes cargados. Y se percató también de que, entre los moros, crecían las ansias de venganza.
—Si llega a tiempo podrá evitar que el rey Alfonso se deje encelar…
Igual que un calderero en la plaza en día feriado, intentaba vender lo que tenía. Convencerlos de que más les valía dejarlo con vida y llevarlo junto al de Carrión.
—Y yo sé la ruta que ha seguido hacia el norte…
Y era cierto que sabía el derrotero del calatravo, lo habían discutido juntos. Como también lo era que, por el momento, no tenía intención de explayarse; quería darle una oportunidad al freire. Sin embargo, si conseguía plantarse frente a Ruy, ya se vería. Según las pintasen. Los escrúpulos los había perdido tiempo atrás. Si hacía falta entregar al calatravo, como habían hecho con la cabeza del Bautista, lo haría. Ya no estaba el chucho para recordarle lo que ella querría.
—A ese tal Guillén —saltó Martín sorprendiendo a Fierro— ya lo atrapamos hace tres días, no lejos de Caracuel.
Aquel irse al traste no se lo había esperado.
—Lo cazaron como a un conejo —explicó sin dejar hablar a su hermano —, intentando escabullirse entre los zarzales.
Y enfatizó sus palabras cerrando en el aire el puño de su mano izquierda, a la que le faltaban los dedos. La derecha la tenía ocupada con la espada.
Fierro chistó. Echó un vistazo de reojo a la poza, donde se veía el rostro ceniciento del morito. Se mecía en el agua cristalina, envuelto en los tallos de lino; se paseaban por sus mejillas como los cabellos de una amante, una a la que ya nunca besaría.
No le quedaba otra que encararse con toda aquella tropa. Y se descolgó el zurrón del hombro.
—Está preso en Baeza —siguió Martín—, donde están a punto de llegar las tropas del califa —añadió lentamente, dejando que calasen las palabras—. Él mismo, en persona, decidirá su suerte… Ya verá si lo despelleja, lo descuartiza o si lo entierra en vida para que se lo coman los bichos…
Le alivió saber que el freire todavía respiraba; a mala gana, le había tomado apego. También le preocupó que los del Miramamolín se movieran ya buscando gresca. Era tanto como anunciar el desastre de Castilla. Y entendió las prisas del califa en cuanto Martín volvió a hablar:
—Al rey Alfonso se le han revuelto las aguas —dijo resuelto, sabedor de que las noticias rezaban que había tomado una buena decisión traicionando a los suyos—. Pactó la rendición de Calatrava y los ultramontanos, que querían entrar a degüello y sangrar incluso a las gallinas de corral; se le rebelaron porque no les dejó hacer como en Malagón, donde rebanaron el pescuezo a todo bicho que encontraron. Nada les valía menos que entrar a orden de saco con dispensa para la rapiña. Pero anda blando el rey y les negó el saqueo, así que más de dos mil caballeros se han vuelto por donde vinieron. Incluso dicen que atacaron Toledo en su camino de vuelta.
No eran buenas nuevas, pero Fierro se mantuvo impertérrito. Cavilaba.
—De la Provenza solo cuenta con el arzobispo de Narbona y unos pocos de Vienne —aseguró.
Por cómo hablaba, quedaba claro que la parla era, más que ninguna otra cosa, regodeo. Y aquellos aires le repatearon el hígado a Fierro, que se prometió cobrársela también con aquellos condenados hermanos.
—El Miramamolín nos cubrirá de oro por llevarle tu cabeza, se lo ha dicho él mismo a Ruy. Le ha prometido que nos hará asquerosamente ricos. —Se percibía la avaricia, tan vieja y usada que daba la impresión de estar ya oxidada; por el brillo en los ojos de Martín, no le cupo duda a Fierro de que había sido la codicia la culpable de la traición de al menos uno de los hermanos—. Aunque me temo que pagan más de lo que vales, no eres más que un viejo inútil. —Dio por rematado el discurso alzando la espada y dando la orden a voz en cuello.
Si daba un solo paso atrás, caía en aquella poza para hacerle compañía a los ahogados.
Hacia delante tenía a los hermanos, cada uno de ellos con su hierro en la mano.
A los costados, los moros, que se le echaban encima por los dos lados, vociferando, como tenían por costumbre en la batalla.
Le había salido mal la jugada.