Fierro
Capítulo 39
N o todo podía atravesarse. En palabras del delirante calatravo, el Señor apretaba pero no ahogaba; y, con sus penurias, se libraron al menos de un mal encuentro con los moros. Que hubiera sido la última gota.
Aunque no tardó mucho en derramarse la jícara. Su poca suerte se acabó el cuarto amanecer cuando, antes de ponerse en marcha, Fierro oyó un relincho.
Estaban en un claro escaso entre unos pinos de los que decían de negral, donde habían pasado la noche. Y aquel relinchar del jamelgo les dio aviso de que más les valía cuidar el pescuezo.
Aquel terreno enrevesado no se había mostrado caritativo, menos aún con el calatravo tullido que, en lugar de ayudar, salmodiaba febril.
Ajeno a todo, perdido en los delirios de sus fiebres, el freire no se había enterado, pero sus compañeros maldijeron, renegaron, sudaron y a punto estuvieron de romperse las piernas más de una vez con las traicioneras piedras sueltas de aquella trabajosa serranía en la que debían obligarse como rebecos.
El agua no fue un problema, abundaban los regatos por doquier. En cuanto a la comida, pasaron con lo que pudieron. Se las arreglaron con escaramujos, cebollas bravas de fuente, piñones y una ardilla descuidada que lograron apedrear el segundo de los días.
Dormían sobre montoneras de ramas, velaban por el calatravo y caminaban por aquellos pagos.
O subían por una cuesta, resollando como gorrinos y blasfemando como condenados a los infiernos. O bajaban por un despeñadero temiendo que las pihuelas los atropellasen y acordándose de las virtudes de los santos.
Una pendiente tras otra, sin descanso, entre los pinos, los coscojos, los quejigos y los lentiscos. Envidiando a los pájaros y sufriendo casi a cada paso. Por las mañanas dejaban el sol a la derecha, al mediodía a la espalda y poniente los saludaba por la siniestra.
Fierro, el único capaz de orientarse y decidir qué camino seguir, encabezaba la partida y se ocupaba del freire la mayor parte del tiempo. El flaco ayudaba en lo que podía, que no era mucho, aunque al menos mantenía la boca chica y no protestaba.
Pasaron así tres interminables jornadas de martirio en las que se dieron por perdidos más de una vez y, de no ser por la cabezonería del atajador, en algún lugar del camino se hubieran quedado, a merced de los buitres que oteaban las alturas con sus negras siluetas.
Y ahora, el relincho les anunciaba compañía.
Al renco le bastó una mirada a Bermudo para ver en su semblante que él también se había despertado. Y también lo había oído.
Echándose el dedo sobre los labios para indicarle que callase, Fierro le hizo entender que iba a investigar, pero que él debía quedarse con el calatravo.
El cuitado freire, al que la osamenta ya tiraba del pellejo, murmuraba en sueños, pálido como un sambenito. No le quedaba mucho. Nada había oído y ni siquiera se percató de que el atajador los dejaba solos a él y al flaco.
Aprovechando todas sus mañas, sigiloso como una sierpe, Fierro se encaminó al lugar del que partiera el relincho.
Con el chucho a su lado, avanzó hasta dar con un collado que caía hacia levante. Aquello le daba la ventaja de quedar en penumbra, mientras que cuanto encontrase allí estaría al contraluz. Incluso tenía el viento de cara.
Se detuvo al advertir el olor inconfundible de los jamelgos, los cueros de sus arreos y el metal de sus jinetes. También escuchó el bisbiseo de unas voces y el rezongar de un jumento.
Allí estaban y, a pocos que fueran, más le valía cuidarse de que no lo descubrieran, porque un flaco, un enfermo y un renco hacían mal grupo para enfrentarse a una soldada.
Se agazapó junto a unas jaras e intentó descifrar lo que tenía delante.
Dos grupos de hombres parecían reunirse en una nava en la que crecía el pasto, despejada de árboles. Por un lado, cristianos. Por el otro, moros. Todos bien armados, con los hierros en sus tiracoles. Incluso había ballesteros en un bando y arqueros agasíes en el otro. Y, sin embargo, no parecían dispuestos a pelear.
Se aproximaron los unos a los otros hasta estar apenas a unos pasos y descabalgaron.
Pronto se encararon dos de ellos, uno de cada bando. Y los demás se repartieron en el terreno, guardando las espaldas a aquellos que los mandaban. Se aventaba recelo en los gestos, pero también que, por el momento, las espadas quedarían ceñidas.
A quien obedecían los cristianos adelantó la mano, ofreciéndola. Y el que mandaba a los moros, en vez de rehuirla con desdén, la aceptó, apretándole la muñeca, sin hacerle ascos al otro por los torreznos que se hubiera desayunado.
Aquella confianza escamó a Fierro. Más aún el aire vagamente familiar de quien comandaba a los paganos.
Era un tipo de buena planta. Montaba un semental albahío de alta cruz sin rastro de sardinero, enjaezado con lustro y con pedrería en las bridas. Vestía lorigón y se cubría con una albadena teñida con rubia que parecía de la mejor seda granadina. Tanto lujo cargaba que pasaba por el embajador de Gao de camino al gran río que atravesaba el desierto, dispuesto a presentar sus respetos a los mandingas que señoreaban aquel prodigio en las arenas.
Algo en los gestos de aquel jinete atildado despertó recuerdos, pero Fierro no fue capaz de ponerles rostro.
Hechas las presentaciones entre las partidas, los ánimos se relajaron y ya no hubo más recelos.
En cuanto a los asuntos que se traerían entre manos, era fácil imaginarse el negocio. Los cristianos debían de ser espías bien pagados que venían a dar cumplida cuenta de lo que podría ser útil al Miramamolín. Y los moros, recaderos del califa ansiosos por recoger el mensaje.
Las sospechas se despejaron al ver la bolsa cambiar de manos. Y le quedó claro al atajador que el Miramamolín pagaba largo los sobornos de sus lacayos. Parecía pesada, bien cargada de vellón.
En cuanto la sostuvo, el que mandaba a los cristianos soltó la lengua y empezó a explicarse con amplios ademanes de los brazos. No le cupo duda al renco de que daba buena cuenta de las tropas de Castilla. Hasta los apellidos de los tamborileros estaba cantando.
Discutieron algunos detalles, hicieron un tosco dibujo en la tierra con ayuda del tacón de una bota y a las preguntas siguieron respuestas.
Finalmente, cuando todo pareció aclarado, el que vestía con ínfulas de embajador sacudió el mentón con gusto, contento al parecer con todo lo averiguado y, aconsejado por el calor, para despedirse, decidió despojarse del yelmo.
Con gestos resueltos, lo acomodó en el ahuecado de la sangradura, bajo el brazo, y dejó caer el almófar sobre los hombros.
Fierro tragó la hiel que le subió al gaznate.
El rostro al descubierto brillaba bañado en sudor y las protecciones habían marcado la frente y las mejillas, pero era inconfundible.
Aquel era Ruy de Carrión.
El hideputa de Ruy, con sus barbas cumplidas.
Era él, vestido como el visir de Tombuctú, pero apestando a traición.
Tentado estuvo de echarse pendiente abajo y enfrentarse a los veinte hombres que allí parlaban.
Lo salvó el chucho, que gañó preocupado al sentir el arrebato de su amo. Recuperó la cordura cuando ya desenfundaba el estoque y se aprestaba para ponerse en pie.
Templó la ira sorda y carmesí que lo llenaba.
—¡Cagüen las piedras con las que lapidaron a san Esteban! ¡Cagüen las flechas de san Sebastián! ¡Cagüen el árbol del que se ahorcó el Iscariote! Hijo de la grandísima puta…
El chucho, al oírlo mascullar, se arrimó a su amo, queriendo reconfortarlo, pero no sirvió de mucho.
—¡… Dita sea mi estampa! ¡Malparido! ¡Cagüen la capa de san Martín!
Solo lo refrenaba una cosa, el temor de que no le diera tiempo a acabar con el de Carrión antes de que los hombres que mandaba lo despacharan. Y, mientras seguía observando el parlamento, el atajador le daba vueltas a los prontos que se le ocurrían, rechazándolos todos por el riesgo a que fuera un fiasco.
Le importaba un bledo quedarse allí, en el sitio; era un lugar tan bueno para morir como cualquier otro. Lo que no quería era que el traidor de Ruy escapase con vida.
Necesitaba una oportunidad.
Por primera vez en años casi le dio por echar un rezo, rogando como el calatravo al Señor de los Cielos para que le diera su ocasión.
Pero no hizo falta.
La oportunidad que tanto ansiaba se presentó cuando menos lo esperaba.
Apenas resueltos sus asuntos, los dos bandos se despidieron. Los cristianos montaron y marcharon a uña de caballo. Los moros se organizaron con más parsimonia y Ruy, a saber por qué, ordenó a los suyos que fueran marchando.
En tantos años de perra vida, nunca antes Fierro había tenido la suerte así, de cara.
Sin razón o motivo aparente, Ruy de Carrión quedó solo en aquel pastizal mientras sus hombres se alejaban y el renco, tras frotarse los ojos, no supo si agradecerle la baza a Dios o al diablo.
Allí estaba, a su merced. No tenía más que descender y rebanarle el pescuezo.
—¡Sé que estás ahí! —gritó Ruy de pronto, mirando hacia las jaras donde Fierro se agazapaba.
El renco negó sacudiendo el mentón. Había que reconocerle el cuajo al traidor.
—¡Vamos! ¡Sal! —le gritó. Y desenvainó su espada.
Fierro se alzó vareando las jaras y se presentó ante su enemigo.
Allí estaba lo que tanto tiempo llevaba buscando.
—Acabemos con esto de una vez por todas —siguió diciendo el de Carrión—. Cuanto antes, mejor.
Desenfundó el estoque y calibró lo que vendría. Los separaban treinta pasos y el renco sabía que el otro cubriría la distancia mucho más rápido.
Se miraron tendido.
No se le escapó a ninguno que el otro lamentaba cómo habían terminado liados en aquella porqueriza. Habían sido amigos. Y ahora estaban dispuestos a matarse.
Ruy escupió de lado, bajo el colmillo, y volvió a gritar con resignación.
—¡Vamos!
No tenía muchas posibilidades. Era una buena espada contra un estoque. Un tipo entero y bragado contra un renco que se había alejado de la guerra. Lo más fácil era que Fierro encontrase allí la muerte.
Pero Fierro dio un paso al frente.
Dispuesto, con el estoque en la mano. Y no dio el siguiente porque el perro se puso a ladrar como si estuviera rabioso.
Sin quitar los ojos de Ruy, al renco se le escapó la pregunta.
—¿Y a ti qué carajo te pasa ahora?
El chucho cambió los ladridos por gañidos y comenzó a cruzarse delante de él, yendo de un lado a otro frente a sus canillas, sin parar, cerrándole el paso.
Intrigado, Fierro lo miró y enseguida el perro se sentó ante él, devolviéndole el gesto con ojos presos tras el flequillo desaliñado.
—¡Vamos! ¡Acabemos con esto! —volvió a gritar Ruy.
El renco y el chucho se miraron.
—No, no me vengas con esas —le dijo al animal, contrariado.
Por toda réplica, sonó un ladrido.
—Está ahí, y es hora de zanjar este maldito entuerto.
Cansado de esperar, Ruy comenzó a moverse. Avanzó al encuentro del atajador, con la espada en la mano y resignación en el alma.
—Sí, ya lo sé, él nos ayudó —siguió hablando al chucho—. Y ya sé que está en las últimas.
El chucho inclinó la cabeza a un lado y luego al otro.
—Sí, ¡dita sea! Sí. También sé lo que ella hubiera dicho. ¡Cagüen en la rueda de santa Catalina! Ya sé que sin mí esos dos acaban comidos por los lobos, ¡lo sé! Pero ese cabrón con pintas está ahí, ¡ahí! No puedo dejarlo escapar.
Avanzó con un pie y el perro, obligado, reculó para volver a sentarse, cerrándole de nuevo el paso.
—¡Cagüen los corderos de santa Inés! ¡Apártate! No voy a dejarlo escapar.
Ruy, aunque con cautela, seguía acercándose.
El chucho ladró una vez más.
—¡Lo sé! ¡Lo sé! ¡Dita sea! Sé lo que ella hubiera dicho, lo sé, demonios.
El de Carrión, prudente, no se apuró. Sospechó que el renco se las daba de chalado para despistarlo y temía una arrancada inesperada.
Fierro sabía que, de morir allí, bajo la espada de Ruy, los otros dos quedarían condenados. O morían de hambre o a manos de una ronda mora, pero morirían.
—¡Maldita sea mi estampa! ¡Cagüen en el portal de Belén!
Negó sacudiendo la barbilla. Maldijo incomprensibles masticando cada palabra entre dientes apretados y, finalmente, se resignó.
Miró entonces a Ruy y su enemigo le correspondió.
—¡Volveremos a vernos! —gritó.
Ruy no comprendió, pero al instante siguiente el otro ya se estaba volviendo para desaparecer tras las jaras.
El de Carrión echó a correr, convencido de que le sobraba el tiempo para sorprenderlo por la espalda. Sin embargo, cuando llegó a las matas, no encontró ni rastro del atajador.
Fierro había desaparecido.