Fierro

Francisco Narla · Capítulo 27 de 56

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Fierro

Capítulo 27

A gitó el zurrón con fuerza y se oyó un zumbido grave que desconcertó a todos. —¡Cagüen las tetas de santa Águeda! El primero le pasó tan cerca que dejó tras de sí el tufo a cordero especiado que había desayunado. Fierro no perdió el tiempo con él. Se hizo a un lado, a tiempo para que pasase de largo, como una exhalación. Trastabilló y chocó con otro de los suyos, uno que se abalanzaba desde el costado contrario.

Al siguiente, el renco lo pilló con la guardia levantada. El tipo no tenía la veteranía de guardarse la intención. Había alzado el brazo hasta llevarse el puño al hombro, decidido a abrirle la crisma al cristiano de un espadazo. Lo despachó sin usar el estoque. Le bastó, como antes, emplear la vara. Lo hizo tropezar antes de descargar la hoja. Y lo vio rodar hacia la poza. Aunque lo intentó, a Fierro incluso le pareció escuchar el chasquido de una de las uñas al quebrarse, el infiel no fue capaz de aferrarse a las piedras, los matojos o los arbustos de la orilla. Cayó con un chapoteo y, como su compañero, empezó a gritar antes que a mojarse.

Ya llegaban por el otro costado. Llegaban los hermanos.

Estaba acorralado.

Fierro miró a ambos lados, escupió bajo el colmillo, renegó y abrió la tapa del zurrón.

Lo lanzó con todas sus fuerzas contra ellos.

Antes de que cayese al suelo, de la sobada tela surgió, furioso, el enjambre.

Para la primavera, las reinas viejas marchaban dejando en la colmena una heredera y, con un grupo de abnegadas obreras, buscaban un nuevo asentamiento. Así las había encontrado el renco, apiñadas en una rama en lo alto de las alcaparreras.

Las abejas se derramaron como vino de una copa volcada. Desorientadas, furibundas, cargaron contra lo primero que encontraron.

Entre alaridos y manotazos, cundió pronto el pánico entre los moros. Uno de ellos se aterrorizó de tal modo que salió corriendo sin cuidado alguno. Con grandes aspavientos, intentando apartar de su rostro a las enfebrecidas abejas, cayó en la hoya del arroyo.

A Fierro lo habían picado tantas veces que no le preocupaba que alguna se diera la vuelta y la tomase con él.

Confiaba en ellas, pero pronto hubo de admitir que sus perseguidores eran demasiados.

De repente lo sacudió un puñetazo en el costado que le hizo retemblar las costillas. Sintió el aire que robó un tajo pasándole a menos de un palmo de las narices. Despachó a uno atravesándole el pescuezo con el estilete; quedó este gorjeando como un pajarillo en el nido y se ocupó del siguiente con el revés, aprovechando el gesto de sacar el estoque de aquel gaznate tinto de sangre. Una patada en la pierna mala lo obligó a hincar la rodilla, y el gesto lo salvó de acabar decapitado por una de las hojas.

Las abejas seguían descargando su furia, pero era evidente que la añagaza solo había servido para retrasar lo inevitable.

Tanto cerraron el cerco que ya tenían que cuidarse de no matarse unos a otros. Resbaló, y por un momento temió caer en la poza, pero recuperó el equilibrio con ayuda de la vara y mandó a otro a la trampa de lino. Al que siguió, uno de mirada hosca con un enorme lobanillo en la nariz, le abrió el muslo de abajo arriba, como la cornada de un toro; sangró tanto y tan rápido, salpicando chorros a cada latido de su moribundo corazón, que desfalleció antes siquiera de acabar el grito que le vino a los labios.

El enjambre, pasada la sorpresa, empezaba a organizarse y se olvidaba de los hombres. Fierro tuvo un santiamén para desearles suerte, y luego tuvo que parar un mandoble cruzando sobre el hombro la vara y el estoque.

Como mar gruesa envolviendo aquella barquichuela en la que padre se había ganado la vida a fuerza de despellejarse las manos, tragar salitre y jugarse el alma cada día.

No tenía adónde ir.

Pero no se lo iba a poner fácil. Rendirse era el amor de los cobardes. Y él nunca había sido un cobarde. Seguiría luchando hasta el último aliento. Hasta que no fuera capaz de sostener el estoque. Seguiría luchando incluso cuando ya no hubiera esperanza. Como siempre.

Supo que iba a morir.

De algún rincón salió una de aquellas sonrisas retorcidas y, aunque intentó espantarlo, también se asomó el alivio que tanto tiempo llevaba buscando.

Quizá, si era cierto lo que repetían los curas, si san Pedro no vigilaba las cancelas, a lo mejor podría colarse. A lo mejor podría verla.

A ella.

Otra vez. De nuevo. Para siempre. Y ya nunca volverían a separarse.

No sintió miedo. A la puta de la guadaña ya le tenía confianza. Ya había muerto en el desierto de Marruecos. Ya había muerto en Alarcos.

Solo lamentó que se le iba a escapar vivo aquel malnacido de Ruy. En cuanto a los hermanos, iba a asegurarse de que lo acompañasen para averiguar si san Pedro estaba o no atento al negocio.