Fierro
Capítulo 32
S alió como alma que llevase el diablo y, trastabillando, logró volverse para aferrar la llave, la misma que el carcelero había dejado en la cerradura. —Te voy a abrir en canal, ni se te ocurra… ¡Ni se te ocurra!
Antes de cerrar el portón y darle vuelta al cerrojo, lo vio embestir, tal que un toro furioso.
En la galería, con el culo al aire y lo suyo colgando, Fierro se apoyó en el portón a tiempo de sentir el topetazo del cebón estrellándose contra los maderos. Tantas arrobas pesaba que la tablazón retembló. Saltaron astillas, polvo, la sangre seca de alguno que se había abierto allí la crisma y, de los herrajes, cayeron escamas de robín.
—¡Abre! ¡Abre! —le gritó entre resuellos—, ¡hijo de mil putas! Abre o te juro que el martirio de nuestro señor Jesucristo te parecerá ambrosía…
—No te quejes —le soltó Fierro con retranca—, ahí dentro quedó el puchero con el rancho, hambre no vas a pasar…
Enloquecido por la pulla, el carcelero volvió a arremeter igual que un ariete.
Como antes, todas las tablas trepidaron con escándalo.
—Hijo de cabra, malparido traidor…
Pese a sus gorduras, no desfallecía. Aún tenía voluntad para seguir maldiciendo con toda la saña de la que era capaz. Golpeaba el portón con sus manazas, gritaba alguna barbaridad y volvía a la carga. Pero los maderos aguantaban.
Esforzándose por ignorar aquella escandalera, Fierro echó un vistazo en derredor. Indeciso por unos instantes, la costumbre le llevó a bajar la mano para tirar de las calzas y, con un pellizco de incredulidad, terminó por dejar caer los ojos por el pecho desnudo y las piernas, blancas como leche.
—¡Cagüen los hierros de san Dunstano! ¿Quién me mandaría a mí meterme en este sindiós? Con lo a gusto que estaba yo con mis abejas…
Resolvió que lo más conveniente era agenciarse algo con lo que cubrirse y salir de allí como una centella.
—¡Hijo de mil padres, todos borrachos y putañeros!
—Sí, yo también te he tomado aprecio en este tiempo —le susurró como respuesta.
Ya decidido a ponerse en marcha, Fierro se llevó con él la argolla con el juego de llaves, por si podía serle útil escaleras arriba y, acercándose al fondo de la galería, inspeccionó aquel zaguán que había visto.
Tirados en una esquina, bajo un par de taburetes abandonados, encontró su bordón y su zurrón. Fue un alivio descubrir que lo único que faltaba eran las pocas monedas que allí guardaba; el resto parecía intacto. Incluso encontró un trozo de panal virgen que había sacado de sus colmenas el día en que comenzara toda aquella locura.
Tras rebuscar algo más y, como no se le ocurrió ningún otro remedio, robó con descaro la gigantesca capa del carcelero, grande como una de las mismas tiendas del Miramamolín.
—Te voy a sacar los riñones por las orejas —se seguía oyendo sin descanso—. Me las pagarás, con creces. Yo no olvido jamás una afrenta así. Te voy a destripar como a un jurel.
—Ladronzuelo de tres al cuarto —murmuró Fierro pensando en sus pepiones robados.
Decidido a no perder más tiempo, tras un par de vueltas sobre sí mismo sin acertar con otra solución, Fierro usó el estoque de su bordón para cortar un trozo de soga de las que había allí colgadas y dio cuenta de él atándolo en torno a la cintura para ceñir el sobrante de la recia tela.
—Doy en adelante no volverás a caminar tranquilo; en cualquier esquina, en cualquier lugar, te darás la vuelta y te encontrarás con mi espada… ¡Me la vas a pagar con la vida!
Mientras se ceñía aquel improvisado cinto, Fierro no le hizo el menor caso.
Cuando terminó, le vino una sonrisa a los labios por lo ridículo de sus pintas. La capa le sobraba por todos lados y, para ajustarla en torno suyo, había tenido que fruncirla varias veces, de tal guisa que todo él era una colección de gurruños de aquella tela encerada que, además, rascaba como una condenada.
—Parezco un capullo a punto de florecer —se dijo sin perder el cinismo —, un capullo de cardo… Bueno, al menos no tengo el culo al aire…
Ya con sus pertrechos y tapadas las vergüenzas, no le quedó otra que reconocerse que hasta ahí habían llegado sus ideas. Tocaba improvisar.
—¿Fierro? ¿Eres tú?
Oyó la pregunta mientras echaba un largo vistazo a las escaleras, intentando imaginar qué encontraría arriba. Era la inconfundible voz del calatravo y al renco se le escapó un suspiro de resignación.
—¿Estás ahí?
Se olvidó de la subida a la superficie de Baeza y se volvió hacia los calabozos.
—Más le vale que esté ahí y que tenga los dedos de frente que hacen falta para arrepentirse por lo que ha hecho, ¿me has oído, malnacido? ¡Vuelve aquí y abre esta maldita puerta! ¡Vuelve!
Maldita la gracia que le hacía ocuparse del calatravo o de los otros tres presos. Con el barullo de la huida, todos habían encontrado redaños y el corredor se llenaba de peticiones de clemencia para que los sacase de sus mazmorras.
Estuvo a punto de salir por piernas y dejarlos allí, pero le pesó la conciencia.
—Sí, ya lo sé… Ya lo sé —le habló al chucho.
Entre reniegos, desoyendo los berridos del carcelero, abrió todos los calabozos menos el que él mismo había ocupado. Dejó salir al calatravo y también a los otros desdichados.
—En cuanto supe que estabas aquí encerrado tuve la certeza de que algo se te ocurriría —empezó el freire palmeándose el capote, como si se adecentase para entrevistarse con el maestro de su orden—, el Altísimo sea loado en su grandeza por haberte iluminado.
Haciéndole al calatravo menos caso del que le prestaba a los insistentes gritos del carcelero, cuya voz ya empezaba a ronquear por mor de tanto berrido, Fierro echó un vistazo a sus compañeros de cautiverio.
Todos lo miraban con expectación, pero, una vez fuera de sus celdas, habían encontrado la vergüenza y permanecían en silencio, intrigados por lo que vendría.
Como una gallina clueca, el atajador echó cuentas de sus pollos.
Había un tipo bregado que, por las pintas, debía de ser un castellano al que habrían atrapado mientras rastreaba territorio enemigo. Aún se le veía entero, sin mordidas del cautiverio.
Otro, también cristiano, era apenas un esqueleto con un manojo de greñas sucias tras las orejas y un rostro macilento sacudido por toses que era incapaz de detener. No hacía falta echarle mucho ingenio para percatarse de que llevaba allí encerrado tiempo suficiente como para que la salud se le hubiera ido al garete. Probablemente lo habían hecho prisionero años atrás, en alguna cabalgada ya olvidada; y, por quién sabía qué razones, había librado de acabar desmembrado por el tiro de cuatro percherones, tormento muy del gusto de los califas.
El último era un moro al que le faltaba una mano. Fierro intuyó que por ladrón, cosa típica entre aquellos paganos, y adivinó que era reciente, porque el hombre tenía cuidado con el muñón. El tipo, con apostura pese a estar recién salido de un calabozo, en cuanto se vio bajo el escrutinio del melero se alisó los zaragüelles desaliñados y se echó a sus pies, como un fervoroso penitente. Abrazándole los tobillos desnudos, le agradeció su infinita generosidad y bendijo todas sus generaciones, pasadas y venideras. Le confesó, sin que Fierro se lo pidiese, que lo tenían allí por blasfemo y que, antes o después, vendrían a buscarlo el verdugo y el ulema, para, con la bendición del Altísimo, cortarle la lengua, a fin de que aprendiera de una vez por todas a controlar su malsana verborrea.
Los demás, como cristianos, lo miraron con desconfianza, y el calatravo, incapaz de evitarlo, intervino:
—No tengo la sabiduría del Altísimo, y tampoco lo pretendo —dijo—, pero creo que nos convendría devolver a la mazmorra lo que es suyo.
El castellano, con evidente desprecio, añadió algo más:
—O degollarlo aquí mismo…
Fierro se lo quedó mirando, le echó otro vistazo al moro, todavía arrodillado a sus pies, y contestó secamente:
—Es tan prisionero como tú o como yo —afirmó sin aclarar a cuál de los dos cristianos le hablaba—. O follamos todos o la puta al río… Por mí está bien donde está, quizá sepa cómo salir de aquí…
Lo dijo con tanta vehemencia que nadie se atrevió a contradecirlo. Y el moro, que más que un ladronzuelo parecía sobrino del mismo califa, no tuvo el cuajo de meter baza.
A Fierro algo en todo aquello le olió a cuerno quemado; no le cuadraba aquel hombre en aquel lugar, sus ropas desastradas eran demasiado buenas. Pero, como no le sobraba el tiempo, mientras el mahometano continuaba salmodiando todas las bendiciones imaginables y, tras mirar fijamente al castellano, se dirigió a él:
—¿Es a ti a quien han traído hoy?
El otro, prudente, siguió con la boca cerrada y se limitó a asentir. Quizá resentido porque el moro siguiera respirando.
De reojo, Fierro echó un vistazo a las escaleras y prestó atención. Nada se sabía del mozo de cocinas o de si había dado o no la alarma. Pero le pareció que merecía la pena arriesgar algo más de tiempo.
—¿Cómo las pintan? ¿Por dónde anda cada cuál?
El otro frunció el entrecejo por un momento de duda, pero no le costó hacerse cargo. El tono y la actitud delataban a Fierro como veterano.
—Éramos cuatro, nos encelaron a poco de la amanecida no lejos del zoco cuando andábamos husmeando —contestó con voz templada—; soy el único que quedó con vida —añadió con la resignación acostumbrada de quien ya las ha visto negras antes—. Me trajeron para interrogarme, pero el hideputa del Miramamolín ya había salido hacia Vilches, supongo que se quiere acantonar por ahí para preparar alguna zorrería contra los nuestros.
Se notó que, una vez dada la respuesta, estaba por preguntar también él a Fierro, pero el renco no le dio ocasión:
—¿Y por dónde anda el rey Alfonso?
—Ya salió de Salvatierra…
Lo dejó caer sin necesidad de dar otra explicación. Todos allí sabían lo que aquello significaba. Apurando la marcha, moros y cristianos se verían las barbas en menos de un día.
En cualquier momento se desatarían los infiernos.
Miles y miles de hombres estaban a punto de cruzar las espadas. La gran batalla, tanto tiempo anunciada, estaba madura. Otra vez más la frontera quedaría bañada en sangre y aquella condenada guerra, la misma que ya habían librado sus abuelos, seguiría arrebatando vidas.
Fierro mascó la mala noticia. Que se destriparan los unos a los otros se la traía al pairo, pero era consciente de que más le valía apurarse antes de que el de Carrión se esfumase. Conociéndolo como lo conocía, no le cupo duda de que Ruy se quedaría con el Miramamolín el tiempo justo para poner en práctica los planes que sacaban provecho de lo descubierto, nada más.
Mientras Fierro rumiaba aquello, el calatravo quiso conocer los detalles y preguntó al castellano:
—Gracias al Altísimo y a su bendita Providencia —empezó con su habitual carrerilla—, ahora tendremos la oportunidad de unirnos a las huestes cristianas y luchar contra los infieles. Dime, hijo mío, ¿ha cumplido Sancho de Navarra su palabra?, ¿ha acudido a la llamada del Papa para luchar contra los paganos?
Echando sus cuentas de cuánto tardaría en moverse hasta Vilches, Fierro escuchó cómo el castellano explicaba que, pese a la deserción de la mayoría de ultramontanos, la guisa no era mala. Según decía, el navarro había, en efecto, acudido a la llamada y, junto a Alfonso de Castilla, estaba también el rey Pedro de Aragón.
—… y multitud de caballeros venidos de todos los rincones de todos los reinos —explicó en tono neutro, sin la pasión del freire—. Y también los obispos de Toledo, de Plasencia, de Calahorra, de Burgos y… —Se quedó pensativo, sabiendo que se dejaba a alguno de los prelados, pero incapaz de acordarse de todos—. Además de los calatravos —añadió, sacudiendo el mentón como señalando al freire y obviando al resto de obispos—, los de Santiago, los del Temple y los hospitalarios…
Cada vez que enunciaba un nombre nuevo, Guillén brincaba de emoción, contento de que los cristianos contasen con tantos hombres; sin embargo, Fierro, mucho menos entregado a la causa, no les dejó ocasión de seguir dándole a la lengua.
Estaba ansioso por ir tras el de Carrión y finiquitar aquel condenado asunto.
—Hay que ponerse en marcha —los instó con urgencia—. Ese condenado mozo ha podido dar la alarma y quién sabe si ahora mismo están a punto de bajar por esas escaleras todos los moros de Baeza… El que quiera venir, que venga, y el que prefiera seguir de parlamento, que lo haga —concluyó, resuelto.
Se hizo con uno de los hachones de la pared y, aún descalzo, se encaminó a las escaleras mientras sus compañeros cruzaban miradas indecisas.
Tras ellos se oyó una última maldición del carcelero.
—¡Te despellejaré! Me las pagarás, antes o después, me las pagarás. Dalo por hecho, malnacido hideputa. De hoy en adelante no tendrás un día de tranquilidad… ¡Vigila tus espaldas!
Fierro vio que solo lo seguía el calatravo. Los otros meditaban qué decisión tomar.
Si volvía a encerrarlos en sus celdas, con solo un pellizco de suerte, los dejarían tranquilos, sin más que tratar. Intentar salir de una alcazaba mora era una locura. Sin embargo, en sus celdas podrían ser liberados si los cristianos le rapaban finalmente las barbas al Miramamolín y, si perdían, seguirían presos, pero vivos.
Pero Fierro sabía que le convenía seguir con ellos, al menos para salir de aquel lugar, y no tuvo reparos en animarlos.
—¡Vamos, carajo! Los guardias estarán durmiendo —les aseguró—; si queremos salir de aquí respirando, hay que hacerlo cuanto antes…
Aquello solo pareció servir de acicate para el moro, quien dio unos pasos tentativos hacia la escalera. Los dos cristianos siguieron dudando.
—Alabado sea, el buen Dios nos guiará para encontrar la salida, porque llevamos mensajes de utilidad a nuestro buen rey don Alfonso y la Divina Providencia se encargará de que, a nuestra disposición, haya ocasión de llegar hasta la misma tienda del rey de Castilla.
Como seguían sin moverse, el renco añadió algo más incitador que la verborrea del freire.
—Seguro que encontramos algo de botín que llevarnos para aliviar las penurias por el cautiverio…
Al poco estaban todos en el último peldaño de las escaleras.