Fierro
Tercer Cantar
A falta de iglesia, a medio levantar en aquel caos que eran las obras de Alarcos, tuvieron que apañárselas. A base de porfiar, consiguieron convencer a un sacerdote. Al único que encontraron, porque la villa era de realengo y los obispos aún no le habían echado el guante.
Había solo uno, pero no necesitaban más.
Ella le sobornó la gula con deliciosos pastelillos de miel. Él le tocó la vanidad, le prometió que convencería a cuantos mesnaderos pudiera para que acudieran a las misas ofrecidas por la Virgen. Y se dejó meter en costura aquel curilla contrahecho de afable sonrisa. Con falsos regañadientes, accedió a oficiar la ceremonia a la vera del río, junto a aquel álamo cuyas hojas temblaban en la brisa.
Escasa fue la dote y pobre el ajuar, pero nunca hubo novios más felices camino de su magro altar.
La madre de ella hipaba entre sollozos emocionados. Él no llevó a nadie, su familia estaba lejos. Al cabo, sus camaradas no eran más que soldados y los atajadores estaban hechos a la soledad.
No tuvieron vidrieras, solo arriates de dientes de león que la primavera dejó junto al río. La brisa se llevaba sus semillas algodonosas. Parecía nevar.
No vistieron grandes galas, solo un brial de lino teñido con guarnición de abanino, poca cosa, pero tan caro que él invirtió hasta el último de sus pepiones para pagarlo.
No disfrutaron de un gran banquete, solo pan recién hecho y algo de venado que su madre estofó con cebollas silvestres y un puñado de espárragos.
Apenas tenían nada, pero se bastaban el uno al otro.
Se amaron como no sabían que podía amarse. Se hicieron mejores el uno al otro.
Y conocieron la dicha al cruzar una sola mirada, una palabra de aliento, un pellizco travieso, un revoloteo de las manos bajo la ropa tibia.
Enseguida descubrieron que el amor alimentaba los sueños y albergaron esperanzas. Una casa en las montañas del norte, un pedazo de tierra que regar con sudor de sus frentes, un horno para el negocio, un corral que pudiera llenarse.
Pasaban los días calurosos del verano y él se acostumbró a acostarse temprano para levantarse mediado el gallo. Ayudaba con la masa en el obrador y luego, mientras las hogazas fermentaban, se acurrucaban de nuevo, juntos bajo las mantas, disfrutando el uno del otro hasta que él debía salir para presentarse ante el alférez y ella tenía que abrir el alcabor y echar los panes al horno.
Fueron los días más felices de su vida y, para su desgracia, se quebraron con la facilidad del vidrio.
La mañana misma que las tropas moras acamparon en las praderías del valle, al pie del cerro de Alarcos, ella le dio la noticia.
Una nueva vida estaba en camino; si no andaba errada, antes de la primavera serían padres.
Ni siquiera la amenaza de los paganos hizo vacilar su entusiasmo. Él posó su mano en el vientre de ella, la colmó de sonrisas y le habló con el corazón desnudo. Convencidos, como ilusos enamorados, de que nada más fuerte había que aquello que los mantenía unidos.
Confiaron en el rey, en sus mesnadas, en que sería una nueva batalla donde la cruz se impondría y, a partir de entonces, podrían disponer de sus vidas. Juntos.
Y fue entonces cuando todo se derrumbó.
Por dos días, bajo el castigo del sol, abrasándose con el calor, las tropas del rey de Castilla plantaron cara a los moros. Y de nada sirvió, porque los paganos no lanzaron una sola flecha. Se limitaron a aguardar, sabedores de que el verano de la frontera se volvía su aliado.
Cuando finalmente se escuchó la orden, rabiosa por la impaciencia, la muerte se dio un festín.
Los campos se embarraron con la sangre y la cruz no protegió a sus cristianos. Cientos, miles murieron bajo el sol fronterizo, sin más esperanza que no sufrir la agonía de un lanzazo en las tripas.
El rey huyó con el rabo entre las piernas. Alarcos quedaba a merced de los moros, y él, que pudo marcharse con las tropas, decidió quedarse junto a ella.
Jamás se arrepintió.
Los hicieron presos, esclavos. Algo se negoció. Pero las esperanzas se redujeron a cenizas cuando apareció el traidor. A cambio de la libertad de algunos hombres del rey, los moros y aquel bastardo renegado fueron dueños de la plaza.
Fue entonces cuando comenzó la pesadilla. Fue entonces cuando los muertos que se pudrían al sol parecieron una burla. El horror sitió Alarcos.
No hubo clemencia. No hubo merced.
Apaleados, aherrojados, hambrientos, los supervivientes fueron obligados a cargar con los caídos. Los lanzaron a los cimientos de la muralla, los apilaron, sin distinguir hombres o animales. Allí quedaron para siempre mesnaderos, mulos, muchachitas, caballos, perros. Sin misericordia, utilizaron a los cristianos muertos como cascotes y sus cuerpos quedaron enterrados bajo todo el escombro que encontraron los alarifes. Todo aquel amasijo de almas quedó condenado, fuera de sagrado, sin un responso siquiera, porque el único que hubiera podido hacerlo, aquel padre contrahecho, el que los había casado junto al río, terminó con el dogal al cuello, colgando de la torre de poniente. Allí dejaron su cuerpo para escarnio de las patrullas moras y alimento de los buitres.
Pero no se detuvieron ahí.
No solo los muertos acabaron sepultados, también los viejos.
Vivos, chillando por clemencia, los despeñaron para abultar aquellos cimientos malditos. Así fue como la madre y su receta de estofado desaparecieron para siempre bajo las piedras que colocaron los moros. Porque el califa quiso continuar donde lo había abandonado el rey, y Alarcos, abonada con tanta muerte, siguió creciendo aquel verano infausto en el que el calor no sirvió para animar a los amantes a bañarse en las frescas aguas del río; no, aquel año del Señor de 1195, el bochorno del estío solo fue útil para pudrir los cadáveres de quienes habían seguido las órdenes del monarca de Castilla. Por momentos, tan grandes eran las bandadas de cornejas que el cielo parecía cubrirse con nubes negras. Y sus graznidos, tantos y tan altos, se hacían ensordecedores.
Sin embargo, tamañas tropelías no fueron el final.
El traidor asintió, el califa consintió. La sangre corrió por la ciudad y las tropas se dejaron llevar por la euforia.
Hubo pillaje, hubo depravación, hubo libertinaje.
No quedó una medalla sin robar, no respetaron siquiera el modesto sagrario del freire. Lo fundieron con deleite pese a que no era de oro, sino de liga de plata. Rompieron las copias de la santa Biblia que encontraron; algunas incluso las mearon, otras las usaron para limpiarse los traseros. Desvalijaron hasta la última de las casas. Derramaron hasta el último cántaro de vino.
Y violaron a las mujeres.
Y violaron a las niñas.
Y la violaron a ella.
La apalearon, rasgaron sus ropas. La escupieron, la aherrojaron, la obligaron a doblar las rodillas sobre los pechos desnudos y se fueron turnando, ayudándose con una cántara de aceite de oliva para quebrar su sequedad.
Uno tras otro.
Hasta desgarrarle las entrañas. Hasta desmenuzarle el alma.
Y a él lo obligaron a presenciarlo mientras chillaba al borde de la locura.
Cinco hicieron falta para sujetarlo y otros dos quedaron muertos a dentelladas. Descargó en ellos toda su ira, pero fue inútil.
Ella gritaba. Él gritaba. Ellos reían.
Murió esa noche, desangrada, mientras él aullaba de rabia y ella le rogaba que se cuidase, que aprendiese a perdonar, que encontrase una nueva vida.
Loco de dolor, se enfrentó él solo a todas las tropas moras sin más arma que su corazón roto.
Le quebraron los huesos, lo golpearon con saña, le cortaron el tendón del calcañal y quedó cojo de por vida.
Pero eso no fue todo.
Aquel traidor que había entregado su alma, aquel miserable vendido al moro no quiso darle la satisfacción de quitarle la vida.
Lo condenó a ser arrojado al silo, vacío de mies y lleno de otros desgraciados como él, convertidos en escoria.
Allí, en las profundidades de la sima, empapado con los excrementos de otros tantos desdichados, se despellejó las manos contra los ladrillos intentando escalar para dar muerte a todos y cada uno de aquellos malnacidos. Y nunca olvidaría las risas de los guardias moros que, viéndolo sufrir, se abrían las ropas y le meaban encima.
Llegó a acostumbrarse a la peste de aquellos orines escurriéndose por su cogote. Y aguantó. Aguantó alimentándose con la esperanza de ponerle las manos encima a aquel traidor inmundo que había vendido a los suyos por el favor de los moros.
Pedro Fernández de Castro.
Ese era su nombre.
Jamás lo olvidaría.
Para el otoño, solo tres de los cautivos en el silo seguían vivos. Eran apenas osamentas que sostenían pellejos cubiertos de pústulas. De tanto en tanto, los sacaban de allí para hacerlos correr entre los caballos, para obligarlos a cargar algo o simplemente para mofarse de ellos porque ya no eran más que despojos.
El mismo Satanás envidió aquel silo maldito y los rumores de aquella atrocidad corrieron de un extremo a otro de la frontera para escarmiento de todo el que prestase oídos.
Pero él aguantó. Mientras los demás, a su alrededor, morían, él se aferró a sus recuerdos.
Empezó a hablar con ella, y halló consuelo imaginándola a su lado, recordando el viejo álamo en la curva del Guadiana, compartiendo trozos de aquel pan. Ella los arrimaba a la lumbre, los tostaba y luego los embadurnaba con miel dorada de flores. Allí, junto al río, dejaban pasar las tardes.
Le hablaba. Se acostumbró a contarle cuanto se le ocurría. A susurrarle recuerdos. A confiarle esperanzas.
Ella nunca contestaba, pero a él no le importaba.
Le bastó cuanto ella le había regalado.
Sus besos sabían a miel.
Le daba fuerzas. Ella impidió que enloqueciera. Ella lo animó a seguir con vida. Fue por ella que abolió la desesperación y evitó la tentación de destrozarse las muñecas a mordiscos.
Si algo sobrevivió, fue el aroma del pan recién hecho. En el silo, rodeado de inmundicias, aguantó. Le bastaba imaginar aquel olor. Cerraba los ojos y lo sentía igual de intenso que al sentarse junto al horno mientras ella trajinaba. Cerraba los ojos y, pese a las desgracias, volvía a su lado. Siempre.
Y él le hablaba.
No fue cuestión de fuerza, no fue cuestión de valor. No se trató de algo al alcance de los héroes a quienes cantaban los trovadores. Fue solo gracias a su empeño.
Aprovechó el perno de uno de sus grilletes y, con infinita paciencia, fue labrando los ladrillos allí donde no había hueco para sus manos.
Murió otro de los cautivos.
Los guardias seguían meándose en el silo a cada oportunidad, aunque, por repetida, la broma ya no les hacía tanta gracia.
Refrescó. Y lo que antes habían sido horas de infinito bochorno se convirtieron en tiriteras que amenazaban con partirle hasta la última de las muelas.
Murió el último y quedó solo.
Solo con sus recuerdos y con el aroma del pan recién hecho.
Una noche de luna nueva, amparado por la oscuridad, utilizó aquella escala que había improvisado a base de paciencia infinita.
Escapó.
Usó la cadena para abrirse paso, destrozándole la crisma al puñado de guardias que le dio el alto.
Brincó sobre el adarve de la muralla y tuvo la mala suerte de a quien ya no le importa matarse. Cayó sobre las ramas de una encina. Rodó por la pendiente del cerro, empapándose por la hierba húmeda. Sorbió con ansia para espantar la sed. Agradecido por restregar aquella pestilencia a meados que lo cubría de la cabeza a los pies.
Ni se le ocurrió presentarse a Cortes o acercarse a donde hubiera otro castellano. Ya no tenía deberes para la Corona de Castilla. Vagó por la frontera, apañándoselas con lo que había aprendido como atajador. Comiendo lagartos, bebiendo de los arroyos, buscando respuestas.
Pero no sirvió de nada.
Un hebreo medio loco que regentaba una venta se apiadó de él.
Le dio cobijo. Le enseñó un oficio, el de estafador. Incluso le brindó una vida nueva.
Le dio una oportunidad de continuar con vida arrastrándose por la frontera. Una tarde gris que amenazaba lluvia le dijo que, según los rumores de los lenguaraces que pasaban por su negocio, los hombres de Castilla ya habían dado cuenta del traidor Castro.
Alguien se le había adelantado y las tripas de aquel malnacido ya adornaban algún camino.
Pedro Fernández de Castro había pagado sus deudas. Estaba muerto.
Como un náufrago, abandonó aquella venta, sin rumbo, a la deriva. Y vagó de nuevo por la maldita frontera, penando como un ánima castigada al purgatorio. Sin saber qué hacer.
Le faltaba ella.
Le faltaba a quien castigar.
Solo se tenía a sí mismo. Y se odiaba después de haber sido incapaz de evitar lo sucedido.
Se repudiaba. Había fallado.
Siguió así, sin rumbo, sin destino. Errando por aquella tierra condenada en la que los valientes se volvían cobardes y los cobardes, miserables.
Sin mañana. Con demasiados ayer.
Sin esperanza.
Cargado de culpas.
Hasta que un día, la primavera siguiente, no lejos del Jabalón, encontró también un álamo que le recordó a ella. Espigado, medroso ante el viento que agitaba sus hojas plateadas, guardaba un tesoro: en una rama baja, zumbando, palpitando, colgaba un enjambre nuevo de la temporada. Buscaba un hogar en algún tronco hueco.
A ella le encantaba la miel.
Vencido por un impulso, él dio cobijo a aquellas abejas.
Plantó la colmena en una ladera que miraba al mediodía y, no muy lejos, encontró un lugar donde dejarse caer. No un hogar, eso es algo que jamás tendría. Solo unas ruinas en las que capear las lluvias del invierno y las solanas del verano. Nada más que unos escombros en los que dejar pasar el tiempo hasta reunirse con ella.
Por unos años, vivió tranquilo.
Aunque jamás conoció la paz.
Llevaba la guerra en un costurón del alma.