Fierro

Francisco Narla · Capítulo 6 de 56

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Fierro

Capítulo 6

N o solo se parecían, sino que llevaban toda la vida juntos y les bastaba mirarse para entenderse. Buena parte de las veces, el uno acababa las frases que el otro empezaba. Aunque no lo dijo, a Fierro le cayeron bien enseguida; parecían cabales, gentes de las que fiarse.

 

Los habían bautizado como Martín y Antolín, los hermanos Halaja. Y llevaban tiempo ganándose la vida con el oficio de la guerra. Martín era al que le faltaban los dedos menores de la mano izquierda. Antolín, el que sobrellevaba el fastidio de aquel antiguo tajo que un moro le había regalado cerca de Uclés. Y, entre los dos, como cualquiera de su condición, atesoraban un largo rosario de cicatrices y huesos remendados.

Al amor de la lumbre, Fierro supo de su historia. Una más como tantas para quienes habían nacido en los señoríos de Castilla. O se partían el espinazo labrando la tierra de sol a sol o buscaban fortuna arriesgando el pellejo con los infieles. Y, como tantos otros, los hermanos habían decidido vivir del botín arrancado al moro, apostándose los huevos y la honra en la frontera, cabalgando para quien pagase, fuera señor, infanzón, conde, rey o pardo que hubiera hecho fortuna.

La guerra era una condena para muchos. Más de una madre, arrasado el hogar tras una cabalgada, había tenido que estampar a una pobre criatura llorosa contra las piedras del suelo para librarla de la hambruna. Por donde pasaban las mesnadas reales, las tierras quedaban esquilmadas, y quienes vivían de ellas, condenados.

Eran tiempos difíciles. Sin embargo, como los hermanos, muchos hacían negocio en la desgracia.

Así se ganaban la vida aquellos hombres sentados alrededor de la fogata.

Se habían resguardado de la lluvia en una antigua alquería. Y todos arrimaban las manos a la lumbre para espantar el frío y secar la mojadura.

Cohibidos, porque a punto habían estado de perder a uno de los suyos, acunaron silencio hasta que Antolín, con las mejillas encendidas, decidió que tenía que pagar la deuda contraída.

—Gracias —logró carraspear entre bocados del tasajo que el muchacho había sacado de las alforjas del mulo.

El tono era sincero, pese al nudo en la garganta. Sabía muy bien que le había faltado un pelo para saludar a san Pedro en las cancelas del Cielo.

—Gracias —repitió—. Dios te bendiga y te guarde por muchos años. Deo gratias —insistió con el latinajo, a los que era aficionado pese a no saber más de lo que escuchaba en misa.

Fierro asintió, restándole importancia. Pero para el otro parecía tener mucha más gravedad que para el atajador. Dio la impresión de que iba a decir algo más, pero el hermano se acercó también y no dejó ocasión:

—Estamos en deuda contigo —afirmó, aferrando con fuerza una higa que llevaba al cuello—. No lo olvidaremos —dijo severo antes de cruzar los pulgares y besarlos ostentosamente—. Por estas. Lo juro.

Un lance más, un pellizco de suerte a favor o en contra bastaba para vivir o morir en aquellas tierras fronterizas, y los peligros no siempre los desenvainaban los moros.

—Habrá ocasión para cobrarse el favor —les dijo, tendiéndoles la mano.

Aclarado aquello, como si hubiera sido una señal, Martín se acordó de todos los santos que fue capaz de recordar y lamentó que no hubiera una buena jarra de vino del Sil con la que celebrar el feliz desenlace.

—Miseria es lo que le espera a cualquier soldado —aseguró entre amplias sonrisas—, ni vino, ni tabernera que lo sirva —se lamentó, echándole un guiño al joven Tello, que se ruborizó al instante—. Animaos, que hemos salido bien parados. Por santa Susana y por san Isidoro de Sevilla, ¡esto hay que celebrarlo! Que no somos trinitarios de Atienza orando completas…

Y, tras quedarse un instante pensativo, añadió:

—Eso me recuerda la historia de un cornudo de Alcubilla, un pobre desgraciado que no pasaba por las puertas…

Torciendo el gesto por las chanzas de su hermano, Antolín recurrió de nuevo a su pobre latín:

—Errare humanum est —dijo con condescendencia, sin lograr con ello detener la broma.

Pronto se escucharon risas y Fierro comprendió que, de todos ellos, Martín, con aquel carácter zumbón, era quien estaría siempre dispuesto a dar una palabra de ánimo; que su hermano lo secundaría y que, entre los dos, aparte del buen ánimo, repartirían oraciones y superstición a partes iguales. Del muchacho podía esperar voluntad. Y de Ruy, experiencia. De Alvar no supo qué pensar. Lo miraba hosco y en sus ademanes se vertía inquina.

Decidió dejarlo correr. No se sentía con ánimos de fanfarronadas. Tenía el frío encajado en los huesos, así que se arrimó a la lumbre para compartir con el chucho su ración de cecina, pan duro y queso de oveja.

Fue entonces cuando Ruy se acomodó a su lado.

—Negaste como Pedro, tres veces… Pero has vuelto —comentó al fin sin enjundia, como si no quisiera molestar.

Fierro lo miró de reojo. Y el leonés se cohibió. Ante aquel mirar severo reprimió la alegría que sentía encogiendo los hombros.

El lugar era poco mejor que las ruinas del atajador. Al menos, la techumbre había aguantado el abandono. Alguna teja suelta y cubierta de verdín se había estampado en el suelo dejando tras de sí una maldita gotera, pero podía decirse que estaban a cubierto. Quizás algún pastor lo seguía usando de tanto en tanto para dar un descanso a sus pies en las largas jornadas en las que movían los rebaños en busca de pastos. Cuando cesaran las lluvias, los trashumantes se llegarían a las praderías norteñas, allende el Tajo, porque en la frontera, para santa Raquel, la tierra ya no sería más que polvo requemado por solanas de justicia.

—Las crecidas pasarán —dijo entonces Ruy, pensando en la lección que enseñaban aquellos pastoreos—. Tal vez haya que esperar a san Juan, pero podremos cruzar los ríos…

Hablaba animoso, encantado con la tarea que tenían por delante.

—Si los cristianos pueden vadear, también podrán los moros —repuso Fierro, cachazudo.

Masticaron sus raciones en silencio durante algún tiempo, y luego el de Carrión cambió de tema sin perder su sonrisa mellada:

—Esos malparidos sembraron abrojos en el río; eso fue lo que pasó, ¿verdad?

Fierro, que arrimaba las piernas al fuego para secar la mojadura, sacó del zurrón lo que había encontrado en el cauce del Jabalón.

Empaparse había valido la pena para mostrar lo que tenía en la mano.

Con la mosca tras la oreja, arrastrando los pies con sumo cuidado para no caer en la misma trampa que traicionara al caballo, había ido tanteando. Moviéndose poco más de un palmo cada vez, ayudándose del bordón, le había llevado un buen rato. Al fin, entre los guijarros, notó en la puntera de su abarca uno de aquellos artefactos.

Lo mostró ahora en la palma de la mano. Oxidado, el ingenioso artilugio enseñaba las cuatro púas bien afiladas que le permitían, cayera como cayese, alzar una al aire y apoyarse en las otras tres.

—Después de tomar Salvatierra —repuso, escueto.

Ruy se hizo con el abrojo y probó las púas con las yemas de los dedos. Aquello demostraba que los moros habían venido bien provistos. Miró a su amigo.

—Si nos descuidamos, esos malparidos llegarán hasta Oviedo. No dejarán iglesia en pie —aseguró sombrío.

Fierro se encogió de hombros.

—¿Cuento contigo?

Terminó su comida dándole al chucho el último bocado. Le echó un vistazo de reojo al muchacho, se sacudió las migas y, finalmente, habló:

—Quiero que me dejen en paz —dijo Fierro, levantando los ánimos del de Carrión—. Si hay victoria, quiero que me concedan las tierras donde vivo, ni más ni menos. Aunque las reclame el condenado obispo…

Tras sopesarlo, Ruy asintió.

—Estoy seguro de que el señor de Haro, que es quien nos ha mandado, podrá convencer al rey de que así sea.

Una de las cejas del melero se inclinó.

—Lo juro —insistió condescendiente, enseñando su pobre dentadura entre labios sonrientes—, así será, aunque tenga que arrastrarme sobre brasas para convencer al de Haro.

Aquello sirvió para que el cojo chascase la lengua.

—Me importa un bledo si carta puebla, fuero, libro de repartimiento o lo que diantres sea —recalcó Fierro—, pero lo quiero sancionado y firmado por el rey y, si se tercia, por el mismísimo Papa de Roma y todas las monjas de su harén. Esas tierras serán mías para hacer lo que me plazca —levantó la mano como si fuera a soltar un cachete— y sin cuentas pendientes por lo de ese condenado mequetrefe del demonio.

—Claro como agua de manantial, tranquilo, déjalo de mi cuenta — aseguró Ruy—. Pero ¿cómo lo hacemos? —inquirió, ansioso por ir al grano.

Con aquella pregunta, cedía el mando a su viejo camarada. Y, aunque Fierro se dio cuenta, no brindó otro reconocimiento que tirarse de las calzas antes de contestar:

—Pues con cuidado.

La sorna le abonó la sonrisa al de Carrión. Se le veían las muelas picadas a puertas del gaznate. Parecía aliviado de que el melero hubiera aceptado.

—Podemos dar por hecho que, como el Jabalón, el Guadiana y los demás ríos estarán también plagados de abrojos —expuso Ruy pensativo, poniendo palabras al silencio de su amigo—. Habrá que seguir rondando el terreno, reconocer los pasos, trasegar las rutas… Todo con la cabeza gacha, no vayamos a toparnos con una aceifa de moros y acabemos con una lanzada en las tripas…

Sacudiendo secamente el mentón, el melero le dio la razón.

—También deberíamos averiguar algo más de las tropas del Miramamolín —apuntó—. Las habladurías no sirven de mucho —añadió, señalando el abrojo, del que nadie les había rumoreado.

Entonces fue el de Carrión el que sacudió la barbilla y le puso coda a lo dicho:

—Habrá que arrimar las narices a algún alcázar y arriesgar el pellejo a cambio de algunas verdades.

—Habrá…

Pensativo, Fierro palmeó la cabeza del chucho, ya dormido, y añadió algo más:

—Iremos a Salvatierra —tascó, resuelto—. A ver si averiguamos algo…

Para entonces, el tal Alvar roncaba como un becerro. Los dos hermanos, mientras Tello almohazaba las monturas, hablaban entre ellos. Contentos de seguir juntos, celebraban su buena fortuna.

Se levantó entonces Fierro, dando por zanjado el parlamento.

—Haré la primera guardia —anunció ya en pie, tirándose otra vez de las calzas—, hasta mediar el gallo. Luego dispón del tiparraco ese, que estará descansado. —Y señaló a Alvar antes de alejarse hacia la puerta.

El chucho se levantó y fue tras él.

A la luz de las llamas, Ruy observó pensativo aquella silueta renqueante.

Ya no sonreía.