Fierro

Francisco Narla · Capítulo 37 de 56

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Fierro

Capítulo 37

A lo largo de tantos años de continuo guerrear, los moros habían sembrado la sierra de fortificaciones; sin embargo, no hacía falta gran esfuerzo para proteger los llanos de la frontera que se extendían más al norte. Allí no se requerían guarniciones: la sierra misma era la mejor defensa. Y la prueba la tuvo Fierro en cuanto salió de aquel agujero entre las piedras y echó un vistazo en derredor.

 

Aquellos montes eran la mejor y más formidable fortaleza que el más espabilado de los alarifes hubiera podido concebir.

En la frontera, el interminable océano de vaguadas del ancho valle del Guadiana no ofrecía obstáculo alguno a quien se atreviera a cruzarlo, pero en cuanto se arrimaban los hocicos a las montañas el cantar era bien distinto.

Toda ella era una sucesión de despeñaderos enrevesados, collados y bosques prietos y, más que en ningún otro lugar en sus muchas leguas, allí, al norte de Baeza, la dura serranía se volvía impracticable. Quebrada, rota, cubierta de maleza, aquella condenada porción de los montes era una trampa.

—¡Cagüen los regalos de san Nicolás! Estamos jodidos. —Así se lo resumió al chucho después de afanarse por una de las pendientes.

A base de mucho porfiar, habían logrado prender un triste fuego en la boca de las piedras y, más mal que bien, habían espantado el frío.

No tenían provisiones, no tenían agua. Y no sabían dónde estaban.

Sin decir una sola palabra a sus compañeros, dolorido, todavía cansado, con los huesos cargados del relente, Fierro había salido a dar una vuelta para inspeccionar el lugar donde habían terminado y ahora, contemplando unos madroños que habían perdido todos sus frutos por culpa de la granizada, negó sacudiendo el mentón.

—Estamos jodidos —repitió.

El chucho, despreocupado, levantó una de las patas traseras y dejó su marca en el tronco de una de aquellas madroñeras.

El renco dio un par de vueltas sin dejar de mirar a todos lados.

Estaban en una cortadura angosta. Entre dos paredes en las que colgaban matas de lentisco. Cerca sonaba la caída de agua de algún arroyo de los muchos que por allí corrían. No había trochas que cruzasen el lugar, ni señal alguna de que por la zona pasasen cristianos.

Por más que buscó, Fierro no encontró ni una sola pista que le dijera hacia dónde debía dirigirse.

Miró a las alturas. Entre las rocas que las peinaban, quedaba a la vista una estrecha franja de cielo cansado, agostado tras la formidable tormenta, que se había prolongado hasta la madrugada. Lo poco que veía estaba cubierto por el palio de una niebla espesa, gris como ceniza, y enredada en las ramas de aquellos lentiscos que escalaban el roquedal. Del día que nacía no llegaba allí, al fondo de la cortadura, otra cosa que luz desvaída. Y aquello no le decía hacia dónde quedaba el levante.

—¡Estamos jodidos! —volvió a repetir al perro.

Cuando regresó junto a sus compañeros, ya lo esperaban dispuestos a ponerse en marcha.

El calatravo, aun macilento, sonreía como siempre y aguardaba apoyado en un tocón. El flaco paseaba en círculos, dando fuertes pisotones para obligar a sus pies a que entrasen en calor.

Se lo quedaron mirando. Y Fierro les dijo la verdad:

—Estamos jodidos…

Bermudo se detuvo.

—No tengo idea de hacia dónde ir —confesó sin pudor—. No sé dónde carajo estamos y menos aún dónde está poniente, levante, mediodía o el jodido norte.

Lo que no mencionó fue que el tiempo apremiaba.

Los otros dos querían llegar a tiempo para advertir a las mesnadas que el Miramamolín preparaba su celada en el paso del Muradal. A él aquello le importaba una higa, pero sabía que la batalla estaba a punto de lucharse y que, una vez terminada, Ruy estaría muerto o en camino de gastarse lo que hubiera cobrado del moro.

—Subamos a lo alto —propuso Bermudo alzando una mano hacia las escarpaduras—, desde allí podremos orientarnos.

Fierro negó con la cabeza.

—Con esta niebla de poco servirá. Si logramos escalar sin dejarnos los dientes en el intento, no distinguiremos un carajo. Además, ninguno de nosotros conoce el terreno, lo que veamos no ayudará mucho.

Se sentó en el mismo tocón donde estaba el calatravo, con el chucho a su lado y, mientras cavilaba, revolvió con la mano las piedras que había por allí.

—Pues fijémonos en la umbría, nos dirá hacia dónde ir.

Lo que había dicho Bermudo tenía su razón. Los musgos, las mojaduras, las manchas de humedad en las peñas, los troncos y el paisaje siempre quedaban a la contra de la solana.

Pero Fierro, cogiendo uno de los guijos, negó con el mentón.

—Estamos en un cortado, aquí el sol entra al sesgo, eso no sirve.

El flaco no se arredró y, voluntarioso, aireó otra idea.

—De acuerdo —concedió fijándose en un madroño cercano. El musgo cubría el tronco por todas partes, dándole la razón al atajador—. Pero si llegamos hasta el alto —continuó el flaco—, podremos ver la amanecida.

Y la respuesta fue otra sacudida del mentón.

—¡Dita sea! Con esta niebla, quizá —contestó, dando a entender que se decantaba porque no sería así—. Aunque lo dudo. Y nos cumpliría la eternidad entre subir y bajar. —Luego, tras una significativa mirada a Guillén, que tenía las mejillas del mismo tono que un cirio misal, añadió—: Eso si lo conseguimos…

Se quedaron callados en tanto el perro, despreocupado, se mordisqueaba la pelambrera de los cuartos traseros intentando chascar las pulgas que por allí campaban.

—¿Y qué haremos? —preguntó entonces Bermudo.

Antes de que Fierro abriese la boca, se entrometió el calatravo. Estaba pagando el precio de la noche pasada por agua y la debilidad de su herida. Moqueaba como un becerro y tenía la voz rasposa. Pero venció las toses que lo sacudían para echar una de sus salmodias:

—Confiar en la Providencia, hijo mío —carraspeó una vez más—, confiar en la bondad infinita del Altísimo, que, en su buen hacer, por nosotros vela. El Padre no descuida a sus hijos y la fe es nuestra única obligación…

Se atragantó, calló y se defendió como pudo del nuevo ataque de violenta tos que lo acometió.

Fierro lo agradeció, no estaba de humor para aquellas buenaventuras. Sin embargo, después de mirar al chucho, se puso en pie con un reniego y aprovechó un joven abedul que había cerca para pelar una tira de la corteza.

La enrolló en un cucurucho y, en una escorrentía, llenó el improvisado recipiente para acercárselo al freire a fin de que pudiera echar un trago.

No fue capaz de contestarle, pero le echó una mirada de santo agradecido y, mientras Fierro volvía a tomar asiento, el flaco insistió.

—¿Qué haremos?

Al parecer no confiaba tanto como el calatravo en los designios divinos.

 

Repuesto tras apaciguar el gaznate, inagotable en sus recursos, Guillén volvió a la carga:

—Ya te lo he dicho —insistió con voz rasgada—: confiar; se apiadará de nosotros el buen Dios. Reza, hijo mío, reza hasta que de lo más hondo de tu alma surjan llamas en las ascuas de tu fe maltrecha. Como lo hizo con Jonás, nuestro Señor nos librará de perecer en el vientre de la ballena.

Y no era mala la comparación, porque tan cerrado era aquel despeñadero que bien parecía que los hubiera engullido la montaña misma.

El flaco desoyó al freire y se quedó mirando a Fierro, esperando una respuesta más convincente.

El atajador nada dijo.

Estaba absorto observando la piedra que había recogido. Uno de los lados, plano, tenía claramente impreso el dibujo de la raspa de un pececillo atrapado en una tumba tan antigua como aquellas serranías. Había visto cosas así antes. Conchas, hojas, pero nunca una tan primorosamente real. Casi parecía que un gato se hubiese agenciado el almuerzo y hubiera olvidado los restos allí, sobre aquel guijo. Al cabo, volvió Fierro a mirar a todos lados y, tras un resoplido, contestó con voz cansina:

—Pensar, carajo, pensar en cómo salir de aquí.

Y lanzó aquella piedra a la maleza con gesto rabioso. Fue toda la respuesta que consiguió el flaco.