Fierro
Capítulo 7
A lvar se adelantó y lo golpeó. Su enorme puño sacudió la cabeza como el martillo de un herrero batiendo hierro. Y enseguida volvió a alzar el brazo para descargar otro puñetazo más.
—¡Basta! —espetó Fierro, interponiéndose, sin alzar la voz pero con un semblante que arredraba como una carga de caballería.
Alvar se desentendió de aquel pobre desgraciado y centró su mirada en el cojo.
—¡Apártate! Nos está mintiendo… —aseguró—, pero yo me encargaré de sacarle la verdad.
—¡Basta! —repitió Fierro sin pestañear ante la corpulencia de Alvar.
Quedaron el uno frente al otro, como dos perros enseñándose los belfos, esperando a que el contrario flaquease.
Apenas había dormido, y aquella mañana, cuando el amanecer lo había sorprendido en sus recuerdos, no había esperado que la jornada se fuera a enrevesar de tal modo.
Con ese que tan mal quería acabar, llevaban ya tres días en el alfoz de Salvatierra. Tres días en los que poco o nada habían conseguido.
Habían encontrado acomodo en una cija donde un pastor guardaba su rebaño y este les había dado detalles del asedio. Poca cosa, pues, para aquel entonces, él ya había abandonado los pastos de la frontera. Lo más prometedor había sido su mención a un monje enloquecido.
—Apareció por aquí no hace mucho. Descalzo, vestido con harapos, apenas se le distingue ya la cruz del hábito. Me dio lástima y le ofrecí algo de comer. También le regalé una de mis mantas —les había dicho el ovejero con pesadumbre—. Por pura misericordia, le ofrecí trashumar conmigo y compartir ganancias, pero se negó. Escapó de la escabechina por los pelos y no quiere abandonar el lugar. Sigue rondando las cercanías del castillo como alma en pena, lamentando lo perdido. Ya no rige, pero supongo que podrá relataros cómo fue el asedio, él sabrá deciros. Me explicó que se afanaba contando los cambios de guardia en las torres y que vigilaba las entradas y salidas. Quería planear la reconquista de la plaza —aclaró, al tiempo que sacudía la cabeza con incredulidad—. Si lo buscáis, lo encontraréis. No andará lejos —les aseguró antes de despedirse.
Pero nada más habían sabido del lunático freire, y Fierro empezaba ya a temer que el pastor les hubiera mentido.
Habían peinado el alfoz concienzudamente, acercándose tanto como se atrevieron al castillo y, aun así, pese a los abundantes restos de la batalla, nada habían sacado en claro.
Esa misma mañana, antes de que todo se complicase, cuando Tello terminaba de revolver las gachas de almorta, preparadas con el único aderezo de los últimos torreznos de sus provisiones, Ruy se había arrimado a la fogata. Se sentó estirando las manos hacia las llamas, prendidas con las abundantes flechas que habían quedado tiradas por doquier.
—Me acercaré al castillo —le había dicho al cojo mientras aceptaba la escudilla que le tendía el muchacho.
Cuando el melero lo miró de reojo, recogiendo su propio desayuno, el de Carrión se explicó:
—Ese condenado calatravo no aparece —habló con disgusto—, y el tiempo apremia. Nos conviene saber algo sobre cómo cayó Salvatierra, y quizá lo averigüe si asomo los morros por allí. Puedo decir que compro ranzal para comerciar o que ofrezco cabritos del año para vender… Algo se me ocurrirá. Iré a pie, sin montura y sin loriga. Solo. Como si no fuese más que un frontero cualquiera pasando por el lugar.
Se lo quedó mirando el atajador.
—Rediós. De maitines basta con salmodiar devotamente, no hace falta ofrecerse como mártir —respondió al cabo con sarcasmo.
—No podemos ir todos. Nos tomarán por una patrulla… —aseguró el otro, dando a entender que resultaría un encuentro desagradable—. Además, a ti pueden reconocerte —aclaró señalando el bordón—. Han tenido tiempo de escuchar habladurías. Y no voy a mandar al crío —añadió mirando a Tello—. No sé si conseguiré algo, pero no se pierde nada por intentarlo —concluyó, enseñando su sonrisa de dientes maltrechos.
Fierro se encogió de hombros.
—Supongo que no.
—De acuerdo, entonces —concluyó Ruy con ánimos renovados—. Vosotros podéis seguir buscando al calatravo. Nos veremos aquí de anochecida. Debería darme tiempo de ir y volver. Y, si para entonces aún no sabemos nada, nos olvidamos de este asunto e intentamos otra cosa. No podemos seguir de brazos cruzados.
Ni por asomo se le ocurrió a Fierro pensar que había gato encerrado. Se limitó a asentir.
—Me haré cargo —dijo—, seguiremos buscando.
Así lo habían hecho. Para laudes, Tello se había quedado en la cija, al cargo de pertrechos y monturas, solo ahora que el pastor y su rebaño habían seguido camino. Y los demás se habían repartido para seguir rondando el alfoz del castillo en busca de aquel calatravo de sesera descompuesta. Martín y Alvar, a poniente. Antolín y el mismo Fierro, hacia levante.
A lo largo de la jornada, Fierro se encontró a gusto. Pese a haberle salvado la vida en el Jabalón, Antolín no se mostró hablador. Se refugió en sus continuas oraciones, bisbiseando entre labios fruncidos por la devoción. Y al melero aquello le iba bien, el silencio era un viejo compañero. Solo echó en falta algo de intimidad para abandonarse a la costumbre que tenía de charlar con el chucho, que los seguía sin chistar, levantando la pata aquí y allá, en las matas de jara.
Recorrieron veredas y pedregales, pero no hallaron nada que pudiera indicarles dónde se escondía el condenado monje calatravo.
Ocurrió cuando volvían, tras un gran rodeo en el que habían cubierto sus buenas leguas. Entonces escucharon los gritos. Y se apresuraron, temerosos de que algún bandolero hubiera asaltado el campamento.
Pero el problema no estaba en la cija, ni tampoco en el bosquecillo de almendros que la rodeaba, sino que fue un poco más allá, en un otero con pedruscos desperdigados, donde se encontraron una sorpresa.
Allí estaba Martín, y también un hombrecillo, enjuto y cetrino, arrodillado frente a Alvar, que lo tenía cogido por la pechera mientras vociferaba improperios.
En cuanto los vio aparecer, el hermano se apresuró hacia ellos.
—Lo encontramos rondando, no creo que tramase nada bueno —informó.
Llevaba ropas que tenían más de harapo que otra cosa y tenía el aspecto de una comadreja azuzada por un enorme perro de presa.
—No lleva el hábito de los calatravos. ¿Quién es? —preguntó Fierro.
Los Halaja se miraron antes de que Martín contestase, y el atajador no supo qué pensar, pero no le quedó tiempo de recapacitar pues, para entonces, Alvar descargó el primero de sus puñetazos.
—No nos ha dicho su nombre —respondió apresurado Martín—, pero ha confesado que es apañuscador.
Todos torcieron el gesto. A nadie que se hubiera jugado la vida luchando contra el moro podía caerle en gracia un tipejo de semejante ralea. Se trataba de escoria sin oficio ni beneficio, a menudo escapada de la horca. Gentes de mal vivir que hacían negocio desvalijando los cadáveres abandonados después de las aceifas. Sin distinguir entre moros o cristianos, rapiñaban lo que podían y mercadeaban con cualquier cosa arrebatada a los muertos o incluso a los que todavía agonizaban. No tenían escrúpulos y más de uno, sorprendido en tan macabras tareas, había terminado despellejado en manos de mesnaderos enfurecidos.
Cuando se acercaron lo suficiente, oyeron lo que decía:
—… os lo juro, había cristianos…
Alvar no lo dejó terminar y lo golpeó de nuevo.
—¡Mendaz hideputa!
Apenas pudo balbucear una respuesta que nadie comprendió.
—No es cierto —vociferó de nuevo Alvar alzando el brazo, preparado para volver a golpearlo.
El hombrecillo se encogió, engurruñándose para hacerse lo más pequeño posible y protegiéndose el rostro con sus brazos delgados.
Y Fierro se decidió a intervenir.