Fierro

Francisco Narla · Capítulo 11 de 56

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Fierro

Capítulo 11

H abía que ser un loco o tener los sesos de un mico. Eso pensaría cualquier hombre de bien al saber que un tal Saadia había tenido la peregrina ocurrencia de instalarse en la frontera, donde cualquier mañana podía aparecer un hato de soldados, moros o cristianos, dispuesto a arrasar el lugar a sangre y fuego para no dejar tras de sí otra cosa que cenizas humeantes.

 

Sin embargo, a Saadia ben Jacob, más conocido como «el Hebreo», no le faltaba un ápice de cordura y, a decir de los rumores, era más espabilado que maese raposo.

De algún modo sobre el que nadie podía dar razones, aquel judío había abandonado una próspera platería de Compostela para arriesgar hasta la última dobla afincándose, precisamente, allí donde ya no quedaba un alma, pues todos habían huido espantados por las idas y venidas de la guerra. Y no solo seguía con vida, sino que había conseguido convertir su negocio en un remanso de paz donde la mera fuerza de la costumbre forzaba la tregua.

Entre las paredes de la venta del hebreo podían juntarse moros y cristianos, timoratos y estafadores, contrabandistas, ladrones, putas, pastores y hasta algún peregrino en camino al sepulcro del Zebedeo.

—A mí me va un bledo a quien rece cada uno mientras pague —solía decir Saadia.

Y, milagrosamente, jamás surgía problema alguno. Ni una mala cuchillada se recordaba entre todos los que conocían el negocio. Al llegar a la venta del hebreo, las rencillas de la guerra se volvían tímidas y no pasaban de la puerta.

—Bajo este techo no hay más rey que yo ni más ley que la mía —solía decir Saadia con su voz atronadora.

Allí se podía dormir en el salón y, a cambio de un mencal, se garantizaba paja fresca y libre de chinches. Y si la faltriquera tenía algo más que aire, también podía pagarse para no soportar cuescos y ronquidos: entonces cabía echar el sueño como un conde de alcurnia en las habitaciones que rodeaban el enorme patio, con cama, dosel y hasta jofaina para el aseo.

Pero dormir era la menor de las inquietudes de los clientes de la venta del hebreo. Allí lo que solía interesar era el negocio.

Se podía comprar esparto en fardos, lino en bruto, varas de ranzal, calderos de cobre, seda granadina, piezas de herrero y ataifores moros esmaltados en verde; casi cualquier cosa imaginable de entre las miles escondidas en los almacenes sin fondo de Saadia.

También se brindaba ocasión de vender. Bajo su techo, el hebreo permitía traficar con lo que cada cual quisiera. Así, entre aquellas paredes ya se habían vendido cuatro auténticas Tizonas del Cid de Vivar, una de ellas con sangre del rey de Valencia reseca en el abatanado. En la venta se cerraban tratos con ganado robado, se ofrecían traiciones, se sobornaba a cobardes. Incluso había quien pagaba por el vicio, porque el hebreo conocía los pecados de ambas religiones y miraba para otro lado mientras hubiera vellón con el que sufragarlos. Incluso había ocasión para saltarse el sexto mandamiento, ya fuera en el establo o en aquellas habitaciones junto al patio. Y también para perder el sentido, ya fuera con el vino, los espiritosos, los orujos o la peligrosa pasta de anacardo que importaban los andalusíes, con la que se corría el riesgo de convertirse en una gualdrapa sin voluntad.

Además, si apetecía, también se apostaba. Allí la pintaban para perder hasta la camisa con los dados. O si uno era más de estrujarse los ingenios podía envidar al alquerque o al ajedrez. Y, de no ser así, quedaban las carreras de podencos que organizaba Saadia o cualquier otro entretenimiento que se le ocurriese, desde azuzamientos hasta competencias con la honda, en las que casi siempre ganaban los mallorquines.

Todo eso podía hacerse y más, si a uno se le ocurría el qué. Bastaba con donar amablemente una comisión al hebreo y él se ocupaba de que todo marchase aceitado como una almazara.

—Bebéis poco, coméis menos…, y yo no vivo del aire —chistaba a sus clientes.

Él se ocupaba de que a nadie se le ocurriese probar el filo de la espada, y nadie se atrevía a contradecirlo. Consentía en cualquier negocio, siempre y cuando a nadie le vinieran tentaciones de cerrar el trato con una cuchillada.

—Prueba si te atreves y tu última comida serán tus propias criadillas bien pasadas por manteca —amenazaba.

Y todos acataban sus normas, probablemente porque el mismo Alvar, cuando entraron al zaguán de la venta, se sintió apenas un crío al lado del gigantesco hebreo, tan grande como un oso antes de la invernada. Y no le gustó verse de morros con un tipo que parecía capaz de aplastarlo con un solo puñetazo. Enseguida torció el gesto con disgusto.

—¿No me digas que me traes unos cuartillones de esa miel rastrojera que apañas? —preguntó a Fierro en cuanto lo vio aparecer por la puerta—. Es pronto para la cosecha —aseguró, antes de envolverlo en la avalancha de un abrazo.

Incómodo, Fierro se deshizo como pudo de aquellas manazas grandes como palas de enterrador.

—No… Este año se dan mejor los cagarros de ratón —murmuró, arrancando un gesto de extrañeza del hebreo—. No traigo miel. Vengo interesado en ovejas…

Dejó en el aire aquellas palabras y miró intensamente a Saadia que, tras catar lo que había detrás, amplió la sonrisa.

—Vengo con unos amigos —añadió entonces Fierro— que quieren comprar unas cuantas merinas.

Saadia, que de tan largo como era parecía medir una cuerda entera, observó al grupo desde su formidable estatura y, cuajando una risotada que hizo retemblar las traviesas del techo, respondió con su sagacidad habitual:

—Claro, comprendo —aseguró, cómplice, acostumbrado al menester—. Pues algo se podrá arreglar. ¿Unas merinas? Sí, por supuesto, ya se les ve… Saben lo que se hacen. Toda una vida dedicada al queso, sin duda… Algo se podrá arreglar —repitió—. Aunque, me temo que, desafortunadamente —el tono era de un disgusto mal fingido—, esas ovejas van a salir caras…

Y echó una mirada significativa a Fierro. Un gesto que los demás no supieron interpretar.

—Lo malo es que llueve, pero, en fin, ya nos apañaremos… Ahora ando algo liado —anunció—, tengo que cuidarme de cierto asunto. Un franco quiere venderle a un pariente tuyo la calaverna de san Tirso cuando era un niño —entre las barbas espesas del hebreo aparecieron dientes blancos y bien alineados en una sonrisa franca—, y me temo que tengo que pararle los pies antes de que vaya a más, porque en otra mesa tengo a uno de Oviedo que la semana pasada le compró al mismo franco la de san Tirso cuando fue martirizado después de cumplir las setenta primaveras… Iré preparando el asunto, no te inquietes. Ahora, si me disculpáis, me reclaman. No sé si pararle los pies al franco o emborrachar al de Oviedo —añadió con una risotada.

Se apartó entonces, animándolos a pasar; y, mientras marchaba, gritó a una de las taberneras:

—Raquel, sirve algo de vino al gallego y a sus nuevos amigos.

Aquella era una más de las manías del hebreo: en su taberna nadie tenía nombre, solo un lugar de procedencia, ya fuera real o falsa, como las promesas de Judas. Todos allí eran, sin más, castellanos, leoneses, navarros; o, si terciaba, zanatas, agasíes, masmudíes. Y de Fierro se decía que la cojera delataba una vida a la sombra de la espada, al tiempo que su acento contaba que era hijo de un herrero del Finisterre. Así que, para el hebreo, Fierro era, sin más, el gallego.

—Los nombres dejan más huellas que los bueyes, los negocios van mejor así —solía decir, rascándose el cogote y ladeando la enorme kipá que vestía en la coronilla, tan grande como una alberca.

Pasaron al interior y enseguida se embebieron de aquel jolgorio que dejaba la guerra en la puerta para que los vicios camparan a sus anchas.

En el amplio salón rebosaban los olores de la cocina y se escuchaba la algarabía de los bebedores. Al tercer paso, al joven Tello se le arrebolaron las mejillas cuando una fulana descarada le prometió compañía por unas monedas y los hermanos, sin perder ocasión, se mofaron de él.

Las mesas, atestadas, acomodaban a los parroquianos, las jarras de vino se trasegaban y los platillos de estofado se vaciaban antes de enfriar. En varios rincones, apartados los bancos para hacer sitio a los lances, se jugaban partidas de dados con gran griterío y, paternalmente, Ruy explicó al joven Tello que, de Oviedo a Calatayud, en la mayoría de lugares eran los hebreos los que tenían patente para el azar de los dados.

—No todos son usureros —le dijo, enseñándole los dientes desbaratados con una sonrisa.

Y hubo también de ponerse serio para evitar que los dos hermanos, ansiosos siempre por tontear con la suerte, no se desbandaran para dejarse la bolsa en aquellas partidas.

—Es una pena —murmuró Antolín a su hermano.

—Una pena. Después de haber salvado el pellejo, seguro que tendrías buena racha —repuso Martín sin perder de vista una rolada de los dados.

—Una pena —insistió el primero antes de callar ante la amenaza de reprimenda de Ruy.

Para completar el ambiente festivo, en una esquina, un trovador con acento de la Provenza lloraba la masacre de los Cuernos de Hattin, animando a que los cristianos se reunieran en Toledo con las mesnadas del rey:

—Más de veinte años ha que Saladino nos arrebatara Jerusalén — entonaba tañendo su giga—, y ahora el Miramamolín nos arranca Salvatierra también…

El chucho trotó por su cuenta a una mesa alejada, en un rincón reservado a quienes contaban con la bendición de Saadia.

Encontraron un hueco libre entre dos de las ruidosas partidas de dados y, en cuanto se acomodaron, la tabernera de nombre Raquel les dejó una jarra de vino que, para evitar las moscas, venía con tapa de pan bregado cubierto de lonchas de jamón. También vasos para todos y un cuenco de olivas adobadas sobre el que Alvar se abalanzó de inmediato, incluso pese a que la joven les prometió que volvería en breve con escudillas de estofado y, tras asentir a la mirada de Fierro, con un cuenco de agua para el chucho.

Cuando el trovador acabó su tonada, pasó la gorra.

—¿Te sabes alguna de Gavandan? —le preguntó alguien que, por el tono, se había excedido con el vino.

—No, no más. Ya basta de arengas. Mejor que ahora recite Jaldún — repuso otro que se oía algo más sereno.

Y, mientras al fondo discutían sobre quién debía entretener a los parroquianos, Alvar refunfuñaba porque las olivas estaban duras como guijos de río.

Al poco, un númida de pellejo negro como boca de lobo y con el rostro estragado por cicatrices que recordaban a las de la viruela se acercó para preguntarles si querían poner su envite para una tirada de rejas que iban a disputar unos aragoneses antes de que cayera la noche.

Cuando se marchó el apostador, Ruy susurró:

—Ha de ser un desertor de las tropas del Miramamolín. Quizá nos convenga hacerle unas cuantas preguntas.

Fierro se limitó a gruñir y a rescatar la última oliva del cuenco antes de que el tragaldabas de Alvar se la apropiase, gesto que le valió una de aquellas miradas torvas cargadas de desprecio.

—Esperaremos al hebreo —dijo antes de escupir el hueso—, tal vez nos sugiera un candidato mejor. Por ahora, nos conviene no levantar la liebre.

Y rumiando aquello, cayó entonces Ruy en la cuenta de un asunto pendiente.

—¿Y cómo pretendes pagar al hebreo sus favores? Advirtió que saldría caro… Entre los seis no juntamos más que un puñado de ardites y las monturas pertenecen al señor de Haro; si las vendo, puedo dar los huevos por perdidos.

—Ya se encontrará el modo —respondió, enigmático.

El de Carrión sabía que no merecía la pena insistir, así que guardó silencio.

—¿Y qué le importa a él que siga lloviendo? —preguntó después, al acordarse de pronto de las palabras de Saadia.

Fierro no le contestó, demasiado ocupado acariciándole las orejas al chucho.

En tanto esperaban y la curiosidad de Ruy crecía, repitieron con otra jarra de vino y dieron buena cuenta de un guiso de perdices mientras el tal Jaldún, que parecía de alguna de las cabilas bereberes, recitaba su colección de jarchas.

A ratos, el jovial Saadia aparecía por el salón. Se movía entre las mesas con soltura y parlaba con los parroquianos. Y Ruy, mosqueado, advirtió que, si terciaba, señalaba hacia su mesa, como si comentase algo con respecto a Fierro. Sin embargo, cuando preguntó, solo recibió lacónicas respuestas que nada le aclararon.

Cuando la tarde decaía, el hebreo se acercó al grupo del gallego.

Con una amplia sonrisa, meneando su cabezota y agitando los rizos que colgaban de sus patillas, se dirigió al atajador:

—Todo preparado. Y tú, ¿estás listo?

Fierro se encogió de hombros, se levantó, tironeó de sus calzas y asintió.

—Vamos entonces —anunció el hebreo, sacudiendo sus enormes brazos —. Se ha corrido la voz de que has venido y hay muchos que ya están impacientes. Hay buenas bolsas en juego.

El chucho fue el primero en seguir a Saadia.

Ya en el patio, en un corro, un hato de agitados parroquianos finiquitaban los cobros de la tirada que había mencionado el númida, que era quien arrastraba las dos rejas de arado empleadas en la competencia.

Cuando unos cuantos se apartaron para dejarles paso, Ruy creyó comprender qué se traían entre manos su amigo y el hebreo.

Bajo uno de los aleros, a resguardo de la llovizna, unos hombres se afanaban con los últimos preparativos.

—Pero…, ¡por san Lorenzo!, ¿No pretenderéis…?

Por toda respuesta, Fierro le echó una mirada de reojo.

Martín se llevó la mano a la higa que le colgaba del cuello y su hermano se persignó furiosamente.

Tello solo fue capaz de dejar escapar una exclamación.