Fierro

Francisco Narla · Capítulo 34 de 56

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Fierro

Capítulo 34

A unque puso todo su empeño en el sigilo, la misma puerta impidió a Fierro ver que, al otro lado, había un guardia. Estaba sentado en una silla y, por puro aburrimiento, la había echado hacia atrás en precario equilibrio.

 

Con los pies cruzados al frente, los ojos cerrados y la cabeza vencida, el pagano sesteaba tranquilamente.

La hoja de la puerta tocó el respaldo y Fierro se quedó tan quieto como las estatuas de sal de Sodoma y Gomorra.

Ya era tarde. El mal estaba hecho.

Se oyó una queja que sonó con restos de asombro. Las patas delanteras de la silla se apoyaron de golpe en las losas de piedra y, antes de que tuviera tiempo el renco de hacer nada más, un moro malcarado jaló de la puerta con tal fuerza que se la arrancó de las manos.

Para más inri, el tipo reaccionó con presteza. Borró enseguida la sorpresa de sus ojos y, dando gritos para que acudieran sus compañeros, desenvainó su alfanje.

Se oyeron maldiciones aljamiadas y supo Fierro que había llegado el momento de pelear una vez más por su vida.

—¡Cagüen la leche de santa Isabel! —blasfemó y, mientras sus compañeros formaban a su espalda, preparándose también para la acometida, desenvainó su estoque.

La buena noticia era que, como había sospechado el castellano, allí tenían la salida. O eso se intuía. Parecía tratarse de la antesala donde descansaban los centinelas entre guardia y guardia.

La mala, que solo eran cuatro, y ellos, multitud.

Nunca más volvieron a saber de aquel mozo de cocinas, y tampoco si llegó a dar la voz de alarma o no, pero no hizo falta. En apenas un parpadeo, reconociéndolos de inmediato como lo que eran, prisioneros escapados, se les echaron encima no menos de diez hombres que traían a rastras otros tantos.

De no haber sido porque el Miramamolín ya había partido hacia Vilches, no hubieran tenido la menor posibilidad. Eran viejos cansados o jovencitos sin experiencia. A buen seguro porque hasta la última de las manos útiles había marchado hacia la batalla por la gloria de su dios, dejando en la ciudad un retén que daba para lo justo.

Lo primero que hizo Fierro fue apartarse. Echándose a un lado, dejaba el vano libre para que sus compañeros se incorporasen a la refriega. Lo segundo fue agacharse para que un mandoble furioso no le rebanase el pescuezo. Y, a partir de ese instante, ya no tuvo tiempo de pensar, solo de permitir que el instinto le ayudase a conservar la cabeza pegada a los hombros.

Los rodearon de inmediato y, espalda contra espalda, sin otra cosa por hacer que apretar los dientes y negar a los moros el placer de verlos rendirse, aguantaron.

Los hierros sonaron, los cristianos estrenaron sus armas recién robadas y hasta el esquelético ribereño sacó fuerzas de flaqueza y plantó cara.

Alocado, como si en verdad creyese que lo protegía la bondad del Altísimo al que tanto mentaba, el más osado fue el calatravo. Abandonaba la formación, lanzaba espadazos a todos lados, se atrevía con cualquiera que le acortase la guardia.

Ya había varios moros muertos y tenían la compañía de unos cuantos heridos más, pero Fierro sabía que era imposible que ganasen aquel envite.

Fue entonces cuando le tocó al primero de los cristianos pagar el precio. Cogieron al tal Salvador atendiendo a que uno no le cortase una pierna. Otro de los moros, avispado, aprovechó el descuido del castellano y le metió un palmo de hierro por el costado. Al pobre infeliz se le escapó un suspiro; cayó el suelo sin poder hacer otra cosa que desangrarse allí mismo.

Una vez más, como cumpliendo una maldición, Fierro seguía en pie mientras los que se jugaban la vida con él la perdían.

Aguantaron.

Volteaban sobre sí mismos conteniendo lo mejor que podían a los moros. Se obligaban a levantar los pies para no pisar al caído y, manteniendo el gesto, ignoraban las salpicaduras del charco que crecía en el suelo.

El siguiente en caer fue el calatravo. Tanta ansia le ponía que, a fuer de tanto ir a la fuente, terminó rompiéndose el cántaro.

No se manejaba mal el freire con los aceros y aún tuvo tiempo de despachar a otro de los moros antes de que un mandoble lo dejase en el sitio, a él y a todos sus retruécanos.

—¡Dita sea! —No pudo evitar Fierro que se le escapase la maldición.

Ya solo quedaban dos y aún más de la mitad de los moros.

Todos allí, rezasen a quien rezasen, sabían que la partida terminaba.

El tal Bermudo, tan escuchimizado, era un milagro de voluntad, aún en pie y con temple para aguantar la espada. En el suelo, Salvador ya ni siquiera gemía, y el calatravo, porfiando a base de fe, rezaba por sus almas mientras, con las manos en el vientre, intentaba contener la sangre que se le escapaba por el tajo.

En todo aquel fragor, se produjo una pausa donde las miradas contaron más que las habladurías. Los cristianos estaban condenados y los moros se las prometían felices. Fierro incluso lamentó que el de Carrión se escapase coleando.

Tan por hecho lo daban todos que la repentina voz fue una sorpresa. Un grito rotundo, en el árabe de quienes mandaban, no en la aljamía de la frontera.

La parla de los moros Fierro nunca la había dominado, así que no entendió más que alguna palabra suelta de la que no sacó partido. Lo que sí comprendió al momento fue el cambio en la expresión de sus contrincantes.

Así solo miraba quien se percataba de que a punto ha estado de meterla hasta el corvejón.

Sin saber de dónde salía, apareció de repente aquel moro manco. Surgió a sus espaldas, de entre las sombras. Entró en la sala gritando como si fuera el mismísimo Miramamolín. Y funcionó. Unos y otros se quedaron donde estaban.

Fierro lo miró de medio lado, con el estoque en la mano. Desconfiado.

Antes de que se entendiera qué demonios estaba sucediendo, el freire intervino. Tan suelto era de lengua que ni siquiera la herida abierta lo callaba.

—Ya sabía yo que el buen redentor de sus ovejas no se olvidaría —soltó como una letanía en misa de Trinidad—. Me lo dictaba el corazón.

Aquel moro, aun desaliñado como estaba por el cautiverio, conservaba el porte regio y los aires de suficiencia y, con paso firme, se acercó a los cristianos.

Y, en tanto lo hizo, los suyos no movieron ni una pulgada los hierros.

—Mi nombre es Jalil ibn Muhammad ’abd Allah —se presentó hablando en cristiano—, y yo era el gobernador de Alcazarquivir hasta que su excelencia, el califa Al-Naṣir Li-Din Allah, en su infinita sabiduría, decidió que los designios del profeta convenían que abandonara esa confianza.

Aquello no los ayudó mucho. El moro lo advirtió y, abandonando las florituras tan de los suyos, cortó por lo sano.

—Aún conservo algo de la autoridad que alguna vez tuve y he ordenado a estos hombres que os dejen ir en paz —añadió con una sonrisa, tendiéndole la mano a Fierro—. Puede que cambien de opinión de un momento a otro — reconoció, echando un vistazo a los rostros suspicaces de los demás agarenos —, así que os conviene salir de aquí cuanto antes.

El melero se quedó mirando aquella mano en la que no se veía un solo callo. Creyó entender. Enfundó el estoque y, con dos pasos, se acercó al hombre para estrecharle la muñeca.

—Otros hubieran dejado que me pudriese en aquel calabozo —reconoció el manco.

Fue un apretón firme, y Fierro supo que, si en el carcelero cristiano se había echado un enemigo de por vida, en el preso mahometano había encontrado un aliado con el que siempre podría contar si lo terciaba el destino.

Se miraron largo. Y, tras un silencio que ni siquiera el calatravo herido se atrevió a interrumpir, Jalil se fue hacia los otros y les habló en su lengua. Hubo algún grito y quedó claro que tuvo que imponer su perdida dignidad. No los convenció, en sus ojos torvos se cataba el resquemor. Sin embargo, obedecieron.

—Podéis salir por la puerta que va a Úbeda —les aclaró—, a quienes les tocaba la guardia allí no van a estar —añadió, cómplice—. Por lo demás, marchad en paz…

Bermudo ayudó al calatravo a levantarse. Fierro comprobó que al castellano Salvador no le quedaba ni un último suspiro por dar y, cuando consiguieron convencer al freire de que no había tiempo para responsos con los que despedir al caído, salieron de la sala bajo el hosco mirar de los moros.

Antes de tomar la puerta, Fierro echó la vista sobre el hombro y advirtió que el antiguo gobernador clavaba los ojos en él y asentía con gravedad. Le devolvió el gesto antes de dejar que los goznes hicieran su trabajo.

Los saludó una amanecida tejida de bruma, con el sol esforzándose por espantar el relente. Amenazaba que al mediodía incluso los lagartos buscarían sombra.

Entre el flaco y Fierro cargaron con el calatravo, que no se callaba ni aún herido y, para su sorpresa, no se toparon con una sola alma. Ni siquiera con un gato se cruzaron en su errar por Baeza.

Los postigos cerrados y los pocos humos que delataban las chimeneas contaban la historia de que, quienes no habían partido con las tropas del Miramamolín, se dejaban aconsejar por el miedo y se mantenían escondidos en sus hogares, cerrados a cal y canto.

Tuvieron que atravesar todo el empedrado baezano con la congoja de que cada taconazo de las botas alertase a malas compañías, pero sus temores resultaron en balde. Tal como les habían adelantado, encontraron la puerta franca.

Fuera de murallas el calatravo lo celebró con un salmo, y Fierro, que no abrió la boca, dudó.

Por lo que a él convenía, los dejaba allí a los dos y se dedicaba a su negocio. Ardía por encontrar a Ruy y ajustarle las cuentas. Se lo dijo a sí mismo. Y de no haber estado allí aquellos dos, se lo hubiera contado al perro.

—¡Cagüen el león de san Marcos!

Espantó la tentación, a disgusto y maldiciéndose a sí mismo.

—¡Dita sea! Lo primero es arreglarle el tajo a este desgraciado —soltó con desgana, señalando al calatravo—, y lo siguiente es llegar hasta las tiendas cristianas sin que, por el camino, nos capen.

Habían salido de Baeza, pero barruntaba que tenían por delante cinco leguas como poco. Todas a través de aquella serranía enrevesada que, para colmo, estaba en manos de los moros.

Una vez más, se veía con el agua al cuello.

—¡Cagüen el león de san Marcos! ¡Y en el águila de san Juan!

La loriga robada le había salvado la vida al freire. Cuando Fierro se acuclilló para examinar la herida, descubrió que era escandalosa por la sangre que manaba de ella, pero no preocupante. No había entrado lo suficiente para dañarle los higadillos y, como él sabía por experiencia, peor que el tajo sería el cardenal que aparecería por mor del golpetazo.

Viendo la verdad en el rostro del atajador, el calatravo sonrió en la maraña de sus barbas.

—La Providencia a nuestro lado camina velando por nosotros, pobres infelices. Basta confiar en el buen hacer del Altísimo para que aquellos que nos reconfortamos con la fe hallemos solución a los entuertos de la vida.

Fierro no supo si el fraile le hablaba de su decisión de acompañarlos hasta el campamento cristiano o si comentaba aliviado que saldría con bien de aquella.

Como tantas otras veces, quedó con la impresión de no haber entendido la mitad de lo que decía, y prefirió ignorarlo. No le respondió y, por no darle pie a que se liase con una homilía, se irguió.

Aunque ya sabía cuanto necesitaba, se alejó unos pasos y fingió buscar sus nortes para orientarse.

Con el sol en el horizonte, los cerros despuntaban ya con sus despeñaderos, sus piedras, su maleza. Y lo acarició de nuevo aquella sensación de que las montañas de la frontera tenían una belleza incomparable que escondía secretos capaces de robarle a uno la vida.

No hacía falta ser atajador para saber que les esperaba una caminata endemoniada.

—En cuanto encontremos un rosal silvestre haremos algo con ese tajo — anunció sin mirar a ninguno de los otros dos—. Por lo demás, mejor que nos pongamos en marcha cuanto antes. No me fío… Pueden aparecer tras de nosotros en cuanto nos descuidemos.

Entre los dos alzaron al calatravo y, penosamente, abandonaron el camino hacia Úbeda. Dejaron levante a la izquierda y, ante ellos, quedó el primer valle.

Se internaban en la boca del lobo. En un avispero lleno de moros ansiosos por degollar cristianos.

Era su única salida.