Fierro

Francisco Narla · Capítulo 25 de 56

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Fierro

Capítulo 25

U na vez que maduró la idea no fue difícil llevarla a cabo. Solo tenía que cuidarse de que sus perseguidores no sospecharan. Esa había sido la lección aprendida en la venta del hebreo, cuando no le había quedado otra que ganarse los pepiones estafando a los incautos.

 

—Nunca cubras todo lo que puedas en la primera intentona —le solía decir Saadia en aquellos días—, guárdate siempre algo para que suban las apuestas.

Y Fierro no había olvidado sus consejos.

Se dejó sorprender por dos pobres desgraciados que ni gracias le dieron por salir con vida del encontronazo. Al día siguiente, se lo puso fácil a quienes hubieran escuchado a aquel par fanfarronear que poco les había faltado para capturar al hombre al que buscaba todo el ejército califal. Se ocupó de hacer lo contrario de lo que hubiera hecho en lo habitual: dejó un rastro que cualquier imbécil hubiera podido seguir.

Los llevó hasta la covacha que había estado utilizando. Los obligó a rodear un encinar. No les dejó otro remedio que seguirlo monte arriba hasta la siguiente vega y, por último, se lo puso fácil para que lo acorralasen en aquella olla.

Atento, no fuera a ser que apareciesen con una ballesta que le robara su única oportunidad, se arrimó a las peñas del aliviadero y esperó, sin más que su vara y su zurrón, tirado en el suelo.

No fue un hombre lo primero que salió de la maleza. Fue un lince espantado por la batida. Apareció majestuoso, dando largos trancos en los que se le notaba el fastidio.

Bajo la pelambre moteada se dibujaba la fuerza con la que se impulsaba a cada paso, y la cabeza, rotunda, se volvió hacia el melero.

Sin detenerse, lo miró con ojos que a él le parecieron verdes. Se movía con graciosa elegancia. Tintos los pinceles de las orejas y marfileña la gorguera. Imponente, auténtico dueño y señor de aquella sierra por la que luchaban los hombres.

Y la pena que Fierro tenía agarrada al pecho, la misma que había disimulado al azuzar al perro, se agrandó.

—¡Dita sea! Aquí sobramos… Los que pintan aquí son estos bichos — dijo para sí en voz baja—, las liebres, las abejas… Y los chuchos…

Desapareció envuelto en su trotar sigiloso, se escabulló por el mismo hueco que había usado el chucho. Solo dejó tras de sí la sombra que pintó en la hierba reseca el sol implacable de la frontera.

Pareció detenerse allí por un momento, una silueta sobre el prado agostado, prendida en la luz que destellaba en el polvo.

Supo que a ella le hubiera gustado. Por la panadería, a expensas de las sobras, rondaba un gatillo pardo al que ella había tomado cariño.

—¡Dita sea!

Salieron de las matas como potros desbocados, sin tomar la más mínima precaución. Bajaban a toda prisa, a punto de atropellarse los unos a los otros, ansiosos por cobrarse la tan ansiada presa.

Eran más de una veintena repartidos en dos grupos, todos bien armados. Cada partida comandada por uno de los hermanos.

Les entró la desconfianza cuando lo vieron allí sentado. Solo entonces se refrenaron, cautelosos de pronto.

—Te escondes más que los turones —le gritó Martín entre resuellos—. Hemos tenido que levantar hasta la última puñetera piedra de esta condenada sierra.

Fierro calló. Como tantas veces, calibraba sus opciones. Tan solo echó una mirada de reojo a aquel pozo repleto de lino.

Antolín no se atrevió a mirarlo a los ojos, pero no pudo refrenar uno de sus latinajos:

—Qui seminat iniquitatem, meter mala —dijo en poco más que un susurro.

Tras ellos, sin necesidad de que se lo mandasen, se fueron abriendo los moros. Fierro quedó arrinconado contra la poza del arroyo.

—¡Cagüen los peines de san Blas! No sé qué carajo dices. ¿Acaso te crees obispo de Sigüenza? Habla en cristiano. Condenado cobarde… Te voy a arrancar esa lengua y te la voy a hacer tragar.

Los moros, resoplando, esperaban órdenes. Los dos hermanos se miraron, preguntándose qué hacer sin hablar.

—Venid a por mí si tenéis lo que hay que tener.

Fierro sabía que aún era pronto para ir más allá. El consejo del hebreo seguía muy presente.

Se puso en pie, recogió su zurrón, escupió, sacó el estoque de su bordón y, acorralado como estaba, los esperó. El filo en una mano, el vástago en la otra, los pies bien asentados.

Pensó en ella. La sombra del lince le trajo recuerdos de la tahona. De risas ahogadas con manos entrelazadas. De miradas cómplices que invitaban a quedarse. Incluso se acordó una vez más del condenado micho.

A ella le hubiera gustado ver aquel lince.

Y no le habría gustado verlo a él allí, movido por la venganza.

Echó de menos al perro y le habló en un susurró, entre labios fruncidos, para que los otros no se dieran cuenta y lo tomaran por loco.

—Si salgo de esta, me dedico a las abejas… O a los ratones. ¡Cagüen la Cuaresma!

Los hermanos dieron un paso. Los moros apretaron el cerco.

Jugó sucio. No tenía otra salida.