Fierro

Francisco Narla · Capítulo 47 de 56

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Fierro

Capítulo 47

P ensó Fierro que hasta allí había llegado. Había encinas de sobra en los alrededores para que el verdugo escogiera a gusto y, entre todos los pertrechos de un ejército con ojeriza al moro, alguien tendría un tramo de soga con el que dar por cumplida la tarea.

 

Miró al perro.

Miró la vara.

Volvió a mirar hacia los dos nobles y el atajador.

No iba a pedir clemencia o a ofrecer excusas. Ni siquiera tascó una de sus blasfemias. Dijera lo que dijese el de Haro, o el mismo san Pedro si es que llegaba a conocerlo, él no cambiaría de opinión. Lo que había hecho era lo que había que hacer. Jodiera a quien jodiese.

Aquel mequetrefe se merecía hasta la última de las estocadas recibidas.

En aquel silencio tenso, estaba el de Haro a punto de ordenar que alguien se hiciera cargo del cojo hasta la mañana siguiente cuando se escucharon los primeros gritos.

En un santiamén todo fueron carreras y voces de alarma.

Y enseguida llovieron las flechas.

Tantas cruzaron los cielos que el día se oscureció. Silbaban réquiem de difuntos, y a más de uno se le puso el pellejo como el de una gallina recién desplumada. El miedo creció rápido, desatado, como tiene por costumbre.

Y a Fierro le asaltó la memoria. Aún recordaba el sudor irritando los ojos, el penetrante hedor de las tripas sueltas, el sofoco de los cuerpos amontonados, todos hombro con hombro, y la luz del sol colándose entre las interminables filas de adargas, puestas sobre las cabezas.

Tronaba la orden, se escuchaba atento el rasgar del aire y, si uno tenía suerte, sentía el impacto de los venablos sacudiendo las blocas, haciendo retemblar los huesos. Entonces llegaban los gritos de quienes no habían pellizcado fortuna. Siempre había flechas que se colaban entre los resquicios de los escudos y muchos caían allí mismo, con las piernas hechas acericos, condenados a desangrarse.

De repente, el tipo que tenía detrás gorjeó y, al instante, se desplomó como un fardo, justo después de oírse el golpe sordo de un flechazo entrando más allá del perpunte.

A su alrededor se clavó en la tierra un ciento más.

Habían descubierto el campamento moro allende las navas. Y, pese a las precauciones del de Haro, los moros no se habían quedado a la zaga. También los habían visto.

Y el califa había mandado hasta ellos a una partida de agasíes con sus arcos retorcidos y aljabas a rebosar de flechas cordobesas.

Escuchó al vizcaíno preguntar con angustia por si los correos habían partido ya, y también le llegó el suspiro de alivio cuando le respondieron que sí, que ya iban camino del campamento para dar noticias al rey.

Era un tipo cumplidor el noble.

Con sus pequeños caballos al galope, aquellos rapidísimos demonios se les echaron encima sin dejar de disparar una andanada tras otra. Para eso los entrenaban desde niños. Practicaban desde recién paridos, una y otra vez, y eran capaces de ser certeros incluso vueltos sobre sus ligeras sillas de cortos estribos, disparando sobre su espalda.

Eran temibles.

El siguiente en caer fue su delator. Corría a esconderse cuando un flechazo le atravesó el pescuezo de parte a parte. Se derrumbó gargareando con su propia sangre.

El de Haro y García Romero se movían de un lado a otro, gritando órdenes, apurándose para ponerse a cubierto en el bosque.

De pronto, Fierro se quedó solo.

Ya no corría el riesgo de que lo ahorcasen, sino de que una de aquellas flechas le firmase el final de la cantiga.

Aprovechando la desbandada, sin nadie que le prestara atención, Fierro empezó a arrastrar el culo para acercarse a la vara e, intentando templar los nervios bajo las continuas andanadas, procuró manejarse pese a tener las manos a la espalda.

Mientras se afanaba obligando las muñecas para lograr desenfundar el estoque, buscó al chucho.

—¡Bicho del demonio! —exclamó cuando lo encontró.

Y se le abrieron los labios en una de sus sonrisas renegridas.

Atento a su amo, sin quitarle ojo de encima, el perro no tenía intención de acercarse. Se mantenía sentado más allá del estrecho hueco que dejaban dos encinas. El animal lo miraba bajo el flequillo greñudo, enmarcado por troncos que, con tanto flechazo, parecían cactus.

Consiguió mantener la sangre fría pese a la lluvia de hierros que no cejaba y, después de varios intentos fallidos y un largo corte en el antebrazo, logró sajar la soga que le prendía las manos.

Algunos cristianos contraatacaban ya, lanzándose contra los agasíes que, mucho más maniobreros, se deshacían como aceite en el agua para envolverlos después.

La refriega no duraría mucho. Llegaba la noche y a buen seguro que el califa no querría arriesgar largo, pues no podía tener idea de si detrás de los vistos venían más cristianos. Y el de Haro, en cuanto pudiese, replegaría a los suyos hacia el bosque para ponerse de costado y disimular hasta la mañana siguiente. De entre los que quedasen vivos, más de uno iba a pasar una mala noche de guardia, con el temor a toparse de cara con algún espía mahometano que asomase el hocico para hacer un recuento que chivarle al Miramamolín.

Aflojaron entonces las andanadas por el trecho de Fierro, gracias a la pelea que presentaban algunos, y el renco se acercó al chucho con su caminar cojitranco.

El animal no salió a su encuentro, lo esperó a resguardo, pero se puso en pie y empezó a menear el rabo.

—¡Valiente bicho del carajo! Bueno ibas a ser para hacer una churrascada… Menos mal que aparecieron los moros, ¡cagüen las flechas de san Sebastián!

Pese al tono hosco, en cuanto rodeó las encinas se agachó junto al animal y le frotó las orejas con fuerza.

Terminados los saludos, Fierro observó el horizonte. La penumbra iba ganando terreno y el día se daba por vencido.

No tenía espada, pero contaba con su estoque. No tenía caballo, tampoco al modesto borrico; solo aquel chucho pulgoso que agitaba la cola. No tenía en quién confiar y tampoco bandera que jurar o estandarte que seguir. Y la puta de la guadaña, que andaba por los alrededores, era amiga de viejo. Pero le quedaba un asunto pendiente, uno de Carrión que caminaba por algún lugar de aquel campamento allende las navas.

Con la oscuridad creciente, quedó en la sombra la sonrisa chamuscada que afloró entre las cañahejas de su barba sin afeitar.

Se oían a lo lejos el campanilleo de los hierros cruzándose. Los gritos de los que se jugaban la vida. El golpetear de los cascos de los caballos. Incluso, de tanto en tanto, el sisear de la guadaña.

Le frotó de nuevo la cabeza al chucho, mirando siempre hacia los centenares de hogueras que empezaban a prenderse en la otra ladera.

—¡Cagüen las llaves de san Pedro! Va siendo hora de desaparecer… — susurró al animal.

Y se los tragó el bosque cuando los búhos se desperezaban en los troncos huecos de los alcornoques.

Nunca más volvería a ver a García Romero. Y tampoco al de Haro, que salió con vida de la batalla para morir no mucho después.

A quien sí volvió a encontrarse fue a Ruy de Carrión.

Y, como bien sabía la puta de la guadaña, solo uno de los dos saldría con vida.