Fierro
Capítulo 50
L a muerte era dueña y señora. La tierra bebía la sangre, los cuervos revoloteaban en lo alto y los buitres esperaban en los roquedos, atentos. Pocos saldrían con vida.
La excusa era la fe.
Unos gritaban por el Jesús crucificado, otros por la gloria del profeta revelado. Y se mataban los unos a los otros.
Frescos aún porque habían salido de la medianera y no de la vanguardia, los de la orden de Santiago, ciegos de aquella furia divina en la que se inspiraban, arremetían una y otra vez. Sin piedad, irredentos, convencidos de que eran la espada del mismo arcángel, no cejaban. Embestían una y otra vez. Pasaban por encima de sus compañeros caídos y los cascos de los caballos dejaban tras de sí una papilla sanguinolenta e irreconocible.
En lo alto del cerro, coronándolo, aguardaba la tienda roja del califa, mientras en la ladera, luchando contra la pendiente, los hombres se dejaban la vida.
De la vanguardia cristiana solo quedaban remiendos. Al de Haro, tirando por lo alto, apenas le restaban dos veintenas de caballeros. Y de los peones entreverados que ordenara el rey de Castilla ya no se tenía en pie ni un solo desgraciado.
Los calatravos también porfiaban, ajenos al fracaso, impulsados por su fervor. Estaban perdiendo lo poco que no se había malogrado en Salvatierra. Y los del Temple no se quedaban atrás. Tampoco los hospitalarios.
Todos apretaban. Los de las milicias, también.
Ahora ya no se trataba de las arengas que habían escuchado. Tampoco de su fe en la cristiandad. Ahora era matar o morir.
El calor empezaba a apretar y los vientres abiertos ya hedían. Llegaban las moscas de todos lados, zumbando su miseria.
El aire estaba lleno de tierra reseca. De semillas. Y de gritos, más que nada, de gritos.
Enconada a más no poder, la batalla no se decantaba a un lado o al otro. Solo ganaba la muerte. La muy puta solo se tomaba un respiro si tenía que afilar la guadaña.
Se ganaban unas varas, unos pies, una pulgada. Acto seguido, se perdían. Los tambores moros tronaban sin cesar.
Y el calor apretaba. Los almófares picaban, el cuero se empapaba, las piernas pesaban. El miedo galopaba. Y ninguno de los dos bandos cedía.
Aguantaban. Enfebrecidos. Asándose bajo la canícula.
Un escudero maragato que aún no se afeitaba se agachó para vomitar y un alfanje moro le cortó el cuello. La cabeza no cayó. El tajo fue basto porque el filo ya se había estropeado con tanto lance. Murió sobre sus propios desechos.
Un muchacho toledano, bastardo de un herrero de fama en la ciudad del Tajo, se giró para evitar el espadazo de un barbudo y acabó empalado en la lanza de un grandullón que gritaba sin cesar aquello de:
—Allahu akbar! Allahu akbar…!
Un coro que se repetía de un extremo a otro. Un murmullo que podía oírse bajo el incesante tronar de los tambores.
—Allahu akbar! Allahu akbar! Allahu akbar…!
Un moro de largos bigotes intentaba incorporarse para sujetarse el tobillo cercenado; todavía miraba incrédulo la bota sucia que había calzado hasta un momento antes. Un madrileño con el oso de su manto rasgado de arriba abajo lo remató con un brutal golpe de maza, y los sesos del infiel quedaron desparramados en las piernas de uno de sus compañeros. Y este se tomó venganza atravesando lo que quedaba de aquel oso negro, llevándose por delante a quien lo vestía. El tajo fue tan brutal que se le salieron las tripas.
—¡Por Jesús Cristo! ¡Por Santiago! —chilló uno antes de que un hierro moro le abriese el gaznate.
—Allahu akbar!
Los tambores no cejaban.
Su repicar se esparcía por las navas haciendo retemblar hasta los huesos.
Parecía que la mayor de las tormentas atronase. Pero no llovía; el sol, implacable, castigaba a todos por igual.
—¡Por Castilla!
Un escudero agonizante, cuajado de flechas que le robaban la vida, quedó escachado por caballos al galope.
Y parecía que iba a seguir así por siempre, como un purgatorio. Hasta que, rodeados de sus propios muertos, los milicianos de Madrid, incapaces de hacer otra cosa, empezaron a retroceder.
Daba la impresión de que ya no tenía remedio. De que todo estaba perdido.
Como en Alarcos, la cruz caía. Los hombres del profeta vencían. Castilla se desmoronaba.
La piedra de amolar pasó una última vez por la guadaña.
El día había amanecido plácido. Llevando la contraria a los hombres, un cielo calmo se había abierto sobre quienes apenas habían dormido, y el primero en cruzar las navas fue un raposo que corrió cuanto pudo, sabedor de que estaba rodeado.
Ni siquiera la niebla estropeó el alba.
Y, apenas rayó el sol, empezaron a oírse las letanías de cada bando. De un lado a otro de la serranía viajaron los latinajos de los kirieleisón, también los cánticos melosos de las oraciones moras. Tal era la calma que incluso Fierro distinguió las bendiciones de unos y otros.
El miedo se combatía con la fe. Y la fe cobraba fuerza cuando se compartía. Los obispos clamaron a Dios. Los ulemas recordaron el deber del auténtico creyente.
Antes del gallo, los cristianos ya habían formado para la batalla con vanguardia, media y zaga. Por una vez, nobles y villanos juntos. Entre los caballeros, con buen juicio, se mandó formar a multitud de peones. Con lanzas y ballestas darían confianza a los jinetes para que nadie se arredrase.
Dispuestos, venciendo los retortijones que les volcaban las tripas, comenzaron a descender la ladera hasta plantarse en las navas.
Sin quedarse atrás, los moros reaccionaron. Se dio orden de batalla. Formaron como les era costumbre, con dos largos flancos de aquella caballería ligera, rápida y letal como una sierpe.
En tanto, el sol se alzaba vertiendo la amanecida sobre las navas. Quedó el paraje envuelto en una luz cenicienta y, apagados aún los colores, aquellos miles de hombres parecían estatuas de sal.
Todo fue quietud mientras los miedos crecían en los corazones.
Los caballos piafaban, inquietos. Algunos rezaban. Otros mascullaban maldiciones. Muchos se arrepentían de estar allí.
Miles y miles esperaban su destino. Tantos que no se recordaba algo así. Jamás hubo trovador que contase gesta semejante, y quienes lo hicieran a partir de entonces serían tomados por locos.
Casi la mitad de ellos no vería la luz de un nuevo día.
Se levantaron los estandartes. Corrió la voz. Sonaron los clarines. Atronaron los tambores. Y el de Haro mandó a los suyos a la carga.
Al primer envite, los moros se abrieron como agua ante la proa, revolviéndose con su sibilina maniobra de tornafuye. Pero el de Haro obligó a los suyos a mantener la formación y evitar la trampa.
Recibieron las primeras flechas. Las puntas se trababan en las lorigas, en los perpuntes. Quedaban clavadas y retemblaban con la galopada. Algunos jinetes acababan cubiertos de tal cantidad de venablos que parecían acericos.
El califa, sobre su escudo, asentado en una magnífica alfombra traída de Ispahán, todo lo observaba. Sobre sus hombros llevaba la capa de su bisabuelo, el primero de su estirpe, y ante él tenía un magnífico ejemplar del Corán decorado con todo lujo.
En la otra ladera, el rey castellano y el obispo de Toledo aguardaban, tensos, montados sobre sus imponentes caballos bretones.
Tal fue el ímpetu de las tropas del de Haro que los andalusíes que formaban la vanguardia se deslavazaron, y el Miramamolín mandó una segunda línea para frenar el avance cristiano.
Fue entonces cuando unos y otros quedaron atrapados.
Ni los unos ni los otros progresaban. Solo morían bajo los hierros del contrario.
Llegaron entonces a uña de caballo los freires guerreros. Todas las órdenes. Y apretaron la formación. En los flancos, maños y navarros aguantaban a la desesperada. La caballería mora se dispersaba, tentándolos a romper las líneas. Y los mandos se quedaron roncos de tanto gritar.
—¡Aguantad! ¡Aguantad! Por la madre que os parió, por Santiago. ¡Aguantad! —Y escupían salivazos que no libraban sus gargantas resecas.
Y aguantaron.
No por sus madres, no por el apóstol. Aguantaron porque la única otra opción era acabar en manos de la puta de la guadaña.
Aguantaron.
Sin embargo, de poco sirvió. Para cuando todo ardía bajo el sol inclemente, los adoradores del profeta continuaban estrechando las líneas, inagotables. Ahora ya no eran locales desmañados, sino peligrosas tropas llegadas desde el corazón de Arabia o desde las cabilas del desierto. Hombres curtidos que conocían el horror de la sangre, gentes cuya vida era la lucha sin cuartel.
Solo faltaban los jinetes del Apocalipsis. Quizás alguno incluso escuchó las trompetas del Juicio Final.
Eran dos océanos chocando el uno contra el otro.
Y el apurado equilibrio se resquebrajó.
Aterrorizados, quebrado el ánimo, perdidos la mayoría de sus hombres, los milicianos de Madrid hicieron volver a los osos negros de sus mantos y, para su vergüenza, fueron presos del pánico.
Retrocedieron.
Se oyó un inmediato grito de júbilo en la lengua enrevesada de los moros.
Y los agarenos apretaron con más fuerza, llenos de renovada esperanza. El califa se puso en pie. Jaleó a sus tropas. A su alrededor, todos sus acólitos lo corearon con entusiasmo.
El rey Alfonso no pudo evitar encogerse. Al obispo de Toledo, tan serio y compuesto, se le escapó una maldición entre labrios apretados. Y, asustado por sus propias palabras, se santiguó a toda prisa para borrar su falta contra el segundo de los mandamientos.
La cruz estaba a punto de ser aplastada. No quedaría iglesia en pie. Las cabezas volverían a amontonarse en pilas que serían pasto de las moscas. El solo recuerdo del lugar encogería la hombría de quien lo recordase.
Entonces, los atabales sarracenos apuraron el ritmo. Se hizo frenético. Las mazas no se veían subir y bajar, ya eran solo manchas borrosas en las manos llenas de callos de los tamborileros. Costaba entenderse de una fila a otra de hombres.
Algunos se amilanaron.
Otros se persignaron.
Unos cuantos lanzaron un reniego.
Sonaban los golpes, una y otra vez, una y otra vez. Rápidos. Ominosos. Los tambores anunciaban el fiasco del crucificado. Lo celebraban.
Como en Alarcos, la luna mora prevalecería y de la cristiandad no quedarían más que migajas.
Viéndolo, Fierro se dio cuenta de que se le acababa el tiempo. Tenía que hacer algo, y cuanto antes.
—O viene un golpe de suerte —susurró para el chucho—, o habrá que jugársela.
Y se puso en marcha.
Sabía que, una vez decantada la batalla, el de Carrión se perdería para siempre.
Si no aprovechaba la ocasión, nunca más tendría otra.