Fierro

Francisco Narla · Capítulo 52 de 56

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Fierro

Capítulo 52

I ba a morir. Y lo sabía. Se acordó de ella. Olió el aroma a pan recién hecho y fue consuelo suficiente. Aquellos preciosos recuerdos eran cuanto necesitaba. Iba a morir. Se acababa. Y solo lo lamentó por el chucho y por las abejas.

 

Desde fuera llegaba el estruendo furioso de la batalla, a punto de terminar. No quedaba cera por arder. Los hombres habían dado lo que tenían, por la cruz, la media luna o porque no les había quedado otro remedio. Y los pocos que seguían con vida peleaban enloquecidos, viendo cerca la salvación de la que tanto habían dudado.

Ya no quedaban sarracenos. O habían huido o estaban muertos. Solo aquellos númidas capaces de atarse los unos a los otros. A no mucho faltar, los navarros y su rey atravesarían las líneas de los negros y asaltarían el alfaneque del califa, reclamando para sí el honor de haber rematado a los infieles.

Y allí se toparían con el renco, desangrándose sobre las lujosas alfombras del Miramamolín.

—Yo no quería esto —insistió Ruy.

El filo de su espada se movía a un palmo de los morros del atajador. Y, cuando renegó sacudiendo el mentón, el hierro resplandeció.

—No salimos juntos de aquel condenado desierto para esto —continuó—. ¡Los dos! ¡Nosotros dos! ¡Escapamos con vida del corazón de los avernos! Y ahora… —Las luces de las brasas donde ardía el incienso volvieron a brillar en el acero—. Y ahora, ¡mira! ¡Mira lo que me obligas a hacer! ¡No es justo!

Ruy parecía sincero. Como disgustado por los tortuosos caminos que lo habían llevado hasta allí. Aunque a Fierro le daba lo mismo.

Ya no escuchaba.

Ya se había rendido.

Como en el silo de Alarcos, aquel aroma intenso, a fermento, a trigo, a leña ardiendo, aquel olor a pan recién hecho lo llenaba todo. Y era suficiente. En el resto no le iba un bledo.

Aquel aroma pulverizó los años pasados. Sus recuerdos se volvieron agua clara de manantial. Como de ayer mismo, como si todo hubiera sucedido la tarde antes. Casi pudo sentir el dócil tacto de su melena entre los dedos encallecidos, casi oía aquella voz dulce, casi veía aquellos bosques que llenaban sus ojos verdes. Y el maullido de los gatos de ronda que buscaban amoríos escondidos en los callejones al resguardo del calor del horno.

Estaba allí, con ella.

Se despedían con timidez. Tintas las mejillas de rubor irrefrenable. Estaban frente a la puerta de la tahona. Demasiado cobardes para confesar lo que sentían, por miedo a no ser correspondidos. Él la vio agachar la mirada, presa de los nervios. Quiso dar un paso adelante y tomarle las manos, sentir la tibieza encarnada de su piel.

Tenía un lunar en la mejilla que dibujaba arabescos cuando reía. Y en sus pestañas podía prenderse el rocío de mil amaneceres. Y sus ojos componían el sereno verde del mar de su infancia. Y sus manos, finas, de largos dedos, prometían caricias que calentarían el frío de la vejez.

Estaba allí, con él.

Estaban juntos.

No había cestos, alfombras, estandartes, pebeteros. Tampoco armeros. Y ni un solo parche en las lonas. En cambio, podía ver las piedras de la tahona. Ariscas, ásperas, de aquel tono rojizo. Incluso veía aquella pequeña alcaparrera que nacía en una grieta entre las puzolanas que habían trabajado los canteros. Iban y venían delante de él. Ondulaban como el mar. Y no comprendió que era el viento jugando con la tienda del califa moro. Había perdido demasiada sangre. Un charco que se mezclaba con la que se habían dejado allí mismo los hermanos Halaja. Además, estaba cansado.

Cansado de esperarla.

Estragado por tantos años vacíos.

Harto de su soledad.

Echaba de menos hablar con ella.

Y estaba a punto de hacerlo, allí, en el callejón. No se atrevía, pero ardía en deseos de preguntarle si estaba dispuesta a compartir algo más que unas tardes junto al río.

Estaba a punto de preguntarle si estaba tan loca como para compartir una vida.

No fue capaz. Le pudo la vergüenza.

—¿Por qué lo hiciste? ¿Eh? ¿Por qué? Podías haberlo dejado correr, pero no… ¡No! Condenado loco…, ¿qué carajo te importaba a ti todo esto?

El chucho yacía inmóvil. Un poco más allá. Tirado bajo los restos de la mesa taraceada que Fierro había roto en su caída. Su pelambrera desastrada, clareada en el vientre, temblaba con cada respiración. Había sido un golpe demasiado fuerte, no podía moverse, no conseguiría salir sin ayuda. Solo gañir de tanto en tanto, al intentar girarse hacia su amo.

Cuando volvió a lamentarse, llamándolo, Fierro regresó del callejón de la tahona.

El aroma del pan recién hecho se desvaneció.

Se encontró de nuevo bajo la sombra de la espada leonesa.

—¡Aún no es tarde! No tiene por qué terminar así… ¡No! Aún podríamos arreglarlo.

No pensó eso el renco. Por los gritos que se oían en el exterior, les quedaba un suspiro. De un momento a otro alguien asaltaría la tienda del califa, a sangre y hierro.

—Hagámoslo juntos, ¡únete a nosotros! —exclamó—. La paga es mucho mejor. Vuelve conmigo a las tierras de los Castro y trabajaremos juntos… No hay nadie mejor como atajador. ¿Qué me dices?

Fierro dejó de mirar al chucho. Tosió, y le dolió tanto que no le quedó duda de que tenía algo roto en el costillar. Una de las patadas recibidas. O la caída sobre la lujosa mesa del sarraceno.

—No funcionaría —logró responder—, nunca te ha gustado como cocino…

A la respuesta le siguió un nuevo tormento por culpa de la tos y, cuando logró recomponerse, descolgó una de sus sonrisas llenas de retranca.

Ruy se limitó a apoyar la punta de su hierro en el pescuezo del renco.

—¿Prefieres morir?

No era en morir en lo que había pensado al rajar la lona del alfaneque. Solo en terminar con lo que él no había empezado.

Eso sí lo sabía. Él no había empezado todo aquello. Pero iba a terminarlo. Eso era lo que había pensado. Que lo terminaría. Y jamás se hubiera imaginado que, una vez más, estaba equivocado.

Tras rasgar el telón carmesí, apenas distinguió nada en un primer vistazo. Sus ojos tardaron en acostumbrarse a la penumbra rojiza del interior de la tienda, pero, en cuanto lo hicieron, se encontró con el cuerpo de Antolín, abierto el pescuezo de un tajo limpio. Agonizaba. Balbucía algo que el renco no entendió. La vida se le escapaba a chorros, empapando una de las carísimas alfombras del califa.

Más allá, su hermano recibía el mismo tratamiento.

No hubo tiempo para bromas o latinajos. Para ninguno de los dos. Era fácil echarle el cuento. Al de Carrión le podía la avaricia, como a los infantes que traicionaran al de Vivar. Ruy había preferido llevarse tres partes antes que una.

Lo vio morir sin asomo de pena. Echó un escupitajo por detrás del colmillo y se dispuso a terminar con aquel mierdero de una vez por todas. Las abejas llevaban demasiado tiempo esperando.

—Aún te resta labor —se anunció desenfundando el fierro.

Ruy se volvió, sorprendido, con la sangre de los hermanos goteando aún en el filo de la espada.

Y lucharon como se luchaba fuera. A vida o muerte.

Y Fierro había perdido.

Tenía un tajo en la cadera. Una brecha en la sien. Uno de los ojos empezaba a cerrársele entre párpados hinchados. Algo roto en el costillar y, además, no sabía dónde había ido a parar el fierro.

Estaba a merced del de Carrión.

A punto de desvanecerse cuando algo se le revolvió dentro.

—¡Por los clavos de Cristo! ¿Es que nunca cambiarás? Hazme caso — seguía hablándole Ruy.

La espada a una pulgada de su pescuezo.

—¿Las tierras de los Castro?

El de Carrión lo miró fijamente, sorprendido de que el renco no lo supiera.

—Claro, el señorío de Castro.