Fierro

Francisco Narla · Capítulo 33 de 56

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Fierro

Capítulo 33

T oda aquella sangre no presagiaba nada bueno. La puta de la guadaña andaba cerca, frotándose las manos, prometiéndoselas muy felices. —¡Cagüen las epístolas de san Eleuterio! De allí no salían todos con vida.

—¡Dita sea mi estampa! —insistió, negando una y otra vez—. Con lo a gusto que estaba yo con mis abejas… ¡Cagüen las flechas de san Sebastián!

Había salido mal, rematadamente mal.

Al abrir la puerta al final de las escaleras se habían imaginado con la Providencia de su parte.

A oscuras, sin más luz que la penumbra de la noche colándose por las escasas ventanas, se encontraron solos.

El castellano, que se presentó como Salvador Jiménez, de Espinazo de Can, algo pudo guiarlos, pues tenía fresca la ruta a través de los vericuetos de la fortaleza y, pese a las dudas, les fue diciendo.

Lo seguían Fierro y el calatravo, al que le costaba callar un solo instante.

El moro, muy digno, con ademanes impropios de quien acababa de salir de un calabozo, pisaba rápido tras ellos. Pero no supo indicarles.

—No conozco la alcazaba, cuando me trajeron era presa de las fiebres — decía cuando le preguntaban, señalándose el muñón—. No recuerdo el camino…

De último iba aquel desdichado sin más carnes que las suficientes para que no se le desmontara la osamenta. Se presentó como Bermudo y contó que había nacido en Navapalos, en la ribera del Duero. No tenía idea de cuánto tiempo llevaba encerrado en Baeza, pero sí recordaba que había sido preso el verano que el rey Alfonso había empezado las obras en Alarcos.

Nadie le explicó cómo había terminado aquel asunto. El único que abrió la boca fue el propio Fierro, para lanzar un reniego.

No se encontraron con alma alguna.

El final de las escaleras se abría a otro corredor que los llevó por varias salas en cuyas puertas no sirvieron de nada las llaves que Fierro robara al carcelero. Con cautela, sin prisa pero sin pausa, siguieron avanzando por las entrañas de la alcazaba, buscando una salida a la ciudad y, como si la fortuna les quisiera sonreír, incluso encontraron los almacenes de la guarnición.

Era una enorme pieza con largos anaqueles y armazones. La mayoría estaban vacíos y daban fe de que las tropas del Miramamolín se habían servido del lugar. Pero aún quedaban allí haces de flechas, lancerías, pilas de chuzos y miles de cosas más que decidieron aprovechar.

Incluso aquel moro sacó partido de la ocasión para, con descaro, como si fuera dueño de cuanto estaba a la vista, robar un buen alfanje. No se le escapó a Fierro que el infiel sabía elegir con tino y supuso que la guerra no le era desconocida.

Bajo la atenta mirada del renco, los demás cristianos hicieron lo propio. Tomando ejemplo de aquel blasfemo que había salvado la lengua, se sirvieron al gusto. Se hicieron con lorigones largos, a la guisa de los infieles, con almófares, yelmos, blocas abolladas a falta de nuevas e incluso con espadas. Hasta aquel pobre desdichado, que no era más que la sombra de un silbido de tan delgado como estaba, no dudó en cargarse con los pertrechos de todo soldado. También desaparecieron entre los mantos algunas piezas de fácil venta para, como había dicho Fierro, aliviar las penas del cautiverio.

El atajador se agenció unas botas de su talla y, mientras los demás se vestían o aprovechaban para la rapiña, dio vueltas por el gigantesco almacén.

Encontró una loriga con escamones de cuero, más ligera y versátil que las de arillos de metal, y se la apropió. Lo mismo hizo con un almófar bien acolchado que le recordaba al suyo propio. Sin embargo, con las espadas no se decidió.

Se topó con un armero donde quedaban unas cuantas maravillas con acero estampado de Damasco. Conocía bien aquellos filos cubiertos de filigranas azuladas. Los había visto desempeñarse en tiempos que se le antojaron otra vida y, tras examinar la colección con esmero, eligió una que, pese a carecer de todo adorno, le resultó una hoja equilibrada.

La tentó con sus años de práctica. Probó algunos envites, la hizo girar en la muñeca y luego sonrió malicioso.

Era una espada digna del heredero al trono, un arma capaz de ganar fortunas y defender reinos.

—Y también un anuncio de que uno está dispuesto a meterse en líos — murmuró, inclinando la cabeza, como si hablara con el perro.

Sabía que tenía por delante una difícil misión, dar caza al de Carrión, y, sin embargo, no lograba decidirse. Era tan buena como la misma Tizona.

—Mi padre era un pobre pescador —siguió hablando—, yo no soy hijodalgo… No tengo linaje del que presumir. ¡Cagüen los cartujos de san Bruno! No viene al caso que ande yo por los mundos de Dios con un hierro que vale lo que un pescador podría ganar en toda una vida… Ni siquiera tengo caballo. Por tener, no tenemos ni donde caernos muertos. —Y con una de sus sonrisas de requiebro se volvió hacia donde debería haber estado el chucho.

Se le estropeó el gesto. Haciendo rechistar los labios, la abandonó donde la había encontrado y volvió a tomar su fiel bordón.

—¡Dita sea! Esta no será una gesta que canten los juglares en las tabernas —dijo con su habitual retranca.

Se alejó de allí, renqueando, con un último vistazo al lugar donde había quedado la hoja.

Para cuando se reunieron los cinco de nuevo, Fierro los instó a moverse:

—Más nos vale andarnos con prisa que, por aquí, rápido cantan los gallos.

El tal Salvador, evidentemente más confiado ahora que tenía un pomo donde dejar descansar la mano, estuvo de acuerdo.

Prosiguieron entonces su errar por las tripas de la alcazaba, atentos para evitar un mal encuentro.

Con apuro, se movían ansiosos por encontrar la salida antes de que amaneciese y llegase el frenesí propio de una nueva jornada. Pero no era tarea fácil. Ninguno de ellos conocía la ciudadela y, como todas las que han cambiado de manos durante años, había incluso corredores que no llevaban a lugar alguno, solo a un muro ciego donde, por el olor a orines, algún vago con pocas ganas de caminata tenía por costumbre aliviarse la vejiga.

—¡Cagüen la concordia del Espíritu Santo! A este paso no salimos de aquí —se quejó Fierro al ver colarse por un tragaluz la luz lechosa del alba.

A falta de otras ideas, el renco se empecinó en que subieran niveles y, siempre que fue posible, ascendieron por las escaleras que hallaron.

Tras mucho porfiar y después de vencer a base de empeño el temor a quedar emparedados en aquel laberinto, se encontraron frente a una puerta tras la que, arrimando las orejas, escucharon voces al otro lado.

Y quizá les hubiera ido mejor a todos de no haber encontrado la salida.

—Ha de ser por aquí —se atrevió a decir Salvador—, seguro.

Fierro, que intentaba escuchar sin lograrlo lo que se hablaba al otro lado de la puerta, se limitó a echar un ojo al castellano.

—Será si lo crees —soltó el calatravo—, y que nos protejan tus virtudes, buen caballero del Espinazo. Al cabo, nos vale más intentarlo sin perder la fe que seguir deambulando como ánimas malditas.

El moro, que los veía decididos, se fue echando atrás con disimulo. Era perro viejo, ya había pagado otras osadías con una mano. Con pasos silenciosos, se escondió entre las sombras, convencido de que no le convenía ser el primero en asomarse.

Los cristianos, pese al ímpetu del freire, dudaban. Fue entonces cuando Fierro, dando por imposible discernir una sola palabra del murmullo al otro lado, habló:

—Este tiene de caballero lo que yo de mameluco —dijo con sorna—, pero estoy harto de tanta vuelta, ¡carajo! Por mí, entramos…

Sin otra elección, todos acabaron asintiendo, incluso el cuitado. Tan enflaquecido estaba que, al mover la barbilla, dio sensación de que se le descoyuntaría el cuello y los huesos sonarían como titos de aceituna en un sonajero para críos.

—Sea, entones —confirmó el renco—. Abrimos, entramos y hacemos zarajos con el que se nos ponga por delante.

Sin darles tiempo a reconsiderarlo, el atajador arrojó lo que quedaba del hachón al suelo. Resuelto, echó mano del fiador, lo alzó, tiró con mimo para evitar un chirrido y, con la misma delicadeza con la que manejaba sus colmenas, abrió la puerta, pulgada a pulgada.

Podía haber salido mal de muchas maneras diferentes. Pero tan rematadamente mal era algo que no hubieran imaginado ni en sus peores pesadillas.

Apenas tuvieron tiempo de reaccionar y ya estaban rodeados.