Fierro
Capítulo 21
A brió los ojos. Y despertó sobresaltado, como abandonando una pesadilla. —¡Cagüen los higos de santa Rita! —exclamó, incorporándose. Sentía la lengua como un cabo de esparto.
El chucho, tumbado a sus pies, se dio la vuelta como una centella y se le echó encima. Le apoyó las manos en el pecho y empezó a cubrirlo con lametones. Movía el rabo con tanta furia que Fierro temió que se lo descoyuntara.
—Ya está, ya está —le dijo tranquilizador, y le palmeó la cabeza, mirando a todos lados para averiguar dónde estaba—. Tranquilo, carajo.
Encantado, el perro gemía de pura emoción y no cejaba en su empeño de cubrirlo de babas.
—¿Dónde demonios me has traído?
Le dolían hasta las uñas. Notaba el rastro de una calentura que le había agostado el cuerpo. Tenía el gaznate tan seco como en aquellos malditos días en los que vagara por el desierto caravanero de Marruecos.
Y no tenía idea de dónde estaba o de cómo diantres había llegado hasta allí. Lo último que recordaba era la desconsolada tumba del muchacho, abandonada para siempre junto al arroyo de Guadalfaiar.
Sin dejar de dispensarle caricias al chucho, volvió a observar sus derredores.
Como una capilla en la crujía de una catedral, tal parecía la bóveda de piedra en la que estaba, donde apenas podía ponerse en pie. El amago de una gruta abierta en la ladera del monte; de eso no le cupo duda porque, a través de la entrada, a medio cubrir con broza, veía las copas de un pinar que se deslizaba cuesta abajo, abriéndose hacia un valle verde donde la brisa hacía aletear las ramas.
No muy lejos chisporroteaban las brasas de una fogata.
Había algunos cacharros de cerámica vieja, con la pátina verde que le daban los moros. También un morral que no era el suyo. Y otro lecho preparado con hojas secas. Y en el poco espacio restante, lo último de los pertrechos visibles eran unas pihuelas hechas con ramas de almendro y harapos de lino viejo; le daban algunas respuestas, pero alimentaban nuevas preguntas.
A su lado tenía, también, su bordón y su zurrón. Colocados pulcramente junto a la márfega que alguien había preparado para que convaleciese.
—Que me aspen… No irás a decirme que has sido tú el que ha montado este cirio.
El chucho no respondió, pero siguió hocicando en su regazo, encantado de verlo recuperado.
Algo aturdido, intentó volverse hacia la salida, pero su hombro maltrecho chilló de dolor.
Tras morderse los labios para ahogar una protesta, le echó un vistazo, temeroso. Estaba hinchado, rojizo y aún supuraba, pero parecía que el tajo de aquel condenado moro sanaba. Alguien con mañas lo había recubierto con miel pegajosa que aguantaba hojas de sauce y unos trozos escachados de lo que su olfato adivinó era ajo.
—¿Qué diantres…? Esto no es cosa tuya —le dijo al chucho.
Fue entonces cuando una silueta se dibujó en la entrada, removiendo las ramas cortadas que la disimulaban. Se agachó para franquear al umbral y enseguida les brindó una radiante sonrisa llena de barbas mugrientas y mejillas arrugadas.
—Ah, no duermes ya… Albricias y bendiciones, ¡maravilloso!, ¡excelente! Es fantástico, que no volvieras a abrir los ojos fue lo que temí — hablaba tan deprisa que cada palabra cabalgaba sobre la siguiente, como una comadre bisbiseando salmos—. Sin duda una prueba de la benevolencia de la Providencia es verte así, a medio erguir. Bien, bien. Una noticia bienaventurada como ninguna.
Calló entonces, miró al perro, miró a Fierro y, antes siquiera de parpadear, volvió a arrancar con aquel hablar apresurado.
—También él se lo temía —añadió, señalando al chucho—, sí, sin duda. ¡Bendito bicho! El Señor, en su infinita sabiduría, los ha enseñado a amar, ¿no es verdad? Angelito…, en todos estos días no se ha separado de ti. Y apenas ha probado bocado. Te ha velado como una madre a su hijo enfermo, como una esposa a su marido. Fiel animal el que tienes ahí, sí, no hay duda. Un regalo del mismo cielo, estoy seguro. Bien quisiera yo para mí un bicho así, que aliviara esta soledad a la que me han traído las malas decisiones de los hombres tras desoír los consejos de nuestro buen Dios.
Fierro, desconcertado, observó a aquel hombre. Era más viejo que él. Curtido por el aire libre. Tenía el rostro anguloso del trabajo a medio acabar de un cantero. Y lo que le raleaba el pelo lo compensaba con barbas espesas como maleza. Todo él parecía gastado como alpargata vieja. Estaba cubierto por un sobado y roído capote que lo declaraba freire calatravo, incluso pese a que el rojo carmesí de la cruz lisada se había desleído hasta convertirse en un rosa triste.
El fraile, sin perder el buen ánimo, paciente ante el escrutinio, le mostró una rama de mimbre en la que traía ensartadas unas cuantas truchas, brillantes aún por la humedad del arroyo.
—El Señor, en su infinita bondad, con graciosa fortuna me ha bendecido y un almuerzo como se debe es lo que tendremos. Bien ganado está y fuerzas nos dará para sobrellevar las duras jornadas de este valle de lágrimas.
La sola idea de comer un bocado hizo que el estómago le diese un vuelco, sin embargo, nada se atrevió a decir Fierro, no fuera a ser que aquel extravagante personaje le echase una homilía.
Al fin y al cabo, era evidente que no albergaba hostilidad alguna y no podía ser otro que aquel calatravo medio loco de quien les hablara al pastor.
Se limitó a asentir. El fraile no pareció entender que el silencio ya le iba bien al melero.
—De niño, en los arroyos del Ubierna pescaba yo —se explicó apresuradamente—; fue tumbado en una de sus orillas, esperando a que el saltón de mi anzuelo apeteciese a las truchas cuando recibí, bendito sea, de nuestro señor Dios su llamada. Y entonces supe que mi camino había de estar en los aledaños de la Iglesia. Ay, Señor, pero esta guerra también clamaba por mí, tantos años de cabalgadas no podían quedar en balde, había que unirse a la santa lucha contra el infiel. No solo de las prédicas se vive —concluyó. Y comenzó a reavivar el fuego y a preparar un espeto con los peces.
En cuanto la carne de los pescados empezó a chisporrotear, las tripas de Fierro rugieron en clara muestra de su cambio de opinión. Aun así, continuó en silencio, bajo la mirada sonriente del calatravo.
—Soy Guillén de los Tejedor, que era y es el oficio de mi familia desde los tiempos en que arrancamos la vega del Ubierna a los moros —dijo al fin, presentándose—. Fraile de la orden de Calatrava y uno de los supervivientes del fiasco de Salvatierra —añadió, confirmando las sospechas de Fierro—, donde tantos buenos hombres perdieron la vida por mor de esos descreídos paganos que tanto necesitan hallar al único Dios verdadero.
Hizo una pausa para dar baza al renco. Y, como no se colmaron sus expectativas, se ocupó él mismo:
—Y tú has de ser ese al que le dicen Fierro…
Lo dejó en el aire y, antes de contestar, el atajador se masajeó la pierna. Notó bajo las calzas el vendaje en torno a la herida.
—Eso dicen —consintió con desgana.
Quedaron entonces en silencio, roto únicamente por el chisporrotear del espeto. El freire asentía rotundo. Fierro aguardaba.
—No te haces idea de cuánto me place saber de ti —dijo entonces el fraile.
—¿Ah, sí? ¿Y a cuento de qué? —preguntó, escéptico, el melero.
—Porque creo que sabes más de lo que piensas y que, cuanto sabes, de saberlo nuestro maestre y de saberlo el rey de Castilla, bien podría servir para dar finiquito a los moros.
La única respuesta fue un gruñido.
—Hijo mío, en cuanto te tengas en pie habremos de ir al encuentro de las mesnadas y llevar la buena nueva —dijo complacido—. Aunque no será fácil, me temo. Mientras pescaba estas hermosas truchas, dos patrullas de moros pasaron rondando… Creo que, como al buen Daniel, aquel que venció a los leones, a ti también te andan persiguiendo…
Aquello torció el gesto de Fierro. Pero no interrumpió el relato del calatravo.
—… Desde el mismo día en que te recogí han estado rondando. Y lo más fácil es que se nos agüe el puchero. En estos lares jamás vi tanto trajín. O mucho me equivoco, o han puesto buen precio a tu cabeza, porque los moros te buscan ansiosos como perros de presa —aseguró, enarcando las cejas—. Salir de aquí enteros no va a ser fácil, una prueba más de Nuestro Señor, pero una que podremos acometer juntos. Yo conozco bien esta sierra y vericuetos hay por los que colarnos sin levantar una sola liebre. Pero no va a ser fácil, me temo. Como el pobre Jonás, estamos encerrados. Encerrados en el vientre del gran pez, un pez que tiene infieles por escamas…
Rio su propia gracieta y, sin perder la sonrisa, le dio la vuelta al espeto, donde las truchas tenían ya un delicioso tono dorado y un aspecto curruscante.
—Después de lo que he visto en estos últimos tiempos y, si te buscan como te buscan, hijo mío…, entonces, tengo fe, mucha fe en que, siendo quien eres, podrás hacer algo por los nuestros, que ya bajan desde Toledo para enfrentarse al moro. Como cristiano, tu deber es ayudarnos, como Ester ayudó a los hebreos a librarse de los sátrapas persas… No será fácil, como el purgatorio será —insistió—. Nunca tantos moros rondaron estas montañas — repitió—, que hay más que en una mezquita en viernes antes de nona, pero hacerse puede hacerse, créeme, conozco estos pagos.
Fierro no aireó sus dudas sobre las mañas del freire. Reconciliado con sus tripas, tendió una mano para recibir una de las truchas. A su lado, el perro se relamió.
—No te andarían buscando como lo hacen si no hubierais averiguado algo útil, ¿o me equivoco?
Al oír aquello, Fierro examinó el pescado. Parecía delicioso, pero, tras un reniego, se lo dio al perro, que lo ventiló en bocado y medio.
—Puede que sepa algo útil o puede que no. Y puede ser que sirviera o puede que no —dijo con indiferencia—. Pero ya no importa, ese ya no es asunto mío…
El freire fue a decir algo. Fierro no se lo permitió.
—Ya pasé por pendejo y no voy a dejar que me pillen de nuevo en un renuncio —aseguró con mal humor—. ¡Cagüen la vista de santa Lucía! En cuanto a lo de que me anden tras el rastro, pues mejor —declaró por fin, luchando todavía con su gaznate reseco—. Así me ahorrarán el trabajo de buscarlos yo a ellos, porque hay a uno a quien tengo que encontrar, al menos a uno… El resto me importa un bledo… No es asunto mío, carajo.
El calatravo lo miró desconcertado, incapaz de creer lo que oía.
—Pero, hijo mío, no comprendo cómo puedes…
Fierro lo interrumpió.
—Tanto me da que quieran cobrarme pechadas que alafas, martiniegas que alajores… Tanto me da que manden cristianos que moros —dijo con vehemencia y desprecio palpable—. Por mí pueden matarse los unos y los otros, basta con que me dejen en paz —pidió con hastío—. Los hideputas vienen de todos los colores y no voy yo a meter los hocicos en bretes por quien no está dispuesto a arreglarme a mí los asuntos. Si yo solo quería estar en paz con mis abejas… Esto me pasa por imbécil. ¡Cagüen el gallo de san Pedro! Que cada verga aguante su vela, como decía mi padre. Me va un bledo en lo que les pase, a los unos y a los otros…
Se quedó mirando las brasas en tanto el chucho se relamía los belfos.
—Me basta con encontrar a uno solo de ellos —continuó al cabo, sin apartar los ojos de las ascuas—, a ese malparido de Ruy, ¡cabestro malnacido!, cruce de cabra y alacrán… El resto puede despeñarse por un barranco, tanto los moros como los cristianos, pero a esa rata la quiero despellejar en persona…
Algo vio el calatravo en el atajador que lo intimidó. El freire, incómodo, se retrepó en su precario asiento con ojos espantados.
—Pero… Pero si en algo puedes ayudar es tu deber cristiano el hacerlo…
—Yo ya no tengo deber alguno que no sea con mi propio trasero —le espetó, desairado—. En tiempos, cumplí mi obligación con Castilla. Con creces —insistió, los ojos brillantes—. Y me pagaron abandonándome a mi suerte. No, yo no voy a hacer nada que no sea encontrar a ese desgraciado hijo de puta. Ya una vez un cabrón de la misma catadura se me escapó —se lamentó, dejando morir las palabras—. Y no volverá a suceder… ¡Cagüen el primo de san Marcos! El resto no me importa. Solo los huevos de Ruy de Carrión colgando de un espino, bien alto, donde los puedan despachar los pájaros.
Desganado por lo que escuchaba, el calatravo desmanteló el espeto y echó al perro un par de truchas.
El animal era el único que seguía con el apetito intacto.