Fierro
Capítulo 42
E ra apenas un mal trapo con un poste central, unos pocos vientos y las cacharradas del maestro de llagas, que incluían un tonel de vino, otro de aceite, sogas, unos cuantos instrumentos roñosos y haces de paja en los que repartir a los heridos.
El tenderete no daba para mucho más, pero hacía su trabajo. Aunque, por cuanto estaba a la vista, quedaba claro que los remedios de aquel matasanos podían ser más peligrosos que los males que trataba de atajar.
Y allí habían terminado los tres y el chucho.
Aunque el calatravo estaba convencido de que pronto vendrían a buscarlo los suyos, en quienes confiaba más que en el carnicero que trabajaba para el maño García Romero. Aquel cirujano insensato se había limitado a sangrarlo a conciencia para, según él, regular los humores. Lo mismo mandó para el flaco Bermudo y, de no ser porque Fierro se había negado en rotundo a que le abriesen las venas de la sangradura con aquellas lancetas sucias, el renco también estaría derrengado, como lo estaban los otros dos, lánguidos en sus catres.
Ansioso por rematar lo que tenía pendiente, Fierro se acercó al fraile.
—Estamos en paz —anunció, acuclillándose a su lado—, yo me largo con viento fresco.
Y el calatravo abrió los ojos, espantado. Recobrando fuerzas de algún recoveco de su voluntad, consiguió revolverse y, a medio incorporar, intentó rebatir al melero.
—¡No! ¡Marchar…! ¡No! —logró balbucir.
A Fierro se le escapó un reniego, pero le pesó la conciencia y, aunque deseó largarse y dejar al freire con la palabra en la boca, después de echar una mirada al chucho, se sentó junto a Guillén.
Tragó con dificultad el fraile y, a fuer de empeño, se le aclararon los ojos.
—No puedes marcharte, hijo mío —consiguió decir—. Yo estoy muy débil, solo la bondad de Altísimo me mantiene todavía en este pago de lágrimas… De la trampa de los moros hay que dar aviso. Debes hacer que el rey Alfonso te conceda audiencia…
Calló para recuperar fuerzas.
Su aliento hediondo delataba la calentura que lo castigaba. Fierro tenía que esforzarse por no apartar el rostro.
—Ese del cristiano es el deber —pudo recomenzar el calatravo—. Obliga la fe. Al rey hay que advertir, como avisaron al buen Jesús de que iban a prenderlo… No… No deben intentarlo por… ¡No por el Muradal!
El renco chistó a disgusto. El perro lo miró.
Aquella bien podía ser la última voluntad de un moribundo; sin embargo, Fierro, con terquedad, se decía a sí mismo que no pensaba caer en la tentación de concedérsela. Su único cometido seguía siendo Ruy, y no pensaba perder una nueva ocasión por mor de los caprichos del fraile.
—Ya se encargarán de tales labores los atajadores de Castilla —le rebatió el renco—, no son esos mis asuntos. Estáis los dos a salvo y es cuanto me concierne.
E iba a levantarse cuando el freire le puso la mano en el brazo y, casi logrando sentarlo, volvió a insistir:
—Nuestra Señora no dudó cuando el arcángel le anunció que sería la madre del hijo de Dios —logró decir de carrerilla—. La hermana de Lázaro, la…
Lo venció entonces la tos y, con retranca, Fierro aprovechó para contradecirlo.
—No fue eso lo que hizo santo Tomás.
Y el calatravo, ante la mención, sacó fuerzas para alzar un dedo admonitorio.
—Creyó, creyó cuando tocó las llagas… Debes dar aviso, es tu deber como castellano y, lo que es aún más importante, tu deber como cristiano…
Volvió a ser presa de la tos y Fierro se preguntó cómo, incluso tan débil, el calatravo se las apañaba para largar aquellos interminables discursos.
—… puedes evitar que vuelva a suceder lo que pasó en Alarcos.
Aquello arrancó un mohín al renco.
Cabezota, como siempre, intentó engañarse a sí mismo y abrió la boca para contradecirlo. Pero el calatravo se había desvanecido, consumido por el esfuerzo, y no le quedó otro a quien hablar que no fuera el chucho.
—¡Cagüen la anunciación del arcángel Gabriel! ¡Cagüen la hermana de Lázaro! ¡Y me cago en las dudas de santo Tomás! ¡Dita sea mi estampa!
El perro solo bostezó.
—¡Dita sea mi estampa!
Las blasfemias continuaron hasta que salió de la tienda, y el maestro de llagas, con quien se cruzó en la entrada, se lo quedó mirando espantado mientras el renco se alejaba con su vara.
A los pocos pasos tuvo que detenerse para dejar pasar a dos que iban con un mulo cargado. A su alrededor, entre las tiendas y los armeros, el barullo típico de los campamentos se extendía por todos lados. Allí podía doblarse una esquina y encontrarse a unos mercadeando, a otros asando carne, a alguno afilando la espada, a muchos rezando, a pocos riendo.
Fue entonces cuando Fierro cayó en la cuenta de algo.
Una sonrisa requebrada, untada de cinismo, le partió el rostro y, sin importarle si le oían o no los que pasaban, compartió la idea con el chucho:
—Le haremos el favor al fraile —dijo con aires cómplices—, e intentaremos descubrir dónde han acampado los moros.
Cuando el perro lo miró, terminó el razonamiento.
—Donde estén los moros, estará ese malnacido de Ruy.
Y, comprendiendo que aquello le convenía más de lo pensado, se mintió a sí mismo. Intentó convencerse de que no hubiera cedido a la petición del freire de no ser porque le iba al pelo.
Así que se apresuró para ir en busca de Nuño.