Fierro

Francisco Narla · Capítulo 15 de 56

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Fierro

Capítulo 15

U n par de noches después acamparon cerca de un bosquecillo de rebollos. Una isla de árboles en medio de las praderías que cubrían las faldas de los montes, no lejos de los escombros abandonados de la casucha de algún iluso. Con suerte, alcanzarían el Camino del Rey al día siguiente.

 

Ya tenían el campamento dispuesto, los animales atendidos y, en la hoguera, un cazo renegrido con una sopa de ortigas recogidas al paso y cebollas que les diera el hebreo. Hasta el fuego se acercó Fierro renqueando y tomó asiento junto al muchacho.

Las noches aún eran frías, más allí, que ya se acercaban a la sierra, y Fierro agradeció el calor de las llamas.

—Es un mulo burdégano —le dijo a Tello señalando al animal.

El muchacho lo miró con grandes ojos cándidos.

—Es pequeño porque es nacido de burra —aclaró Fierro—; cuando son nacidos de yegua preñada por asno salen más grandes. A esos los llaman castellanos —terminó cogiendo la patera de guiso que le ofrecían.

Fierro echó un vistazo por encima del hombro y se aseguró de que no había oídos al tanto. Los hermanos, ya comidos, tirados sobre sus mantas, aceitaban sus espadas con desgana. Alvar, más atento, repetía ración, apartado del grupo, como siempre. Ruy andaba ocupado; revisaba los cascos de los caballos, las alforjas, las herraduras, los pertrechos. Todo lo que se le ocurría.

—No lo sabía —declaró Tello con inocencia.

—Como muchas otras cosas —aseveró el renco, enigmático.

El zagal se sopló el flequillo sin comprender. El renco volvió a echar un vistazo para asegurarse de que no los oían y le habló en voz baja:

—Escucha, si en algún momento las cosas se ponen feas…

—He recibido instrucción con la espada, no me arredraré —interrumpió el muchacho con ansia, deseoso de complacer.

Fierro negó con sacudidas rotundas. Observó al criajo. En el rostro, franco y sencillo, no había un solo zarpazo. Y supo, mirando el fondo de aquellos ojos verdes, que tampoco en el alma. Verde también había mirado ella, verde oscuro, como los bosques de su niñez.

Quizá por eso le gustaba aquel muchacho, porque tenía las mismas ganas de vivir que ella había tenido y, como ella, tampoco entendía que la vida jugaba peores pasadas que un borracho de taberna con dos puñales.

—No. No digas sandeces. Los cuervos no pasan hambre gracias a las entrañas de los héroes —le dijo con pesadumbre—. Yo lo he visto. Un campal cubierto de muertos, la tierra convertida en barro gracias a la sangre. Las cornejas, con el buche a reventar, incapaces de alzarse un palmo sobre el suelo.

Calló para espantar lo sucedido en las murallas de Alarcos.

—No, carajo —continuó—, si las cosas se ponen feas, escapa a uña de caballo. Y no mires atrás, por lo que más quieras, ni se te ocurra. Nosotros nos encargaremos.

Con el ceño fruncido, el muchacho intentó ocultar su decepción.

—Pero no hay honor en huir —adujo.

—Ya te lo he dicho, menos honor tiene un muerto, y tú ni barbas tienes para afeitar. ¡Cagüen la cruz de santa Elena! Esta condenada guerra ya segó demasiadas vidas, no hacen falta más.

—No —negó rotundo Tello—. Si cumplo, podré enviar dineros a casa, podré cuidar de mi familia…

—Peor será si mueres…

—Mi padre murió en una algarada en Jaén, hace dos años, y allá en San Pedro de Cardeña solo quedan mis hermanas, que se dedican a los encajes. Yo debo hacer por ellas.

—Lo sé, y sueñas con cobrar los marcos de treinta en treinta, con encargar buenas calzas, ricas túnicas y mejores mantos. Con comprarte un caballo inglés que no sea sardinero, de los que arrancan con prisa y se detienen con ánimo. Maldita sea mi estampa. Conozco la historia —dijo Fierro apesadumbrado—. Pero, créeme, zagal insensato, no hay rey que lo valga. Vive, ¡vive! Y ocúpate de que los tuyos se queden a tu lado. Sujétalos con fuerza y no los dejes marchar.

Desconcertado, Tello lo miró de hito en hito.

—Tú estás aquí, te negaste a venir y luego apareciste para rescatar a Antolín, y nos llevaste a casa del hebreo, y ahora a los pasos… Estás cumpliendo con tu deber, salvas tu honra, luchas por Cristo.

Volvió a negar. Le dio los restos de su cena al chucho.

—¡Cagüen los libros de san Froilán! Noramala se me ocurrió… Estoy aquí porque no aprendo, no me dan para más las entendederas. Mejor estaría con mis abejas —calló un momento—, o con mis ratones. —Tello frunció el ceño, sin entender—. Olvídalo. Hazme caso: si las cosas se complican, pon pies en polvorosa. No merece la pena.

El muchacho no se dejó convencer.

—Tú estás aquí —repitió, terco.

—Porque soy imbécil. Toda una vida por el rey, ¡Santiago y cierra España!, arriesgando el pellejo por tres doblas. Y no aprendo. Yo debería haberle salvado la vida…

Calló, arrepentido por el desliz, y se quedó un rato mirando al fuego antes de continuar:

—Solo una cosa tuve en la vida que merecía la pena. Solo una —insistió con la voz tomada—. El resto fue miserias de soldado. Riesgos, malas pagas, borracheras, putas y, sobre todo, miedo y sangre. Los codos tintos, los huevos encogidos. Los atabales moros atronando… No lo creerás hasta que los escuches por primera vez. —Hablaba sin mirar al muchacho, perdido de repente en sus recuerdos—. Tienen tambores tan grandes como para bañar dentro una piara de gorrinos enormes… —aclaró, apagando su voz—. No lo creerás hasta que los veas. Cuando los golpean, todo el suelo en derredor tiembla, ¡incluso las muelas se te mueven! Da la impresión de que se te vayan a soltar los dientes… Y se te mete en la cabeza, un golpe tras otro, uno tras otro, uno tras otro. —El muchacho se dio cuenta de la expresión ausente del atajador, que ya no estaba junto al fuego, sino en algún campo de batalla de su pasado—. Uno tras otro, todo el tiempo… Y mientras los hacen sonar, gritan, no… No, ululan, como demonios…

Lo que no le dijo al chico fue que aún había noches en que se despertaba con aquel macabro coro. Tal y como lo había oído tras la derrota de Alarcos.

—… Y el olor de los muertos —añadió de pronto, como en un sobresalto —. Se pudren al sol entre los zumbidos de las moscas. Los cuervos se pelean por los colgajos. Los buitres tapan el sol… Lo peor es la peste, ese olor a corrupción. No te deja olvidar que no somos más que carne…

Guardó silencio un momento, abstraído.

—Solo una cosa tuve en esta vida mísera —dijo, regresando de aquel lejano lugar de la memoria—, y la perdí. La perdí por hacer lo que debía. Por el rey, por la cruz. —Negó una vez más—. Majaderías. ¡Cagüentó! —maldijo escupiendo con desgana—. Al rey Alfonso le importa una higa el Papa o los clavos de Cristo. No se trata de defender la fe. Lo que quiere es desquitarse porque le raparon el cogote en Alarcos y, de paso, si le ensarta las tripas al moro, se lleva un buen botín. Si vence, se abre el camino al Guadalquivir, él mismo o sus hijos podrán intentarlo con Jaén, Córdoba y la gloriosa Sevilla. Granada costará algo más, porque está encerrada en sus montes…

Guardó silencio, comprendiendo que le podía el hábito de atajador y se iba por las ramas.

—Si pintan negras, huye y vive —insistió—. Yo lo perdí todo por hacer lo que debía… Y no fue a manos del jodido moro. Fue por mor de un traidor hideputa que rezaba el paternóster tan bien como el obispo de Osma.

Aquella revelación demudó el rostro del muchacho. Incapaz de creer que entre cristianos hubiera traidores capaces de poner el dogal al cuello a quienes adoraban a Cristo crucificado.

—Aunque… —dudó un instante Tello—, aunque sea cierto, lo que ha de hacerse ha de hacerse. Si me desempeño bien, puede que algún día tenga fondos para un caballo —continuó, soñador—. Podría convertirme en un pardo…

Fierro negó de nuevo.

—Ni pardo ni hidalgo ni noble hijo de alta cuna. ¡Cagüen la parrilla de san Lorenzo! ¿Qué piensas, que por rebanarle el pescuezo a dos moros de pronto vas a convertirte en nieto del mismo Cid? Tamaña majadería solo podía ocurrírsele a un criajo como tú, ¡dita sea! ¿En qué piensas, mentecato? ¿Pretendes viajar hasta las Huelgas Reales para que te arme caballero el mismísimo apóstol Santiago, como a los reyes de Castilla? Despierta, muchacho, te juegas la vida.

Desconcertado con todo aquello, el zagal porfió:

—A gusto me la juego. Así ha de ser. Para recobrar las tierras que perdió don Rodrigo. Me la jugaré una y mil veces si es menester. Y lo haré con orgullo, con la cabeza alta, una oración en los labios y mi familia en el corazón —aseguró, llevándose al pecho una mano—. Cada cual ha de cumplir con su deber. Y no se abandona porque otros lo hayan hecho. El honor no entiende de excusas.

Se lo quedó mirando el melero. Observó aquella mano, tiznada con el carbón de la fogata. Le gustaba aquel muchacho. Podía haber sido su hijo; a ella también le hubiera gustado.

—Eso mismo decía ella… Y yo hice lo que hice. Cumplí con mi deber. Y ahora está muerta… Por mi culpa.

—¿Quién? ¿A quién te refieres? —preguntó Tello, confuso.

No contestó Fierro. Había vuelto a Alarcos. A los días antes de que los moros se presentasen para la batalla.

Los días en que floreció la esperanza.

Recordó los andamios, los postes, las colañas, el barullo de las obras en la muralla. El remozado de la barbacana. El trasiego de idas y venidas en la alcazaba. Bajo el sol del verano el lugar bullía mientras, convencidos todos por la fe del rey, las gentes se afanaban en convertir el lugar en una floreciente ciudad cristiana. La fortaleza se reparaba, intentando olvidar aquella guerra que siempre tenía razones para volver a empezar. La ciudadela se llenaba de artesanos venidos de todos los rincones de Castilla, engañados por los alcaides del rey, convencidos de que allí tendrían un futuro. Habían llegado carpinteros, cesteros, jaboneros, herreros, gualdraperos, ceramistas, lavanderas; y también panaderas.

Recordó el calor reconfortante del horno, la tibieza de la desnudez, las caricias. Y, por encima de todo, aquel aroma a pan recién hecho. Aún a veces le parecía olerlo.

El chucho advirtió la pena de su amo. Se movió hasta apoyar la cabeza en el regazo de Fierro y allí se quedó, muy quieto.

Tras ellos, sin prestarles atención, Ruy cruzó para acercarse a donde estaba Alvar. Martín dormía. Antolín rezaba por lo bajo alguna plegaria.

Sobre ellos, el firmamento, limpio como una patena, deseoso de enseñar lo que tantas semanas habían escondido las lluvias, tejió sus delicadas puntillas de estrellas.

Tello aguardó pacientemente. El chucho, también.

Hubo tiempo para que las sombras cambiasen de lugar al antojo de la luna, que señoreaba la noche sirviendo plata fría en la frontera.

Fierro miró al muchacho. Tello se fijó en las arrugas, las cejas canas, la marca junto a la oreja que había dejado una lanzada, el costurón de una cicatriz que se adivinaba en el cuello y se perdía bajo la camisa. En las manos, curtidas, aferradas al bordón ahumado. Y, aunque no le hablaba, lo que veía le contaba historias, las mismas historias que él quería vivir.

—Yo era igual que tú, con la cabeza llena de pájaros…

Dicho aquello, sin dar otra explicación, se irguió con ayuda de su vara y se alejó hacia los montes.

Tello se lo quedó mirando, lleno de preguntas. Cuando se volvió hacia Ruy, lo descubrió enzarzado en una agria conversación con Alvar.

El muchacho esperaba que el de Carrión lo estuviese reconviniendo por haber apostado en contra de Fierro en la venta del hebreo. Aquello no le había gustado. Andaban todos juntos en aquel embrollo.

De repente, al ver marchar al atajador, el muchacho decidió que, en sus oraciones antes de acostarse, rogaría al Señor porque ayudara a aquellos dos hombres.

Echó unas ramas al fuego.

Le pediría que ayudase a Fierro a perdonarse, y también a Alvar, para que ablandase su carácter.