Fierro

Francisco Narla · Capítulo 16 de 56

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Fierro

Capítulo 16

N o podía haberles sucedido en peor momento. Medio pelo les había faltado para terminar ensartados en lanzas moras, y aún no las tenían todas consigo. Más les valía andarse con ojo si querían ver amanecer. De no volverse las tornas, estaban condenados.

El único consuelo de Fierro era que el joven Tello estaba a salvo. Se había quedado con las monturas, en la vaguada del regato que llamaban Guadalfaiar.

Estando tan cerca del castillo del Ferral, el melero había temido que un relincho o un mal rebuzno los delatase, y esa había sido la excusa para decirle al zagal que no asomase el hocico. De esa guisa, Tello los esperaría a distancia prudente, acampado durante los dos o tres días que tardarían.

Aunque esa no era toda la verdad. Alguna otra cosa se le hubiera podido ocurrir para apartar al muchacho de un mal encuentro con los moros; pero resultó creíble y el criajo quedó convencido, con el orgullo intacto.

Fue así como los cuatro restantes, sin animales, se habían echado al paso del Muradal.

Como el camino se abrigaba bajo la fortaleza del Ferral, a merced de los centinelas de la guarnición, no les había quedado otra que echarse bosque a través. Tal que alimañas por la maleza.

Y pese a todas las dificultades, casi habían conseguido salir con bien. Casi.

Ahora, mientras vigilaba, atento al menor ruido, a la más leve pista de que la patrulla había dado la vuelta, no pudo evitar susurrarle al chucho:

—Siempre es el último paso con el que caes al pozo —se lamentó—, ¡cagüentó! Qué poco faltó… ¡Dita sea mi estampa!

Si hubieran logrado volver a la vaguada del Guadalfaiar, donde Tello los estaría aguardando con algo arrimado al fuego, todo hubiera acabado.

Pero no resultó.

—… Más te vale aprender a cocinar, bastardo quemapucheros, porque vas a vivir solo en tus propias tierras… ¡Hecho!, ¡ya está hecho!, ¡ya le rapamos hasta el último de los bigotes al gato! —había exclamado Ruy, exultante.

Pese a haber intentado lavarse, el de Carrión seguía cubierto de porquería que le ennegrecía el rostro. Todo lleno de rasguños, incluso tenía hojas de lentisco agarradas en la hombrera, prueba de la ordalía que habían sufrido al seguir a gatas, entre las matas, la senda de aquel paso del Muradal.

—Aún no —le había repuesto Fierro—, aún no se aguanta la herradura. Hay que amartillar el último clavo. Todavía tenemos que volver. De poco sirve lo que sabemos si nos apiolan antes de contarlo. No, no vendas la piel antes de cazar al oso, ¡dita sea! No queda otra que pasar de nuevo bajo los morros de la guarnición —había advertido—. Si nos dejamos ver, no van a limitarse a preguntar qué tal andamos. Nos van a rebanar el pescuezo, u os creéis que se van a tragar que Alvar ha bajado al arroyo a lavar la ropa…

Al oír su nombre y, por primera vez desde que conociera al atajador, el gigantón, que roía un mendrugo de pan, se volvió hacia Fierro. No solo lo miró sin desprecio, sino que incluso le dedicó un remedo de sonrisa.

—No —saltó Martín—, no se lo tragarían… Le falta el cesto con la colada…

Rieron.

Estaban contentos, habían logrado lo que se les suponía. Con lo averiguado se creían capaces de ponerse en la piel del Miramamolín e imaginar qué se le antojaría al califa y cuándo se le antojaría. Podrían dar baza a sus compadres cristianos frente a un ejército más numeroso y mejor armado.

Todo el día les había costado, todo un día y parte del siguiente. Noche tuvieron que hacer junto a un arroyico miserable que empezaba a quedarse corto con los calores. No les había quedado otra que arrastrarse cual sierpes, buscando huecos para ocultarse entre madroños y piedras. Se arañaron con las jaras y los enebros, maltrataron las rodillas con los guijarros, se despellejaron las manos con los espinos, pasaron hambre, sed y miedo, pero lo habían conseguido. Lograron pasar sin que los hombres del castillo los descubrieran.

Y encontraron lo que habían ido a buscar. Aquel paso del Muradal era impracticable.

—Es como un condenado cepo —había dicho Ruy.

Con el ceño fruncido, miraba hacia el siguiente desfiladero.

—Lo es —había respondido el melero, vuelto también el rostro hacia el siguiente hito en el camino, donde una gigantesca losa daba pie a un despeñadero—, peligroso como un oso recién despierto tras la invernada.

El de Carrión había asentido, pensativo.

—Las mesnadas no pueden usarlo —había asegurado con rotundidad—. Sirve para el mercadeo, hay sitio de sobra para un par de caballos sardineros con sus esportillas llenas —había continuado Fierro, abriendo los brazos, juzgando el ancho de la vereda desde donde estaban—. O para una pandilla de comadres llevando encajes, incluso para el carro atestado de un calderero, pero poco más. Si el califa aguarda en el cerro con sus tropas —añadió señalando la loma más al sur—, entonces…

No pudo acabar Fierro la frase, porque Ruy se animó a seguir él mismo:

—Entonces podemos darnos por jodidos —remató—. No quedará cristiano vivo —afirmó, cenizo—. Le bastará a ese pagano hideputa ir disponiendo un haz tras otro. Con una veintena de hombres de cada vez nos dejaría listos.

Todos miraban el lugar y no les costó hacerse cargo de lo que supondría. Una auténtica carnicería.

Desde allí podían verlo con claridad.

Entre encinas, quejigos, rebollos y matorrales. Entre areniscas y puzolanas. En medio de un continuo subir y bajar, de cuestas, cortados, collados, despeñaderos, gargantas y barrancos. Junto a un arroyo al que decían de los Frailes, donde intentaron quitarse parte de la roña, estaba el fin de su trayecto. Allí. Allí se acababa.

—Detrás del cerro, más allá el collado, estará el valle. Úbeda y Baeza — remarcó Ruy, señalando la subida que seguía al despeñadero.

—El Guadalquivir —concordó Fierro—. Les basta seguir el río desde Sevilla —insistió, remarcando lo que habían hablado—. En medio mes plantan las tiendas en la loma —aseguró mirando la lontananza—. Tienen regatos para garantizar el agua, pastos para sus monturas y sitio de sobra. Además, llegarán descansados, sin más quebranto que el de alguna herradura perdida. Y, si los nuestros quieren echárseles encima, el único camino posible es ese condenado… —Echó otro vistazo al despeñadero y suspiró—. Es como ponerse el dogal al cuello… Basta con que nos esperen en lo alto y nos vayan dando caza según asomemos los hocicos…

—Es como un embudo —reconoció Ruy—. Aunque fuéramos tantos como ellos, no serviría de nada.

—De nada —repuso Fierro convencido—, por ahí no pueden pasar más que de seis en seis, y eso apretándose… El camino es malo desde el Muradal. Empieza a enrevesarse ya en la misma vereda del castillo, pero pasar junto a esa losa es ya penitencia —añadió señalando la enorme roca a cuyo pie se iniciaba la caída—. Además, tendrían que venir montados en cabras en lugar de en caballos… No podemos dejar que nos atrapen aquí con la guardia cambiada…

Antolín, dándoles la razón, recurrió a sus pesimistas jaculatorias:

—Nihil novum sub sole.

Su hermano agarró la higa que llevaba al cuello. Ambos parecían espantados solo por imaginarse entre aquellas paredes de roca a merced de los moros.

El de Carrión parecía ensimismado, y Fierro creyó comprender. Ruy estaría reviviendo alguna otra emboscada de su pasado. Algún lance en el que debía haber salido mal parado.

—Si metemos por ahí los hocicos, nos los cortan —concluyó el atajador —. Si el Miramamolín hace lo que barruntamos, es mejor que los nuestros sigan el Camino del Rey —añadió señalando al oeste, más allá de los árboles, los pedruscos y las cañadas, allende aquel enrevesado paisaje.

Fierro calló, regalándole silencio a su amigo. Y Ruy quedó unos instantes sumido en aquel mal trance de su pasado.

Pero no tardó en recuperarse.

—Llevas razón…

Lo dejó en el aire en tanto cavilaba algo más. Entonces sonrió con júbilo y tomó a Fierro de los hombros.

—No hay más que rascar. Hemos cumplido —dijo, como si celebrase en una taberna—, no resta más que rendirle cuentas al rey. —Miró entonces a su amigo—. Más te vale aprender a cocinar, bastardo quemapucheros, porque vas a vivir solo en tus propias tierras… ¡Hecho!, ¡ya está hecho!, ¡ya le rapamos hasta el último de los bigotes al gato!

Y ya solo les había faltado regresar sanos y salvos hasta donde Tello esperaba.

Sin embargo, tal y como había temido Fierro, fue entonces cuando surgieron los problemas.

Tuvieron mala suerte. Como había intentado explicarle al zagal, de poco importaban la instrucción o el valor cuando las cosas se torcían. Por eso mismo a Fierro le gustaba decir de tanto en tanto:

—Al demonio le gusta jugar a los dados…

Muchas cabilas tenían sus dialectos y habían pasado tantos años desde aquella odisea en el desierto que el árabe de Fierro estaba oxidado; ya solo hablaba la aljamía de la frontera, una mezcolanza de lenguas que tomaba prestado de unas y otras. Aun así, creyó entender que aquel desbarajuste había empezado por culpa de un retortijón que le metió a uno la flojera de tripas debajo de la chilaba.

Agazapados, incómodos, enredados entre las jaras y el romero, luchando contra el calor, intentando no sacarse los ojos con las ramas secas. Fue entonces cuando escucharon las voces.

Los gemidos, las carreras y los gestos se lo dijeron todo. A lo mejor había bebido de algún charco, o tal vez había guardado algún recuerdo del rancho que se le había agusanado.

Como una exhalación, el tipo y sus barbas, bien negras y bien largas, pasaron corriendo. No había que graduarse en París para saber que no pretendía acogerse a sagrado, solo buscaba lugar al que echarse sin más, y sus compañeros, algo más retrasados, ya reían a carcajadas, divertidos por el apuro del primero.

No hizo falta que nadie gritase la orden. Eran tipos bregados. Los cuatro se escondieron a la primera señal de los infieles, descendiendo hacia el despeñadero por el que caía el arroyo que habían estado siguiendo.

Como única baza a favor tenían que, de todas cuantas habían pateado, aquellas veinte varas eran las más empinadas, pedregosas, laberínticas y condenadas.

No había mucho donde elegir. Cada cual se acomodó donde pudo, en los resquicios entre los peñascos y la maleza. Fierro solo fue capaz de advertir que Martín se encaramaba a las ramas de un alcornoque mientras su hermano se resguardaba bajo unos matorrales. A Ruy, de reojo, lo sospechó más allá de unos pedruscos. Y, en cuanto a Alvar, no tenía idea.

Vigiló, atento, cuando, para colmo de desgracias, aquel moro decidió echarse al mismo lado del paso donde estaban ellos.

Fierro, bien a cubierto, le puso la mano encima al chucho, para evitar que hiciera una tontería y, conteniendo la respiración, miró alrededor.

Vio pasar de largo a los hombres de la patrulla. Iban dándose codazos, todos muy risueños, señalando hacia donde su camarada quedaba en cuclillas intentando contener lo que ya no había modo de contener. Desaparecieron por el despeñadero de la losa, moviéndose con tiento para no dejarse los sesos allí mismo.

Lo que Fierro no supo fue que Alvar estaba a punto de descubrir si el buen Creador en su infinita obra había dotado a moros y cristianos de los mismos atributos. O si era cierto, como decían algunos lenguaraces, que los infieles tenían un rabo puntiagudo como el del mismísimo Lucifer.

—Siempre es el último paso el que hace caer…