Fierro
Capítulo 28
N i siquiera alcanzaba a ratonera. Ni las ratas encontrarían acomodo en semejante lugar. Apestaba a meados viejos, vómitos nuevos y vientres maltrechos que habían sobrevivido largos cautiverios sin más para matar el hambre que gachas de almorta.
Las piedras estaban cubiertas por una pátina húmeda. El suelo, sembrado con desperdicios. Y las dos únicas concesiones eran un cubo de pichel y una jarra desportillada. El cubo estaba lleno. La jarra, vacía. El cubo hedía a los restos ya fermentados que allí abandonaran las tripas del último cautivo. La jarra no tenía siquiera un trago con el que engañar la sed.
Para dormir no había otra cosa que una gavilla de heno que había visto la hoz, cuando poco, diez siegas atrás. Mal esparcida, pisada mil veces y tan usada que ya solo se veían pajillas y polvo. Tan desastrado parecía que incluso podía albergarse la esperanza de que chinches y liendres hubieran muerto ya, o de hambre o de pena.
Y, como había un solo muro derecho y la maldita mazmorra era miserablemente pequeña, para tumbarse había que entrenar el tino y escoger bien dónde chantar los pies para estirarse, porque lo más sencillo era dejarse los cuernos en el intento y terminar con un coscorrón.
La única luz era la escasa que se colaba por una celosía en la puerta y que no venía de otro lado que de los hachones prendidos en la galería que, bajo tierra, daba acceso a las mazmorras del alcázar de Baeza.
Se trataba de un recoveco perdido que, quizás en tiempos, había servido de almacén o de bodega, y que, en los cambios de manos, a alguien, moro o cristiano, se le había ocurrido aprovechar para dar martirio a los condenados, ya fuera por la gana del rey o por el capricho del califa.
En las tripas de la fortaleza, tras el precipicio que daba al río, después de dos lienzos de muralla más allá de los centinelas en la avanzadilla, allende los barracones de la soldada, al fondo de unas escaleras resbaladizas, se llegaba a aquella galería donde terminaban los desgraciados.
Tan abajo y tan apartada que era el único rincón del lugar donde no alcanzaba el delicado aroma de azafrán que abarrotaba las vegas del alfoz.
Entre el cereal, la mies, los acebuches y, más que ninguna otra cosa, aquellas flores del azafrán, Baeza señoreaba un cerro por el que se paseaba el Guadalquivir. Allí la sierra cambiaba y demostraba su mal genio. Desde Toledo hacia el mediodía, la tierra se iba plegando con pereza, enredada en esa puzolana grana que recordaba a sangre derramada. Pero desde el tiro que suponían el par de Úbeda y Baeza, los montes Marianos se enrevesaban en cortados y despeñaderos. A partir de las dos ciudades, la serranía se embrutecía con saña, convirtiéndose en la penuria del caminante que, al coronar cada cumbre con el bofe en la boca, no veía más que otra escarpadura que anunciaba una siguiente. Hasta los pinos parecían aferrarse con uñas desesperadas a las laderas. Eran los lindes de la maldita frontera, y no lo eran tanto por el ingenio de los hombres sino por el capricho del mismo Creador, que había retorcido aquellos montes.
Allí regía Baeza, coqueta y robusta. Preparada para el asedio. Voluntariosa en la guerra. Tenía sus mezquitas, sus mercados, su vieja medina e incluso una iglesia donde según el genio de los moros, en años sí y en años no, dejaban a los de la mozarabía consagrar la hostia y recibir a Cristo. Tenía hasta curtiduría y negocios de alfarería.
Pero, más que ninguna otra cosa, tenía metido dentro el demonio de la guerra.
En aquella lucha eterna entre moros y cristianos había sido de los unos y de los otros, y cada cual había engrosado sus murallas. Capa tras capa de piedras margas, capa tras capa de muros de albarrana, la villa se había convertido en un gigantesco calabozo; difícil de asediar, casi imposible de conquistar y una locura para el que quisiera escapar. Tanto que estar tristemente encerrado en lo más hondo de sus entrañas significaba que la única esperanza de libertad dependía de la merced de los captores.
Comprenderlo hizo que le hirviera la bilis. Porque morir en el intento podía pasarle al más espabilado, pero fracasar cuando todavía se era capaz de blasfemar no tenía perdón de Dios. Y allí, en aquella condenada ratonera, solo podía esperar a que un antojo de la fortuna le diera oportunidad.
—Deus dedit. Deus abstulit —había dicho Antolín con los ojos gachos.
Y tras aquellas palabras dio por sentado que se había terminado la poca y perra suerte que había tenido.
El enjambre se había marchado. Unos cuantos más habían quedado para siempre en aquella poza con lino enriado. Otro intentaba sujetarse el triperío, que le salía por un tajo del estoque que iba de la cadera hasta el ombligo. Uno más aullaba de dolor intentando volver a meterse el ojo en la cuenca vacía.
Y los dos hermanos se relamían. Encantados de que aquella pieza tan bien pagada estuviera en sus manos.
Fierro, con aquella locura de cerrarse las espaldas contra la trampa del arroyo, hubiera salido entero de no haber sido porque eran demasiados. Y pese a todos los que había despachado, quedaban otros tantos.
Ahora, resollando por los esfuerzos, sabedor de que no le quedaba más cuajo que el de morir con dignidad, echó un vistazo desprendido a Antolín y le espetó con desprecio:
—¡Cagüen los obispos de san Inocencio! Malparido, debí haber dejado que te ahogases en el Jabalón…
Lo soltó porque quería ganar tiempo para recobrar el aliento. Y se tiró de las calzas. Se preparó para morir matando.
Lo que no esperaba el atajador era que aquella maldición le daría ocasión de ver un nuevo amanecer.
A Martín le resbaló lo dicho. No se acordaba siquiera de que habían prometido guardar una al melero; sin embargo, a su hermano sí pareció afectarle el reproche de Fierro. A lo mejor tanto latinajo y tanto recomendar el rezo le despertó la caridad cristiana. Algo se le torció en el gesto y le echó la mano al brazo del hijo de su padre para obligarlo a acercarse un paso, hasta quedar pegados.
Quizá lo convenció diciéndole que el Miramamolín pagaría más por el atajador vivo que muerto, o podía ser que se cobrase algún favor que se debían. Fuera como fuese, y a Fierro poco le importaba, Martín se lo quedó mirando mientras acariciaba la higa con la mano que tenía mermada.
Tras unos instantes de indecisión, asintió al cabo, hincando el mentón en el pecho. Dio la orden a los moros que aún quedaban con vida. La recibieron enrabietados, porque todos ellos querían reventar los higadillos al cristiano que había despachado a sus compadres, pero obedecieron.
No supo lo que se dijeron y tampoco tenía curiosidad por saberlo. Lo que sí supo fue que, para cuando se le echaron encima con la última arremetida, cuando él ya solo rogaba por morir de pie y no hincando las rodillas, los moros, en lugar de descabezarlo entre alaridos, lo apresaron y le ataron las muñecas con la correa de su propio zurrón.
A partir de entonces se despacharon a gusto, y si refrenaron la golpiza fue únicamente para no tener que cargar con él durante el camino hasta Baeza, a la que llegaron por la puerta del Cañuelo y donde tuvieron que dar santo y seña para que les franquearan el paso.
Así había terminado en lo más hondo del alcázar.
Sin el chucho. Sin el zurrón. Sin su fierro. Maltrecho y dolorido. Maldiciendo aquella sed que tan malos recuerdos le traía. Así estaba. Pero todo eso le importaba una higa. Lo que le revolvía las tripas, lo que hacía que le corriese hiel por la garganta, más que ninguna otra de aquellas penalidades, era el temor de que se le escapase el cabrón de Ruy.
Por cuanto habían dicho los hermanos, por lo que había mencionado aquel calatravo loco que quizá no andaba lejos, el caballo rucio del apocalipsis venía al galope, resollando, y su jinete, al que llamaban guerra, ya había desenvainado.
Moros y cristianos parecían impacientes por despellejarse una vez más.
La batalla que tanto buscaba el rey de Castilla estaba cerca y, una vez que hubiera vencidos y derrotados, a saber dónde acabaría el de Carrión. Con todo lo cobrado al califa, tanto podía volverse a los pagos de León como marchar a Génova a hacer negocio de armador, o incluso buscar acomodo con los navarros y pasar cuanto le quedara en este valle de lágrimas emborrachándose con sus buenos vinos.
—¡Cagüen los anuncios de san Gabriel!
Estaba vivo y, por cuanto sabía, en la misma villa que el propio Ruy. Pero no tenía modo de llegar hasta él y, en tanto, el tiempo se le agotaba.
Andaba lamentando su situación cuando oyó pasos y un tintineo pesado.
Alguien se acercaba con prisas.
Oyó las voces, los insultos, algún golpe y muchos lamentos. Pasaban ronda por el resto de los calabozos y parecía que había abundancia en las mazmorras de Baeza, porque le llevó un buen rato a los carceleros llegar hasta la puerta de Fierro.
—¡Empreño de cabra! —le gritaron desde el otro lado de la tablazón—. Ni sueñes con tocarme los huevos, que los tengo delicados. —La voz era ronca y, pese a la amenaza implícita, se notaba un dejo de fastidio—. A la primera te ato por los pulgares y te cuelgo de una viga. —Era un discurso bien ensayado, de quien ha dedicado tiempo a repetirlo, y Fierro se preguntó desde cuándo llevaría aquel tipo a cargo de las mazmorras—. A la segunda te rompo las rodillas, una a una, para que lo lamentes bien lamentado. —Sonaba cierto—. Y a la tercera… Uhhh, a la tercera te vas a acordar de todos mis muertos, ¡y de los tuyos! A la tercera te abro el gaznate con una despabiladera sin afilar, te saco la lengua como a gorrino en matanza y te estrangulo con ella. ¿Entendido?
Fierro calló.
—¡Por las sandalias del Bautista! No me busques que me encuentras —lo amenazó ronca aquella voz—. Estás recién pescado, por eso voy a arrejuntar un pellizco de paciencia y te voy a dar una oportunidad más. Pero, te lo advierto, como no contestes te quedas sin cena y sin agua. Y como contestes lo que no debes… Ya sabes, los pulgares…
Fierro se pasó la lengua por los labios resecos y tomó una decisión.
—Entendido —gruñó.
—Así me gusta, así me gusta. Suave como un culito de monja sin estrenar —empezó con tono zalamero—. Pues, ¡hala!, en pie, de cara a la pared y con las manos donde pueda verlas —concluyó, de nuevo con el hablar de quien está acostumbrado a dar órdenes que son obedecidas—. ¿Entendido?
A regañadientes, Fierro hizo lo que le mandaban y respondió:
—Entendido.
Sonó entonces la vuelta de la cerradura y los goznes chirriaron. El pesado portón se movió. Entró algo más de la luz cimbreante de las antorchas, cosa que no ayudó a tener mejor opinión del alojamiento. Y Fierro oyó que alguien pasaba.
Sin volverse, echó un vistazo por encima del hombro. Colgando del techo de la galería había un pobre desgraciado al que, por lo que pudo distinguir, habían colgado de los pulgares. Quizá porque de verdad había desobedecido al carcelero o quizá porque a este le había convenido, para demostrar a los demás cómo era el tan aclamado escarmiento.
Enseguida entró un tuerto al que costaba dejar de mirar. Tan gordo que parecía su prodigiosa barriga la de una vaca preñada. Inflado como un capón, debía de rondar las veinte arrobas, y Fierro hubiera podido meter sus dos pies en una sola de sus abarcas. Enorme como era, tuvo que esforzarse por atinar con el umbral.
Para colmo, tenía chepa. Y una pierna más corta que la otra. Aunque aquellas no eran la mayor de sus rarezas. Lo auténticamente excepcional era su rostro deformado. Como la abolladura de un yelmo tras la coz de un mulo, la mejilla y la sien estaban aplastadas. Tan desastrado le había quedado aquel lado de la cara que el hueco del ojo que le faltaba no era más que un amasijo informe de viejas cicatrices que subían y bajaban. Su papada no era menos prodigiosa que su barriga y las venillas de su nariz bulbosa delataban que, aparte del buen comer, le gustaba también el buen vino.
Pese a la deformidad, se veía a las claras que era cristiano. Y también que llevaba en aquel trabajo el tiempo suficiente como para acariciar el hartazgo. Pero lo que preocupó a Fierro fue la soltura con la que se manejaba pese a sus gorduras; parecía de esos capaces de mantener aquellas portentosas grasas y, sin embargo, estar endurecidos por el trabajo.
Le bastó una ojeada para desconfiar.
—Aquí las cosas se hacen como me sale a mí de los cojones —anunció sin dar un paso más—, ¿entendido?
Sin poder evitar algo de rebeldía, en lugar de responder sin más, Fierro se limitó a asentir, lo que provocó una inmediata reacción del tuerto.
Con una agilidad inusitada para su defecto en las piernas, se movió como una centella y, liberando una porra que llevaba al cinto, le soltó al renco un zurriagazo en los riñones.
Era un buen tarugo de encina, sobada por el uso y el abuso. Fue un golpe dado con maestría y, pese a sus esfuerzos, Fierro no logró tenerse en pie.
El carcelero lo miró divertido.
—¿Entendido?
El melero comprendió que ya habría ocasión de cobrárselas y que más le valía ceder.
—En… Entendido —logró balbucir.
—Muy bien, así me gusta, como los corderitos obedientes. A la siguiente majadería te cuelgo de los pulgares —amenazó—. Aquí las cosas se hacen como yo digo.
Dejó que el mensaje calase y, tras asentir para sí mismo, continuó con su parlamento.
—Cada anochecida se trae la comida —anunció, haciendo un gesto a un chiquitajo que se había quedado en la galería y que apareció enseguida con un cubo de agua y otro de un potaje infecto—. Si se te rompen las tripas o te sangra el culo, te callas, porque aquí no hay maestro de llagas ni lo va a haber. Por lo demás, calladito y sin armar bullas, no quiero escándalos en mis calabozos. ¿Entendido?
Logrando alzarse pese al tormento en su riñonada, Fierro respondió:
—Entendido.
—Así me gusta.
Y, sin volverse, para no darle la espalda al prisionero, el enorme carcelero salió del calabozo caminando hacia atrás.
El portón, de madera recia y reforzado con herrajes, volvió a chirriar, y la cerradura entonó su cantinela.
En cuanto quedó solo, Fierro se acurrucó en el suelo y comenzó a respirar con fuerza, apoyando las manos en los cuadriles.
Necesitó un buen rato para recuperar el aliento y sentirse con ánimos para acercarse a lo que le habían dejado.
No habían vaciado el cubo de desperdicios. En una escudilla abollada había unas cucharadas de un potaje grisáceo en el que saltaban gorgojos. Y en la jarra, unos dedos de agua verdosa.
Reuniendo toda su fuerza de voluntad, sabedor de que debía racionarlo, Fierro echó un trago que aguantó en la boca cerrada, para engañar a la sed. Luego, sentado en el frío suelo, echó un nuevo vistazo al calabozo.
—Menuda estampa —dijo como si le hablase al chucho—, ¡cagüen la vulgata de san Jerónimo!