Fierro
Capítulo 30
P ara poder volver a colocarlos sin inconveniente alguno, los fue dejando por orden sobre las piedras húmedas del suelo. Lo hizo con cuidado, disponiéndolos con el mismo patrón con el que habían sido clavados, unos más arriba, otros más abajo, algunos torcidos.
Luego aprovechó los restos de aquel puchero para engrasar el pasador sobre el que giraba el portillo, para evitar el chivatazo de un mal chirrido.
Y, antes de abrirlo, se aseguró de que se seguían escuchando aquellos fenomenales ronquidos. Satisfecho con la cantinela que reverberaba sin cesar, se tumbó cuan largo era, pegado al portón.
Cuando levantó el postigo, con poco más de un palmo de largo y medio de alto, arrimó los hocicos como un topillo por una ratonera y, desde aquel ras de suelo, tuvo una escueta visión de la galería de calabozos de la alcazaba de Baeza.
Lo primero que descubrió, pese a que los hachones ya casi se habían consumido, fue que del techo del corredor no había un desgraciado colgando de los pulgares, como había pretendido aquel barrigón. Con pasmo y un dejo cínico, acertó a ver que lo único que pendía de allí eran unas botas viejas con unas calzas rellenas de heno, como las de un espantapájaros.
—La madre que lo hizo… —no pudo evitar susurrar.
También advirtió que, en lado opuesto del pasillo, había otros cuatro portones que anunciaban otros tantos calabozos. Supuso entonces que, como mucho, serían un total de ocho prisioneros, en el caso de que todas las mazmorras estuvieran ocupadas.
Luego, forzando el pescuezo y acallando el dolor del hombro, logró vislumbrar el extremo ciego de la galería, el más cercano a su magro alojamiento. Allí estaba cerrada con una pared monda, sin otra cosa de interés que un par de churretones de vieja humedad. No había más que rascar.
Cambiando la postura, logró ver el otro cabo.
El corredor se abría a un zaguán que daba paso a unas escaleras. Allí había algo más de luz, como si en alguna mesa o estante brillase una palmatoria. Distinguió, repartidos por el fondo, al pie de los escalones, colgando de cáncamos agarrados a la pared, un par de rollos de cuerda, unos grilletes y un enorme tabardo que no podía ser de otro que del carcelero, a quien no podía ver por completo, pero al que se intuía. Veía sus gordos pies, apoyados en un sufrido escabel que pandeaba por mor del peso.
El tiparraco seguía roncando como un oso furioso.
Se incorporó para masajearse el hombro y darse tiempo de pensar. Al cabo, decidió que merecía la pena arriesgarse.
—Guillén —llamó con apenas un susurro, esperando no despertar al capón cebado.
Aguzó el oído y esperó, pero no hubo respuesta.
—Guillén, freire chiflado, ¿andas por ahí? —insistió, alzando un pellizco la voz.
Justo entonces, el carcelero rezongó como gorrino en pocilga recién embarrada. No supo Fierro si por sus llamadas o por un mal sueño, pero resolvió ser prudente y aguardar un tanto antes de volver a intentarlo.
Lo hizo tras colmar su paciencia, ya sin fe. Y estaba a punto de cerrar el postigo para dedicarse a otros asuntos cuando llegó la respuesta:
—Fierro, ¿eres tú?
Tragó la noticia y volvió a hablar, prestando toda su atención para ver si acertaba en qué calabozo estaría encerrado el calatravo.
—Sí, yo soy.
—Sea el Señor loado en su infinita bondad —soltó el fraile de carrerilla —. Nunca imaginé qué esperanza podría encontrar en este pozo de desolación al que me han llevado las malas artes de los paganos. ¡Qué bendición de los mismos Cielos! ¡Qué alivio saberte…!
—Pero ¿quieres callarte condenado? —lo interrumpió, alzando la voz todo lo que se atrevió.
Y el calatravo guardó silencio.
Por un momento, no se oyó nada más que el pingar de una gotera, y Fierro temió lo peor. Ya se disponía a recolocar de cualquier modo el postigo cuando se escucharon de nuevo los tremebundos ronquidos del carcelero.
Respiró aliviado y, antes de poder hablar de nuevo, lo asaltó el freire:
—Sigue durmiendo —anunció, como si no fuese evidente.
Fierro pensó que, de tenerlo cerca, le hubiera soltado dos sopapos, pero se contuvo haciendo acopio de voluntad. Fue al grano.
—¿Pasa alguien más por aquí amén del gordo? —preguntó.
—No, en los días que llevo encerrado a él es al único que he visto. Deben de andar cortos de gentes los moros con esto de la guerra. Hay un muchacho que viene a ayudarlo con el rancho, pero no, no he visto a nadie más.
Fierro sabía que no era ocasión de reconvenir al fraile por sus discursos y se guardó bien las maldiciones que le llenaban la boca para sopesar muy bien lo escuchado antes de la siguiente pregunta.
Sonaba lógica la suposición del calatravo. Probablemente, todo aquel capaz de sostener un arma estaría en alguna tienda, no lejos del Miramamolín, presto a tender la trampa del Muradal a los cristianos. Y casi con toda seguridad el que ayudaba con el rancho no era otra cosa que algún mozo de las cocinas que se había librado de la obligación por cristiano avenido del que no se fiarían o por estar lisiado.
—¿Aventas algún modo de escapar?
Hubo una pausa en la que el freire debió de meditar sobre la cuestión.
—Me temo que no, modo no hay que yo sepa. Desgraciadamente, no nos queda otra que porfiar en la fe, como al bueno de san Cirilo. Muro sobre muro, piedra sobre piedra. Esto es una alcazaba, dentro de una fortaleza, dentro de murallas —adujo con malestar—. Imposible, un milagro necesitaríamos. Un milagro como el de Lázaro, como el de las bodas de Canaán…
Respiró hondo Fierro antes de seguir con el interrogatorio:
—Además de para el rancho, ¿abren los portones alguna vez? —inquirió entonces, pensando en que quizá repartiría el carcelero algo de paja de tanto en tanto.
—No, solo para el agua y la comida. En todos estos días no han abierto para nada más. Y una de las veces, ni tan siquiera eso; nos dejaron a merced del hambre y la sed estos condenados. Sufrimos el martirio del hambre sin conmiseración alguna, sin piedad…
Fierro se mordió los labios, pendiente de los ronquidos.
—¿Sabes cuál es tu mazmorra?
Quedó la retahíla a medias, luego un silencio y, finalmente, la contestación:
—Pues la mía —respondió con inocencia—, no hay nadie más aquí, hijo mío. He estado solo desde el día en que me encerraron. Sin otro consuelo que mi fe en el Todopoderoso…
Tragó la bilis que le subió por el gaznate y lo interrumpió:
—De acuerdo, guarda silencio ahora e intenta descansar.
Como no podía ser de otro modo, el calatravo tuvo que añadir algo:
—Así lo haré, pero debes saber que nunca antes se había alegrado tanto mi corazón de escuchar una voz amiga. —Las palabras corrían como si se persiguieran unas a otras—. Espero que el buen Dios te ilumine y se te ocurra algo para salir de aquí. Es nuestra cristiana obligación que nos lleguemos hasta los hombres de Castilla y, del peligro que corren, les hagamos saber. Muchas son las testas que pueden acabar en la picota…
—¡Cagüen el martirio de san Fabián! Lo que tú quieras, pero cállate de una jodida vez.
No había podido contenerse por más tiempo y temió que, por mor del exabrupto, el carcelero despertase.
Aguardó inquieto hasta que volvió a oír los ronquidos, y ya estaba reponiendo postigo y clavos en su lugar cuando el calatravo todavía insistió con sus rogativas.
—Rezaré por ti, iluminarte es tarea de nuestro buen Señor, que se ha de ocupar de que salgamos con bien de este entuerto, como buenos cristianos de piedad probada. Pero nunca está demás rogar su intervención. Nunca, porque en la Providencia debe confiarse con todo el corazón.
A Fierro no le quedaban fuerzas para enfadarse y no pudo evitar que se le escapase una sonrisa esquinada.
Cuando terminó de reasentar el postigo, se concedió un trago de agua.
Arrejuntó la paja del suelo para mullir lo mejor que pudo el lugar y tomó de nuevo asiento contra la pared, intentando acomodarse pese a lo escaso de los medios.
Un rato después oyó que los ronquidos cejaban y el tintineo de sus guarniciones le explicó que el carcelero, diligente, hacía una ronda por sus dominios.
Cuando estuvo seguro de que aquel soniquete se alejaba, habló de nuevo al chucho.
—Tendrá que ser por la bravas.