Fierro
Capítulo 49
N o pasó mala noche pese a dormir al raso. Lo peor fueron los sueños inquietos. Porque los sueños eran la venganza de los recuerdos. Y había cosas que Fierro hubiera preferido olvidar.
Despertó antes del alba, a tiempo de ver cómo el campamento moro se desperezaba lentamente para rendirse a la primera oración del día.
Al otro lado de las navas también los cristianos avivaron los fuegos, prepararon gachas y comenzaron una nueva jornada.
Solo cantaba tímido algún pinzón y, entre la bruma plácida, parecía percibirse la tensión de aquellos miles de hombres.
Todos allí sabían que, más pronto que tarde, iban a verse cara a cara con la muerte. Y no importaba la fe de cada cual, ni el fervor con el que se practicase, todos los sermones perdían fuerza ante el aliento del enemigo.
El miedo a morir hacía iguales a los hombres.
Y allí, en aquel rincón de la serranía, moros y cristianos, todos, sentían ya ese miedo en el cogote.
Todos menos él. A él ya no le preocupaba la guerra y le daba igual quién se alzase con la victoria.
Ella no volvería. Fuera cual fuera la enseña que siguiera en pie al final, ella no volvería.
Calmo, desayunó Fierro sus últimas provisiones sin quitarle ojo a la enorme tienda del Miramamolín.
Vio los cambios de guardia, la llegada de los exploradores que habían salido de amanecida y también a atildados personajes que no podían ser otra cosa que consejeros de altas alcurnias. El alfaneque del califa era un continuo trajín de gentes que entraban y salían.
Imaginó Fierro que el moro estaba apurado, intentando medir hasta el aire. Buscaba a cualquiera que le diera consuelo, aunque no fuese más que una mísera intuición de cómo salir con bien de aquella.
Sin embargo, pese a cuantos se pasearon por la inmensa tienda, el de Carrión no asomó el hocico.
A Fierro no le quedó otra que ejercitar de nuevo la paciencia.
En tanto, el sol ganaba altura y el día se entibiaba. Por cómo iba pintando, se podía jugar uno la soldada a que, por la tarde, ni siquiera los lagartos se atreverían a abandonar la sombra. El día, de nuevo, sería como el mismo zaguán de los infiernos. Y Fierro, con retranca, pensó que a muchos de los que por allí pululaban no les vendría mal. Se irían acostumbrando al lugar en el que acabarían.
Para el mediodía, o bien confiado por la superioridad de sus tropas o bien desesperado por el aguardo, el califa, tozudo, tomó la misma decisión de la jornada anterior. Mandó formar a sus tropas en la ladera y desplegó la caballería ligera para tentar al rey cristiano con cabalgadas que atravesaban las navas.
Más aún, ordenó también que los atabales sonasen. Enormes mandingas de piel negra como azabache usaron gigantescas mazas acolchadas para golpear los cueros de los tambores.
Más que acostumbrados, los esclavos hacían bien su labor. Uno gritaba marcando el ritmo y los demás bajaban el brazo con fuerza.
Funcionaba. Algo ominoso y oscuro se desprendía de ellos.
Su sonido, grave y hueco, retumbó por toda la sierra. Se metía en los huesos de los hombres. Llevaba su mensaje de muerte hasta el último rincón de los montes.
Y Fierro supo que los veteranos, aquellos que ya conocían el fragor, mirarían al frente con ojos huidizos, temerosos. Sabedores de que, cuando el ritmo creciese, cuando el estrépito se hiciera ensordecedor, cuando el golpear atronase como el mar embravecido, entonces se desataría la lucha y llegaría el frenesí.
Lo había vivido en Alarcos.
Los cristianos, como habían hecho el día anterior, decidieron no entablar combate. Se limitaron a sofocar las arremetidas de los jinetes moros. Quizás el rey Alfonso intentaba sacar de quicio al califa, tal vez fuera una estratagema pergeñada con cuidado para encelar al mahometano.
Aunque a Fierro no le iba en ello una higa y poco le importaba cuál era el cuento del castellano. Lo único que le preocupaba era que aquel cabrón de Ruy no aparecía. O seguía en la tienda del Miramamolín o se lo había llevado ya el diablo gracias al tajo de una gumía vengativa.
Y eso significaba que no tenía la más remota idea de cómo llegar hasta él para terminar su trabajo.
Fue entonces, mientras valoraba mil ocurrencias alocadas, cuando se produjo un cambio en su panorama.
—¡Manda carajo! Mira quién fue a aparecer —exclamó, divertido, al chucho—, ¿quién lo iba a decir? ¡Que me aspen!
Acompañados por otros dos moros vestidos con los turbantes blancos que certificaban su peregrinación a La Meca, aparecieron por allí los hermanos.
Martín y Antolín. Los Halaja. Mal rayo los partiera a ambos de una tacada.
—¡Cagüen los dos ladrones! ¡El bueno y el malo! Ya estamos todos.
Bien escoltados, entraron en la tienda.
Mientras, en la ladera contraria, unos cuantos puñados luchaban entre ellos y hasta donde estaba Fierro llegaban los ecos de la refriega.
El renco aguardó acontecimientos, pero nada más sucedió hasta el mediodía. Llegado ese momento, colmada su paciencia, tomó una decisión.
—Están los negros —le dijo al perro—, los sacan de las selvas de su país y los someten como a esclavos —le explicó—, los convierten hasta que su lealtad es tal que se dejan atar unos a otros.
En torno al cerco de la tienda carmesí había, en efecto, varias filas de númidas vestidos solo con taparrabos, armados con largos chuzos y con cuerdas que los ataban por las pantorrillas.
—Luego habría que pasar por el foso y cuidarse de no quedar empalado en el palenque —añadió, señalando con el mentón.
La tierra recién removida destacaba sobre el terreno del cerro. Habían excavado una zanja que rodeaba ampliamente los aposentos del Miramamolín. Tenía al menos dos varas de profundidad y casi tres de ancho, y estaba coronada por fila tras fila de estacas chantadas en la tierra levantada del mismo foso. Era una empalizada sesgada con mala uva, encarada para repeler una carga enemiga; recios troncos de las encinas de los alrededores que habían sido afilados con el apuro de una navaja. Más allá, montoneras de cestas, flecheros y trastos varios convertían todo el ingenio en una auténtica muralla prevista para detener la acometida de todo un cuerpo de caballería.
—Y aún quedarían los de la guardia personal del califa —siguió diciendo —. Lo más escogido de sus tropas. Los mejores.
Pululando alrededor de las lonas, en el interior del cerco formado por los númidas y el foso, había al menos un ciento de hombres, altos, con yelmos puntiagudos acomodados sobre turbantes y largas lorigas que llegaban hasta los tobillos. Todos portaban enormes espadas que, como el renco sabía, utilizaban con endiablada velocidad, asiéndolas con las dos manos con una soltura que solo daban largos años de práctica.
—Por último… —suspiró—, por último, habría que enfrentarse a lo que demonios haya dentro de la tienda.
El perro no contestó, únicamente lo miró con sus plácidos ojos ambarinos.
Pero a Fierro no le hacían falta los consejos que con tanto ahínco parecía buscar el Miramamolín. Porque le daba igual que lo destriparan allí mismo si, antes de exhalar el último aliento, rebanaba el pescuezo al de Carrión.
Él ya había perdido todo lo que un hombre podía perder.
Por eso tomó la decisión que tomó.
Resultaba imposible intentar un asalto él solo. En cuanto se acercara sería presa de alguna de las muchas capas con las que se protegía el califa. Un centinela que patrullase, alguien del propio campamento, uno de los númidas, el foso, las estacas, uno de la guardia, alguien en el interior del alfaneque.
Aquello no podía hacerse por las bravas. Sin embargo, restaba una posibilidad. Una, remota y alocada. Prácticamente un suicidio.
—Esperaremos a que empiece la batalla y, aprovechando el sindiós, nos colaremos en la tienda roja del moro —le dijo al chucho como si le hablase de que podía llover.
Era una idea descabellada. Aun así, una vez decidido, Fierro, cachazudo, resolvió que más le convenía echar una siesta para estar descansado.
La batalla podía comenzar en cualquier momento y mejor resultaría si podía agarrar algo de sueño para no penar más tarde.
Le dio unas palmadas al chucho y, al cerrar los ojos, fue consciente de que, a no ser que eligiese el momento oportuno, podía darse por muerto.
—Ya se verá… —murmuró—, ya se verá…