Fierro

Francisco Narla · Capítulo 2 de 56

Páginas del PDF

Fierro

Capítulo 2

E n una vaguada, a su buen trecho desde la solana del colmenar, se mantenía en pie, casi por puro milagro, un antiguo puesto de guardia venido a menos. Muchos habían perdido la vida por defenderlo y de nada había servido. Allí seguía, olvidado en tierra de nadie, comido por el viento, azotado por la lluvia y resecado por el sol. Así se lo había encontrado Fierro.

Era una mistura de las dos fes. Entre los escombros se distinguían trazas infieles, y también lo que quedaba de los apaños de algún carpintero que se habría acordado de san Judas al escacharse el pulgar con el martillo. Tenía un corral desvencijado, un establo destartalado, los restos de una noria de mulo y cuatro paredes de puzolanas mal asentadas. Algo había hecho él por sacarlo de la ruina, pero el resultado era pobre de solemnidad. No había allí un solo dintel derecho y el único gozne que no chirriaba era el del portón del altillo, que llevaba cerrado desde que se instalara. Además, bajo aquel chaparrón, con la luz de cirio que dejaban pasar las nubes prietas, su aspecto era aún más desdichado.

Pero allí dentro había unas brasas y, sobre las brasas, un caldero con restos de conejo y los primeros espárragos de la temporada, lo justo para sacarse de los huesos el húmedo frío.

Por costumbre de los viejos tiempos, Fierro llegó dando un rodeo. Desde una loma gastada que oteaba a poniente, avanzó contra el viento, que convertía en sonajeros las vainas de los algarrobos.

El primero en enterarse fue el chucho, que se inquietó cuando aún les faltaba un trecho como el de tres pedradas. Y Fierro se fio. Lo obligó a detenerse con un gesto y ambos se refugiaron entre los árboles, para ver sin ser vistos.

Un cosquilleo en el cogote, la voz de su veteranía, le susurró que más le valía ser precavido.

Oyó un murmullo de voces ahogadas por la lluvia, el bufido de protesta de un jamelgo, chapoteos. Al poco, aparecieron rodeando las ruinas los caballos, junto a un pequeño mulo cargado de pertrechos. Los dueños de las huellas.

No le hizo falta más que un vistazo para catar a los jinetes. Vestían lorigones de cuero, tabardos recios, espadas ceñidas, escudos con blocas. Se cubrían con almófares de malla gastada, de los que ya ha visto combate; y los traían sobre los hombros, con la cofia anudada al cuello, como se solía tras las batallas vencidas. Calzaban botas altas, de las que llamaban huesas, y todas cargaban leguas. Y sus monturas eran pequeños caballos moros robados en alguna cabalgada.

No le hacían falta pendones ni estandartes, bastaba una ojeada. No eran leoneses ni navarros, tampoco aragoneses. Eran hombres de Castilla.

Convencido de que hasta allí no podía haberles llevado otra cosa que buscar un lugar donde resguardarse, Fierro pensó en marcharse para dejarlos husmear a su antojo. Volvería dentro de un par de días, una vez aclarado el panorama. Sin embargo, se detuvo en seco cuando salió tras la esquina el hombre que los comandaba.

Era su pasado. Y Fierro lo reconoció al instante.

Montaba un rucio malcarado de ancas finas con cicatrices de lanzadas. Cuatro castellanos y un leonés, ese era el saldo.

—Se nos acabó la suerte —murmuró al perro.

No estaban allí por casualidad. No se trataba de cazadores de esclavos ni de bandoleros de paso. Tampoco eran mensajeros. Eran mesnaderos del rey.

Y supo que habían venido a buscarlo.

Desde antes de la Natividad, la frontera había estado revuelta. Unos iban, otros volvían.

El castillo de los calatravos de Salvatierra había caído durante la siega. El Miramamolín había abandonado la Ciudad Roja con ganas de cobrarse venganza y tal vez buscaba robar de nuevo las campanas de Compostela. Y en el bando cristiano tampoco se respiraba calma chicha: había oído en la venta del hebreo que el infante Fernando había muerto; según se contaba, el rey, más que enlutado, andaba rabioso.

En las villas se hacían vigilias, se anudaban los estandartes, se preparaban las milicias. Los curas arengaban en sus homilías. Los sayones reclutaban, a las buenas o a las bravas. Una vez más aquella guerra interminable se recrudecía. Una vez más se vertería sangre cristiana. Pero esa ya no era su guerra.

Negó sacudiendo el mentón.

—¡Cagüen…! Tenía que pasar. Tanto ir y venir, tanto barullo. Antes o después, tenía que pasar —chistó con resignación—. Te dije que pagaríamos lo de ese mequetrefe… ¡Dita sea! No teníamos que habernos entrometido.

Volvió a negar.

—¡Qué carajo! A fin de cuentas, todo esto ha sido de prestado… Más se perdió en Sagrajas.

El chucho simplemente se sacudió con fuerza, intentando secarse las greñas empapuzadas.

Por unos años, había logrado vivir en paz, sin más apuro que cuidarse de almogávares descarriados. Pero se había acabado.

Aprovechando que sus mesnadas se movían, la justicia del rey venía a buscarlo con la soga lista.

Al jaque que montaba el rucio lo conocía bien, demasiado bien. Era un mercenario de Carrión que había peleado bajo todos los pendones imaginables con la única condición de que la paga fuera buena. Uno de los muchos que, en aquellos tiempos convulsos, hacían virtud de la espada para ganarse el pan corriendo contra el moro, ya fuera defendiendo a los de Ávila, al obispo de Toledo o al conde de Barcelona.

Uno más de muchos, pero uno peligroso.

Y lo sabía bien, porque eran amigos.

Juntos habían conocido glorias. Juntos había sufrido penurias. Incluso habían compartido tienda durante quién sabía cuántas cabalgadas en tierra de infieles. En tiempos, ambos había sido atajadores bajo la bandera de Castilla.

Fierro supo que no merecía la pena poner tierra de por medio. Si había venido a buscarlo, antes o después lo encontraría.

Miró al perro.

—No pongas esa cara de puta sin paga. Ya lo sé, carajo —reconoció con fastidio—. Ya sé lo que ella hubiera dicho, ¡ya lo sé!

El chucho se pasó la lengua por el hocico.

—Con el pecado va la penitencia. —En su tono arrastraba pena empujada por recuerdos—. ¡Cagüentó! Eso es lo que hubiera dicho… Con el pecado va la penitencia —repitió—. Lo sé, lo sé muy bien, mejor que tú…

No la olvidaba. Ella, sus frases, sus gestos. Incluso aquel aroma a pan recién hecho.

—¡Cagüen las profecías de Jeremías! No queda otra: o plantamos cara ahora o pasaremos la vida de reojo en reojo.

Si escapaba, Ruy de Carrión lo encontraría. Si huía, tendría que ocupar su vida en cuidarse las espaldas.

Además, si lo hacía, no se lo perdonaría. Jamás.

Renegó. Si había que dejarse atravesar los higadillos con una toledana, era mejor allí y ahora, bajo el cascabeleo de los algarrobos, empapado por los cántaros que caían del cielo. Y no emboscado por la espalda.

—A la muerte se le da cara —espetó al chucho.

Abandonando toda precaución, fue a su encuentro.

Se tiró de las calzas y echó a andar hacia lo que era una muerte segura. De frente, con la cabeza alta.

Bastaron apenas unos pasos más allá de los algarrobos. Los otros andaban atentos y el más joven, apenas un muchacho, fue el primero en percatarse. Lo señaló con una mano empapada y dio la voz.

No le rezó a ningún santo porque hacía tiempo que su fe se había ido a tomar viento, pero Fierro fue echando sus cuentas. Se fijó en cómo montaba cada cual, buscando a algún zurdo que fuera a pillarlo con la guardia cambiada.

Cinco. El de Carrión, con la mano descansando en el pomo de la espada, lista para catar sangre. Dos más que, de tan parecidos, a la fuerza tenían que ser hermanos y, por su aspecto, bragados. Otro con pinta de buey, ancho como un cepo, de cuello corto y ojillos perdidos bajo una frente que recordaba un berrocal. Y, por último, el criajo crecido que, por la expresión cuajada en su rostro, sabía muy bien que hacia ellos caminaba uno de los muertos de Alarcos. Aquel que, de entre tantos, había sido elegido para colarse en los almacenes de virotes que los moros tenían en Córdoba. El mismo que había sido enviado allende el estrecho.

Cinco hombres armados, guarnecidos y duchos en combate contra un tipo con una vara acompañado por un chucho mugriento. Aunque descontase al muchacho, que parecía verde, no había que estudiar las tres reglas para echar la cuenta.

Tenía las de perder.

Lo esperaron en un corrillo, a la entrada del puesto, sin más boato que un rebuzno que dejó escapar el mulo. La desconfianza crujía en el entrecejo de Fierro; sin embargo, cerró distancia y se metió de lleno en el cerco que hubiera cubierto una ballesta.

Si tenía que ser, sería. Pero alguno iba a dejarse las tripas allí mismo para que los cuervos no pasaran apreturas.

En breve estarían tan cerca como para que una espada cubriera fácilmente el trecho. Y ellos llevaban ventaja por la altura de sus monturas.

No hacía falta mucho. Una finta y un tajo. Una arrancada del caballo y segar como un guadañero. Lo tenían todo a favor.

Fierro se preparó, convencido de que el primer envite vendría del bigardo con cara hosca. Parecía el más inquieto.

Dio un paso más. Echaba desconfiados vistazos de reojo, listo para reaccionar.

El chucho seguía a su lado, sin mostrar preocupación alguna.

—¡Alabado sea el cielo! —exclamó Ruy de pronto.

Solo se oía el pertinaz repiqueteo de la lluvia. El calor de los caballos desprendía vaharadas como encajes flamencos.

El mulo movió las tripas con escándalo y desahogó la última ración allí mismo, cediendo generosamente su abono a los hierbajos.

Ruy dejó escapar una carcajada.

—O por aquí se aparecen las ánimas o va a resultar que los rumores eran ciertos —espetó con el tono amigable de quien comparte una jarra de vino en la taberna—. ¡Estás vivo!

Descabalgó con soltura y se echó hacia Fierro con los brazos abiertos.

—Por los clavos de Cristo, ¡vivo! Cuesta creerlo, pero aquí estás, ¡vivo! Y no sabes cuánto me alegro de verte.