Fierro
Capítulo 48
N o era la primera vez. Y no sería la última. Covadonga, Simancas, Uclés, Sagrajas. Incluso Barcelona cuando la ira de Almanzor. La misma Alarcos también. Eran ya más de cinco los cientos de años desde el fiasco de don Rodrigo en las orillas del Guadalete. Y, durante todo aquel tiempo, la paz había sido solo un soñar despierto de los ilusos.
La guerra, una guerra interminable que se tragaba a los hombres, aireaba el ayer y envenenaba el mañana. La guerra había marcado a fuego aquellas tierras y aquellas gentes. La llevaban cosida al alma. Los unos y los otros.
Y volvía a la carga de nuevo.
No era la primera vez. Y no sería la última.
Allá, en aquellas navas cubiertas de flores silvestres encerradas entre los montes ariscos de la serranía, iba a librarse una batalla que los juglares cantarían por cinco cientos más.
Como Covadonga, como Simancas, como Uclés y como Sagrajas.
Los cuervos se darían un festín. Las viudas llevarían la cicatriz del duelo. Los huérfanos tendrían que apañárselas.
Ganaría el rey o ganaría el califa; todos los demás, perderían.
Y poco podía hacerse para evitarlo.
La mañana despertó tímida, cubriendo su pudor con jirones de niebla. La bruma se caía de sus colgaderos en los montes, henchida de rocío. Y el relente dejaba abalorios prendidos en las hojillas de las gatuñas.
Nacía otro día y se anunciaba de nuevo aquel calor insano que agostaría a los hombres. Pero mucho antes de que el sol se hubiera desperezado, todavía con la fresca, arribó el grueso de los cristianos.
Una fila tras otra. Peones, infantes, ballesteros, claveros, atajadores, obispos, frailes. Uno tras otro. Tantos que, del primero al último, daba tiempo a cantar salmos. Miles aparecieron al norte de las navas.
Y enseguida se afanaron con palas y mazas para preparar campamento. Esforzándose por combatir el miedo a lo que vendría con el agotador trabajo.
Quedaron así dispuestos.
Cristianos a un lado. Moros al otro.
Esperando al rasero de la muerte para comprender que unos y otros eran iguales.
Eran miles, decenas de miles. Aguardando a recibir la orden de que debían matarse.
Miles.
Y, entre todos ellos, Fierro quería encontrar a uno. Solo a uno.
Era un pajar condenadamente grande.
Se perdió en los montes como tantas veces había hecho y jamás supo si el de Haro llegó a enviar a alguien tras él. Tampoco le preocupaba saberlo.
Se abasteció de agua en un arroyo que caía a un lado de las navas. Se compuso el estómago apañando unas pocas almendras y unos cuantos madroños y, mientras los cristianos preparaban su campal, buscó un lugar apropiado para encontrar su aguja.
Una vez más, se jugó la vida en el empeño.
Otros hubieran salido por pies. Pero él era atajador y no le arredró meterse en aquel avispero. Ese era su negocio, moverse bajo los hocicos del enemigo. Y prefería morir intentándolo que olvidar la afrenta.
El cabrón de Castro se le había escapado, pero Ruy no lo haría.
Tuvo que esquivar alguna patrulla, más pendiente de lo que sucedía en el cerro de enfrente que en sus propios dominios. Aunque no pasó apuros. Para el mediodía, cuando el calor empezó a apretar, encontró un oterillo peinado de coscojas desde el que podía ver con comodidad buena parte de la acampada mora.
Allí se alzaba también la inmensa tienda carmesí del califa, cuyos paños flameaban en la brisa como sangre brotando de una herida. El Miramamolín, orgulloso, la había mandado colocar en lo alto del cerro, bien a la vista. Una amenaza que no pasaba desapercibida.
A partir de entonces, le tocó ejercitar la paciencia, algo a lo que tenía hecho el callo.
Cientos de veces había recechado a algún pobre desgraciado al que había terminado emboscando gracias a su buen aguardo. Aquello era también parte de su negocio.
Tuvo que agazaparse cuando dos exploradores sarracenos pasaron cerca, pero no sufrió más contratiempos que el de ser incapaz de distinguir a su presa entre tal cantidad de hombres.
Prestaba atención y, allá a lo lejos, vio a uno despiojándose en la esquina de una tienda, a otro almohazando caballos, a quien se aliviaba el vientre, al que se retocaba las barbas, a todos rezando hacia levante cuando cantó el muecín. Pero no vio a Ruy por parte alguna.
Y temió que no tendría tiempo de encontrarlo antes de que se desatase la batalla.
Entonces, antes de cumplirse sexta, al califa le pudieron los nervios y mandó formar a los suyos en la ladera. En orden de batalla, listos para sangrar.
Fue un auténtico espectáculo. Desplegó dos grandes cuadros de peones en el centro y dos alas de rápida caballería entre las que se movían también los temibles arqueros agasíes.
Y Fierro los observó a su antojo, seguro de que, pese a la distancia, sería capaz de distinguir a Ruy. Se tomó su tiempo, eran miles y miles de hombres. E intentó escrutar a tantos como pudo. Pero no distinguió a un solo cristiano entre las tropas moras.
—¡Cagüen los clavos de la cruz! ¡Y me cago en todo el Gólgota! — descargó su frustración con el perro—. Se habrá quedado en el campamento…
Con todos sus hombres dispuestos para comenzar la sangría, el califa los mandó aguardar, bajo el sol inclemente, a ver si los cristianos caían en la provocación.
Y allí quedaron en la ladera, reluciendo los cascos y lorigones, a disposición de su destino.
Pero el de Castilla y sus consejeros encontraron el temple necesario para no morder el cebo.
Fierro imaginó que reyes y obispos dudarían de si entrar en lid o no; sin embargo, tuvieron el tino de comprender que la veloz cabalgada hasta allí aconsejaba que se estuvieran quietos y que dejasen a los hombres tomar aliento.
Finalmente, colmada su paciencia, el Miramamolín mandó salir partidas de arqueros, como había hecho el día antes.
Al otro lado de las navas, la vanguardia cristiana tuvo que esforzarse por repeler a aquellos peligrosos agasíes como quien tienta a una sierpe que amenaza con clavar sus colmillos.
Aquella nueva bravata tampoco sirvió para que los reyes y obispos cristianos se decidieran. Se mantuvieron firmes, dando tiempo a sus hombres para descansar mientras los moros se asaban bajo el sol inclemente.
Antes del ocaso, por tres veces lo intentó el califa. Y por tres veces se mantuvieron firmes los del crucificado.
Fierro los vio ir, venir y también morir. A unos y a otros.
Pero ni en aquellos grupos ni en el campamento encontró lo que buscaba.
Hasta entonces, ni rastro de Ruy.
—¿Tú que crees? —le preguntó al chucho mientras masticaba lentamente una de las almendras—. Ese cabrón bien puede haber cobrado y haberse marchado con viento fresco.
El chucho no contestaba, y Fierro volvía a observar todas y cada una de las tiendas del campamento del Miramamolín, escrutando a cualquiera que caminara entre ellas. Y, cuando se cansaba, volvía a hablar al perro.
—Quizá deberíamos ponernos en marcha, podríamos ir hasta Carrión —le decía al animal—; a lo mejor ha vuelto al hogar —aventuraba con socarronería—, a lo mejor se ha comprado una yugada y se las da de hijodalgo.
Y volvía a dejarse los ojos entre toda la parafernalia de los moros. Contaba las canastas, las flecheras, los armeros, los pebeteros. Y los innumerables tambores mahometanos que atronarían la batalla para sembrar el miedo. Todo lo miraba, pero no distinguió a uno solo que se quedara en pie cuando volvieron a llamar a la oración.
—Puede que se las ande dando de caballero pardo. A lo mejor ha dejado buenas pistas en su regreso a León.
El califa desistió al fin y mandó recogerse a los suyos cuando el sol comenzó a decaer.
A ambos lados de las navas empezaron a brillar las fogatas, tantas como jamás había visto Fierro. Las tripas le rugieron al imaginar los ranchos, pero se tuvo que contentar con el último puñado de madroños, que, para colmo, aún estaban verdes.
De tanto en tanto, le asaltaba la tentación.
—Ya sé, ya lo sé —decía para sí y para el chucho—, no te las des tú de listo. Aún estamos a tiempo de volver y sacar una buena cosecha de miel…
Y como su negocio no era el de las colmenas, sino aquel que lo ocupaba en ese mismo instante, se le colgaba de los labios una sonrisa socarrada.
—… o de cagarros de ratón. Lo sé —admitió—, sé lo que ella hubiera dicho.
No abandonó.
Pasó la jornada entera entre aquellos coscojos, confiando en distinguir a Ruy de Carrión.
Y su paciencia fue recompensada.
Justo para cuando la luz de las hogueras empezaba a mandar sobre lo que restaba del día, se levantó revuelo en la tienda del Miramamolín.
Tres moros vestidos con zaragüelles de gala y más adornos dorados que una fresca que negociase en las posadas el secreto de la horquilla entre sus piernas, tres que no habían formado con los demás, tres que no habían partido con los arqueros, salieron a toda prisa.
Atravesaron el palenque, el foso y la barrera de númidas para internarse en el campamento.
Se movieron entre las tiendas y se detuvieron frente a una. Al cabo, para sorpresa de Fierro, de ella salió alguien.
Como la última vez, vestía como un moro; aun así, pese a la distancia, no le cupo duda. Aquel era, al fin, el traidor Ruy.
No tan amigablemente como cabría esperar, se lo llevaron a la tienda del Miramamolín. Los ademanes del de Carrión delataban que andaba atento a que no lo degollaran por la espalda.
Como si no hubieran salido de allí poco antes, tuvieron que pararse ante el alfaneque para dar el santo y seña a los feroces númidas que, no sin recelo, listos para atacar a la menor sospecha, les franquearon el paso. Atravesaron el foso, cruzaron el palenque. La escogida guardia personal del califa abrió los pesados telones rojos.
Y Ruy de Carrión quedó dentro de la tienda carmesí.
Fierro no se perdió detalle. Decidió esperar hasta verlo salir, y pronto ya no quedó otra luz que la de los pebeteros y hogueras.
Dentro de la tienda, los candiles dibujaban sombras en las lonas.
—Me huele que el Miramamolín está amoscado —le dijo al perro—, no sabe qué hacerse con lo de hoy. El rey Alfonso no ha querido combatir y le andan las dudas; no sabe si ha sido cobardía, indecisión, mala suerte o una estrategia que no se aventa…
Quedó pensativo un rato mientras la noche se hacía dueña del horizonte y las estrellas asomaban.
—… Sabe que el estofado no le gusta, pero no sabe si está rancio. Apostaría algo a que ha hecho llamar a ese malparido para preguntarle qué se huele él de las manías del rey de Castilla.
Se quedó barruntando sobre todo aquello hasta que la luna le dijo que nada más podía hacer que seguir esperando.
Por última vez, intentó descifrar algo de aquel panorama, pero ya apenas distinguía manchas oscuras. Sombras sobre más sombras, y alguna que otra silueta cuando aquellos a quienes el miedo impedía dormir paseaban cerca de las hogueras mortecinas. Si Ruy salía de la tienda del Miramamolín, no se enteraría.
Así que, cachazudo como siempre, hizo lo único que podía hacer: racionar lo poco que le quedaba de sus provisiones y acurrucarse junto al chucho para dormir con un ojo abierto, no fuera a sorprenderlo un centinela avispado.
Soñó con ella.