Fierro
Capítulo 19
E nredado en las espesas ramas de un arrayán, se taponó la herida del hombro con algo del barro que abundaba cerca del arroyo. La de la pierna la aseguró remangando las calzas. No quería dejar un rastro de sangre que les diera oportunidad.
Quieto para no delatarse, los oyó rebuscar y maldecir. Martín llegó a apartar unas zarzas que apenas tenía a dos palmos, pero Fierro ni siquiera respiró. Se limitó a confiar en su escondrijo.
Agazapado, sin más consuelo que el chucho echado entre sus pies, esperó.
Esperó hasta que, como había previsto, siguieron camino abajo, convencidos de que era lo único que el renco había podido hacer. Solo entonces habló al chucho.
—Vamos, hacia el muchacho, corre —le susurró.
Y, volviéndose hacia el paso del Muradal, ascendió presto el camino hacia el castillo del Ferral.
El hombro empezó entonces a doler como un condenado, pero no se detuvo. De la pierna ni se acordó. Quería llegar a tiempo de salvar el pellejo del muchacho.
Se movió recurriendo a cuanto le había enseñado la veteranía. Pisaba pedruscos asegurándose de no quebrar una mísera ramita, atento a no dejar un rastro delator y, penosamente, a través de la maleza, fue dejando atrás el despeñadero de la losa.
La noche venía en su ayuda y, a poniente, el sol ardía y llenaba el horizonte de brasas al rojo vivo. Era una bonita estampa donde la fiereza de la sierra se amansaba por el contraluz.
Lo más delicado, por complejo, fue pasar junto a los murallones de la fortaleza del Ferral, que se hincaban en la vereda misma. Para su desánimo, vio regresar a Ruy con los animales. Traía la recua atada por los ronzales y solo el burro cabeceaba, como a disgusto por lo que había dejado atrás. Los del castillo lo saludaron tal que a un viejo amigo y le abrieron el portón. Con desazón, tuvo que admitir que allí no tenía negocio. Se tragó las ganas de atravesarle el gaznate al de Carrión y, en tanto, lo vio desaparecer en el interior de la fortaleza.
Mala señal era aquella. Ruy no se hubiera vuelto de no haber despachado el asunto. Sin embargo, pese a barruntarse que sería en balde, decidió seguir hacia la vaguada del Guadalfaiar, aferrado a una última esperanza.
Llegó entrada la noche, sin más luz que la miseria de la luna llena.
Agotado, sediento, desfallecido por las heridas. Empezó a rebuscar.
Encontró sus propias huellas, las del mulo, las de las monturas. Una leñera improvisada, toda de ramas bien secas, de las que no hacían humo, tal y como había enseñado al muchacho. Y se guardó la sonrisa que quiso asomar. Tello no aparecía.
Impaciente ya, perdió toda la templanza que le había salvado el cuello junto a la losa. Frenético, buscó y rebuscó, intentando hallar al muchacho.
Incluso gritó el nombre del crío, sin miedo alguno a delatarse y que dieran con él. Ya no le importaba. Solo quería encontrarlo.
Salvarlo.
Como si sacar adelante al muchacho pudiera perdonar los pecados de su pasado.
Como si traer a la vida a aquel zagal pudiese borrar lo que había pasado en Alarcos.
Aquel muchacho, en el aquí y el ahora, se había convertido en cuanto hacía que su vida mereciese la pena.
El hombro empeoró. La pierna palpitaba. Tuvo que espantar la desesperación.
Recurrió al único amigo que aún conservaba.
—Busca, chucho del carajo, busca a ese condenado crío…
Y su único amigo gañó, preocupado. Echó el hocico al suelo e hizo su trabajo, sin importarle el insulto recibido, deseoso de ayudar.
—Busca, busca —lo instaba.
El perro trotó de un lado a otro, deteniéndose aquí y allá, confundiéndose con los rastros que había dejado Tello durante su acampada.
—Busca, ¡cagüen en el bautizo de santa Isabel!
El esfuerzo y la sangre perdida se cobraron su precio implacable. Fierro empezaba a dar traspiés cuando el chucho se enderezó por fin y salió disparado hacia unos almendros que hundían sus raíces en el arroyo de Guadalfaiar.
Allí lo esperó, jadeando, junto a un bulto que el atajador no se atrevía a mirar.
Su hombro rabiaba de pura agonía. Sentía la mano izquierda acorchada, sin vida. Pero no se detuvo. Apretó los dientes y, apoyándose en la vara, logró avanzar.
No advirtió la fragancia de los almendros, que ya cuajaban sus frutos. No escuchó el rumor del regato. No vio a la lechuza que salió volando.
El chucho volvió a gañir, lastimero.
Allí estaba el muchacho.
Bajo los almendros acunados por la brisa.
Al menos había sido una muerte rápida.
Lo habían sorprendido cuando se preparaba para alimentar a los animales. Entre los almarjos que crecían en la orilla, el cuerpo roto del zagal estaba tirado de cualquier manera, junto a un saquillo de grano desparramado que salpicaba la hierba con humildes abalorios de cebada. Tenía el pecho dentro del agua del arroyo, como si se hubiera caído al ir a beber un trago.
Y el agua limpia que caía de las montañas lavaba su sangre y mecía sus cabellos.
Lo habían descabellado como a un becerro. Por la espalda. El tajo le había segado el espinazo.
Fierro se derrumbó a su lado. Ajeno al tormento de su hombro. Olvidado el martirio de la pierna.
La noche tibia los envolvió serena, cosida con estrellas brillantes en un cielo de azabache. Entre los almendros, un ruiseñor cantaba lindas notas de despedida. Un último responso por el pobre crío.
Sin importarle el dolor, Fierro recogió el cuerpo entre sus brazos. El agua le empapó las calzas.
Estaba flaco. En el rostro se le había quedado la sorpresa de la muerte. Aún tenía los ojos abiertos, indecisos. De aquel verde como tras el que ella lo miraba.
Ahora ya sin vida. Como los de ella.
Podía haber sido el hijo que nunca tuvieron. Podía haber sido lo que hubieran dejado tras de sí.
Ahora no era más que carne muerta. También como ella.
El chucho se arrimó y hociqueó el cuello del muchacho; luego, comprendiendo, se pegó bien a su amo y le brindó cariño.
Fierro acarició la frente del joven. Le apartó los cabellos que chorreaban agua.
Ya no viviría ninguna aventura. Ya no pelearía con el moro. Ya no soñaría con convertirse en un caballero. Ya no podría enviar dineros a sus hermanas. No solo le habían arrebatado una vida apenas estrenada, sino que también le habían hurtado sus esperanzas.
—¡Maldita sea! —Se le escapó entre labios fruncidos—. ¡Maldita sea! ¡Me cago en las monedas de Judas!
Lo arrastró hasta el más grande de los almendros y, con sus propias manos, cavó.
Le dio igual si les daba tiempo para encontrarlo. Ni siquiera le preocupó un ardite si aparecían allí el califa y todos sus guardias negros. Solo cavó. Y continuó sacando tierra. Se desbarató las uñas, se lastimó los dedos, se arañó las manos y, pese a que se sentía desfallecer, siguió con su trabajo.
Un trabajo de sepulturero. Resarciéndose de lo que no había podido hacer por ella.
Cavó hasta que hubo sitio suficiente.
Y entregó el muchacho a la tierra.
No rezó siquiera un responso. Hacía mucho que dudaba de que alguien lo escuchase.
Mientras el ruiseñor seguía con sus galanteos de ronda, con sangre embarrada que le teñía las mangas, cubrió como pudo la fosa. Pero no fue suficiente para saciar su pena.
Con sus pasos rencos, sacó del arroyo cantos con los que cubrir la sepultura y, con mimo, tendió un mosaico en el que quedaron gotas bermejas.
En todos y cada uno de aquellos paseos, el chucho fue siempre tras él. Atento, fiel.
A él le importaba un carajo, pero sabía que al chico no, así que partió dos ramas verdes de aquellos almendros y se las apañó para ofrecerle una cruz en la tumba.
Hasta ahí llegaron sus fuerzas.
En cuanto terminó, cayó desfallecido encima de su obra.
Se abandonó, derrotado. Consumido. Por su hoy y por su ayer. Le dio igual si lo encontraban. Le dio igual si todo terminaba.
Así descansaría.
Había conocido peores compañías que la puta de la guadaña. A esa ya le tenía confianza, porque se llevaban rondando tanto tiempo que ni siquiera se acordaba de la primera vez que la había visto de frente, sonriéndole con saña, dispuesta a llevárselo.
El chucho no se separó de él. Se tumbó a su lado, bien recogido contra su cuerpo, ofreciéndole calor y consuelo. Y, cuando sintió que la respiración se volvía apenas un susurro, se agitó, inquieto.
Se volvió hacia la luna y aulló su pena.
Largos lamentos que viajaron entre los montes contando su dolor.
En la sierra, que señoreaba el sur con sus cerros, los lobos escucharon su angustia.
Y respondieron.