Fierro

Francisco Narla · Capítulo 20 de 56

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Fierro

Segundo Cantar

E lla se convirtió en su refugio. Olía a pan recién hecho. Era como regresar a la infancia. A su lado se sentía de nuevo un chiquillo, esperando ansioso a que madre sacase las hogazas del horno. La amó desde el primer instante en que la vio.

Nada más se topó con ella, según salía de la tahona, cargada con el cesto repleto. Desde aquel encontronazo.

Avergonzado, la ayudó a recoger los panes, aún tibios, y a envolverlos en el paño de cendal. Allí, en la calle, donde los albañiles se afanaban con los adoquines, se atrevió a hurtarle miradas de reojo que le mostraron su cara arrebolada, su sonrisa tímida, sus dedos gráciles, sus cabellos trigueños… y aquellos ojos verdes.

Le pareció primavera hecha mujer y, antes de despedirse con una disculpa, ya bebía los vientos por ella.

A la mañana siguiente, en aquel delirio de obras, entre el polvo y el ruido incesante de los cinceles, la esperó. Y también el amanecer que siguió, y el que vino después. Toda una semana hasta que volvió a sorprenderla, de nuevo cargada. Sobre la cabeza, con un rodete hecho con hilas, sostenía el cesto donde llevaba los bollos que debía repartir según los encargos.

El sol la vestía con capas doradas. Él se atrevió a balbucir un saludo:

—Bu… Buen día nos dé Dios.

Ella lo miró desde aquellos verdes que lo llevaron de la mano hasta los bosques de su infancia y, pícara, le respondió con desenfado:

—Deberías probarlos antes de tirarlos por tierra —le dijo, señalando los panes—; es más sano para los dientes.

Remató con una sonrisa y, desde aquel mismo instante, atrapado en la promesa de aquellos labios, quedó enamorado irremisiblemente.

La cortejó, envuelto en aquel continuo ir y venir de gentes, en las faenas sin pausa de la ciudad y, a medida que se levantaban los edificios y se reparaban las murallas, su amor fue creciendo cada día, como la misma Alarcos.

En esos tiempos, la alcazaba vivía en una agitación continua, pues albergaba a miles de recién llegados. Alarcos se había convertido en el gran sueño del rey, en su delirio. Empecinado en asentar su dominio en aquella condenada frontera, había elegido la derruida ciudadela y estaba convencido de hacerla renacer de sus escombros. Al antojo de la corona, se habían dispuesto todos los medios de Castilla para convertir aquel lugar desolado a la ribera del Guadiana en avanzadilla de su reino.

Trajo cuanto se necesitaba, incluso a su gente, arrancada de los pueblos castellanos, para formar allí una ciudad con la promesa de un mañana incierto. Y entre albañiles, maeses, picheleros, freires, canteros y los miles de mesnaderos, hacía falta también quien llenase sus panzas con aquellas hogazas de pan blanco hechas con el trigo portado en carros desde los campos góticos.

Aquellos eran los tiempos… Pedro de Aragón porfiaba en rematar la catedral de Lérida; el de Navarra enlucía la barriada de San Cernín; el propio Alfonso de Castilla acababa de conquistar Cuenca y ya la remozaba; y los obispos, de una punta a otra de las Españas, remataban sus grandes iglesias. Se reconstruía lo arrancado al moro, se soñaba con grandezas y se rezaba por un mañana mejor que el ayer. Y Alarcos era prueba de ello.

Fueron días donde se tejieron cientos de historias; algunas de esperanza, otras, de abandono.

La de ellos dos fue una de tantas. Pero la vivieron como la más bella cantiga jamás compuesta.

A la par que la ciudadela misma, entretejido en todo aquel ajetreo, su amor fue avivándose.

Al principio, se dejaban coincidir. Cuando ella cumplía un encargo en alguna de las tabernas, se demoraba callejeando hasta verlo aparecer, como si fuera capricho del azar. Cuando a él le ordenaban una guardia, pedía turno en la parte alta de la alcazaba y rondaba por las callejas que desembocaban en la tahona.

Luego, poco a poco, se atrevieron a pasear juntos para gastar con prisa las tardes de verano. Se encontraban en una de las puertas, entre los andamios y el trasiego de los esportilleros con la argamasa y, soñando con darse la mano pero sin atreverse, descendían desde la loma del castillo hasta la ribera del río.

Caminaban entre las sombras de los chopos. Por la ribera. Compartían silencios, barajaban palabras.

Fue un amor tímido, cohibido. Un amor sincero en el que, por miedo a lastimarse, se esperaron el uno al otro.

Él comprendió que sus sueños de gloria en la batalla no eran más que chiquilladas, aprendió que no había mayor victoria que aquel beso tierno que se dieron, tentativos, bajo el álamo vejancón que señalaba la curva del río. De la noche a la mañana, sus sueños de convertirse en caballero, sus ansias de gozar de fama, su secreto anhelo de ser recordado en las gestas de los trovadores, se esfumaron. Todos ellos y muchos más. Porque no había mejor batalla que lograr una de aquellas sonrisas que iluminaban sus ojos verdes y porque toda la gloria de la guerra no era nada comparada con la promesa de levantarse cada día a su lado.

Él estaba solo, uno más de entre los miles de mesnaderos. A ella únicamente le quedaba su madre.

Se bastaban los dos.

Poco a poco, mimados por lo que sentían, los paseos junto al río se alargaron.

Indecisos, al fin se atrevieron. Escucharon en la plaza el recitar de un juglar. Otro día él compró para ella los buñuelos de miel que un abacero ofrecía. Al siguiente, ella le preparó un pastel con pasas y nueces.

Cedieron a sus caprichos con lentitud. Con ternura.

Tan sincero era cuanto sentían que se confesaron sus pecados y desvelaron sus penas. Ella le habló de la muerte de su padre. Él le reveló que conocía bien los espectros de la miseria y el hambre. Ella, cubierta de temor, le explicó que temía no ser capaz de engendrar hijos para él, porque sus sangrados eran erráticos y escasos. Él, veterano ya, lloró como un niño al descubrirle los horrores vividos en la guerra y el tormento de aquella partida en el desierto. Y ella comprendió de dónde había sacado él aquella impenitente manía de tirarse de las calzas.

Antes de darse cuenta de que era así, descubrieron que se necesitaban, desesperadamente, porque no había momento del día en que no deseasen estar juntos.

Así fue como a él, que nunca había temido internarse en aquella frontera maldita, le temblaron las piernas.

Comprendió que solo había una cosa por hacer. Y dos noches en vela necesitó para reunir el coraje. Como un chicuelo asustado ante la oscuridad de las esquinas, se postró frente a ella para, tartamudeando, preso de los nervios, murmurar la pregunta.

Y jamás hubo hombre o bestia que lo aterrorizasen más que el aguardo de su respuesta. Ni siquiera fue comparable al horror de la sed en aquel maldito desierto, hasta aquel martirio había sido más dulce que los instantes que ella necesitó para responder.

Nunca un silencio amargó tanto.

Hasta que ella, arrebolada, reunió ánimos para susurrar las palabras que se le anudaban en la garganta.

Ella accedió con una lágrima bailándole en la mejilla.

Él jamás volvió a sentir una felicidad semejante.

Ninguno sabía que, como la misma Alarcos, lo que habían construido se haría añicos.