Fierro
Capítulo 14
D ejó de llover. Bruscamente, el viento se cansó, todo quedó en calma repentina y los cielos se abrieron. Las nubes salieron en estampida y un sol radiante se echó con hambre sobre los campos empapuzados.
El alba había traído neblina y una quietud en la que, hasta a una legua de distancia, se oía el canto de los pardales saludando a la mañana con alegría contagiosa.
Para los segundos gallos, el día ya prometía calor y de aquella bruma ligera no quedó ni rastro. Las lluvias pertinaces parecían ahora un mal recuerdo. A Fierro no le cupo duda de que, pese al relente de la madrugada, para el mediodía, cuando aquel sol tímido ganase confianza, hasta los lagartos más atrevidos buscarían la sombra.
A su alrededor, entre las hierbas, revoloteaban mariposas, y Tello se encargaba de atender unos espetos con los sisones que los dos hermanos habían abatido.
Habían abandonado la venta del hebreo el día anterior y, antes de seguir camino, habían decidido hacer un alto y aclarar las ideas.
Se arreglaron junto a un arroyo que caía de la sierra con aguas claras, en un bosque de abedules entre los que se oía afanoso el repiqueteo de un pájaro carpintero.
En tocones o piedras, estaban todos sentados en torno al fuego mientras los caballos y el mulo pacían a su antojo los hinojos de la ribera. Todos estaban pendientes de Fierro, todos menos Alvar, que comía con ansia el primero de los pájaros asados.
Ruy le hizo un gesto al atajador y este, después de chistar con desgana, se explicó.
—He estado dándole vueltas —dijo.
Alzó su bordón y barrió con la contera el horizonte, dibujando la silueta de los montes Marianos.
—Quince mil hombres —continuó—, a saber cuántos caballos, camellos, tiendas, furcias, muecines, esclavos… Ciento y la madre. Y, además, esos condenados almajaneques, capaces de convertir Salvatierra en un montón de escombros. ¡Cagüen la mula de san Pablo! Para mover todo eso hay mucha chicha que cortar.
Ruy asentía mientras su amigo enumeraba las fuerzas moras.
—Son demasiados… Como mucho, serán capaces de avanzar tres leguas por día —aseguró, después de chasquear la lengua con fastidio—. Y eso por terreno fácil. Seguirán el río. El Guadalquivir. Y mientras lo hacen, nada podremos hacer. Cuentan con las ciudades. Primero, Córdoba; después, Jaén y por último, Úbeda y Baeza…, que no son tan grandes, pero que entrambas pueden dar alojamiento a los quince mil. No, no se les puede atacar en el valle.
Renegó, al tiempo que sacudía la cabeza.
—Pero no podemos dejar que lleguen a las puertas de Toledo, hay que ir en su busca. Pero en el momento justo. Si la morería nos pilla con los calzones por los tobillos, a mitad de camino, podemos darnos por jodidos, no saldrá uno con vida. ¡Cagüen los callos de san José! Son demasiados. Me parece a mí que me voy a tener que recortar la punta de la verga y averiguar dónde carajo está La Meca… ¡Dita sea! A lo mejor acabo como mamporrero de camellos, ¡condenados moros! Con lo a gusto que estaba yo con mis colmenas…
Por fin, llegó a la conclusión que todos temían:
—Habrá que esperarlos en la sierra.
A disgusto, masticó un poco sus propias palabras antes de continuar:
—Cruzarán los montes para echarse hacia Toledo, sin duda. Y, tras mucho cavilar, creo que solo tiene dos opciones —declaró levantando un par de dedos de la mano libre.
Incluso Alvar lo miró expectante.
—O el viejo Camino del Rey —dijo Fierro señalando la lejanía con la contera—, por donde cruza la calzada romana… O el paso del Muradal — añadió moviendo su vara hacia levante—. Hay que saber cuál conviene más, tanto a ellos como a nosotros. Y también hay que averiguar con qué guarnición cuenta el castillo del Ferral; es la única fortaleza que está cerca de los dos pasos y es la que debe preocuparnos. Allí tenemos que ir y, en el que mejor cuadre de los dos, allí tendrán que esperar las mesnadas.
—Pero eso es meterse en boca de lobo, eso está allende la frontera. Nos cazarán como a conejos —adujo Ruy.
—¿Y quién fue el espabilado que dijo que este era un trabajo fácil?
Cruzaron una mirada. La vara de Fierro quedó en el suelo junto al chucho y el melero arrancó un muslo de uno de los espetos mientras Alvar ya se hacía con el segundo sisón.
Ruy asimiló lo dicho y, a contrapelo, preguntó:
—¿Y qué sabes de esos pasos?, ¿del Camino del Rey y del Muradal?
Fierro lanzó un escupitajo que fue a caer en una mata de romero.
—No lo suficiente, nunca los crucé y jamás se me antojó husmear por ahí, no fuera a tener un mal encuentro con los moros…