Fierro

Francisco Narla · Capítulo 36 de 56

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Fierro

Capítulo 36

E l juramento no hizo más que animar al perro. Gañía de puro nervio, tan encantado de ver a su amo que era incapaz de estarse quieto. Los truenos seguían cayendo a su alrededor, la lluvia arreciaba. La pelambre del animal, sucia a más no poder, apestaba. Pero al renco le importaba un bledo.

Aquel chucho pulgoso era suficiente para espantar la sombra de la soledad.

Rio. Palmeó al bicho. Le rascó tras las orejas y el animal sacudió una de sus patas traseras parar llegarse al cogote. Quedó en tan escaso equilibrio que terminó por caerse de culo en el regazo de Fierro.

—¡Bicho del carajo! ¡Condenado saco de liendres! ¡Maldito hijo de perra…!

Comprendió lo que acababa de decir y renovó su risa con mayores ímpetus. De pronto, el cansancio que arrastraba desapareció.

Bajo el aguacero, calados hasta los huesos, olvidados los varales, se tuvieron el uno a otro. Dos camaradas con mucho que contarse y poco por decir.

—¡Cagüen las sandalias del Bautista!, bicho del carajo.

Ambos resollaban, pero no se detuvieron hasta que no pudieron más. El perro, jadeando, con fuerza ya solo para sacudir el rabo. El hombre, incapaz de seguir riendo, se quedó con el rostro iluminado por una sonrisa en la que no había requiebros, en la que no había un solo ápice de aquel cinismo oxidado que, por tantos años, había sido su santo y seña.

—¡Carajo! Me alegro de verte —confesó con franqueza traída desde la niñez—. Me alegro.

Sintió la tentación de dejar allí plantados al calatravo y al flaco. Se preguntó cómo lo estarían haciendo sus abejas.

Quizás había por ahí perdido algún resquicio donde refugiarse del pasado y vivir en paz.

Sin embargo, cuando miró al perro, se le torció el gesto.

—Sí, ya sé lo que ella hubiera dicho, ¡dita sea! Pronto empiezas tú a amargarme.

El chucho, por toda respuesta, inclinó su cabeza y el agua le escurrió por el flequillo.

—Sí, lo sé. Esos dos no se encontrarían ni el culo si los dejamos aquí, ¡lo sé, carajo! Lo sé, ella hubiera querido que los ayudásemos…

Luego, tras una pausa, su rostro se endureció como barro al sol. Una sombra cruzó sus ojos cansados y añadió algo más:

—También hay que encontrar a ese hideputa de Ruy…

El chucho dejó caer la cabeza al lado contrario.

—Sí, también sé lo que hubiera dicho ella respecto a ese malnacido cabrón… Pero no puedo dejarlo así, ¡no puedo!

Hubo un silencio.

—¡Cagüen las monedas del Iscariote! ¡No puedo!

Hombre y animal, bajo la lluvia inclemente, se miraron.

—El demonio en persona se encargó del hideputa de Castro. Y si acabo en los infiernos ya lo perseguiré entre los fuegos eternos. Pero a ese malparido de Carrión lo despacho yo, ese no se me escapa, ¿me oyes? No, por estas —se besó los pulgares cruzados—, ese no se me escapa…

El animal agachó la cabeza, intimidado, pero no dio un solo paso atrás.

—A ese lo ventilo yo.

Recogió la pesca y, mirando preocupado al cielo, regresó junto a los otros con el perro pegado a sus tobillos.

—¿Acaso no lo había dicho yo? —los recibió el calatravo—. ¿Acaso no había hablado yo de cómo la bondad infinita del Altísimo tenía prueba en ese animal? ¿Acaso no lo dije? Lo supe en cuanto lo vi, pendiente de su amo, lleno del infinito amor que el buen Dios ha dispuesto en sus criaturas. Como el cuervo que llevaba pan a san Benito. Estoy seguro de que el bendito animal te rondó en la alcazaba de Baeza, esperando junto a los muros, donde husmeaba tu rastro. Y, cuando escapamos, leal como es, nos siguió. Un prodigio que demuestra el amor de nuestro Señor en los Cielos. Él, que todo lo puede, que todo lo sabe, Él vela por nosotros.

Fierro resopló y, con mirada hosca, se limitó a responder escuetamente:

—El almuerzo —dijo, y levantó la percha en la que, como había hecho el freire, traía unas truchas.

Comieron algo. Los otros dos hablaron, Fierro guardó silencio. De tanto en tanto, acariciaba la cabeza del chucho.

Y, mientras ellos se solazaban, la tormenta ganó fuerza. Inagotable, jarreaba como si los cielos quisieran inundar los infiernos donde Castro había escapado de las iras del renco. Los truenos, ensordecedores, hacían retemblar sus oídos.

Mirando al río, Fierro pensó que más les valía moverse antes de que una crecida les robase la orilla y, cuando el granizo empezó a caer, decidieron buscar un refugio mejor.

No fue tarea fácil.

Ninguno de ellos recordaba haber sufrido tormenta igual.

Semejaba que no tendría fin y, en palabras del mismo calatravo, era una furia como la que debió experimentar el mismo Noé en su arca.

Cuando el granizo se acabó, todo quedó cubierto de blancos, como si hubiese nevado. Y eso parecería de no ser por el diabólico bochorno, que no daba tregua, ni siquiera cuando el agua regresó tras el pedrisco.

Llovía. Centelleaba. Tronaba.

Y volvía a llover, tan cerrado, tan grueso y tan pesado que costaba ver lo que había más allá de unas pocas varas al frente.

Y el monte era tan espeso que apenas avanzaban.

Para aquellos días del estío, las retamas ya habían perdido la flor, pero sus ramas verdes seguían flexibles y cubiertas de una borrilla pegajosa que los aferraba como brazos que quisieran retenerlos. Cruzar aquella condenada selva se convirtió en una odisea.

Adelantaban por donde podían y, a cada paso, arriesgaban una mala caída. Cuando no resbalaban por los granizos, que empezaban a deshacerse y se volvían cepos deslizantes, se escurrían en los lodazales.

O esvaraban por culpa de las piedras sueltas. O se jugaban un ojo en las ramas de los espinos. O quedaban atrapados por zarzas y aulagas.

Eran tierras bravas y, con el calatravo a cuestas, la tarea se hacía aún más penosa.

Bajo aquella lluvia incesante que los golpeaba con furia, rodeados por un cielo de plomo que estallaba con cada relámpago, se afanaron como pudieron. Torcían aquí y allá, donde las matas los dejaban.

Los pasos eran tan estrechos que tenían que turnarse para ayudar al freire y, como el flaco era poco más que una sombra de sí mismo, Fierro llevó la peor parte.

Donde no tenían que cuidarse de los desniveles, debían prestar atención a las escorrentías, que arrastraban lodo, piedras y ramas. Y, en tanto ellos sufrían, la tarde moría y la penumbra de la noche robaba por levante la poca luz que la tormenta calaba.

El renco, usando su vara para no partirse la crisma, luchaba también contra el testarudo cansancio que pretendía abatirlo. Todos los esfuerzos que había hecho se le echaron encima y tuvo que reunir sus voluntades para no rendirse.

Solo el chucho, contento de tener a quien seguir, sobrellevaba el trance sin quejas. Se escurría entre los ramajos y se movía de un lado a otro con la confianza que faltaba a los hombres. Incluso los adelantaba para indicarles el camino más despejado en aquel dédalo de arbustos, matas, peñas y roquedales.

Fue gracias al animal que, tras múltiples esfuerzos que los baldaron, acabaron acertando con unos berruecos en los que encontraron un hueco donde refugiarse.

Se apretujaron como pudieron en el interior del magro agujero, entre los pedruscos, y dejaron fuera la lluvia incesante.

Tanta agua caía que, para entonces, ya no quedaba rastro de la granizada.

Apenas cabían, y quedaron como una camada de cachorros recién nacidos, apiñados, temblorosos y empapados.

Fierro, antes de rendirse a la extenuación que lo avasallaba, echó un último vistazo afuera.

A través de los gruesos tapices que tejían las gotas del aguacero, distinguió silvas y una mata de coscojo plagada de las agallas que los tintoreros usaban para sacar el tinte de grana. Aun agotado, se fijó en aquel nimio detalle y, por primera vez en su vida, tras haber pasado años siendo atajador de los ejércitos cristianos en su eterna lucha contra el moro, tuvo la sensación de que no tenía ni repajolera idea de dónde estaba.

Por primera vez en su vida, el atajador se había perdido.