Fierro
Capítulo 3
E speraba hierro y sangre, no un convite a vino y lechazo asado. Incluso uno de los hermanos parecía haberse echado a rezar agradecido mientras se santiguaba, como ante una aparición. Todos sonreían, como recién salidos de misa del Gallo.
Fierro no dejó entrever el renuncio.
El chucho se tumbó a su lado. La lluvia arreció.
No dijo nada.
—Aquí estás —afirmó Ruy con una sonrisa bailando sobre sus dientes escasos—, viviendo como el mismo san Fructuoso. ¿Acaso te has hecho ermitaño? No pensarás soltarme una parábola, ¿eh? —preguntó con sorna, bajando los brazos, un tanto cohibido por el ceño fruncido—. Si empiezas a predicar me dará un aire…
A un gesto de Ruy, sus hombres desmontaron. Se movieron confiados, dándole la espalda sin problemas, y se repartieron junto a la casa.
Por más que buscó, Fierro no encontró ni el menor indicio de que se prepararan para ensartarle las tripas. Y tampoco el chucho pareció preocuparse. Enseguida trotó hacia el muchacho, que, embobado, seguía mirando a Fierro.
—¡Vamos! No me irás a decir que aquí cobran por saludar a un viejo compadre… ¡Por las sandalias de nuestro señor Jesucristo! Pues si hay que pagar, se paga —aseguró Ruy jovialmente, al tiempo que hacía tintinear monedas en su faltriquera—. ¡Por Santiago! ¡Cómo me alegro de haberte encontrado! Te daba por muerto, ¡todos te dábamos por muerto! Lo último que supimos fue que eras uno de los que acabó en el silo de Alarcos.
Dio Ruy unos pasos más hacia Fierro, que se mantuvo impertérrito. No las tenía todas consigo.
Había advertido que a uno de los hermanos le faltaban dos dedos de la izquierda. Que el bigardo de cejas prominentes cargaba más en una pierna que en la otra. Y que el muchacho, ajeno a todo, se agachaba para acariciar la cabeza del chucho.
Asió la vara y se preparó. Era un bordón de fresno ahumado como el de los peregrinos a Compostela. Lo ayudaba a caminar, pero también podía ser un arma formidable.
Solo le preocupaba Ruy.
A los demás los podía apiolar sin salir malparado, pero había visto a Ruy desmenuzar dos tablados con una sola lanzada. Sabía que, a pie o cabalgando, con espada o con lanza, era un enemigo que tener en cuenta.
Sin perder aquel aire risueño, Ruy siguió acercándose.
—Hace unos años, pese a la tregua, corrimos una cabalgada para parlamentar con los calatravos de Salvatierra —explicó, señalando vagamente al sur—, y entonces oí por primera vez la historia de un tipo que vivía solo en las vaguadas del Jabalón. Pero, ni aunque el mismo diablo me lo hubiera susurrado al oído —recalcó llevándose un dedo a una oreja aplastada por viejos golpes—, se me hubiera ocurrido que se trataba de ti. Aventé que era otro desgraciado más que no tenía donde caerse muerto. De esos abundan en los últimos tiempos, más desde que se perdió el castillo; andan en desbandada, huyendo de un lado a otro como ratas…
Advirtiendo la aspereza del semblante, Ruy se detuvo frente a su amigo un pelo más allá de la distancia que cubría la vara. Y, por si las moscas, apoyó la mano en el pomo de la espada; una pieza sin adornos, de arriaces sencillos, con dentadas que daban fe de combates pasados. No era la espada de un rey aparentando en la retaguardia mientras discute estrategias con el obispo de turno. Era el arma de un hombre que sabía cómo usarla, de un hombre que ya la había usado.
—… Algo después, tuve que ir a Úbeda, donde el rey tiene un moro confidente —continuó con un guiño pícaro—, y allí me enteré de lo de la hija del albardonero.
Al oírlo, Fierro entrecerró los ojos. No había sido capaz de contenerse. La pobre cría había salido muy mal parada.
—No debí hacerlo —habló Fierro por primera vez, dejándose llevar por el resentimiento.
—Oh, ¡vamos! Estas no son tierras del rey —repuso el otro, como si fuera quién de hacerse cargo del asunto—. Y ya que estamos, tampoco del Miramamolín, mal rayo lo parta. Aquí de nada sirve el Fuero Viejo, aquí no hay ley…
Parecía una invitación a despreocuparse. Pero el cojo sabía demasiado bien que, en la frontera, bastaba una única ley: la del hierro. Y los cachorros del maldito veguer tenían hilos de los que tirar.
No había podido evitarlo. Recordaba bien a la muchacha. Una chiquilla asustada, cubierta de sangre, plagada de moratones. Al cuidado de un viejo moro renegado que masticaba altramuces de par en par, un tal Abengalbón al que acudían todos los fronteros para los remedios de sus hierbas, ungüentos y cataplasmas. Allí no había maestros de llagas, mucho menos mencales con que pagarlos. No les quedaba otra que dejarse hacer por aquel agareno medio loco que decía haber estudiado en Córdoba, aunque, a juicio de cualquiera con dos dedos de frente, lo único que aquel condenado moro había guardado en su dura cabeza era el fondo de las jarras de vino que servían en las tabernuchas que hacían negocio entre el Guadiana y los montes Marianos.
Fierro había ido a buscar caña de la que llamaban de Oriente para preparar almíbar con el que ayudar a sus pobres abejas, que ya entonces pasaban apreturas por culpa de sus pocas mañas. Y allí, entre las alfombras que Abengalbón juraba venidas de la mismísima Bagdad, se había encontrado con la madre llorando a lágrima viva y el padre mesándose las barbas.
Ni siquiera le había hecho falta preguntar. Mientras el moro intentaba recomponer a la pobre muchacha bajo la luz de los candiles, el padre se había explicado con angustia. Que si el veguer, que si de cacería con sus halcones, que si la muchacha apareció por allí, que si el título obligaba.
Bastó.
Y Fierro debió recoger su mandado y marchar, sin volver la vista atrás. Sin embargo, aquella pobre muchacha, vejada, apaleada, rota la juventud, se lo quedó mirando.
Lo miró por encima del moro que se afanaba con el agua de rosas, las vendas y la aguja enhebrada con largos cabellos para coser los tajos de un puñal afilado. Lo miró tras ojos velados por el terror. Y, cuando el melero la miró a su vez, no solo vio a la muchacha, también la vio a ella. Incluso olió aquel aroma a pan recién hecho.
No pudo evitarlo.
Aquel rostro. Aquella inocencia marchita antes de tiempo. Como en Alarcos.
Apenas dos semanas después, el veguer y sus hombres aparecieron destripados en el camino a Valencia, no lejos de donde trotara Babieca con el Cid a cuestas.
Solo se salvaron los halcones. Y un crío. Un zagal que no podía haber tenido el cuajo de violar a la muchacha, porque aún lucía mejillas lampiñas y porque su único conocimiento de los pecados contra el sexto mandamiento no iba más allá de lo visto en los corrales. Al chico lo dejó marchar. A las rapaces las liberó en las sierras del camino.
Supuso que, pese a sus promesas, aquel muchacho había soltado la lengua.
Rechistó entonces y preguntó:
—¿Venís pagados por los bastardos de ese mequetrefe?
—¿El veguer? Oh, no, no. En absoluto —repuso Ruy, conciliador, ensanchando una sonrisa de dientes maltrechos—. Eso no es asunto mío. Ni me incumbe. Ya verá el muy católico rey Pedro de Aragón si le place inmiscuirse… Además, en lo de esa muchacha, a mí me va una higa. Ella se lo buscaría. Si una cualquiera aparece donde no debe, ya sabe a lo que está expuesta. No somos de piedra… No hay fuero que castigue a un hombre por algo así, ni en Cuenca ni en Burgos. Para mí que el veguer hizo bien…
Fierro asió con fuerza la vara y apretó los dientes.
—… Además, a mí me ha sido útil. De no ser por las ansias de coyunda del veguer, no habría dado contigo —aclaró con desenfado.
Se miraron por un instante.
—Supe que habías sido tú —anunció con lo que pareció alegría sincera—. Recordé lo oído en Salvatierra y tuve una corazonada. ¿Qué otro hubiera podido hacerlo? Entrar y salir así, como una sombra, sin que nadie le diera el alto… ¿Quién más hubiera hecho algo así por la hija descocada de un albardonero? ¡Un albardonero! Si no tiene dónde caerse muerto…
Los ojos de la muchacha eran verdes. Como los de ella. Había encontrado en ellos la misma mirada. El mismo dolor.
Se observaron indecisos. Pese a su sonrisa, que no había flaqueado, la mano de Ruy seguía lista en la espada. Fierro tamborileó con los dedos en la vara.
—No, todo ese asunto me importa un bledo…
Y Ruy dejó escapar un suspiro, como si le cansase aclarar semejante obviedad.
—… Llevo buscándote desde… Por Santiago, desde hace ya no sé cuánto. —Sacudió la cabeza con incredulidad—. No, por mí los bastardos del veguer pueden dejarse picar la lujuria por un pollo, como dicen que hace el de Navarra con las bubas de su pierna. No —insistió—, he venido para hacerte una proposición… Una bien distinta —remató con tono zalamero.
Fierro se tironeó de las calzas. El chucho se echó panza arriba para que el muchacho le acariciase la barriga y Ruy, animoso, le brindó una nueva sonrisa.
—Tú dirás…
El de Carrión se pasó la mano por la cara, arrastrando el agua que la cubría.
—Empiezo a estar harto de tanta lluvia. ¿Acaso no ofreces cobijo a un cristiano?
Fierro rumió lo hablado. Aún recelaba.
—Tú puedes pasar —repuso—. Los otros estarán mejor en el establo. Los caballos necesitarán atención.
Y, dicho esto, se encaminó a las ruinas sin volver la vista atrás.
El muchacho, que respondía al nombre de Tello, se vio solo de repente, en cuanto el chucho se echó tras los talones de Fierro.
Los dos hermanos señalaron el galpón que hacía las veces de establo. Tan malo era su estado que apenas serviría para librarse de la lluvia. Solo conservaba un tejadillo desvencijado que cubría los antiguos pesebres. El bigardo echó una carcajada ronca.