Fierro

Francisco Narla · Capítulo 38 de 56

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Fierro

Capítulo 38

A falta de algo mejor, ramonearon como las cabras. Se apañaron con brotes de helecho, unas esparragueras y renuevos de hinojo acre, que les afelpó las lenguas. Y, de tanto en tanto, miraban al cielo. Bastaba con que la niebla abriese. Unos cuantos rayos de sol les hubieran dicho hacia dónde tirar. Pero no cuadró así.

 

—Está más cerrado que el culo de un novicio —soltó malhumorado el flaco.

No pasaba más luz que la que podía atravesar una de las antiguas finiestras de alabastro de las iglesias. Solo una claridad lechosa entre la que era imposible adivinar levante o poniente.

El chucho dormitaba. El calatravo tosía. El flaco paseaba arriba y abajo, impaciente, y Fierro, callado, observaba. Todo. Una y otra vez.

Por momentos, hastiado, el renco tenía la tentación de mandarlo todo al carajo y ponerse en marcha en cualquier dirección, luchar contra la maleza hasta desfallecer y confiar en que, antes o después, saldría con bien del intento. Sin embargo, se contuvo. Castro se había escapado; Ruy no lo haría.

De tanto en tanto, Bermudo proponía alguna idea. Indefectiblemente, el atajador se la echaba abajo.

—¡Cagüen las sandalias del apóstol Andrés! No, eso es una sandez. Nos moveremos cuando sepamos que merece la pena, antes no —le respondía Fierro con vehemencia.

Y cuando el flaco reanudaba sus idas y venidas, el renco se obligaba a razonar algún modo de avanzar hacia el norte.

Recibió la visita de un lagarto. Haciendo susurrar una mata de coscoja, el reptil descendió por la pared del cortado y fue a pararse en la montonera de piedras donde el renco había recogido aquella tan peculiar. El animal, cachazudo, se paró allí moviendo su lengua, haciendo subir y bajar su arrugada papada. Era grande, de más de un palmo, de cuerpo verdoso cubierto de ocelos negros, y pareció ignorar a los hombres.

Por un rato, el atajador pensó en dejarlo seco de un varazo y aprovecharlo para preparar un espeto con el que engañar el hambre, pero le dio pereza reavivar la magra fogata. Todo seguía empapado por la tormenta del día anterior. Así que, mientras se estrujaba los sesos, lo dejó estar.

Estudió cada planta, cada matojo. Buscó un rastro de que las yemas apuntaran al mediodía, pero allí el cortado racionaba la luz. Todo crecía estirándose como un niño queriendo mirar sobre la mesa.

Se dejó las pestañas en cada rincón del despeñadero. Clavó su vara en el suelo, como el gnomon de un reloj de sol. Y de nada sirvió. Los salientes en las paredes de roca o su bordón chantado entre las piedras no arrojaban sombra alguna que delatase el caminar del sol en el cielo.

Se acordó de que el vuelo de algunos pájaros podía contarle algo. Pero los pardales que revoloteaban por allí solo rebuscaban algo que echarse al buche y, más allá, la niebla no le dejaba ver.

Tan desesperado estaba que incluso pensó en la noche. Si despejaba, quizá podrían echar mano de las estrellas. No las conocía como lo había hecho su padre, aunque, como hijo de marino, algo podría sacar de provecho.

Lo único que despertó su atención fue a otro de aquellos lagartos que, un poco más allá, se acomodó también sobre un pedrusco.

Le resultó curioso observar que, un rato después, los dos bichejos se movían, casi al unísono. Ambos descendieron unos palmos de sus perchas para agenciarse unas nuevas. Al que estaba más cerca, aquello le valió un susto, porque el chucho lo vio, se levantó como un rayo y echó a correr tras él.

El lagarto se escapó con vida a través de una grieta del pedregal y el perro, muy digno, perdida su presa, resopló en la oquedad y volvió a su lugar con expresión ufana, como si no le hubiera salido mal la cacería.

Tampoco le resultó magro el resultado porque, sonriendo, Fierro aprovechó la ocasión para rascarle tras las orejas.

Para cuando el aburrimiento hizo mella, mientras Guillén dormitaba con respirar trabajoso, el flaco se acercó a donde estaba el atajador y comenzó a hablarle.

Fierro apenas metió baza y, para matar el tiempo, Bermudo combatió el tedio relatando aventuras en posadas con taberneras ligeras de cascos. Había estado tanto tiempo preso que parecía obsesionado por encontrar unas faldas que se dejasen levantar.

Para cuando el flaco le hablaba de una ocasión no lejos de Órbigo en la que había engatusado a la joven esposa de un sayón, Fierro se puso en pie de golpe, sobresaltándolo.

—¡Cagüen el dragón de san Jorge! —exclamó.

Tras apagar la sorpresa, el flaco se levantó también.

—¿Qué? ¿Qué sucede?

—Mira —contestó Fierro señalando la pared contraria con su vara.

La enigmática respuesta no ayudó mucho.

Por más que se esforzó, Bermudo no distinguió nada fuera de lo normal y, cuando estaba a punto de hacérselo notar al otro, el atajador se explicó:

—Los lagartos —lo instó con la voz tensa.

El flaco observó la escarpadura y, aunque le costó distinguirlos, acabó por advertir a unos cuantos de aquellos bichos, todos asomados en alguna montonera de piedras.

—Sí, los veo, ¿y qué? ¿Qué les pasa?

El atajador, con una de aquellas sonrisas revenidas, se explicó:

—Esos condenados bichos, feos como pegarle a un padre, estaban antes de este lado del cortado, ¡dita sea! No sé cómo no caí antes en la cuenta —se recriminó a sí mismo—. Si tuve a uno aquí mismo hasta que el chucho este del carajo lo espantó, ¡cagüen en el serrucho de san José!

El rostro desconcertado del flaco hizo entender a Fierro que no lo comprendía.

—Antes estaban de este lado del cortado porque teníamos el sol de cara —aclaró el renco—. Ahora andan desperdigados por la pared de enfrente — añadió alzando el tono—. El sol tiene que estar a nuestras espaldas —declaró triunfante.

El flaco tardó en digerirlo. Observó a los lagartos, a los que veía repartidos por los pedruscos y, finalmente, comprendió.

—¡La puta que me parió! ¡Claro! El mediodía está allí —dijo exultante, señalando a su izquierda.

—Y nosotros tenemos que ir hacia el otro extremo —aclaró Fierro, satisfecho—, al norte.

Al fin y al cabo, no tenían más que seguir el despeñadero, ni siquiera debían arriesgarse con una peligrosa escalada.

Se acercaron entonces a donde convalecía Guillén.

Cuando Fierro le tocó el hombro para sacarlo de su sopor, percibió la vaharada de calor que anunciaba las fiebres.

Le tocó la frente; estaba húmeda, cubierta por un sudor frío que no escondía la piel ardiente del calatravo.

Logró el freire abrir los ojos y Bermudo le dio la buena nueva.

Malamente, el calatravo fue capaz de soltar una de sus peroratas:

—Por Melchor, Gaspar y Baltasar, los reyes de Arabia que al buen niño Jesús fueron a adorar. Por su santa madre, la virgen María, ¡gracias a los cielos! La misericordia del magnánimo Creador sea bienvenida… Bendito seas, amigo, bendito seas…

Aquello fue para cuanto tuvo fuerzas. Dejando el parlamento inconcluso, se desvaneció.

Tras intercambiar una mirada con el perro, al atajador se le escapó una maldición:

—¡Cagüen la cabeza de san Eulogio! Ahora me toca devolverle el favor.

El flaco pensó que era a él a quien le hablaba y no advirtió que se dirigía al chucho.

Fierro se afanó entonces en preparar unas pihuelas y, mientras Bermudo se quedaba junto al fraile, el perro y el atajador se las compusieron con unas ramas.

—¡Dita sea! Este condenado lenguaraz es quién de morirse cuando estamos por lograrlo. ¡Cagüen la primera piedra de san Pedro! ¡Cagüen los fariseos del templo! Si no se muere, lo mato yo… ¿A quién se le ocurre enfermar ahora? La madre que lo parió.

El chucho, como siempre, lo siguió pegado a sus tobillos y, cumplidor, lo ayudó a arrastrar una de las varas más largas.

Los lagartos seguían subiendo por la pared, delatando un sol cada vez más tendido sobre el horizonte, y Fierro, sabedor de que no le sobraba el tiempo, se apresuró en sus tareas. Estaba deseando salir de aquel cerro y ponerse en camino antes de que la oscuridad los sorprendiera.

No estaba dispuesto a pasar otra noche en aquel mismo lugar.