Fierro
Capítulo 54
L a avaricia volvió a brillar en los ojos del leonés. Advirtió el interés del renco y lo tomó por lo que no era. —Sí, don Pedro. Paga bien y a tiempo —afirmó sin tapujos, de nuevo zalamero—. Hazme caso, no te arrepentirás.
Aquello no podía ser. El hebreo le había dicho…
—Está muerto —logró decir antes de volver a toser—. Pedro Fernández de Castro está muerto.
A Ruy se le escapó una risotada.
—¿Muerto? Muertos están los de ahí fuera. Don Pedro estará con alguna barragana, refocilándose, mientras los demás nos jugamos el pellejo. Vivo lo dejé en sus pagos cuando salí para la frontera a ver si era quién de encontrarte. No, no, don Pedro está vivo…
No podía ser. No podía creer que el condenado judío le hubiese mentido.
—… No está muerto, mala hierba nunca muere. Él no es de los que se juega la vida en estos mierderos. Él no se ensucia las manos; ordena, y los demás obedecen. Ese durará más años que Matusalén…
Se acordó de aquella tarde en la venta. Habían desplumado a dos arrieros maragatos con la farsa del camino de brasas. Saadia contaba las ganancias, exultante. Fierro, ausente, revolvía de nuevo el pasado, sin más esperanza que seguir un día más; apagado, en el fondo de un pozo mucho más profundo que el silo de Alarcos.
El hebreo lo había mirado largo.
—Han llegado noticias —le había dicho.
Y ahora sabía que le había mentido.
Quizá por su bien. Para protegerlo de sí mismo. A lo mejor para evitar que aquella hiel que lo carcomía acabase con su vida. O quizás únicamente para seguir contando con alguien que le ayudara a hacerse rico timando a los incautos que pasaban por la venta.
Nunca sabría el porqué. Pero aquel maldito hebreo le había mentido.
Mentido.
De Castro estaba vivo. Y no solo era culpable de que Alarcos hubiera caído. También de los infiernos que ardieron después en aquella maldita fortaleza en la ribera del Guadiana, donde quizá seguía en pie el viejo chopo que diera sombra a dos amantes tímidos.
Nada de todo aquello comprendió Ruy. Solo insistió:
—¿Qué? ¿Qué me dices? ¿Te unes?
Y le tendió una mano que no era más que un manojo de sierpes sibilinas.
Fierro lo trabó con sus ojos tristes.
Se midieron el uno al otro. Ya no había más parla que escuchar. Estaba dicho y hecho. De allí solo saldría uno de los dos.
Llegó un grito de las puertas mismas de la tienda y el leonés se volvió un segundo.
El renco contestó, susurrando tras el colmillo.
—Vete al infierno…
Le hervía la hiel. Tragó un puñado de clavos oxidados. El odio apagó todos sus dolores. De pronto, ya no importaban las heridas, tampoco el costillar roto.
Y antes de que el de Carrión reaccionase, antes de que volviera a mirarlo, antes de que le diera tiempo a rematar el trato con la espada, Fierro agarró los flecos de una de las condenadas alfombras del califa y jaló con todas sus fuerzas.
Lo había visto mucho antes, antes incluso de que al leonés se le soltara la lengua. Aunque hasta entonces le habían faltado las ganas, era más fácil dejarse ir, que todo terminase. Pero no ahora, ahora sabía que el malparido de Castro estaba vivo.
El hebreo le había mentido. Y eso lo cambiaba todo.
En aquella alfombra no había cofres, no había armeros, no había nada más que un cabrón leonés que, con una reverencia llena de florituras, había abierto para él las puertas del averno.
Tiró con toda su voluntad, con todo lo que le quedaba dentro y, antes de que Ruy pudiera hacer nada, cayó.
Fierro se levantó una vez más. Se irguió aun cuando ya no era otra cosa que un guiñapo desahuciado. Salió de entre los muertos como los condenados en el Juicio Final.
Una vez más. Como en Alarcos. Como en el paso del Muradal.
El mismo que tantas veces antes había muerto y que, sin embargo, no había probado la guadaña.
El renco escapó del filo estropeándole la sonrisa a aquella puta malcarada que lo había perseguido con ahínco durante tantos años. Aún no era tiempo de siega.
Aún no había llegado el momento.
Primero tenía que encontrar al cabrón de Castro.
Cayó Ruy con estrépito, cuan largo era, braceando, por sorpresa. La alfombra onduló en la luz serena de la tienda, mostrando los miles de complicados nudos, también el enrevesado dibujo que representaba versos del libro sagrado de los agarenos. Era una pieza de extraordinaria belleza que había salido de los mejores talleres de Ispahán, pero que para el califa había valido mucho menos que su vida. Al fin y al cabo, los hombres no conocen la verdadera riqueza hasta que salvan el pellejo y comprenden que sus mayores lujos valen mucho menos que la esperanza de un nuevo amanecer.
Se agitó la lona. Fuera peleaban los últimos númidas, arrinconados contra el alfaneque del califa, muriendo en balde porque su señor estaba ya camino de Baeza.
No tenía otra cosa que las manos y el odio que sentía. Y nada más le hacía falta. Era perro viejo y sabía bien cómo aprovechar su única oportunidad.
Cayó encima del leonés. Una rodilla sobre el brazo derecho, el que empuñaba la espada.
Y las manos, las manos y todo aquel odio cayeron en el gaznate.
Antes de que se revolviera por primera vez, ya estaba apretando. Echaba de menos un dogal con el que ahorcar a aquel cabrón mentiroso. Porque la deshonra de la horca era lo único que merecía.
Ruy palmeó la cintura buscando la daga, pero el renco no aflojó la presa.
Apretó más.
No con sus manos. Con las tripas, con el rencor, con el dolor, con sus recuerdos.
Se revolvía como uno de aquellos barbos del Jabalón recién sacado del agua. No pudo coger la daga. Descargó descomunales puñetazos con la mano libre y Fierro notó que se le aflojaban los dientes. Le alcanzó en el costillar roto, con tal ferocidad como para haber estragado a cualquier otro. Pero no al renco. No a quien ya nada tenía que perder.
Fierro siguió apretando. Con todo lo que tenía.
Y apretó aún más.
Fuera se oyeron vítores que anunciaban el final de un día, el final de una batalla, el final de una gesta que perduraría en la memoria, que se contaría durante siglos. Se desataron las alegrías. Ya solo faltaba el saqueo, rematar a los que aún pataleaban y dar caza a los huidos. En aquellas navas había cambiado para siempre la historia de los hombres. Dentro de la tienda, sin embargo, se vivía solo una mísera patraña, la tragedia de un solo hombre, de un cojo que lo había perdido todo. La infeliz vida de un frontero que sacaba cagajones de ratón de sus colmenas. Esa sería una vida que nadie contaría, porque nadie era el renco y a él le importaba un carajo si alguien la contaba. Solo era un desahuciado, un deshecho de aquella guerra que los nietos heredaban de sus abuelos. Nadie recordaría su nombre.
Apretó hasta que sonó un chasquido.
Y aún así no dejó de apretar.