Fierro

Francisco Narla · Capítulo 35 de 56

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Fierro

Capítulo 35

E l calor comenzó a apretar apenas despertó la mañana. Por temor a que los siguieran, pese al sol implacable, no se concedieron descanso. Derrengados por el esfuerzo y la carolina, se detuvieron al fin cuando ya caía la tarde, al fresco de un río del que no sabían el nombre, pero que les cruzaba hacia poniente para, con toda certeza, sacrificarse en el Guadalquivir.

Suponiendo que eran pocas las posibilidades de que alguien los siguiera, temiendo que los mayores peligros aguardaban más allá, decidieron tomarse un descanso allí mismo y Fierro aprovechó para atender la herida de Guillén. Para entonces, pasado el fragor del combate, empezaba a doler como una maldición y el calatravo, pese a sus salmos, no lograba aliviarse.

No sabía mucho el atajador de aquellos asuntos, pero, como en tantas otras cosas, se las tuvo que apañar.

A falta de algo mejor, lo conminó a refrescar el tajo con agua fresca y utilizó las hojas de un majuelo para preparar un pobre emplasto que fabricó con arcilla del lugar, a modo de las tierras de aceche que usaban los moros. Fierro no recordaba si se usaban para los cólicos, las fiebres o las llagas, pero sabía que para algo servían y resolvió que, aunque no acertase, daño tampoco haría.

Terminada la chapuza, con instrucciones precisas, dejó a Bermudo al cargo. Lo exhortó a que lo hiciera bajo una encina tupida que tenían allí cerca, a que usase leña bien seca y que, para prender la fogata, usara como yesca la borrilla de los cardos que había por los alrededores.

—No podemos arriesgarnos a que se vea el humo, así que aplícate el cuento, ¡carajo!

A continuación, se fue a buscar unos varales de mimbre con los que tender unos cebos, por si podían hacerse con unos peces que espantaran el recuerdo de aquel rancho infecto de las mazmorras.

Ayudándose con un hierbajo seco, tras rebuscar un poco por entre los matojos de la orilla, encontró los agujerillos de los grillos y, con paciencia, se agenció con una docena de aquellos recios bichejos.

Con su estoque, preparó espinas del mismo majuelo para que le sirvieran de anzuelo y, deshaciendo su camisola recién robada, preparó las liñas con las hebras que descosió.

Antes de que el flaco tuviese la hoguera en marcha, se alejaba en busca de un tramo de aguas mansas.

El calor se hizo pesado y húmedo. Tan intenso que, en las retamas que había por allí, se escuchaba el chascar de sus vainas; se abrían rendidas por el sofoco para dejar caer sus semillas. Pese al cielo despejado, el renco tuvo la seguridad de que el bochorno amenazaba tormenta.

Terminadas sus tareas y deseando un pellizco de soledad, se quedó sentado en un pedrusco que sobresalía entre matas de quejigos, como una lagartija. Desde allí podía ver tres de las varas de sauce clavadas en la orilla y, mientras esperaba, se contentó con no oír al calatravo.

Era un valle cerrado y no las vio hasta que se le echaron encima arrojando sombras. De poniente llegaron nubes cenicientas, preñadas de agua, que confirmaron sus sospechas.

Se movió entonces con frenesí uno de los puntales y decidió que ya había dado tiempo más que suficiente a los grillos. Fue cuando iba a cobrar los peces, al levantarse, que escuchó el ruido.

Algo se movía entre las retamas.

—¡Cagüen los fuegos de Pentecostés! —se le escapó de entre los labios fruncidos—. ¡Dita sea! ¡Manda carajo! Cuando no es una, es otra.

No dio la voz de alarma, deseoso de averiguar primero a qué se enfrentaba.

Sonó entonces el primer trueno. Retumbó por los cerros. Y el bochorno apretó aún más. Y las nubes se oscurecieron. Ya no había un ápice de azul sobre su cabeza, solo un crespón de cenizas sacudidas por el viento que se levantó de pronto para amilanar a los árboles.

Sin tiempo para buscar un escondrijo donde tender una emboscada, no le quedó otra que plantarse allí, a pecho descubierto, dispuesto a lo que hiciera falta.

Echó un vistazo a su espalda, se aseguró de que podía moverse a su antojo sin un mal tropiezo y desenfundó el estoque.

Lo traicionó otro de los varales. Con el rabillo del ojo advirtió que empezaba también a sacudirse, prendido algún pez por su glotonería, y no pudo evitar mirar.

Fue apenas un parpadeo. Y fue suficiente.

No vio qué diantres salía a toda prisa de las retamas.

Una quimera de los avernos, le pareció.

Centelleó un relámpago, tan cerca, que Fierro estuvo seguro de que oiría el crujir lastimero de alguna encina resquebrajándose, prendida por el fuego de la tormenta.

Comenzó a llover con tanta fuerza que cada gota era un sopapo.

Lo vio venir hacia él, corriendo, con las fauces abiertas. Las greñas sucias. Y tuvo el tiempo justo para razonar que nunca jamás había oído contar de un lobo que atacase a plena luz del día.

—¡Cagüen las…!

No pudo acabar su blasfemia.

Aquella bestia se le echó encima y lo derribó. Con el topetazo se le escapó el aire y las patas del animal, sobre el pecho, no lo ayudaron a recobrar el aliento.

Pero ya no quería maldecir. Ya no recordó ningún santo al que injuriar.

Por primera vez en muchos años, no recordaba cuántos, Fierro se echó a reír.

Se le escaparon carcajadas libres, como las de un chiquillo. Inocentes, llenas de la mera alegría de vivir. Por unos instantes, mientras la lluvia barría de sus mejillas las babas del animal, Alarcos dejó de existir, los desiertos de Marruecos se volvieron vergeles. Incluso le pareció oler a pan recién hecho.

Batía la cola con furia, desperdigando el agua de lluvia que lo empapaba, y se movía inquieto, saltando una y otra vez sobre las manos, golpeando el torso de Fierro en cada ocasión.

Y al renco le importó un carajo.

—¡Chucho del demonio!