Fierro

Francisco Narla · Capítulo 56 de 56

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Fierro

Cuadernillo

U na novela es algo más que sus páginas. Al menos para mí, como escritor, una novela son largas conversaciones con estudiosos, eternas horas entre ensayos, interminables lecturas, intempestivas visitas a bibliotecas, infinidad de correcciones, pedazos de mi propia vida, experiencias vividas, largos viajes de investigación… Una novela abarca mucho más allá de sus páginas: significa meses, años en la vida del autor.

Se le han dedicado tantas horas, ha supuesto tamaños sacrificios que resulta difícil dejarlos a un lado y ser sincero con la historia que desea contarse. Y, sin embargo, eso es precisamente lo que debe hacerse, sincerarse con la novela.

Verá, querido lector: hace unos cuantos inviernos me pasé meses tallando botones a partir de tacos de madera, intentando trabajarlos como se hacía en los años medievales, y solo entonces comprendí por qué tantas prendas de aquellos años se ataban, sin más. Se anudaban porque la mayoría de las veces, por bueno que fuera el resultado, los botones solo aguantaban un suspiro; a las pocas semanas, la humedad, el frío y las tensiones del hilo los estropeaban. Fue una valiosa lección, sin embargo, una que no puede plasmarse en el papel. Como mucho se le puede dedicar una frase suelta, porque todo eso no deja de ser un decorado, un aderezo a la trama. Lo que importa es la historia, la propia historia, ahí es donde hay que poner los hígados y el corazón.

He tardado años en comprenderlo y solo ahora soy capaz de entrever la inmensidad de mi ignorancia como «cazador de historias». Lo cierto es que el talento de un escritor puede estar en sus frases, pero es en los espacios en blanco donde se corrobora.

Y estas que tiene entre sus manos, querido lector, son las páginas que han resultado tras comprender, tarde y mal, que la Historia no puede pesar más que la historia.

Yo quería escribir una novela que reivindicase parte de la verdad de ese controvertido período al que los libros llaman Reconquista. Y la verdad es que, leyendo a historiadores de todo cariz político, uno llega a una verdad ineludible. Se le puede llamar como se quiera, se puede negar tanto como se desee y se le pueden poner tantos matices como sea capricho, pero, sin embargo, el hecho ineludible es que había un país con límites geográficos, con una cultura común embebida en una religión y con un código legislativo que aún hoy en día sigue estudiándose, y todo eso quedó descompuesto por la invasión de nuevas gentes con ideas diferentes, algo que causó en muchos y desde el principio la necesidad de recuperar lo que se sintió perdido.

Así, sin más, esa es la pura verdad histórica, y cada cual puede contarla arrimando el ascua a su sardina. Pero hubo una guerra que se prolongó durante siglos y que quedó marcada por batallas a una escala que incluso hoy en día resulta difícil de imaginar. Y yo quería reflejarlo con mis páginas.

Sin embargo, comprender esos hechos no me ayudó a construir una novela que mereciese la pena. Todos los borradores terminaban emponzoñados por la grandilocuencia inconsciente del novelista. Hasta que comprendí que no tenía que contar la gran Historia, sino la pequeña, la de un solo hombre.

Así nació Fierro.

Yo lo hice lo mejor que supe y, como he señalado, recibí la ayuda de innumerables personas. Ahora bien, cualquier error es únicamente culpa mía.

 

Ahora, habiendo desvelado las tripas de la novela en lo que respecta a su literatura, cabe mencionar, como siempre, algunas notas que afectan a su trasfondo histórico o técnico y que, espero, sacien a los más curiosos.

La famosa alusión a aquella España de las tres culturas (encarnada en el Toledo que años más tarde de lo que se narra en estas páginas encarnaría Alfonso X) es, por lo que parece según los que saben de esto mucho más que yo, una visión que peca de optimista. Lo cierto es que no hay que bucear mucho en las crónicas para desmontar aquel paraíso idílico que algunos se empeñan en desvelar. Con toda sinceridad, como casi siempre en la vida, en el punto medio está la virtud, y ni los estudiosos que tienden a un extremo ni los que tienden al otro llevan la razón. Aunque esa es mi humilde opinión y la que he querido reflejar en estas páginas. Sin embargo, yo no soy más que un pobre novelista, no un historiador, así que debe quedar claro que mi propósito fue siempre el de contar una buena historia, no el de hacer un ensayo sobre el medioevo español. Además, para ser franco, después de haber leído a tantos como he leído, estoy cansado de que los de uno u otro bando intenten convencerme de que son los únicos poseedores de la verdad. En este sentido y en cualquier otro, estas páginas han procurado estar limpias de polvo y paja.

Sin duda, es cierto que, a lo largo de los siglos que duró esa discutida Reconquista, las distintas fronteras que fueron marcando los ríos y accidentes geográficos tuvieron algo de esa mística que algunos han comparado con el «salvaje oeste» americano del siglo XIX. Fueron tierras duras en las que se produjeron muchas historias no tan distintas a la que se cuenta en estas páginas. La frontera fue refugio de delincuentes, desahuciados e ilusos que pretendían fortuna. Y las distintas repoblaciones que muchos monarcas hicieron fueron posibles únicamente por las prebendas que concedieron a los que se atrevieron a adentrarse en aquellos territorios.

Es cierto que consta en las crónicas que en la frontera hubo cuatreros, bandidos, pastores (que ya practicaban la trashumancia), unos cuantos hebreos que se animaron a hacer negocio donde otros no se atrevían a asomar y, por supuesto, desechos de las mesnadas reales como el propio Fierro.

Una colmena puede convertirse en lo que se denomina zanganera, lo que viene a significar normalmente que, a falta de una reina, una de las obreras empieza a poner huevos que solo producen machos. La colmena, de no intervenir el apicultor, acabaría desapareciendo. En este ámbito, está sobradamente probado que en tiempos medievales la apicultura ya contaba con ciertos conocimientos. En aquellos días y en lo que hoy es Castilla la Mancha, las colmenas se hacían principalmente con corcho, como figura en la novela, y comparado con los sistemas actuales tenían el gran inconveniente de que los panales quedaban fijos a la cubierta según el albedrío de las abejas, no como a día de hoy, que se usan cuadros que pueden retirarse. En este sentido, cabe también mencionar que las técnicas de construcción de este tipo de colmenas denominadas «fijistas» siguen vivas, como pude comprobar en Serra dos Ancares gracias al bueno de Emiliano.

Por otro lado, es cierto que la experiencia, si bien no tanto la ciencia, explica que los apicultores que han sufrido múltiples picaduras de sus abejas acaban por sufrir poco cuando una de sus pecoreadoras se le vuelve en contra. Por lo demás, es rigurosamente cierto que en la primavera las reinas de cierta edad abandonan la colmena con unas cuantas fieles para buscar un nuevo hogar en tanto dejan tras de sí a una joven reina que garantizará la fuerza de la colmena.

La expresión «coger» o «tomar las de Villadiego», según la leyenda y el saber popular, tiene su origen, precisamente, en la derrota cristiana de Alarcos, cuando el rey Alfonso huyó de la fortaleza atravesando los pagos que eran conocidos, precisamente por Villadiego.

La rivalidad entre los Castro y los Lara en los tiempos de la novela daría para una serie completa, y la cuestionable figura de Pedro Fernández de Castro, el traidor de Alarcos, existió realmente. Dio la espalda a Castilla y, en efecto, se puso al servicio del reino de León que, ausente en la batalla de las Navas de Tolosa, se mostró bien avenido al moro siempre que el trato supusiera la desgracia de Castilla.

Es sorprendente para el visitante, sin embargo, en lo que hoy se conoce como Campo de Calatrava, no lejos de la actual Ciudad Real, escenario de aquella frontera que supuso el Guadiana, el abundantísimo material geológico de origen volcánico. Hay incluso un volcán, el de Cerro Gordo, lo que explica el origen de esas piedras puzolanas mencionadas en la novela.

En cuanto a esa frontera del Guadiana, cabe también otra puntualización: pese a que hoy en día no supone problema alguno, es rigurosamente cierto que, en aquellos años medievales, era un lugar con un paludismo endémico que se llevó por delante miles y miles de vidas.

Se encuentran también en las crónicas menciones a los apañuscadores; asunto, por otro lado, completamente lógico, pues siempre ha habido quien se ha aprovechado de las desgracias ajenas.

Existen abundantes pruebas arqueológicas de que los moluscos fluviales, tanto almejas como mejillones, fueron soporte alimenticio de las guarniciones y gentes apostadas en los grandes ríos peninsulares. Desafortunadamente, hoy en día sus poblaciones están extintas o muy mermadas, pero la abundancia de conchas en los yacimientos no deja lugar a dudas.

El dolon, o fierro, existió como tal en los tiempos que narra la novela, y así lo reflejan distintos estudios de historia militar a los que se ha tenido acceso, incluido el extenso análisis de Alcázar Segura. Y si bien no fue un arma empleada en exceso, por sus obvias limitaciones, me pareció que suponía un elemento más que adecuado para alguien que, como Fierro, ha querido dejar la guerra a sus espaldas pero que no se fía de nadie. En el mismo ámbito de las armas de la época cabe aclarar que, por lo que parece, los alfanjes llegaron un poco más tarde; sin embargo, se ha utilizado la expresión como mero recurso literario.

Lo que aparece mencionado como pasta de anacardo es, en realidad, el electuario de anacardo. La preparación tuvo gran predicamento en Al-Ándalus. Se trata de una sustancia narcótica de potentes efectos que resulta adictiva y que, según las crónicas, supuso la ruina de más de un pobre desgraciado.

Dejando a un lado la fe, el caminar sobre brasas ardientes tiene su sencilla explicación científica (accesible a cualquiera gracias al mundo digital), aunque es cierto que siempre hay un límite para el trecho que puede recorrerse y, según varios experimentos, ese límite parece estar en los ocho metros. No encontré mención alguna a competiciones como la que se desarrolla en la venta del hebreo, con su cruce de apuestas y demás algarabías; sin embargo, sí existen narraciones de celebraciones del estilo (con un sentido religioso como el que se conserva en el presente) en distintos puntos de la geografía de aquellos reinos, de ahí que me decidiera a usarlo como parte de la trama.

Según parece, en las difusas fronteras que se fueron conformando a lo largo de los años de la llamada Reconquista, el árabe que habían traído las castas pudientes desde su península se fue mezclando con las lenguas locales y, tal como se refleja en la novela, dejando a un lado a aquellos de ascendencia puramente árabe, se supone que en la frontera se hablaba esa aljamía que se menciona, una mezcolanza de términos y expresiones que alimentó ambos idiomas a ambos lados del linde.

En aquellos días, se aludía a los caballeros villanos como pardos, se entiende que debido a que carecían de las enseñas de las casas nobiliarias. Se trataba de gentes que de un modo u otro habían hecho fortuna, muchas veces en la frontera, y empleaban los fondos para sufragarse como caballeros.

Baeza, como Úbeda, son dos maravillosas ciudades que resultan auténticas aulas de Historia en las que se puede disfrutar de excelente compañía, mejor comida y magníficas experiencias. Las descripciones que aparecen en estas páginas están basadas en dos fuentes principales: las mismas crónicas medievales que se sucedieron tras la victoria de las Navas de Tolosa y posterior toma de la ciudad de Baeza, y en el excelente trabajo de Rosales Escabias, López Rus, García Gómez, Moyano García y Navarrete Moreno.

El horror de Alarcos, tal y como se describe en la novela, fue aún peor de lo imaginable. La visita a las ruinas es sin duda más que merecida y cualquiera puede contemplar, aún hoy, las murallas que, tal y como se relata, fueron cimentadas con los cuerpos de los cristianos caídos.

Las Navas de Tolosa, en realidad, según parece «las navas de la losa» y su batalla, siguen siendo una incógnita; hay mucho que desvelar en cuanto a lo que allí acaeció y, sin embargo, hay que admitir que tuvieron más publicidad por el tiempo y las circunstancias, pues probablemente hubo batallas con tanto o mayor peso, como la de Simancas. Y, no obstante, fueron las navas las que se llevaron la fama, y es cierto que fue una lucha capital para abrir la que hoy conocemos como Sierra Morena. Pero no fueron el único hito bélico de consideración.

La dicotomía de un paso u otro para los castellanos ante la proximidad de las fuerzas del califa se ha exagerado con la leyenda. El simple hecho de que la decisión se tomara en una tarde o de que el abuelo del rey Alfonso ya hubiera usado la vía alternativa demuestran que la desazón de los cristianos no debió de ser tan grande como la que refleja la leyenda.

Por todo lo demás, quedo a su disposición a través de las redes sociales o del correo electrónico (francisconarla@francisconarla.com).

Gracias, muchas gracias por haberle dado una oportunidad a mi cuento.

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